lunes, 13 de enero de 2014

Obediencia sorda. 3 - Agotamiento

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El martes me despertó la frase “Hola preciosa”. Eso nunca había pasado.

―August, ¿qué haces aquí...? ―murmuré, antes de que aquellas palabras se repitieran cerca de mi oído.

Entonces comprendí que era la llamada para despertarme, tal como él había prometido. Accioné el botón central del comunicador (sí, dormí con el audífono puesto; era necesario para recibir esa llamada) y saludé:

―Buen día, señor responsable.

―¿Estabas dormida todavía?

―¿Qué hora es?

―Cinco y veinte... Lo siento, me distraje y...

―No, no. Está bien. Todavía llego. Si empiezo a correr ahora. Te llamo en el almuerzo. Te quiero.

―Y yo a ti preciosa. Vuelvo a lo mío.

Mientras August volvía a sus asuntos, yo empezaba con los míos.

El día anterior había sido un poco movidito, buscando salones y conociendo gente. En la asignatura que llamaban “Introducción a la responsabilidad”, había descubierto en parte lo que se esperaba de mí como estudiante-designada. Los más hábiles entre nosotros, estarían protegiendo alguna ciudad en menos de tres años. Abrumador, pero todavía no me preocupaba por eso.

Me bastaba saber que este primer martes en el ISC prometía ser duro: ocho clases. La de español duraría dos horas; la más aterradora era Defensa personal, un asunto de designados que nunca antes me había interesado para nada. Pero, el problema inmediato era que tenía clase de matemáticas a las seis de la mañana.

No pude ir a desayunar.

Pero ¡llegué a tiempo! El salón estaba lleno. La maestra parecía muy amable, pero explicaba todo demasiado rápido. Podía manejar eso, pero me espanté al comprender que Matemáticas 101 en mi colegio no me había preparado para Matemática II en éste.

Para cuando acabó la clase, estaba hambrienta y angustiada. Al salir del salón me di cuenta de que Shai era mi compañero ahí también. Me pareció un poco extraño, pero resistí el impulso de preguntarle que rayos hacía ahí; podía volver a correr espantado.

Al que sí saludé fue a Thomas. De hecho, fuimos a desayunar juntos al acabar las clases. La cafetería no estaba muy llena a esa hora.

―¿Qué necesitas, vecina? ―preguntó, mientras yo removía mi cereal con la cuchara de plástico.

―Un tutor de matemáticas ―suspiré.

―En mi grupo empezaremos a estudiar esta semana, si quieres puedes venir. Son los más dedicados, eso sí. Eso es bueno, si no te molesta que la situación se vuelva un poco exigente... Los grupos promedio inician las reuniones un poco después.

―El problema es que...

―Recién llegas y Parra es un poco hiperactiva ―supongo que el telépata no necesitaba espiar en mi mente para adivinar eso―. Necesitarás que te pongamos al día antes que nada. Podemos, si pones de tu parte.

―Entonces, tenemos un trato. Me gusta tomar en serio los estudios.

Aunque tal vez no tanto como a él.

―Entonces ya tienes un grupo de estudio.

Este chico podía ser un poco raro, pero me caía bien.

Después del desayuno me explicó algunos detalles que no había captado en la clase. Era difícil porque él parecía tener problemas para entender lo que le decía.

“Mi vecino” y yo éramos compañeros en las tres clases de la rama de Ciencias experimentales, así como en clase de historia los miércoles y jueves.

Él tenía una lista de clases tan larga que daba miedo. Pero al menos no tomaba nada llamado “defensa personal” que prometiera romper su columna en algún momento. Quizá mi reacción era exagerada, pero, ¿qué podía esperar?

La gran ironía fue que la dichosa clase no fue tan terrible como las otras dos materias que debía cursar como Designada de nivel 1. Había una sobre el sistema nervioso, que no supe para que debía recibir, pero la primera era la peor: Introducción a la criminología.

Para empezar, la temática prometía ser espantosa; pero, para empeorar todo, el profesor me desagradaba mucho: era desorganizado, telépata, y chiflado.

Llegó tarde, cuando todos estábamos presentes. Habíamos tenido tiempo de conversar. Éramos cinco, y al parecer los únicos designados nuevos. Uno de ellos, Ignacio Silva, había estudiado siempre en Sage-Carman; pero los otros tres andaban tan confundidos como yo, quizá peor. La ventaja de ellos es que la idea de ser designados les encantaba.

