viernes, 6 de junio de 2014

Obediencia Sorda. 10 - La sangre nunca se quita

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Para cuando llegó el último día de enero, ya contábamos con el clima cálido durante el día y la noche; se pondría peor en febrero, pero ya era suficiente para volver irritantes los entrenamientos de DP y no proporcionaba ningún tipo de beneficio. Al contrario, el paisaje era desalentador y mi único consuelo era que podía usar la ropa que me gustaba.

Al menos todavía tenía mi entusiasmo. Llevaba tan buen ritmo que fue una lástima saltarme dos clases para ir al torneo de adivinación en la ciudad.



No resultó gran cosa. Ellos se sentaban ahí a predecir alguna cosa programada, y el que se acercaba más a los hechos sumaba un puntaje para su equipo. No todos eran estudiantes y ninguno era muy preciso; pero la audiencia estaba parcializada y había mucha expectativa. Los que apoyaban a Shai eran, en su mayoría, designados; y yo estaba junto a ellos por que en sus filas estaba la conservadora.

Aunque me contagié del espíritu competitivo, ese “deporte” me pareció bastante aburrido. Como investigación hubiera sido interesante, y sin duda los participantes debían encontrarlo divertido y hasta útil como práctica; pero yo me aburría y mi amiga no lo disfrutaba mucho más.

Sin embargo, había gente que desbordaba emoción. Para gustos los colores, decía mi bisabuelo. Uno que parecía bastante concentrado en los eventos y muy preocupado por los resultados, era Shadwell.
Así es: el gemelo sin voz estaba entre el público, tan callado como siempre, pero más integrado a su entorno que nunca. ¡Lo que me hubiera gustado ir a preguntarle porque estaba tan interesado! Pero sólo podía quedarme en mi lugar imaginando que sólo apoyaba a su hermano; como lo hacíamos Irina y yo, pero sin aburrirse.

Cuando la competencia acabó, con el equipo de Shai en segundo lugar, los gemelos se fueron juntos y yo recibí una invitación a cenar en casa de Irina. Debí decir que no y presentarme en DP esa tarde, pero no estaba de humor para golpearme con mi propia arma aprendiendo algún nuevo ejercicio.

La familia Segovia era bastante – ¿cómo decirlo? – conservadora. No pensé en ello cuando acepté cenar con ellos, y cuando se me cruzó por la mente, ya estaba frente a dos platos y una fuente de cerámica, cubiertos de tres tipos, una servilleta de tela y un vaso nada más ni nada menos que de vidrio. Todo ubicado en un sitio establecido y ¡vacío! Un muchacho, que mi compañera designada me presentó como su primo, sirvió filete en un plato y ensalada en el otro, para cada uno de los comensales, y nadie tocó la comida hasta que el hubo regresado. Cada quién agregó una pausa distinta, con gestos que iban desde cerrar los ojos hasta murmurar algún tipo de oración. Yo estaba ahí sintiéndome muy rara, esperando a que Irina comenzara a comer para poder hacer lo propio. Cuando por fin lo hizo, sólo su hermana permanecía con los ojos cerrados.

―¿No hay noticias de ella todavía? ―preguntó Irina, cuando la madre soltera por fin se disponía a probar bocado.

―Nada ―respondió la otra― ¿Supiste que estaba pidiendo por sus alimentos?

―Creo... ―mi amiga tenía problemas para elegir sus palabras―De algún modo, creo que yo también lo hacía.

―Niñas, no sean dramáticas ―se burló el primo, quien por cierto había sido el primero en atacar el filete y ya había desaparecido más de la mitad del mismo―, ¡se fugó con un tipo!

―No seas grosero ―dijo él papá de Irina con voz firme―. Y mucho menos en la mesa.

―Perdone tío.

―Ella no habría hecho algo tan estúpido ―dijo la hermana de mi amiga.

―Las que se ven más santitas son las peores... ―se cortó cuando ya era tarde para evitar el regaño de su tío.

―Royal no es ninguna hipócrita ―dijo otra mujer, en quien yo no me había fijado hasta que habló―. Su familia está descarriada, pero ella ha elegido las buenas costumbres. Y no es por santa que una mujer exige que se la respete en lugar de fugarse con su novio.

―¿Que no?

―En palabras que hasta tú puedas entender ―dijo Irina―, es para evitar que la abandonen en una ciudad extraña, con un embarazo de seis meses y sin un centavo ni forma de ganarlo. Además, Clara siempre ha dicho que un muchacho que no puede enfrentar a los suegros, mucho menos va a enfrentar la adversidad.

Su hermana la secundó y comentó algo sobre que ella conocía el papel de tonta y la chica en cuestión nunca lo jugaría.

Sobra decir que yo estaba interesada en la plática pero también me sentía incomoda por escuchar algo que quizá no debía oír. ¿Acaso aquella familia, con el hermetismo propio de los conservadores, recordaba que había una extraña en la mesa?

―Bueno, bueno, pero no me van a negar que se pudo haber ido sola. Era de su capricho ella.

