lunes, 19 de mayo de 2014

Obediencia Sorda. 8 - Medianoche (parte a)

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La semana más fría terminó el martes. Había durado más de lo usual, pero eso era buena señal: la temperatura subiría de inmediato. A menudo la temperatura subía de golpe en enero, pero quizá este año tendríamos una subida gradual en la última semana de diciembre.
Tales eran mis inocentes esperanzas, en Micbie ocurrió así. Pero cuando la última semana de diciembre llegó, en el instituto y la ciudad que estaba al otro lado de la carretera, seguía haciendo frío y hasta había una corriente de aire ocasional.
Con pantalones gruesos y camisas de manga larga me sentía común y corriente. Por eso no me gustaba la estación fría, a pesar de que coleccionaba abrigos. La única ventaja era que no tenía que decidir si quería que todo mundo viera los moretones verdes que le debía a los entrenamientos de DP.
Fuera del clima y los moretones, la ultima semana de Diciembre iba de maravilla. Recibí varias invitaciones para la celebración de medianoche, y cada uno de esos caballeros intentó explicarme como recibían el nuevo año en el instituto. Excepto los dos que querían invitarme a la fiesta en Villa Inocencia, esos hablaban de una especie de baile en la calle principal.
Según había entendido, la fiesta del instituto también era en exteriores, en uno de los jardines. A veces, por cuestiones de gustos musicales, algunos estudiantes establecían un baile paralelo en otra parte.
Yo quería verlo todo.
Thomas dijo que en una noche completa, podíamos hacerlo. De todas formas, dormir no era su actividad favorita y las fiestas duraban hasta el amanecer siguiente.
Así que preparamos una ruta para recorrer las fiestas de medianoche y un plan para que el sueño no nos venciera. Quizá tuvieramos que saltarnos un par de clases al día siguiente, pero eso lo hacía todo el mundo, aun los que no amanecían festejando.
Mis hermanos tenían los planes de siempre, una cena en familia, fingir que iban a dormir, y salir a emborracharse en la fiesta de los Bravo. Mis padres tampoco cambiarían su rutina: cena en familia, fingir que iban a dormir, y rastrear las mentes de sus hijos para asegurarse de que no fueran a aparecer en las noticias al día siguiente.
Me parece que esa rutina era la versión telépata de las rutinas de todas las familias en el pueblo. Y el único que se iría a dormir a la hora de siempre sin hacer ningún cambio a su delicada rutina, era August. En ese sentido, había salido ganando con mi ausencia. Porque yo siempre lo hacía trasnochar.
Por lo visto, esta vez lo reemplazaría Thomas.
Pero, hasta el día de la fiesta, yo tenía mucho que hacer. Los deberes de las clases de ciencias los llevaba adelantados, e incluso ya habíamos hecho el informe de historia. Pero tenía investigaciones inmensas que cumplir para mis dos clases “favoritas”; la tarea para Azul la seguía postergando porque no me interesaba, pero la otra era una aberración, o mejor dicho, una ironía: Hammer quería un informe detallado y organizado de lo que habíamos estado aprendiendo en su clase. ¿Acaso nos había enseñado algo en forma organizada o detallada... o en cualquier forma?
―¿Qué necesitas, vecina?
―¡Ay mi...! ―solté un grito ahogado antes de procesar quién era el que me hablaba―Thomas, casi me matas de un susto.
Había llegado a la hora habitual para almorzar, pero demasiado callado y fuera de mi ángulo de visión.
―Perdón. Y, ¿qué necesitas?
―Un informe de lo que Hammer cree que nos ha estado diciendo.
―¿Tan pronto?
Mi cara de sorpresa siempre le brindaba información a Thomas, quien ahora supo que debía contarme un poco más sobre el lunático que debía instruirme sobre criminología:
―Una o dos veces por periodo, los estudiantes de criminología van por ahí desvelados, furiosos y confundidos, tratando de buscar en la red o copiar de otros compañeros, por qué no saben lo que Hammer espera de ellos cuando pide un informe organizado de lo que han aprendido con él.
―¿Y alguien lo ha conseguido?
―Todos y ninguno.
―No entiendo.
―Ese es el asunto: ninguno entiende lo que Hammer quiere; pero todos los que presentan algún informe reciben la calificación completa. Y algunos de ellos, obtienen su agradecimiento.
―¿Y eso a cuenta de qué?
―¿Qué fue exactamente lo que te pidió?