Ninguno de nosotros, ni siquiera el que conocía el instituto, sabía mucho sobre el maestro que tanto demoraba. Pero cuando llegó, saludó por su nombre a “Cintya” y a mí. A los otros tres les dijo, con tono acusatorio:

―A ustedes no los conozco.

―¿Y a mí sí? ―preguntó Cintya, una castaña bajita, confundida.

―Al parecer conozco a alguien que conoce tu subconsciente.

Mi primer pensamiento fue “Thomas dijo que había visto mis sueños”, y me propuse preguntarle de donde conocía a mi maestro.

―¿Y bien? ―exigió a los demás.

A la larga, comprendieron que debían presentarse. Él hizo lo suyo: era “el profesor Hammer, experto en la rama de criminología y dispuesto a colaborar en cualquier otro aspecto que nos diera problemas”.

Luego, empezó a hablar de la necesidad de conocer en todo momento al enemigo que no siempre sería lo que parecía, y por lo general sería demasiado profundo para comprenderlo por medio de los libros de historia. En menos de dos minutos, estaba hablando de algo completamente distinto. Una hora y quince minutos después, interrumpió el soliloquio para gritar, sorprendido:

―¡Y porque no lo dijo antes, Rose!

Supuse que el telépata había captado mi enésimo pensamiento de enojo por que ya no llegaría a tiempo a mi siguiente clase.

Luego, nos echó de ahí sin la menor gentileza.

Entre todo ese caos y los gritos del otro maestro, no me molestó tanto que la clase de defensa personal consistiera en algo tan sencillo como “medir nuestras capacidades actuales”. Al final tenía todos los músculos resentidos, pero menos estrés. En mi caso, eran ejercicios simples, pero uno de mis compañeros hizo una demostración de yudo y otro presumió sus habilidades en el uso de los cuchillos. Al parecer a ellos los cambiaron de clase. Nunca los hubiera vuelto a ver, pero eran mis compañeros de suplicio en la clase que dictaba Hammer.

Eran las nueve y veinte cuando llegué a “Europa”. Estaba rendida y me dolían las piernas. Pero ni loca me iba a dormir sin cenar.

―Buen provecho, Rose ―dijo Shai cuando pasó por ahí, rumbo a su habitación.
Fue la última persona a la que vi esa noche. Pero bien podría haberlo soñado.

Nada de duchas vespertinas ese horrible día. Sólo quería que se terminara. Me quedé dormida en cuando me tendí en la cama ajena cubierta con mantas ajenas.

Todo me dolía más cuando me despertó la voz pregrabada que indicaba una llamada de August. Pero al menos no era martes de nuevo y que no tendría las tres horas de defensa personal hasta el día siguiente, quizá para entonces ya podría dar un paso sin que me dolieran las piernas, abdomen y espalda. En serio creí eso, ¡cuánta inocencia!

Era mejor hora que la del día anterior, pero andaba lenta por el cansancio mental y el dolor muscular. Así que volví a retrasarme. Otra vez sacrifiqué el desayuno para llegar a la clase de matemáticas. Shai me ignoraba de nuevo. Thomas seguía siendo amable y un poco extraño. La profesora acelerada no me confundía tanto.

Al parecer comenzaba a encontrar una rutina, aunque las clases no eran las mismas; por ejemplo, no pude ir a desayunar después de Matemáticas, porque debía entrar a historia. Tenía tanta hambre que me hubiera saltado la clase de no ser por Thomas.

Llegamos a la hora exacta. Shai entró casi al mismo tiempo que nosotros. El salón estaba casi vacío.

―Es que Froylan llega tarde al principio, todos lo saben ―rezongó Thomas―. Como que le cuesta tomar el ritmo cuando empieza el periodo.

―¿Tarde?

―Mínimo veinte minutos. Hubo un periodo en que no llegó hasta la segunda semana.

Un silencio breve cayó sobre el salón.

―Cuéntame algo, ¿quieres, vecina?

―Yo soy la nueva ―repliqué―. Tú cuéntame algo.

―El club de drama hace presentaciones cada cierto tiempo. Pero casi todos los asistentes vienen de Inocencia.

―Ah.

―Ya veo, tú tampoco vendrás ―a la frase triste le siguió una risa débil, y antes de que volviera el silencio:― ¿Qué necesitas saber?

―A ver...

En ese momento llegó la chica que me había enseñado mi habitación. Tenía esa amabilidad fría de siempre cuando nos saludó.

