viernes, 7 de febrero de 2014

Obediencia sorda. 5 - Todo en su sitio (parte b)


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  Mañana.






―Hace un momento me obviaste el apellido.


No supe que decir.

―No pongas esa cara, Rose. Es algo bueno entre los conservadores. Igual que para ti. Porque, de pronto me dejaste de tratar como a una desconocida conservadora.

Avergonzada, sonreí.

―No puedo evitar juzgarte equivocadamente. Sigues dando señales de que te gusta ser parte del grupo, pero yo sigo tratándote como “la conservadora”. No sé por qué hago eso... ―me disculpé.

―Es por el manto de soledad ―dijo ella, divertida―. Lo diseñaron para que las personas se conozcan por quienes son y no por como se ven, pero ahora son una señal de que nuestras costumbres son distintas. Sin embargo lo que me parece extraño es que tu seas de las prejuiciosas. “Distinto” no es “malo”; esperaba no tener que decírtelo.

Que vergüenza que tuviera razón.


―Sí, es injusto ―comenté―. Lo que pasa es que los conservadores que conozco son mala referencia. ¿Y sabes que es lo peor? ¡Ni siquiera llevan el manto ese ni nada por el estilo! Sé que eran conservadores porque lo decían mucho mientras nos miraban por sobre el hombro. Y ahora no puedo evitar cierto disgusto cuando escucho tu acento sofisticado y te veo ahí con tu postura de reina.

Ella se rió. ¿He dicho que hasta su risa tenía algo de esa elegancia innecesaria?

―No me debería parecer tan gracioso. Pero es que yo casi fui de esos ―confesó―. Esas personas son los peores enemigos de nuestra cultura.

La comprendía. Nada tan malo como ser juzgado por los errores de alguien que ni siquiera respetaba del todo aquellas costumbres.

―No los condenes tampoco ―agregó ella, de pronto.

―¿Eh? ¡No! Si yo...

―Tranquila, Rose. Siempre disculpándote ―dijo, con aire condescendiente―. Déjame contarte lo que ocurre con los conservadores: En los días de la guerra, nuestra gente se aferró a la espiritualidad. Este grupo se unió sin importar nada de lo que hubiera podido distanciarlos, y podían dormir tranquilos cuando el mundo padecía insomnio y miedo. Pero la guerra terminó, y de manera repentina reinició la música y cada quien retomó el baile. Así que, unas generaciones después, cuando mis hermanos y yo fuimos a la escuela, teníamos que soportar las burlas de un montón de niños que no sabían lo que era el manto de soledad, que no veían necesario pedir permiso en casa para nada, ni almorzar en familia todos los días.

Sí, el maltrato contra los niños de ciertas culturas era un problema habitual en nuestras vidas y, aunque nadie se metía con los adultos conservadores porque ellos tenían el poder económico, los niños si que sufrían discriminación.

―Nuestros padres nos habían dicho que debíamos obedecerlos ―continuó Irina Segovia―, que debíamos usar el manto, saludar a todo el mundo, y una pila de cosas que no comprendíamos qué significaban pero que había que hacerlas; los refranes se habían acortado, y oíamos que “no debes darle la espalda a un extraño”, pero nadie mencionaba la parte que dice que “de lo contrario puede morir solo o asesinarte”. Nadie nos explicó por qué teníamos que hacer lo que se nos ordenaba, y cuando la gente de las otras culturas fue cruel con nosotros, se nos hizo fácil sacarnos el manto de soledad y mandar a volar todo lo que nuestros padres nos habían obligado a hacer por años.

―Supongo que lo entiendo. ¿Puedo preguntar que te hizo entrar en razón?

―La desgracia de mi hermana fue mi buena suerte.

―Tendrás que explicarme eso también ―reí.

