miércoles, 12 de marzo de 2014

Obediencia Sorda. 7 - REM (parte b)

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Cuando por fin pude dar el día por terminado y me tendí en mi cama, me di cuenta de que mi audífono estaba en el escritorio y que yo no había tenido tiempo de llamar a August esa noche. No encontré ánimos para levantarme a buscar el comunicador, y de pronto estaba dormida.

Volví a tener un sueño extraño:

Avanzaba por un pasillo con mala pinta y me detenía frente a una puerta en particular, al lado de la cual estaba Thomas.

―No entres ahí ―me advertía mi vecino.


―Fui invitada.

Y con esa excusa, abría sin llamar a la puerta, aunque me quedaba en el portal limitandome a observar el interior. Ahí había dos personas sentadas en sillas idénticas, pero no podía verlos bien, por que justo frente a mí estaba Shai, desconcertado y con la voz muy rara, preguntándome como había llegado ahí.

Por supuesto, yo no tenía respuesta.

―Entonces, entra ―decía él, ante mi silencio.

Empezaba a apartarse y yo podía ver la sangre en el piso, y quizá algo más que no querría recordar después. Yo había leído sobre este lugar y esas personas en las sillas, así que decidía observar para reconocer la situación.

Pero en ese momento alguien más intervenía.

―No puedes traerla aquí ―era una voz desde dentro de la habitación―. ¿Es que quieres matarla de un susto?

Shai no parecía capaz de tomar una decisión, pero volvía a interponerse entre la habitación y mi vista. En cierto modo, era mejor no poder ver aquella grotesca escena.

Un portazo distante me hacía ver hacia el pasillo, pero no había nada. Ni nadie.

―¿Quieres entrar, Rose? ¿Aunque asuste?

Había tanto de súplica en la voz de Shai, que yo asentía de inmediato.

No sé si hubiera entrado.

No sé si hubiera huido cuando viera la habitación por completo.

No pude averiguarlo por que en ese momento escuché que alguien llamaba a la puerta. No la que estaba abierta frente a mí, si no otra, a mis espaldas. En el sueño, me pareció que era la puerta que llevaba fuera de aquel edificio, así que recorrí el pasillo para atender, pero antes de abrir la puerta, abrí los ojos al mundo real, y descubrí el sonido de golpes en la puerta de mi habitación.
Somnolienta, levantándome a duras penas, pregunté quién era, qué quería, o alguna de esas cosas que uno suele preguntar. Lo dije sin pensar y lo olvidé mientras lo decía.

―Sólo despierta, vecina.

Cuando abrí la puerta estaba casi completamente despierta, y ya había procesado que mi visitante era Thomas.

―¿Qué pasa, vecino? ―dije, entre malhumorada y preocupada.

―No me hiciste caso y casi entras a un sitio que nunca podrías sacar de tu subconsciente.

―¿Qué...? ―logré procesar lo que decía y exclamé― ¡Eras tú de verdad! ¡En mi sueño!

―Ya te lo había dicho, en fase REM no puedo evitar entrar a las mentes de los demás.

―Y... tú lo viste diferente, ¿verdad? Por qué sabías todo y dijiste que no entrara y... ¿cómo sabías que era algo malo? ¿Y...?

―Por qué ya lo he visto. Buenas noches.

Acto seguido se fue a su cuarto y para cuando pude reaccionar ya había cerrado su puerta. Supuse que podía preguntarle después qué era eso tan desagradable que había querido evitarme la experiencia, pero también me imaginaba que no quería contestarme.

Sólo que yo sabía. Yo conocía aquel escenario; aunque nunca lo había visto antes, conocía la descripción. No quería volver a dormirme sin recordarlo, pero ocurrió como de costumbre: sentarme cómoda, acomodarme un poco más hasta quedar acostada en una posición conveniente... y al final, estaba dormida y soñando con pisos ensangrentados y persecuciones para sacarle la verdad a Thomas. Si fue un sueño largo o breve, o sí ocurrió cerca del amanecer o no, jamás lo sabré.

Cuando me despertó la llamada de August, yo no recordaba el incidente.

Intercambiamos información del día anterior gracias al intercomunicador, mientras yo buscaba mi ropa para el día. Al despedirnos me dijo que no usara vestido. Increíble que siguiera preocupándose de recordarme que ahora sí comenzarían esas ráfagas de viento capaces de tirar lo que fuera si lo golpeaban en el ángulo correcto. Regresé el vestido lila al armario y saqué algo más apropiado.
Poco antes de las seis, acompañada por mi vecino, enfrenté el principio de la semana más fría del año y agradecí el consejo de mi querido August. Por fortuna, las aulas tenían temperatura controlada, y no pasé la clase de matemáticas pensando en el frío.

Era Thomas quien parecía distraído.

―Vecino, ¿qué tienes? ―pregunté, bajito.

―Me preocupa Shadwell. No preguntes.

No lo hice, aunque ganas no me faltaban. Traté de notar algo diferente en el gemelo asocial, pero estaba como siempre, atento a la clase sin fijarse en la gente. Salvo que hubo un momento en que miró hacia mí. Podría haber estado viendo en mi dirección sin verme a mí, pero yo lo tomé personal porque apartó la mirada y abandonó el salón al ser descubierto.

El incidente no salía de lo usual, pero me causaba una sensación rara por que me recordaba que había estado soñando con Shai y que Thomas me había ocultado algo sobre eso.

De nuevo, me resistí a preguntar. No iba a sonsacarle respuestas al único telépata que prefería no andar de entrometido. La complejidad del tema en clase me servía como distracción. En realidad, no tendría tiempo de hacer plática con mi vecino hasta la hora de almorzar. O eso creía yo.

―Hoy desayunaré contigo ―me anunció cuando salíamos de clase.

―¿No tienes clase?

―Sí.

―Pero...

―No quiero ir a clase con los gemelos. No...

―¿No pregunto? ―lancé mi suposición inmediatamente.

―Exacto.

Mientras comíamos le propuse que me contara lo que pudiera para que yo no preguntara nada más. Pero dijo que no había nada que contar: nada interesante, nada nuevo, nada agradable.

Para nuestra sorpresa, Shai salió del área de lavandería y fue a ordenar algo de comer. Cuando vi que ya tenía su bandeja, lo llamé para que nos acompañara.

A mi lado, el telépata entró en pánico o algo que se parecía.

―No... ¿Por qué...? ¡Cómo se te ocurre!

―¿Pues ahora qué tienes?

―Está todo muy reciente.

No pregunté nada más, porque Shai había llegado a nuestro lado y se sentó con nosotros mientras saludaba. Era la imagen de la depresión, pero parecía alegrarse de estar ahí con nosotros. También tenía una vendita en la frente. Quizá que eso tenía alguna relación con el hecho de que él también estuviera faltando a su clase de psicología. Sólo entonces recordé que Thomas me había dicho que no quería verlos: a ninguno de los gemelos.

―¿Qué te pasó? ―quise saber.

―Me di de golpes contra una pared.

Solté a reír a pesar de que ni Thomas ni el propio Shai parecían ver nada divertido en esa respuesta.

―No, Shai, en serio ―exigí.

―No quiero hablar de eso. Fue... fue un accidente estúpido tratando de hacer algo que no se me da muy bien en los entrenamientos. Sólo déjalo.

¡Con razón andaba con una nube de tormenta encima! Por supuesto que acepté dejar el tema, y en pocos minutos nos sentíamos mucho más tranquilos. Incluso mi vecino parecía haber superado su aversión temporal hacía Shai y su hermano.

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