―¿Qué hay con la gente aquí? ―le dije a Thomas― ¿Todos son...? ¿...un poco...?

―¿Holgazanes?

Solté a reír de inmediato. Claro que no me entendía. Nadie se da cuenta cuando es extraño.

―Creo que se refiere a lo opuesto ―comentó la conservadora, sin invitación alguna y dirigiéndose a Thomas―. Los llamas holgazanes, pero permanecer aquí requiere cierto esfuerzo. No todos estudian tanto como tú, pero no es a lo que se refiere Rose.

―Yo... Más bien es por... Es que... ―sabía que balbuceaba sin sentido pero no podía callarme tampoco.

Con un gesto, Irina Segovia me hizo saber que no debía preocuparme. Luego se explicó, con mucha más soltura que yo.

―Somos individuos, Rose. Algunas personas no parecen tener manías, pero otras sí que las demostramos. Yo llevo el vestuario tradicional. Tu amigo Tom tiene tantas actividades que estudia mientras duerme. Y allá tienes al señor “no hablo jamás”... Hay holgazanes que aprueban y... ¿tú mantuviste en secreto que eres una designada? ―sonrió― Un colegio común, ¿ves?

No quería hablar del asunto y, mucho menos, darle la razón. Así que ignoré su acusación.

―¿Shai? ―pregunté, respecto al comentario que había hecho ella al señalarlo―. Más bien tiene doble personalidad o algo.

―No eres muy perceptiva, ¿verdad, chica nueva? ―preguntó una muchacha que ocupaba el sitio al lado de la conservadora.

―Se llama Rose ―Irina Segovia aplicó un tono de regaño a sus palabras, y la otra pareció ligeramente avergonzada.

Pero eso me daba lo mismo, lo que quería saber era que significaba eso de que yo no era perceptiva. ¿Qué me había perdido?

No tuve que preguntar. La respuesta se presentó vistiendo camisa verde suave y pantalón negro: un muchacho exactamente igual que el que se sentaba aparte de todos.

―Son dos ―atiné a murmurar―...y del que hablabas no es Shai.

―Para nada. Shai es el sociable.

Y para muestra, saludó por su nombre a todos en el salón excepto a su gemelo idéntico a cuya derecha se ubicó. Apenas se miraron.

El maestro no llegó. Eso me permitió socializar. Y de alguna forma me integré en un segundo grupo de estudio; Thomas nos convenció a Irina Segovia y a mí de que “Froylan” era demasiado general y que nos serviría avanzar por nuestra cuenta. Me tomó un rato recordar que Froylan era el ausente maestro de la clase.

Aún no me sentía cómoda en mi nueva situación como designada, extrañaba mi casa y a mi gente; estaba cansada y un poco perdida. Pero ya estaba socializando. Apenas era la mitad de la primera semana y ya empezaba a ubicarme.

Era una lástima que mi nueva rutina incluyera Introducción a la Criminología: más nociones independientes enumeradas en desorden; más comentarios sin sentido; más tiempo extra después de la clase.

Cuando por fin llegué a la cafetería del dormitorio moría de hambre. Tuve que esperar en la fila. No eran más de cuatro pero uno siente que eso es la eternidad cuando se trata del almuerzo. Cada mesa tenía al menos un ocupante. Por fortuna, uno era conocido así que me acerqué a él cuando tuve mi comida.

―Hola Thomas.

―Hola vecina. Provecho.

―Gracias.

Ataqué la ensalada primero, y en un momento había limpiado el plato. Me quedé mirándolo sin atreverme a ver la hora. Tenía clase muy pronto, pero ya estaba harta.

―¿Qué necesitas, vecina?

―Un francotirador con la mente sellada. Para eliminar a Hammer.

―Oh; lo siento, en eso no puedo ayudarte.

―¡Es sólo una broma! ―aclaré, rápidamente.

―Lo sé, lo sé. Pero sí te cae mal. No eres la única.

―¡Es porque está demente! ―dicho eso, comencé a desahogarme―Empieza y termina cuando le da la gana, y no se le entiende ni una palabra. No puedo creer que le paguen para pasearse por el salón diciendo cosas al azar. Cualquiera podría hacer eso, ¡y dentro del horario! Además detesto la forma en que irrumpe en mi mente como si fuera el patio de su casa... ¿Qué demonios le pasa a los telépatas...?

―A veces no podemos evitarlo ―comentó él.

