viernes, 23 de mayo de 2014

Obediencia Sorda. 8 - Medianoche (parte b)

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Sólo saldría con Thomas y un par de sus compañeros de algún club. Irina estaba en la ciudad con su familia y Shai se había disculpado diciendo que él no era muy festivo; quizá era verdad, pero tal vez lo decía porque tenía que quedarse con su hermano asocial.

Los amigos de Thomas no pensaban ir a la ciudad con nosotros, porque eran de esa gente que necesita ir a dormir a medianoche y no querían faltar a clases al día siguiente.

Empezamos por la fiesta oficial, porque la otra todavía no empezaba. Nada fuera de lo común: puestos de ventas aquí y allá, algunas exhibiciones de los artes y deportes, una especie de altar de los conservadores que no podían ir a casa para el festejo, música y mucha gente. Yo andaba eufórica pese a que, no hacía media hora, había estado llorando de nostalgia.

Bailé y corrí y participé en los juegos que tenía el club de drama; Thomas los convenció de que me dejaran conservar el antifaz.

―Oye, vecino, ¿como es que no estás en esto de los juegos?

―Iba a vagar toda la noche contigo, así que no me apunté en nada. Pero sí ayudé en los preparativos que hacían dentro del horario.
Intenté sacarlo a bailar, pero no hubo forma. En cambió me acompañó uno de sus compañeros. Era buen chico pero estaba obsesionado con los juegos de luces que utilizaban para dar vida a aquella noche.

Pasadas las diez nos fuimos a la otra fiesta, donde las bebidas y el baile llamaban al caos que no se hubiera permitido en la Fiesta de medianoche oficial. Le faltaba organización pero no es necesario tal elemento para bailar como demente y beber como si no existieran las resacas. Como fuere, Thomas y sus amigos no estaban cómodos ahí, de modo que nos fuimos a recorrer el instituto para ser testigos de las pequeñas reuniones de amigos y poco a poco nuestro grupo se redujo cuando nos acercamos a los dormitorios y cada quien fue al suyo. Entre el último edificio de dormitorios y el que utilizábamos los designados para recibir clases, había una pequeña arboleda. Daba la impresión de que usaban arboledas para mantenerlo separado de las otras áreas del ISC, pero lo dudo porque para eso era tan sellado y a prueba de sonido.

―¿Quieres ver las luciérnagas radioactivas? ―propuso Thomas.

―¿Es que todavía quedan?

―Pocas, más que nada en las playas, pero hay un enjambre perdido por aquí...

Me dejé guiar por el bosque en absoluto silencio. No había nada de especial en aquellos insectos, más que su tamaño y su luz negra. Era posible que su evolución fuera causada por cualquier motivo, pero todos elegíamos creer que había sido por la radioctividad. Al menor ruido se volvían agresivos, pero en silencio era posible incluso sujetarlos.

No hubo caso, ya no estaban ahí. Pero encontramos, en cambio, a otra especie rara. Lo primero que oímos, fue las voces:

―Bien, trabajaré sólo con Irina en el proyecto de psicología, pero tienes que hacer mi reporte para Hammer.

―¿Ya pidió el reporte? ¿Le pasa algo malo?
En ese momento, mi vecino me hizo señas de que nos fuéramos, pero yo no hice caso porque estaba tratando de asegurarme de que había oído hablar a Shai.

―Tú averígualo, yo no leo la mente.

¡Sí! ¡Ese era él!

―Creo que es por el nuevo vecino.

Esa otra voz me sonaba de algún sitio...

―¿Sigues con eso? ―replicó Shai.

En ese momento en que consideré seguir las voces para saludar a Shai y salir de dudas sobre su acompañante, Thomas tiró de mi brazo en la dirección opuesta.

―Sigo... ―el desconocido se interrumpió, para luego preguntar:― ¿Oíste?

Probablemente había notado el ruido causado por mis pasos mientras Thomas me arrastraba lejos de ahí.

―No... ―fue lo último que alcancé a oír, y supuse que era la respuesta de Shai a la pregunta del otro.

Por supuesto que todo el camino estuve reclamando. ¿A qué venía tanta prisa por irnos?

―¿Qué no ves que es privado? ―intentó explicar mi compañero de celebración, mientras caminábamos por el pasillo frente al edificio de los designados para encaminarnos luego hacia el área donde festejaba la mayoría.

