domingo, 9 de marzo de 2014

Obediencia Sorda. 7 - Rem (parte a)


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August y yo teníamos un puñado de tradiciones, aunque nuestra relación se basaba más bien en las sorpresas y la improvisación. Al estar tan lejos me di cuenta de que ninguna de esas tradiciones me importaba mucho. Sin embargo, una vez que hube tomado el ritmo de mi nueva vida, decidí levantarme temprano los domingos para ejecutar la actividad más aburrida y relajante de las que llevaba a cabo sólo porque él lo hacía: meditar.

Nunca terminé de comprender como se suponía que funcionaba y, sin él, sólo podía quedarme en silencio pensando en lo que fuera. El domingo anterior había pasado media hora imaginándolo a él, sentado a la orilla del arroyo con expresión de tristeza, como cuando íbamos juntos y yo seguía mirándolo mientras el creía que yo tenía mis ojitos cerrados y que estaba concentradísima. Había sido la primera en la cafetería ese día.

Pero este domingo, a esa misma hora yo estaba profundamente dormida. ¡Me levanté a las ocho!
Tenía la boca seca y muchas ganas de llorar. Había tenido un sueño extraño. Estaba segura de que ésta no era la primera vez. Pero, ¿cuándo había pasado antes? ¿Había sido aquí, o cuando aún estaba en casa?


No podía recordar casi nada. Excepto que Shai estaba en el sueño esta vez, y eso nunca había pasado. Sabía que era él porque me había preguntado algo. ¿Qué era? … Creo que quería saber qué hacía yo ahí, o cómo había entrado... Pero no podía recordar en dónde estábamos.

Hubiera logrado recordar si me hubiera puesto a “meditar” en ese momento. Pero moría de hambre, así que tomé mi baño matutino, me puse linda y fui a desayunar. Me encontré con Irina en cuanto terminé de bajar las escaleras exteriores. Supuse que volvía de la ciudad.

―¿Y eso que te viniste? ―le pregunté, mientras la saludaba con un gesto.

―Para estar en el entrenamiento con el grupo. Hoy trabajamos todos juntos.

―Espera, ¿significa que vienes de entrenar?

―Sí. Dormí en el instituto. Ni siquiera cené en mi casa porque no me hubieran dejado volver.

Irina iba a la ciudad cada sábado, porque ya estaba realizando sus primeras prácticas de vigilancia: la tarde del sábado y la mañana del domingo. Podía volver a los dormitorios, pero prefería quedarse en casa con su familia, ya que tenía la suerte de que su casa estaba en Villa Inocencia.

En la mesa habitual, vimos a Thomas, que ya estaba escuchando las noticias mientras comía una pasta rara que no quise preguntar qué era.

En la barra, conversando con Remedios mientras ella le servía los dos desayunos habituales, estaba Shai. Nos acercamos ahí primero porque debíamos ordenar.

―Señoritas ―nos saludó, con voz cansada.

―Hola Shai.

―¿Por qué no fuiste al entrenamiento? ―inquirió su sólo-amiga―. ¿Estás enfermo?

―No.

―Pues es cierto que no tienes buena cara ―agregué.

―Pesadillas ―intervino mi vecino, salido de la nada de pronto; había abandonado su desayuno para ir a saludarnos de aquel modo.

―Tú lo debes saber ―dije, en broma.

Shai no andaba muy conversador. Además tenía prisa porque iba a desayunar con su hermano. Irina y yo nos unimos a Thomas, pero la conservadora tuvo que irse pronto porque no quería llegar tarde a su práctica de vigilancia.

―Así que... ―le saqué plática al telépata― ¿que tienes para hoy?

―Ahora, club de predicción.

―¡Pero si tú no tienes precognición!

―¿Y eso qué?

―Pues que, ¿qué haces con ellos?

―Observo, estudio como trabajan.

―Oye, ¿tú eres de ciencias experimentales, no? ¿Esto es algún tipo de investigación?

―Supongo que sí. Pero no es cosa de las clases.

―Son las ocho. ¿Empiezan tarde?

―No.

―¿Así que te estoy atrasando?

―No.

―¿Llegarás tarde a propósito?

―No.