―Gracias por hacerme callar antes de que dijera alguna tontería―dije, incómoda.

Él sonrió.

Por supuesto, había alguien con quien podía quejarme un poco más a gusto, de modo que me guardé todo para mi próxima llamada a Micbie. August cumplió a cabalidad con su rol de mejor amigo del mundo, me dejó despotricar y se puso de mi parte antes de señalarme que no debía usar eso como excusa para rendir por debajo de mis capacidades en aquella clase. Quizá no había entendido que yo no tenía idea de cuál era mi responsabilidad, porqué no sabía qué se suponía que estaba enseñando el profesor Hammer.

―¿Un telépata llamado Hammer? ―indagó mi interlocutor.

―Sí, ese es el tipo del que te he hablado por media hora ―exageré.

―¡Uy! ¿Nombre y origen?

―Yo que voy a saber eso. Déjame ver... ―revisé la información en mi horario y en tanto le dejé mi silencio a August― Dice RT Hammer...

―¿De Farcie?

―Sí, ¿cómo lo...?

―¡No puede ser!

―¿Qué?

―¡Te da clases RT Hammer! ―exclamó― ¡Y te he dejado echarle maldiciones por horas!

Exageraba más que yo, y me pregunté que lo había sacado de su habitual estado de paz. Casi era posible notar algún tipo de expresión en su voz.

―¿Es que es famoso o algo? ―dudé, y luego en broma:―¿Uno de esos guías espirituales, quizá?

―Si no has oído de Hammer, seguro al menos has oído sobre Teale.

―No creo...

―Asesino serial, demente, invencible. Estadísticamente y por comparación con otros sádicos, no tiene demasiadas víctimas dados sus años en... operaciones. Pero es porque se toma su tiempo con cada una.

―Ahora que lo pienso, sí he oído el nombre. Hammer no le da tanta importancia. Pero sí, vi los libros y a veces la gente lo menciona... El profesor lo puso de ejemplo para algo pero luego se olvidó de que iba a hablar de él y no llegó a contarnos cuantos muertos lleva. Y cuando escribió la lista de criminales más sádicos, lo omitió. Lo gracioso fue que se puso ha decir que el segundo más importante era El Cartero, pero no entendió cuando le preguntamos quien es el primero.

―Mira que raro. Quizá no quiere tocar ese tema porque lo conoce muy de cerca...

―¿Qué tan de cerca? ―me sorprendí.

―Hammer es la única persona con vida que le ha dicho que no. Tiene la fuerza de voluntad que yo quisiera. Es una eminencia, pero lo que a mí más me interesa es que tenga esa capacidad de elegir con cabeza fría en medio del mismísimo caos.

―¿Este tipo fue más fuerte que Teale? Pero... ¿que no era invencible?

―Pues, por desgracia, no fue más fuerte. Sólo lo suficiente para no obedecer, pero estaba fuera de combate y según decían en las noticias fue su prisionero unos días. Al final escapó, y fue su guía la que llevó a Mille hasta ese lugar. Supongo que sabes en que terminó eso, si has estudiado a Teale.

No lo había estudiado, pero conocía lo que se decía: Mille había rastreado al psicópata durante años, y al encontrarlo llevo a un puñado de designados, que se mataron entre ellos. Por algún motivo, conservó con vida a Mille y a otro designado, y se suponía que los había torturado como a cualquiera de sus víctimas.

―Mille se suicidó por ordenes de ese loco ―dije, en respuesta―, pero antes ayudó escapar a los dos prisioneros que estaban con él.

―Uno era un designado, que según sé todavía está ido de la mente. El otro se mantuvo secreto dicen que para no afectar su reintegración a la sociedad. Dicen que el gobierno se hizo cargo de ellos, pero yo creo que eso no es cierto. Se olvidaron de Hammer, y seguro que también dejaron de lado a esas víctimas.

―¿Se olvidaron de Hammer, dices? ¿No le pudieron poner ni un psicólogo?

―Nada. Creo que si tiene empleo es porque tenía algún amigo en el ISC. Después de todo, era designado, debe haber conocido a varios en el nido, ¿no?

―Lo dejan darnos clases porque no tiene otro sitio a donde ir en el estado de confusión en que quedó ―adiviné.

―No sería raro. Así que no es maldad, el hombre sí está loco. Pero mira por qué.

―Soy una persona terrible.