―Pues sí, pero fue coincidencia y oír su plática en secreto es peor que si hubiéramos ido a saludarlos...

―¿Estás loca? Es que no hubiéramos tenido que oír su plática tampoco, nos teníamos que ir cuando te dije.

―Quería ver quien era el otro... yo conozco esa voz.

―Te suena familiar porque se parece a la de Shai, no hay forma de que lo hayas oído decir pío.

―¡Espera! ¿Ese era el otro gemelo?

―Pues claro.

―¿Y cómo lo sabes?

―Por qué yo conozco la voz de Shadwell.

―¿Y no dicen que no habla con nadie? ―repliqué.

―Pues obviamente habla con Shai. Y a mí me habló una vez.

―¿En serio? ―me sorprendí―¿Qué te dijo?

―Literalmente dijo: “Alejate de mí. Si te sigues metiendo a mis sueños, te pesará.”

Una amenaza. Con razón ese tipo no le gustaba nada a mi vecino.

―¿Y le explicaste que no podías evitarlo? ¿Lo comprendió?

―Sí. Pero eso no evitó que me pesara.

―¿Qué te hizo? ―inquirí, preocupada.

―Nada. No es que hiciera algo... Sólo... Ya te lo dije: su REM es temible.

Entre palabra y palabra volvimos a la fiesta. No nos quedamos mucho más, porque yo quería ir a la ciudad.

Atravesamos el salón pequeño, donde un grupo de maestros compartía anécdotas y licor.

―¿Salen tan tarde? ―preguntó un individuo al que reconocí con el disgusto de siempre.

―Para ver la fiesta en Inocencia ―respondió mi compañero, con naturalidad―. Ya no hay tráfico y la ciudad seguirá despierta y saludable.

Hammer abandonó su grupo para acercarse a nosotros. Acercó su cara a la de Thomas y ordenó:

―Nada de esperar el día en ese lugar. ¿Está claro?

―Como los sueños de mi vecina ―respondió Thomas, sereno y señalándome―. Es más, estaremos de vuelta antes de las dos.

Conforme, el profesor se desentendió de nosotros.

La carretera estaba desierta y Villa Inocencia parecía callada en su mayoría. Las luces seguían encendidas en las casas, y sentí la tentación de caminar en la penumbra en lugar de seguir el sonido de la fiesta que venía de mi izquierda.

―Por aquí ―Thomas me guió por la orilla de la carretera hasta la que debía ser la calle principal, donde en lugar de una parranda lo que había eran varios grupos distintos, celebrando cada cual a su modo pero sin alejarse de sus vecinos que tenían otros gustos.

Unos bailaban, otros comían, otros contaban anécdotas del año que ya había terminado. Más adelante había un grupo que hacía promesas para el año siguiente y luego los que quemaban aquello que deseaban dejar atrás...

―¡Rose! ¡Thom!

Volteamos para descubrir a Irina, que dejaba el grupo de los que hacían promesas para venir a saludarnos.

Ese día, o más bien, esa noche, conocí en persona a su hermana, su pequeña sobrina y su padre. Este último nos preguntó si nuestras creencias nos permitían participar de las suyas y hacer una promesa.
Avergonzada, admití que no se me ocurría ninguna.

―¿Cómo funciona? ―preguntó mi vecino.

―Sólo lo dices, y somos tus testigos para recordártelo cuando sea necesario.

―Yo prometo, de nuevo, que prestaré atención respecto a mi papá; aunque no me guste lo que vea.

Era una promesa curiosa, para ser que venía de un telépata que intentaba no prestar atención a los pensamientos de los demás, ¿o no se refería a ese tipo de atención?

―Eres bueno―dijo la niña, con las palabras difíciles de comprender que suelen tener a su corta edad.

―Eso espero ―respondió Thomas.

Irina nos comentó que ya había hecho su promesa:  ser paciente. Confesó que era una promesa que rompía año con año, pero no se cansaría de hacerla porque esa paciencia la necesitaba para todo.
Ella y su hermana iban a visitar otros festejos, así que las esperamos y fuimos los cuatro. Pasamos un buen rato jugando con dardos y visitamos a un hombre, más o menos joven, que decía ver el futuro en los ojos de las personas.

Le garantizó a Irina que vería el mar; y a su hermana le dijo que vería a un muchacho de rodillas disculpándose por algo, al parecer también lo vería marcharse con el perdón pero sin recuperar lo que se había perdido.