―¿Y entonces cómo es que sigues aquí?

―Espero a Shai. Ojalá no hubieras preguntado eso.

―¿Por...?

―¡No me vayas a preguntar por qué lo espero! ―me interrumpió, alarmado.

No era lo que iba a preguntar, sin embargo no se me ocurrió nada que decir sin arriesgarme a hacer alguna pregunta que mi vecino hubiera detestado, así que me quedé callada. Un momento después, Shai salió del área de lavandería, donde estaban las escaleras que él y Shadwell utilizaban siempre. Thomas se apresuró a marcharse, y lo alcanzó en la salida del edificio.

Yo volvía a estar sola, así que me fui a buscar algo que estudiar.

Hice un poco de todo. A eso de las doce, me decidí a adelantar un poco y buscar el almuerzo para Thomas y para mí.  En ese momento me encontré con Shai, que nuevamente se iba de la cafetería con almuerzos para dos. Ese día se veía tan cansado y triste que cuando lo miré haciendo malabares para abrir la puerta sosteniendo aquel par de bandejas, sentí deseos de ir a gritarle a Shadwell. Eso no tenía sentido, sobre todo porque el gemelo sin voz hubiera hecho su acto de desaparición antes de que yo pudiera decirle ni una palabra del posible discurso respecto a lo mucho que él se aprovechaba de su hermano.

Dejé la cafetería como él: con comida para dos preparada para llevar. Pero en lugar de ir al segundo piso, fui al edificio de ciencias teóricas, donde pronto debía salir de clase mi vecino. Supuse que tendría que esperar unos minutos por culpa de mi impaciencia, pero me equivocaba. Thomas estaba en el pasillo, recostado en una pared y con el rostro bañado en lágrimas.

No tenía idea de qué podía haberlo puesto tan mal, pero sabía que no podía sólo ir y preguntárselo, porque él era de esos que no podía negarme una respuesta y no quería forzarlo a decir nada que no quisiera contarme. Me acerqué a paso rápido, pero no sabía que podía decirle. En cambii, él fue quien me habló a mí.

―La gente a veces piensa cosas muy tristes ―me dijo, en cuanto calculó que podía escucharlo sin que tuviera que alzar la voz.

No entendí. Era cierto, pero... ¿era por eso que lloraba?

―Sí. Porque pasaron unas chicas pensando en gente que murió. Además, no puedo hacer que se detenga ahora ―explicó―. Una vez que empiezo a poner atención... no se detiene. Y son tantas cosas tristes que me rebasan.

Estaba leyendo mi mente. Y quizá la de todos en el pasillo...

―Todos en el edificio ―aclaró.

―Vaaaya. Qué rango tan... ―me interrumpí. No era para celebrarlo.

―Estoy bien. Los peores ya salieron. Más tarde estaré mejor. Sólo debo recordar como dejar de poner atención.

Mis hermanos lo hacían parecer un juego. Pero este muchacho estaba pasándolo mal.

―No te preocupes tanto por mí. De verdad no hay nada terrible que percibir ahora mismo. Aquí casi todos piensan en las clases. Aunque podría ponerse feo en el cambio de hora. Cuando todos salgan de las aulas, algunos recordarán cosas desagradables.

Lo que yo no entendía era qué había pasado entre un momento y otro para que ahora estuviera “poniendo atención”. Pero de inmediato el despejó mi duda:

―No tuve clase.

―¡Por eso no puedes tener una sola hora libre! ―comprendí, después de tantos días preguntándomelo.

―Así es como evito prestarles atención, ocupando mi mente en algo más. Siempre estoy pensando en algo. Pero hoy no pude hacerlo.

Entonces, se me ocurrió que lo único que podía hacer, era darle algo para que pensara. Le pedí que nos pusiéramos a estudiar. De todas formas, estudiaríamos matemáticas con un pequeño grupo de obsesivos del estudio a eso de las dos, pero adelantamos algo de trabajo mientras almorzábamos, y de pronto mi vecino me anunció, complacido, que ya estaba mucho mejor.

Entre una cosa y otra, nunca llegué a preguntarle por qué había esperado a Shai esa mañana, o qué habían hablado mientras se dirigían a la reunión del club de predicción.

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