―No, no lo eres. Eres más bien normal. No podías haberlo sabido, pero nunca se te ocurrió preguntar si el hombre tenía un problema.

―August, ¿qué haces aquí...? ―murmuré, antes de que aquellas palabras se repitieran cerca de mi oído.

Entonces comprendí que era la llamada para despertarme, tal como él había prometido. Accioné el botón central del comunicador (sí, dormí con el audífono puesto; era necesario para recibir esa llamada) y saludé:

―Buen día, señor responsable.

―¿Estabas dormida todavía?

―¿Qué hora es?

―Cinco y veinte... Lo siento, me distraje y...

―No, no. Está bien. Todavía llego. Si empiezo a correr ahora. Te llamo en el almuerzo. Te quiero.

―Y yo a ti preciosa. Vuelvo a lo mío.

Mientras August volvía a sus asuntos, yo empezaba con los míos.

El día anterior había sido un poco movidito, buscando salones y conociendo gente. En la asignatura que llamaban “Introducción a la responsabilidad”, había descubierto en parte lo que se esperaba de mí como estudiante-designada. Los más hábiles entre nosotros, estarían protegiendo alguna ciudad en menos de tres años. Abrumador, pero todavía no me preocupaba por eso.

Me bastaba saber que este primer martes en el ISC prometía ser duro: ocho clases. La de español duraría dos horas; la más aterradora era Defensa personal, un asunto de designados que nunca antes me había interesado para nada. Pero, el problema inmediato era que tenía clase de matemáticas a las seis de la mañana.

No pude ir a desayunar.

Pero ¡llegué a tiempo! El salón estaba lleno. La maestra parecía muy amable, pero explicaba todo demasiado rápido. Podía manejar eso, pero me espanté al comprender que Matemáticas 101 en mi colegio no me había preparado para Matemática II en éste.

Para cuando acabó la clase, estaba hambrienta y angustiada. Al salir del salón me di cuenta de que Shai era mi compañero ahí también. Me pareció un poco extraño, pero resistí el impulso de preguntarle que rayos hacía ahí; podía volver a correr espantado.

Al que sí saludé fue a Thomas. De hecho, fuimos a desayunar juntos al acabar las clases. La cafetería no estaba muy llena a esa hora.

―¿Qué necesitas, vecina? ―preguntó, mientras yo removía mi cereal con la cuchara de plástico.

―Un tutor de matemáticas ―suspiré.

―En mi grupo empezaremos a estudiar esta semana, si quieres puedes venir. Son los más dedicados, eso sí. Eso es bueno, si no te molesta que la situación se vuelva un poco exigente... Los grupos promedio inician las reuniones un poco después.

―El problema es que...

―Recién llegas y Parra es un poco hiperactiva ―supongo que el telépata no necesitaba espiar en mi mente para adivinar eso―. Necesitarás que te pongamos al día antes que nada. Podemos, si pones de tu parte.

―Entonces, tenemos un trato. Me gusta tomar en serio los estudios.

Aunque tal vez no tanto como a él.

―Entonces ya tienes un grupo de estudio.

Este chico podía ser un poco raro, pero me caía bien.

Después del desayuno me explicó algunos detalles que no había captado en la clase. Era difícil porque él parecía tener problemas para entender lo que le decía.

“Mi vecino” y yo éramos compañeros en las tres clases de la rama de Ciencias experimentales, así como en clase de historia los miércoles y jueves.

Él tenía una lista de clases tan larga que daba miedo. Pero al menos no tomaba nada llamado “defensa personal” que prometiera romper su columna en algún momento. Quizá mi reacción era exagerada, pero, ¿qué podía esperar?

La gran ironía fue que la dichosa clase no fue tan terrible como las otras dos materias que debía cursar como Designada de nivel 1. Había una sobre el sistema nervioso, que no supe para que debía recibir, pero la primera era la peor: Introducción a la criminología.

Para empezar, la temática prometía ser espantosa; pero, para empeorar todo, el profesor me desagradaba mucho: era desorganizado, telépata, y chiflado.

Llegó tarde, cuando todos estábamos presentes. Habíamos tenido tiempo de conversar. Éramos cinco, y al parecer los únicos designados nuevos. Uno de ellos, Ignacio Silva, había estudiado siempre en Sage-Carman; pero los otros tres andaban tan confundidos como yo, quizá peor. La ventaja de ellos es que la idea de ser designados les encantaba.