―¿Y tú, muchacho?

―No creo en la adivinación de la mirada ―dijo Thomas―, pero por si acaso fuera cierto, prefiero no saber.

El hombre rió y le dijo que hacía bien en no creer. Y luego me invitó a mostrarle mi futuro.

Lo hice por diversión. Aunque siempre había creído en la adivinación, no me parecía lo bastante comprensible así que me daba igual lo que pudiera decir el hombre.

―Ves a un hombre en el pasillo, creo que te esperaba, porque te invita a pasar y tú lo sigues hasta la habitación 24...―se interrumpió, parecía nervioso, y después de un momento, me dijo con preocupación― No querrás oírlo, y yo no quiero ver más.

―¿Estás intentando asustarla, Maco? ―preguntó la hermana de Irina.

―No es eso... es que no es agradable. Es más, jovencita, yo te recomiendo que no vayas con él. No te lleva a un buen sitio.

―Intentaré recordarlo ―respondí, mientras me daba cuenta de que aquel arte era tan impreciso, que tenía más relación con mis sueños pasados que con un posible futuro.

Mientras tomábamos un café, le comenté a Thomas que esa advertencia del adivino me había recordado la que me diera él aquella noche después de meterse en mis sueños.

―Quién sabe, a lo mejor es la misma advertencia ―dijo él, divertido―. Es cosa de... ¡Ay no! Es tarde.

―¿Qué?

―Igualmente ya nos vamos.

―¿Qué? ―repetí, mientras me disponía a seguirlo.

Las conservadoras se despidieron, y yo dejé el puesto de café reclamándole a mi vecino por tan repentina partida.

―¡Ya son las dos! ―me dijo.

―¿Y eso qué...? ―por fin, lo recordé:― ¿Es en serio? ¿Lo decías en serio?

―Por supuesto.

A veces él me resultaba detestable.

Ya no había nada divertido en el instituto. Así que volvimos a Europa antes de las cuatro de la mañana. Tuve tiempo de dormir un rato y cuando abrí los ojos estaba en otra parte. Estaba tendida en un charco de sangre en una casa vacía. Había un par de sillas vacías frente a mí y sentado en el suelo, en una esquina estaba Shai.

―Estuve limpiando pero la sangre nunca se quita ―se disculpó.

Otra vez sonaba extraño, esa fue la pista que comprendí:

―¿Esto es un sueño? ―quise confirmar, mientras me incorporaba.

―Sí. No deberías venir, pero... mírate ahí: mirándome. Estás sentada en un charco de sangre en el lugar en donde cinco personas murieron y estás mirándome.

―Ya que lo mencionas... ¿por qué estamos en un lugar tan tétrico?

Me puse de pie y caminé hasta él.

―Prefiero no decírtelo.

―Está bien.

―No puedo creer que realmente pienses eso ―comentó, encantado.

―Soy partidaria de la privacidad, eso es todo.

―¿De que más eres partidaria, Rose?

Reflexioné antes de responder:

―De los finales felices, de la lealtad y del libre albedrío.

―Todavía me cuesta creer que todo eso existe.

―Tengo evidencia.

―No lo dudo ―dijo, y después de una pausa, preguntó:―. ¿Cómo es que siempre me ves a los ojos, Rose?

No entendí la pregunta. Estaba justo frente a mí, ¿por qué no lo haría?

―Nadie lo hace ―agregó, con una nota de tristeza en la voz―. Ni siquiera él.

De pronto entendí por qué sonaba raro y por qué había reconocido la voz del hermano que nunca decía nada. Con razón estaba parada en uno de los muchos charcos de sangre de una casa que se caía a pedazos: es que él tenía una REM temible.

―Eres Shadwell ―murmuré.

Por un segundo el pareció confundido. Luego, se enojó conmigo.

―Sólo crees que soy él ―me reclamó―. Vete.

―¿Qué...?

―¡Vete! ―me interrumpió con sus gritos― ¡Largo de aquí!

―Como quieras ―le grité también.

―Te dije que no la trajeras... ―no me había dado cuenta, pero Shai también estaba ahí.

―¡Tú cállate que nadie te ha preguntado! ―bramó el otro, causando que el gemelo sociable se encogiera.

No salí en defensa de mi amigo porque me desperté de repente, con el corazón a mil y segura de que había hecho algo terrible.

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