―Me parece que tenemos tiempo ―dicho eso, me contó los hechos:―. Una vida de locuras hizo que mi hermana conociera a uno de esos tipos que sólo ven el físico. A él le gustó como se veía mi hermana, así que la hizo sentir cómoda y luego la descarrió, más de lo que ya estaba. Un día, Antonieta cenó con nosotros por primera vez en un año. Nos contó que tenía problemas. En resumen: estaba embarazada y el muchacho ya no quería saber nada de ella.

―Y te viste en ese espejo y todo te pareció distinto ―supuse.

―No es de ese modo. Ella le pidió perdón a mi papá, y él dijo que eso era imposible.

―Vaaaya ―me sorprendí, pero no demasiado―. Que duro.

―Todo lo contrario: según él, no tenía nada que perdonar porque la culpa era suya; pensaba que nos habíamos descarriado por su incapacidad para explicarnos lo que necesitábamos saber. Y para mí fue una suerte porque se empeñó más en decirme los motivos, y, lo más importante, me ayudó a comprender por mi misma. Fue diferente.

Me contó un par de esos motivos que fue aprendiendo con el tiempo, sobre el trato con extraños y la razón por la que tenía ese porte de reina: todo se trataba de respeto. A otros, a sí misma.

―¿Y en serio no te dan ganas de ser como el resto?

―No existe nada como eso, Rose. Lo único que todos los seres humanos tenemos en común es la existencia de alguna rareza. No hay nada de malo en ello. No necesito engañar a nadie, sólo debo mostrar lo mejor de mí para que tengan razones para tolerar el resto. La gente que me interesa ve más allá del “abrigo gigante” y mi manía por el orden. Shai ni siquiera mostró mayor interés en ver como luzco sin el manto, aunque sí quería saber por qué lo uso.

Ese brillo en sus ojos hablaba por sí solo.

―¿Y ahora estás con alguien? ―interrogué, aunque adivinaba la respuesta.

―No. Es difícil dar con alguien como él.

El brillo seguía en sus ojos y la dulzura se apoderó de su voz... Sólo decirlo le causaba felicidad.

―Lo engañaste bien ―comenté.

―¿Qué dices? ―su reacción fue desconcierto.

―Ya te lo había dicho antes: a lo mejor si han quedado como amigos, pero es mentira eso de no pensar en el hubiera.

―Te equivocas, ya pensé en como hubieran sido las cosas y prefiero que seamos amigos. Sin embargo, mis recuerdos con él son muy buenos, y como tales los atesoro. Pero sé que sólo son recuerdos. Yo no podría estar con alguien que no me vea como su prioridad ―algo en mi reacción la obligó a justificarse―. ¡No lo veas tan mal! No es que sea egocéntrica. Es porque así funciona el amor según creo. Ambos tendríamos nuestras prioridades, pero la más importante sería el ser amado. Eso le daría a cada uno el apoyo absoluto. No digo que todo deba ser rosa, pero es la forma de salir adelante. Y no puedo poner a Shai en ese predicamento.

―¡Uy! Ahora veo porque nuestra supuesta cita fue tan poco romántica.

―¿Es que una cita con Shai puede ser poco romántica?

No me sorprendía que a ella le costara tanto creerlo.

―Es porque yo no era tú ―dije, y por algún motivo no pude evitar reírme.

Ella rió conmigo.

―En realidad es una pena, porque nos hubiera ido bien. Ese año que estuvimos juntos, fue una maravilla. Pero no se puede hacer nada para volver allá, así que tomamos lo que pudimos.

Sonaba sensato, pero me parecía que eso debía arreglarse.

―Nunca le hubiera pedido que volviera a verme como su única prioridad ―agregó Irina― yo no querría eso tampoco. Es parte de lo que amo en él, supongo. Que sea capaz... ―se quedó en silencio un momento y agregó:―. Pero no puedo decirte sobre eso. No sé suficiente y lo poco que sé es algo privado.

―Ya veo. ¡No preguntaré nada! ―reí de nuevo.

―Vamos, ahí viene Thomas, hay que empezar a estudiar antes de que le dé un colapso.
Otro día, tendría que averiguar sobre los “colapsos” de mi vecino.

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