viernes, 30 de mayo de 2014

Obediencia Sorda. 9 - Sí, August, estoy bien

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Enero era mal mes para mí, por que venía con un montón de exámenes. Mi vecino telépata lo veía con otros ojos, desde luego. Corría de un lado a otro preparando la primera obra del año, y no pude evitar fijarme en el entusiasmo con el que lo hacía; no era cosa de mantenerse ocupado para evitar ser un radar humano de preocupaciones y pensamientos tristes. Como era más estudioso de la cuenta, no debe haber sido un problema el tener que hacer esos preparativos mientras los estudiantes promedio intentábamos memorizar discursos, resolver guías de práctica y entender esos temas que habíamos estado postergando.

Aunque estaba faltando a algunas de sus sesiones de estudio, el lunes llegó puntual en la biblioteca para repasar historia con nosotros.

―Hola Tom ―Irina fue quien lo vio primero―. Rose y yo creímos que íbamos a estar solitas.

Me di la vuelta para saludarlo con un gesto, y le hice espacio en mi lado de la mesa.

―¿Shai todavía no aparece? ―preguntó mi vecino mientras tomaba asiento.

―Lo vi hoy, pero dijo que no va a seguir estudiando con nosotros. Al menos por un rato ―luego agregó, con tono confidente:―. No le digan que hablé, y tampoco me crean, pero me parece que tiene problemas con Shadwell.

Thomas no se veía tan sorprendido como yo, y de nuevo supuse que en alguna de sus involuntarias exploraciones REM había visto algo al respecto.

―Supongo que es cosa de tiempo ―comentó―. Y, ¿hemos aprendido algo interesante esta semana?

―Nada nuevo. No puedo memorizar las fechas ―confesó Irina―. Pero si recuerdo los porcentajes de todo.

―¿Todo? ―pregunté burlándome de su altanería― ¿que tal las personas que tienen ojos azules?, ¿recuerdas ese porcentaje?

Ella echó a reir.

―¡Hablaba de la clase! Pero sí recuerdo los porcentajes una vez que los investigo, y no te burles, que sí los recuerdo. Pero no me importa el color de los ojos de la gente.

Empezamos a preguntarle uno tras otro, y aparentemente conocía desde el índice de delincuencia de cada año, hasta la proporción población:designados en cada ciudad de la región.

Recitaba las implicaciones de cada uno de esos datos, tal como las habían señalado en su salón de clase. Yo apenas si le hacía caso, hasta que dijo algo que yo había oído recientemente:

―Es decir que la mayoría de los delincuentes son telépatas. Incluso hay quienes intentan establecer una teoría que explique esa tendencia...

―No existe tal tendencia ―era mi turno de repetir lo que había oído en clase―. La mayoría de los criminales son telépatas porque la mayor parte de las personas lo son. Así de simple. 

―¿Se te ocurrió a ti o alguien...? ―preguntó mi vecino.

―Lo dice Hammer. Pero, tiene sentido, ¿no?


―Mira, hasta de Hammer has aprendido algo ―se burló Irina.

―Sí, hasta de él. Pero será el primero que me repruebe en los exámenes. 

―¿No estás lista?

―Es que...

―¡Tienes que estar lista! ―exigió mi vecino, exaltado como buen tutor― Usará tu informe para la evaluación. Colapsará si repruebas.

―Siempre tiene algún tipo de crisis cuando todos reprueban ―apuntó Irina.

Pero yo estaba perdida en las palabras que había pronunciado Thomas. ¿Era cierto? ¿Cómo podía él saber eso? De pronto sentía un gran peso encima de mis hombros.

―Si eso fuera verdad ―dije, para callarlos antes de que me asustaran más―, no tendré ningún problema para aprobar.

―¡Esa es mi vecina!

―Presumida ―comentó Irina, y yo preferí tomarlo como una broma.

―¿Y a que hora es que vamos a estudiar, eh?

No funcionó la indirecta, ellos siguieron hablando de Hammer y sus espectativas para los exámenes. De todos modos, ¿quien quiere estudiar una clase que cualquier otro puede aprobar, cuando tiene que ocuparse de evitar que un profesor que detesta tenga una crisis? Por lo que entendí, la conservadora corría con la misma suerte que yo con respecto a eso, pero ella representaba un curso más adelantado.

Descubrimos que Hammer nos enseñaba a ambas sobre los mismos individuos, pero en distintos niveles de profundidad, y a menudo con enfoques diferentes. Mi grupo sólo escuchaba de estadísticas y descripciones superficiales, en tanto que Irina y sus compañeros estaban constantemente expuestos a información sobre la motivación de los criminales, sus estrategias y datos más crudos. Con ellos, por ejemplo, no evitaba mencionar a Teale. Y por lo visto era imposible entender lo que el profesor había visto en esa terrible mente.

