jueves, 13 de marzo de 2014

Obediencia Sorda. 7 - Rem (anexo)

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Medianoche


El muchacho vagaba por su ciudad como todas las madrugadas. Saludaba a los amigos que dormían, curioseaba por los sueños privados de gente que ni conocía.
En este paseo se encontró con un foráneo. Nunca había visto a este individuo, pero sus sueños eran tan sangrientos que temió lo peor: aquel loco que había visitado la ciudad tenía razón en sus advertencias.
Intranquilo, recuperó la consciencia y se le olvidó lo que había descubierto. Aunque una parte seguía ahí, disfrazada como una vaga sensación de angustia.
Si hubiera tenido sólo un día más, hubiera alertado a sus vecinos. Pero no logró recordar hasta que él individuo lo abordó, y reconoció su psique laberíntica.
Teale se mostró muy decepcionado. Había encontrado una víctima perfecta, pero su presencia en el sueño lo había engañado; no tenía frente a él a un jovencito lleno de vida y espectativas, si no a un anciano que había disfrutado la vida durante ciento dos años y ahora se distraía en la escritura de novelas de aventuras basadas en su propia vida.

Ahora que el sádico suponía que éste era el único testigo de su presencia en la ciudad, una novela quedaría sin terminar.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Obediencia Sorda. 7 - REM (parte b)

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REM (anexo)


Cuando por fin pude dar el día por terminado y me tendí en mi cama, me di cuenta de que mi audífono estaba en el escritorio y que yo no había tenido tiempo de llamar a August esa noche. No encontré ánimos para levantarme a buscar el comunicador, y de pronto estaba dormida.

Volví a tener un sueño extraño:

Avanzaba por un pasillo con mala pinta y me detenía frente a una puerta en particular, al lado de la cual estaba Thomas.

―No entres ahí ―me advertía mi vecino.

domingo, 9 de marzo de 2014

Obediencia Sorda. 7 - Rem (parte a)


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Objetivos a largo plazo
(anexo)
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REM (parte b)



August y yo teníamos un puñado de tradiciones, aunque nuestra relación se basaba más bien en las sorpresas y la improvisación. Al estar tan lejos me di cuenta de que ninguna de esas tradiciones me importaba mucho. Sin embargo, una vez que hube tomado el ritmo de mi nueva vida, decidí levantarme temprano los domingos para ejecutar la actividad más aburrida y relajante de las que llevaba a cabo sólo porque él lo hacía: meditar.

Nunca terminé de comprender como se suponía que funcionaba y, sin él, sólo podía quedarme en silencio pensando en lo que fuera. El domingo anterior había pasado media hora imaginándolo a él, sentado a la orilla del arroyo con expresión de tristeza, como cuando íbamos juntos y yo seguía mirándolo mientras el creía que yo tenía mis ojitos cerrados y que estaba concentradísima. Había sido la primera en la cafetería ese día.

Pero este domingo, a esa misma hora yo estaba profundamente dormida. ¡Me levanté a las ocho!
Tenía la boca seca y muchas ganas de llorar. Había tenido un sueño extraño. Estaba segura de que ésta no era la primera vez. Pero, ¿cuándo había pasado antes? ¿Había sido aquí, o cuando aún estaba en casa?
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