Ninguno de nosotros, ni siquiera el que conocía el instituto, sabía mucho sobre el maestro que tanto demoraba. Pero cuando llegó, saludó por su nombre a “Cintya” y a mí. A los otros tres les dijo, con tono acusatorio:

―A ustedes no los conozco.

―¿Y a mí sí? ―preguntó Cintya, una castaña bajita, confundida.

―Al parecer conozco a alguien que conoce tu subconsciente.

Mi primer pensamiento fue “Thomas dijo que había visto mis sueños”, y me propuse preguntarle de donde conocía a mi maestro.

―¿Y bien? ―exigió a los demás.

A la larga, comprendieron que debían presentarse. Él hizo lo suyo: era “el profesor Hammer, experto en la rama de criminología y dispuesto a colaborar en cualquier otro aspecto que nos diera problemas”.

Luego, empezó a hablar de la necesidad de conocer en todo momento al enemigo que no siempre sería lo que parecía, y por lo general sería demasiado profundo para comprenderlo por medio de los libros de historia. En menos de dos minutos, estaba hablando de algo completamente distinto. Una hora y quince minutos después, interrumpió el soliloquio para gritar, sorprendido:

―¡Y porque no lo dijo antes, Rose!

Supuse que el telépata había captado mi enésimo pensamiento de enojo por que ya no llegaría a tiempo a mi siguiente clase.

Luego, nos echó de ahí sin la menor gentileza.

Entre todo ese caos y los gritos del otro maestro, no me molestó tanto que la clase de defensa personal consistiera en algo tan sencillo como “medir nuestras capacidades actuales”. Al final tenía todos los músculos resentidos, pero menos estrés. En mi caso, eran ejercicios simples, pero uno de mis compañeros hizo una demostración de yudo y otro presumió sus habilidades en el uso de los cuchillos. Al parecer a ellos los cambiaron de clase. Nunca los hubiera vuelto a ver, pero eran mis compañeros de suplicio en la clase que dictaba Hammer.

Eran las nueve y veinte cuando llegué a “Europa”. Estaba rendida y me dolían las piernas. Pero ni loca me iba a dormir sin cenar.

―Buen provecho, Rose ―dijo Shai cuando pasó por ahí, rumbo a su habitación.
Fue la última persona a la que vi esa noche. Pero bien podría haberlo soñado.

Nada de duchas vespertinas ese horrible día. Sólo quería que se terminara. Me quedé dormida en cuando me tendí en la cama ajena cubierta con mantas ajenas.

Todo me dolía más cuando me despertó la voz pregrabada que indicaba una llamada de August. Pero al menos no era martes de nuevo y que no tendría las tres horas de defensa personal hasta el día siguiente, quizá para entonces ya podría dar un paso sin que me dolieran las piernas, abdomen y espalda. En serio creí eso, ¡cuánta inocencia!

Era mejor hora que la del día anterior, pero andaba lenta por el cansancio mental y el dolor muscular. Así que volví a retrasarme. Otra vez sacrifiqué el desayuno para llegar a la clase de matemáticas. Shai me ignoraba de nuevo. Thomas seguía siendo amable y un poco extraño. La profesora acelerada no me confundía tanto.

Al parecer comenzaba a encontrar una rutina, aunque las clases no eran las mismas; por ejemplo, no pude ir a desayunar después de Matemáticas, porque debía entrar a historia. Tenía tanta hambre que me hubiera saltado la clase de no ser por Thomas.

Llegamos a la hora exacta. Shai entró casi al mismo tiempo que nosotros. El salón estaba casi vacío.

―Es que Froylan llega tarde al principio, todos lo saben ―rezongó Thomas―. Como que le cuesta tomar el ritmo cuando empieza el periodo.

―¿Tarde?

―Mínimo veinte minutos. Hubo un periodo en que no llegó hasta la segunda semana.

Un silencio breve cayó sobre el salón.

―Cuéntame algo, ¿quieres, vecina?

―Yo soy la nueva ―repliqué―. Tú cuéntame algo.

―El club de drama hace presentaciones cada cierto tiempo. Pero casi todos los asistentes vienen de Inocencia.

―Ah.

―Ya veo, tú tampoco vendrás ―a la frase triste le siguió una risa débil, y antes de que volviera el silencio:― ¿Qué necesitas saber?

―A ver...

En ese momento llegó la chica que me había enseñado mi habitación. Tenía esa amabilidad fría de siempre cuando nos saludó.

