viernes, 31 de enero de 2014

Obediencia sorda. 5 - Todo en su sitio (parte a)


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“Hola preciosa”, dijo mi comunicador.

Presioné el botón y le di los buenos días a August.

―¡Suenas despierta! ―celebró.

―Lo estoy, ando eligiendo mi atuendo.

No conversamos porque él debía volver a su meditación matutina y yo tenía que prepararme  para ir a clases. Ese día salí un poco diferente porque había tenido más tiempo para pensar en una combinación nueva de prendas. Uno o dos de mis compañeros se fijaron en el cambio. Y una de las chicas de hecho lo mencionó. Claro que Thomas lo pasó por alto, pero casi lloró de emoción al ver que yo había resuelto el ejercicio de ejemplo antes que él.

Por deliciosas que fueran las matemáticas, mi apetito requería más que conocimientos, así que a las siete de la mañana, mientras Thomas sufría por tener a los gemelos como compañeros de clase, yo estaba comiéndome una ensalada de frutas gigante. Podía esperar para desayunar con mi vecino, pero tenía hambre. Y Shai, ni hablar: no quería volver a complicar su vida como aquella vez en que su hermano se había enojado tanto.

Lo que si hice fue quedarme a esperar a Thomas, así ya tendría un sitio cuando llegara a desayunar y yo podía hacerle compañía. No es que lo último significara mucho, porque al llegar se puso a escuchar las noticias mientras comía.

Las clases relacionadas con ciencias experimentales me encantaban. “Espacio” hubiera estado bien de no ser porque me pasé la hora pensando en el almuerzo.

―¿Y, qué estudiamos hoy? ―le pregunté a mi vecino telépata, mientras terminaba de comerme el helado de nata que hacía el postre perfecto.

―Hoy no puedo. Iniciamos con el club de lectura.

―Oh ―comprendí, decepcionada―. Yo creía que conservarías esa hora... libre.

―No, no puedo tener horas libres.

Debía ser cierto, porque no volvía a vérsele fuera de clase hasta la cena. Y yo no era de los que lo veían en la cena.

No sabía muy bien que hacer con las siguientes tres horas, así que traté de progresar un poco en mis estudios. Había encontrado muy buenos libros sobre criminología y estaba elaborando una lista de los temas que aparentemente pretendía abordar el chiflado de Hammer, así podría estudiar por mi cuenta.
A eso de las cuatro de la tarde, con todo el pesar del mundo, cerré la página sobre los diez criminales más temibles de la actualidad. Era una lectura horripilante, pero había aprendido un par de cosas. Sin embargo, nuevamente, la comida resultaba más atractiva que el conocimiento.

En la cafetería no tenían nada realmente bueno, pero había una máquina de dulces en el jardín; llevaba un tiempo visitándola, siempre a la misma hora. Me comuniqué con mi hermana para ponernos al día y luego me fui a clase. 

“Introducción” era una de las clases más sencillas, iba de consejos y tonterías. Salía temprano, así que a las siete ya estaba cenando en la cafetería. Esa era la gran ventaja de los lunes: cenar a la hora en que la mayoría apenas estaba haciendo fila. Aunque no era un gran fila en mi edificio. Los grupos grandes eran cosa del almuerzo, cuando los estudiantes que vivían en la ciudad compartían las cafeterías de los edificios con nosotros. Pero en la cena, muy pocos nos acompañaban.

Mientras cenaba, llegó Irina Segovia y ocupó un asiento en mi mesa. Al parecer ella no me encontraba tan difícil de tratar como yo la consideraba a ella. No es que me molestara, pero nunca se me hubiera ocurrido ir a sentarme con ella. De todos modos, estudiaríamos juntas a las ocho, así que daba lo mismo compartir mesa durante la cena.

―¿Que tal llevas el cambio de ambiente, Rose?

―Mejor que al inicio.

―Me alegro.

Y luego, me miró sin hablar. Me quedé pendiente porque creía que iba a decir algo, pero no lo hizo. Esa actitud yo la conocía.

―A ver, ¿qué quieres? ―interrogué, sin miramientos.

Irina Segovia puso cara de sorpresa mientras me respondía.

―Quiero saber si estás saliendo con Shai.