―¡«Es»! ¡Qué no se ha muerto! ―Irina casi le gritó.

―Nadie lo ha sugerido. ¡Que sensible que andas!

―Clara no se hubiera ido sin avisar a nadie. Es cierto que hace lo que quiere, pero no deja asuntos pendientes. Hubiera acordado algo con su prometido, aún si eso hubiera sido un rompimiento. Se hubiera despedido de su familia e incluso de algunos amigos.

―¿Y entonces que sugieres? ¿Se la llevo Teale?

El nombre que había provocado tensión más de una vez en nuestras sesiones de estudio, le arrancó risas a todos en la mesa. El padre de Irina soltó una potente carcajada mientras sus hijas intentaban ahogar la risa. La señora casi invisible que había defendido sus costumbres y a la joven, sonrió con una especie de sorna.

Eso me pareció completamente fuera de lugar.

―No es en serio ―me dijo mi compañera.

―¿Qué? ―solté, sorprendida por sus palabras y avergonzada porque mi disgusto había sido tan evidente.

―Es una broma en referencia a algo que ocurrió hace poco. Un hombre llegó diciendo que Teale está en la ciudad.

―¿Eso... es una broma?

―No, las bromas las hacemos a costa del pobre chalado ―explicó el muchacho.

Sus primas y su tío negaron con la cabeza. Supuse que no era la primera vez que perdían la paciencia al grado de no esforzarse siquiera en regañarlo.

―Lo que ocurre es que no hay ningún motivo para creerlo ―dijo la designada―. A pesar de que lo dijo una persona con problemas mentales, se hizo una investigación. Era una alucinación del pobre hombre, pero hubo un par de personas que empezaron a encerrarse en sus casas temprano, y una familia incluso se mudó. Luego de la investigación, varios cancelaron sus propios planes de mudanza. Y todo por que una persona fuera de sí hizo un escándalo.

―La noticia sigue siendo reciente, y en toda la ciudad hemos adquirido la costumbre de culpar a Teale por todo aquello que suene misterioso de algún modo: cortes en la energía, objetos perdidos...

―Personas que llegan tarde a casa ―agregó Irina―. Este payaso lo usó como excusa cuando no se presentó a clases la semana pasada.

Sí claro, la alarma general era graciosa porque no tenía ningún fundamento...

―Pero ahora hay una chica perdida ―dije sin pensar.

Y ahí estaba, ahora sí. Yo le había abierto la puerta al silencio incómodo, a la tensión: al miedo.

Aún cuando se retiró para regresar con el postre, el muchacho parecía estar avergonzado, o intimidado, cuando se acercaba a mí. El tema de sobremesa había cambiado por completo, pero aún podía verse el fantasma de la preocupación.

Más tarde, cuando subíamos la escalera exterior del edificio Europa, por fin tuve valor de preguntarle a la conservadora si estaba arrepentida de haberme invitado a su cena.

―¿Por qué? No somos tan prejuiciosos. Si toleran comer con ese irreverente... ―se interrumpió al comprender― ¡Espera! Lo dices por que sugeriste que Teale si pudo haberse llevado a Clara Royal. No es algo que pueda reprocharte. Al contrario, voy a reportar su desaparición mañana. Todavía no creo que se trate de eso, pues lo estuvieron buscando, pero ante la duda, es mejor que los investigadores tengan toda la información posible. Eso no bastará para detener a ese enfermo, pero al menos hay que estar informados, saber si hay que mudarnos.

Dijo eso con amargura y frustración. Había asumido su compromiso como designada, se sentía parte de eso y el fracaso era suyo tanto como de cualquier designado en la Región.

Yo no me sentía de ese modo. Aún veía a los encargados de la seguridad como una organización distante. Una organización que tenía muchos miembros en mí colegio, que me educaba parcialmente, pero a la cual pertenecería más tarde. No sabía cuando. A lo mejor la sensación de pertenencia vendría con las primeras asignaciones de campo, pero definitivamente no estaba desesperada por vivirlo. Mucho menos cuando había pasado un tiempo desde mi último progreso en DP.

¡Y lo estaba intentando! Sólo que mi capacidad de mejorar parecía haber acabado: yo estaba estancada a pesar de que Irina intentaba ayudarme. Ella no tenía mucho tiempo para eso, pero hacía lo posible. Convencida de que ella no era capaz de resolver el problema, recurrió a su ex-novio: un día apareció con Shai.

―Así que,  ¿otra vez somos amigos? ―dije, en broma.

Él sonrió.

―No dejamos de serlo. Y la verdad no quiero hablar de los motivos que me hacen difícil hablarles.

―Ya sabemos el motivo ―confesó mi entrenadora personal―: tu gemelo no sabe compartir.

Por un instante, Shai se puso nervioso, pero cuando habló parecía sincero y tranquilo:

―Sí lo saben, entonces.

En ese momento, sólo disfruté su compañía y aproveché su experiencia, pero no pasó mucho tiempo antes de que fuera incapaz de controlar mis ganas de intervenir en los asuntos de un amigo. Le dije, no por primera vez, que debía poner un límite.