―Reporte detallado y organizado de lo que hemos aprendido ―repetí, aunque imaginaba que él lo sabía bien.
―Bien, eso es lo que quiere. A nadie se le ha ocurrido que eso quiera, pero los más holgazanes lo hacen porque es más rápido de escribir.
―Pero eso... él... Ni siquiera puedo recordar cuantas cosas ha dicho... es caótico y...
―¿Tampoco tú lo entiendes? ―me interrumpió el joven telépata, un poco disgustado―. ¿Ni siquiera porque ya te lo expliqué? No quiere que le presentes lo que ha dicho, vecina. Quiere leer lo que tú aprendiste.
―Casi nada.
―Eso es lo de menos. Has una lista de lo que si recuerdes y ponlo en orden. No es indispensable para ti, porque tendrás la nota de cualquier modo. Pero, si quieres ayudar al hombre, sólo intenta ordenar lo que recuerdes o usa tus apuntes más comprensibles.
―¿Dices que eso le ayuda...?
―Sabes que no puede mantener el orden de lo que está enseñando. ¿Crees que él no se da cuenta? Necesita que ustedes se lo recuerden. Para eso es la tarea. Por eso lo plantea como si ustedes le estuvieran haciendo un favor: porque así es.
Sentí una punzada de lástima cuando escuché todo eso. Todavía me parecía mala idea que lo dejaran enseñar, pero ya no veía tan justo mi desprecio hacia él.
―Vecina, no quiero dejarte comer sola, pero me parece que quizá haga falta en otro sitio. ¿Está bien si me retiro ahora...?
No le hice mucho caso pero atiné a captar el mensaje.
―Sí, claro ―respondí―. Pero come algo.
―Sí, sí. Almorzaré allá.
Ni vi que rumbo tomó.
Me puse a hacer el informe para Hammer. Descubrí que una vez que la ponía en orden, había mucha más información de la que yo hubiera esperado. Mis estudios extras me habían permitido saber de que hablaba casi todo el tiempo. Y en mis anotaciones casi sólo había referencias a los casos y comentarios sobre las cosas que él planteaba diferente. Así que el informe tomo ese rumbo.
Me desvelé bastante, y August tuvo la gentileza de sacrificar su delicada rutina para llamarme a ver como iba mi trabajo un par de veces.
―¿Y quién es el tirano?
―Hammer. Pierde el hilo de lo que enseña y nos pide un resumen.
―Pobre hombre.
Su tono me hizo sentir culpable de nuevo, pero al menos estaba haciendo un informe, ¿cierto?
Lo terminé el domingo, y la fecha de entrega era el martes, así que no tendría que pensar en ello durante la fiesta de medianoche.
Como estaba mal de fondos y de tiempo, no fui a la ciudad a comprarme un vestido, sino que volví a usar el vestido gris, mi favorito. De pronto recordé que ese mismo había sido mi atuendo al iniciar la estación fría, y mi vida en este lugar. Se sentía como cerrar un ciclo; todo era diferente desde el día en que era una designada nivel cero y no sabía si tenía que hacer fila.
En dos meses me había adaptado al edificio Europa, a los maestros y a mi primer arma (que era sencilla y servía sólo como apoyo para aprender movimientos básicos que necesitaría para aprender algo útil más adelante). Tanto así que el domingo no me había hecho daño con ella.
Pero, cuando vi mi reflejo en un espejo del cuarto de baño, se me quitaron las ganas de ir a las fiestas. No llevaba un vestido nuevo como todos los años, ni un peinado raro de los experimentos de mi mamá. En mi casa debían estar cenando. Juntos. Este no era mi hogar y Thomas no era August.
Estaba llorando cuando escuché su voz en mi oido. Supe de inmediato que sólo era el timbre de mi comunicador y no traté de calmarme antes de presionar el botón para aceptar la llamada.
―Déjame adivinar ―saludó August―. Estás melancólica y sientes culpa por haberte preparado para ir de fiesta.
―Siempre lo sabes todo ―admití, todavía triste.
―Espero que entiendas que me alegra ir a dormir temprano.
―Lo sé.
―Y que tienes una abuela que agradece no haber preparado pastel para ti. Te ama pero ya está cansada la viejita.
―Lo sé.
―Preciosa, sólo es otra fiesta. Seguro que puedes divertirte sin mí. Sólo me necesitas para las cosas serias y yo seré feliz cuando entiendas eso y dejes de pedirme que te acompañe a fiestas.
―Lo sé ―me reí sin dejar de llorar: sólo faltaba el arcoiris.
―Ahora lárgate o tus amigos van a enojarse de que los plantes.
―Está bien ―respondí, aunque era sólo un amigo.
Sólo saldría con Thomas y un par de sus compañeros de algún club.

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