―¿Qué hay con la gente aquí? ―le dije a Thomas― ¿Todos son...? ¿...un poco...?

―¿Holgazanes?

Solté a reír de inmediato. Claro que no me entendía. Nadie se da cuenta cuando es extraño.

―Creo que se refiere a lo opuesto ―comentó la conservadora, sin invitación alguna y dirigiéndose a Thomas―. Los llamas holgazanes, pero permanecer aquí requiere cierto esfuerzo. No todos estudian tanto como tú, pero no es a lo que se refiere Rose.

―Yo... Más bien es por... Es que... ―sabía que balbuceaba sin sentido pero no podía callarme tampoco.

Con un gesto, Irina Segovia me hizo saber que no debía preocuparme. Luego se explicó, con mucha más soltura que yo.

―Somos individuos, Rose. Algunas personas no parecen tener manías, pero otras sí que las demostramos. Yo llevo el vestuario tradicional. Tu amigo Tom tiene tantas actividades que estudia mientras duerme. Y allá tienes al señor “no hablo jamás”... Hay holgazanes que aprueban y... ¿tú mantuviste en secreto que eres una designada? ―sonrió― Un colegio común, ¿ves?

No quería hablar del asunto y, mucho menos, darle la razón. Así que ignoré su acusación.

―¿Shai? ―pregunté, respecto al comentario que había hecho ella al señalarlo―. Más bien tiene doble personalidad o algo.

―No eres muy perceptiva, ¿verdad, chica nueva? ―preguntó una muchacha que ocupaba el sitio al lado de la conservadora.

―Se llama Rose ―Irina Segovia aplicó un tono de regaño a sus palabras, y la otra pareció ligeramente avergonzada.

Pero eso me daba lo mismo, lo que quería saber era que significaba eso de que yo no era perceptiva. ¿Qué me había perdido?

No tuve que preguntar. La respuesta se presentó vistiendo camisa verde suave y pantalón negro: un muchacho exactamente igual que el que se sentaba aparte de todos.

―Son dos ―atiné a murmurar―...y del que hablabas no es Shai.

―Para nada. Shai es el sociable.

Y para muestra, saludó por su nombre a todos en el salón excepto a su gemelo idéntico a cuya derecha se ubicó. Apenas se miraron.

El maestro no llegó. Eso me permitió socializar. Y de alguna forma me integré en un segundo grupo de estudio; Thomas nos convenció a Irina Segovia y a mí de que “Froylan” era demasiado general y que nos serviría avanzar por nuestra cuenta. Me tomó un rato recordar que Froylan era el ausente maestro de la clase.

Aún no me sentía cómoda en mi nueva situación como designada, extrañaba mi casa y a mi gente; estaba cansada y un poco perdida. Pero ya estaba socializando. Apenas era la mitad de la primera semana y ya empezaba a ubicarme.

Era una lástima que mi nueva rutina incluyera Introducción a la Criminología: más nociones independientes enumeradas en desorden; más comentarios sin sentido; más tiempo extra después de la clase.

Cuando por fin llegué a la cafetería del dormitorio moría de hambre. Tuve que esperar en la fila. No eran más de cuatro pero uno siente que eso es la eternidad cuando se trata del almuerzo. Cada mesa tenía al menos un ocupante. Por fortuna, uno era conocido así que me acerqué a él cuando tuve mi comida.

―Hola Thomas.

―Hola vecina. Provecho.

―Gracias.

Ataqué la ensalada primero, y en un momento había limpiado el plato. Me quedé mirándolo sin atreverme a ver la hora. Tenía clase muy pronto, pero ya estaba harta.

―¿Qué necesitas, vecina?

―Un francotirador con la mente sellada. Para eliminar a Hammer.

―Oh; lo siento, en eso no puedo ayudarte.

―¡Es sólo una broma! ―aclaré, rápidamente.

―Lo sé, lo sé. Pero sí te cae mal. No eres la única.

―¡Es porque está demente! ―dicho eso, comencé a desahogarme―Empieza y termina cuando le da la gana, y no se le entiende ni una palabra. No puedo creer que le paguen para pasearse por el salón diciendo cosas al azar. Cualquiera podría hacer eso, ¡y dentro del horario! Además detesto la forma en que irrumpe en mi mente como si fuera el patio de su casa... ¿Qué demonios le pasa a los telépatas...?

―A veces no podemos evitarlo ―comentó él.

―Gracias por hacerme callar antes de que dijera alguna tontería―dije, incómoda.