―Yo misma tengo relaciones estrechas con mis hermanos, y ni siquiera soy gemela de nadie. Pero con todos mantengo la paz porque tenemos bien claro que hay cosas que al otro no le gustan, y me parece que Shadwell no sabe, o no le importa, si tú tienes un problema con cada cosa que te manda. Y ¿cuándo le das órdenes tú a él? No lo has obligado a hacer amigos, pero él puede decirte que no tengas los tuyos.

―Sé que suena abusivo, pero tengo mis razones para dejar que sea así.

―Mientras sean tuyas y no de él ―repliqué.

―No, no. Nada de eso, son mis ideas. Es complicado. Y secreto.

―Un día usaré mis superpreguntas para arrancarte la verdad.

Ambos reímos con la idea. Thomas no lo hubiera visto tan gracioso.
No es que le encontrara la gracia a muchas cosas últimamente. Se pasó todo febrero y parte de marzo con cara de desvelo, un humor de perros y más avidez de la usual por buscar algo en que ocupar la mente. Cada día era menos capaz de sostener una conversación y el segundo lunes del mes finalmente fue vencido por los plazos de entrega. Sus compañeros de club – en especial los de drama – estaban furiosos con él, y los profesores: sorprendidos.

Como no podía seguir el hilo de una conversación, era imposible hacerle entender que estaba trabajando demasiado, y cuando le pregunté que le pasaba, me contestó algo incomprensible:

―Sé que estoy llevándolo muy mal. Pero no puedo evitarlo, así que tengo que ahogar mi conciencia.

Para cuando acepté que no tenía idea de lo que significaban esas palabras, él ya estaba sumergido en la lectura de un diccionario impreso. Quién sabe dónde había conseguido semejante antigüedad, o como la había salvado de la recolección de piezas históricas.

Luego de eso no le presté mucha atención porque me metí en un problema por mi cuenta.

Más que un problema, en lo que me metí fue en una mente ajena.

Yo había mantenido mi plan de aprovechar esos laboratorios increíbles, y aunque casi no tenía tiempo, los visitaba al menos en domingo. Fue por una de esas visitas que ocurrió: entré al laboratorio en donde el gemelo de Shai estaba trabajando y, aunque sabía que debía mantener la distancia, no pude con la curiosidad. Justo cuando me acerqué para preguntarle qué hacía, él se dio la vuelta y por poco se estrelló conmigo. Instintivamente extendí las manos para detenerlo y retrocedí un paso.

No creo que hubiera ocurrido nada si no hubiera estado viéndolo a los ojos entonces, pero el mayor problema fue que lo tomé por sorpresa. Nunca supe con qué estaba experimentando, pero sí me enteré de algo que no hubiera querido saber. De algún modo, Shadwell me arrastró a su subconsciente cuando lo sorprendí de aquel modo, y lo que “vi” no fue agradable.

No es fácil describir algo observado en una mente ajena, pero podría decirse que miré directamente el asesinato de muchas personas, casi todas entre súplicas o llanto. Lo observé todo junto, no como cuando uno observa de lejos una desgracia, sino con completa certeza de la agonía de estas personas. Más cerca imposible.

Y el asesino... podía sentir pena y odio contra ellos a la vez. Podía decapitarlos, dispararles o romperles el cuello sin dudarlo, como parte de un proceso sin importancia para él.

Yo fui, por un segundo o lo que haya durado, todos ellos y ninguno.

Luego fui consciente de que mi mano izquierda estaba apoyada en el hombro de Shadwell y que estábamos viéndonos a los ojos cerca de una mesa que humeaba porque algo corrosivo se estaba derramando sobre ella.

Él parpadeó. Yo no podía hacerlo.

Por un par de minutos (¿o en verdad fueron días?) sólo pude quedarme ahí, viéndolo a los ojos y con esa pregunta atorada en la garganta. Él me sostenía la mirada, pero era evidente que estaba ansioso por romper aquel contacto.

Un reclamo me regresó a la realidad de golpe:

―¿Qué fue lo que hiciste?

No lo había dicho el muchacho frente a mí.

Se trataba de Shai, que había llegado por el mismo camino que yo y había dejado abierta la puerta del frente, que debía permanecer cerrada todo el tiempo según el reglamento. Yo tenía una respuesta para su pregunta: no había hecho nada. Pero las palabras no salieron de mi boca.

―Sal de aquí ―exigió el gemelo sociable, a gritos cada vez más fuertes― ¡QUE TE VAYAS!

Y como yo seguía más quieta que una estatua, me sujetó por los hombros y me empujó hacia la puerta. No me resistí, por la misma razón por la que no me había movido antes. Una vez fuera, y ya en movimiento, sólo seguí caminando.

De pronto tenía esta información traumática en mi memoria, Shadwell me había sostenido la mirada, y Shai me había gritado.

No tenía idea de lo que había hecho para que todo se pusiera tan raro.

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