Que directa. Ya había notado que ella es así, pero ¿tanto? Que raro, si un momento antes estaba muy indecisa.

―No ―yo también fui directa.

La conservadora me miró con una mezcla de confusión y... alivio.

Sonreí con malicia. No pude evitarlo y cuando me percaté ya era tarde.

―¿Qué te hace tanta gracia? ―preguntó Irina Segovia, a la defensiva por primera vez desde que la conocí.

Me puse muy nerviosa. No era justo inventar una mentira cuando ella había venido a preguntarme con tanta sinceridad en lugar de armar alguna intriga para averiguar. Tampoco podía decirle la verdad, ¿o sí? Mientras me decidía, tartamudeé una respuesta.

―Yo... Lo siento. Es que... Se me ocurrió que siempre estás con él y... 

―No te enredes tanto, Rose. Conozco a Shai y ya me imagino que sabes bien por qué me interesaba saber eso. No es divertido. ¿Sabes?

―Ya sé que no ―admití, sintiéndome culpable―. Pero él se había quedado con otra impresión. Básicamente eso fue lo que me dijo; que ustedes ahora son amigos.. Pero una amiga no viene a preguntarle a la chica nueva si quiere con él. ¿Verdad? Yo le creí completamente, pero él se equivocaba.

―No del todo. Él sólo podía estar distante, y elegimos una amistad en lugar de lo que fuera que podríamos haber tenido. Vine porque sentí curiosidad... y supongo que también empezaba a sentirme un poco celosa. No por que me retracte de lo que decidimos, sino porque tuve que preguntarme: ¿por qué contigo sería diferente, menos distante?

―Pero si él es de lo más sociable ―comenté, confundida.

Ahora ella sonrió, con una ternura que dejaba muy claro que ella se había resignado pero no había olvidado de lo que hubiera podido tener.

―Tú no lo sabes, entonces. Él ha cambiado. Ni era sociable antes, ni eso tiene nada que ver con su distancia conmigo. Ahora tiene que hablar con los demás. Y también tiene algún tipo de problema. Problemas de los que no habla.

―Así que sólo puede ser sociable en la superficie ―comprendí.

―Justo eso. Por eso puedo estudiar con él, ser su amiga, pero no llevar otro tipo de relación. Porque a un nivel más profundo, él ha tenido que cerrarse. Además, él sólo tiene un compromiso en esta vida. No tomaría otro y  ―suspiró, resignada―, ¿qué puedo hacer si me educaron de éste modo? Yo necesito que la persona que me lleve de la mano pueda comprometerse conmigo.

Su expresión decía que estaba quitándose un peso de encima, pero yo no podía entender por qué se tomaba esa confianza conmigo.

―No te interesa todo eso, ¿verdad? Por algún motivo hace un segundo cuando me preguntaste, tuve la impresión... ―se interrumpió y me dio la versión resumida:― No sé por qué te contesté. Y por un momento pensé que tú podías entender de lo que hablo y... 

―Irina ―la interrumpí con el tono más amable que tenía, reservado para las crisis existenciales de August―, ¿Le dijiste esto a él?

―Sí. Es por eso que rompimos, ¿no te lo dijo?

―¿Le dijiste que a pesar de eso lo quieres?

―No tiene caso... 

―Los problemas terminan. Algunos compromisos también.

―Y tú nos recomendarías una pausa en lugar de un final, ¿no es verdad?

―Algo así ―y agregué de inmediato―. ¡Pero yo no sé nada! Sólo es una idea.

―Gracias Rose. Es la primera vez que hablo de esto con alguien y eres ―se tomó un segundo para buscar la palabra apropiada― una ayuda. Por desgracia, no puedo tomar tu consejo porque ese compromiso suyo no va a desaparecer. Él está muy determinado y yo jamás le pediría que cambie su postura ―rió ante la sola idea:―. No me haría caso, tampoco.

―Es una lástima ―dije, con una inoportuna sonrisa pintada en mi rostro a causa de las carcajadas de ella.

Había un alma femenina promedio en alguna parte bajo ese balandrán suyo. Incluso sentí culpa por ser incapaz de aceptarla. ¿La acusaba de elitista por ser conservadora, cuando era yo quién tenía los prejuicios?

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