Él sonrió.

Por supuesto, había alguien con quien podía quejarme un poco más a gusto, de modo que me guardé todo para mi próxima llamada a Micbie. August cumplió a cabalidad con su rol de mejor amigo del mundo, me dejó despotricar y se puso de mi parte antes de señalarme que no debía usar eso como excusa para rendir por debajo de mis capacidades en aquella clase. Quizá no había entendido que yo no tenía idea de cuál era mi responsabilidad, porqué no sabía qué se suponía que estaba enseñando el profesor Hammer.

―¿Un telépata llamado Hammer? ―indagó mi interlocutor.

―Sí, ese es el tipo del que te he hablado por media hora ―exageré.

―¡Uy! ¿Nombre y origen?

―Yo que voy a saber eso. Déjame ver... ―revisé la información en mi horario y en tanto le dejé mi silencio a August― Dice RT Hammer...

―¿De Farcie?

―Sí, ¿cómo lo...?

―¡No puede ser!

―¿Qué?

―¡Te da clases RT Hammer! ―exclamó― ¡Y te he dejado echarle maldiciones por horas!

Exageraba más que yo, y me pregunté que lo había sacado de su habitual estado de paz. Casi era posible notar algún tipo de expresión en su voz.

―¿Es que es famoso o algo? ―dudé, y luego en broma:―¿Uno de esos guías espirituales, quizá?

―Si no has oído de Hammer, seguro al menos has oído sobre Teale.

―No creo...

―Asesino serial, demente, invencible. Estadísticamente y por comparación con otros sádicos, no tiene demasiadas víctimas dados sus años en... operaciones. Pero es porque se toma su tiempo con cada una.

―Ahora que lo pienso, sí he oído el nombre. Hammer no le da tanta importancia. Pero sí, vi los libros y a veces la gente lo menciona... El profesor lo puso de ejemplo para algo pero luego se olvidó de que iba a hablar de él y no llegó a contarnos cuantos muertos lleva. Y cuando escribió la lista de criminales más sádicos, lo omitió. Lo gracioso fue que se puso ha decir que el segundo más importante era El Cartero, pero no entendió cuando le preguntamos quien es el primero.

―Mira que raro. Quizá no quiere tocar ese tema porque lo conoce muy de cerca...

―¿Qué tan de cerca? ―me sorprendí.

―Hammer es la única persona con vida que le ha dicho que no. Tiene la fuerza de voluntad que yo quisiera. Es una eminencia, pero lo que a mí más me interesa es que tenga esa capacidad de elegir con cabeza fría en medio del mismísimo caos.

―¿Este tipo fue más fuerte que Teale? Pero... ¿que no era invencible?

―Pues, por desgracia, no fue más fuerte. Sólo lo suficiente para no obedecer, pero estaba fuera de combate y según decían en las noticias fue su prisionero unos días. Al final escapó, y fue su guía la que llevó a Mille hasta ese lugar. Supongo que sabes en que terminó eso, si has estudiado a Teale.

No lo había estudiado, pero conocía lo que se decía: Mille había rastreado al psicópata durante años, y al encontrarlo llevo a un puñado de designados, que se mataron entre ellos. Por algún motivo, conservó con vida a Mille y a otro designado, y se suponía que los había torturado como a cualquiera de sus víctimas.

―Mille se suicidó por ordenes de ese loco ―dije, en respuesta―, pero antes ayudó escapar a los dos prisioneros que estaban con él.

―Uno era un designado, que según sé todavía está ido de la mente. El otro se mantuvo secreto dicen que para no afectar su reintegración a la sociedad. Dicen que el gobierno se hizo cargo de ellos, pero yo creo que eso no es cierto. Se olvidaron de Hammer, y seguro que también dejaron de lado a esas víctimas.

―¿Se olvidaron de Hammer, dices? ¿No le pudieron poner ni un psicólogo?

―Nada. Creo que si tiene empleo es porque tenía algún amigo en el ISC. Después de todo, era designado, debe haber conocido a varios en el nido, ¿no?

―Lo dejan darnos clases porque no tiene otro sitio a donde ir en el estado de confusión en que quedó ―adiviné.

―No sería raro. Así que no es maldad, el hombre sí está loco. Pero mira por qué.

―Soy una persona terrible.

―No, no lo eres. Eres más bien normal. No podías haberlo sabido, pero nunca se te ocurrió preguntar si el hombre tenía un problema.

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