―No hay mucho que saber sobre Teale ―comentó mi vecino, con ese tono inquietante que tomaba cada vez que se refería a ese psicópata en particular―. Le gusta el sufrimiento ajeno, su forma de pensar es un laberinto, y su habilidad es tal que puede obligar a cualquiera a hacer cosas que no hubiera hecho jamás... algunas incluso querrá hacerlas.

―Das más miedo que Hammer ―soltó Irina, liberándome del problema de ser yo quien lo dijera.

Ese era el problema de estudiar con ellos. Frente a los libros de historia hablábamos de un profesor demente y sus discursos dementes sobre personas dementes. Luego la conservadora se ofrecía a ayudarme con mis estudios como designada, y terminábamos repasando historia. Incluso algunas reuniones de estudio de ciencias experimentales habían perdido el rumbo.

Por lo visto no sólo a mí me costaba concentrarme en época de exámenes.

¡Pero yo sufría más! Era la primera vez que enfrentaba las evaluaciones de aquella institución. A juzgar por las clases y los trabajos asignados, aquello prometía ser mucho más complejo que los exámenes aplicados en Micbie. Llegué a preguntarme cuantas clases podía reprobar sin que me echaran del ISC.

Entre más se acercaba la fecha, más me espantaba con las posibilidades. Thomas decía que yo estaba teniendo sueños muy parecidos a los de todos los novatos, pero no le creí nunca nada de eso. Seguramente lo decía para evadir el tema de que, a veces, yo soñaba que recorría la casa donde había hablado con el gemelo de Shai.

Se quedó sin excusas tras unos días, cuando hube recibido los resultados de todas mis evaluaciones y las pesadillas al respecto se acabaron. Ni un sólo reprobado. Más aún, tenía calificaciones excelentes en las clases de ciencias experimentales y estuve cerca de la nota perfecta en el examen de Hammer. Aunque eso último era casi trampa porque la mayor parte de la información evaluada era parte de mi propio reporte, aprobar todo lo demás era el resultado de el esfuerzo descomunal que me habían exigido los estudios.

Con esa idea, el terror se convirtió en euforia. No sólo tenía más ánimos para estudiar, si no para todas las actividades del instituto. Incluso me interesé en temas que nunca me habían llamado la atención; por ejemplo, el torneo de adivinación en el que participaría Shai. No había estado hablando mucho con él, porque seguía en su concha sin que supiéramos por qué, de modo que cuando nos invitó a su evento, corrí a decir que sí. Lo que fuera para no perder el contacto de forma definitiva. Irina estuvo de acuerdo, ella iba todo el tiempo. Pero mi vecino estaba decidido a mantener la distancia.

Quizá era con él con quien tenía problemas Shai... o su hermano.

También tuve que conocer el teatro, un arte a la que no quería dar ninguna oportunidad. Pero tuve que hacerlo; era cosa de lealtad, después de todo. Thomas de verdad disfrutaba eso y estaba muy concentrado en ello por esos días. Volvió a ensayar los diálogos en los pasillos, como el día en que lo conocí, pero ahora estaba listo y sólo decía sus líneas. 

Justo la semana después de la entrega de resultados, tenía la primera presentación, y yo fui con gusto a verlo. El defecto del teatro era que había demasiados elementos, y cualquier fallo arruinaba la experiencia; además,  aunque yo no era de las amantes de la literatura, suponía que el teatro no estimularía la imaginación como lo hacía una lectura. 

Sin embargo, me encantó. 

Al igual que había hecho con el ISC y con todo el asunto de ser designada, yo había vivido en el prejuicio en lo referente al teatro. 

August dijo, cuando se lo comenté en videoconferencia ese lunes, que todos teníamos prejuicios, que eran parte de nuestra educación. Dijo que hacía falta detectarlos. Él mismo, había descubierto unos treinta a lo largo de sus meditaciones y los desafiaba cuando era posible. Entablamos un debate que duró largo rato respecto a lo que podía hacer imposible desafiar un prejuicio. Y teníamos demasiado sueño como para llegar a alguna conclusión decente así que lo dejamos para el día siguiente.

―Preciosa ―comentó él antes de despedirse―, me suena a que te está gustando ese colegio. 

―A mí también ―respondí, y acepté que sí, estaba bien en aquel lugar, y quizá incluso estaba bien en mi nuevo rol en la sociedad.

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