miércoles, 8 de enero de 2014

Obediencia Sorda 2 - Personas extrañas (parte b)

Previo:
Personas extrañas. Parte 1
Obediencia SordaSiguiente:
Personas extrañas (Anexo)  



Cuando me desperté, pensaba en mi hogar, pero pronto recordé que debía ir a buscar mi horario.
El listado de actividades incluía elegir clases, y la chica había dicho algo de una fila... Me sonaba extraño que fuera en el área de documentación. Yo pensaba que ahí sólo me entregarían el horario, que sería el final de un proceso.

Ya consultaría en recepción cuando llegara al edificio administrativo.

Cuando bajé a desayunar, volvía a sentirme bella: por fin me había arreglado, llevaba mi ropa favorita  y las botas que hacían juego. Llevaba suelto mi cabello pero me había acomodado el mechón rosa para que pareciera una diadema sobre el natural castaño. Sí, estaba fuera de moda; ya nadie usaba vestidos, ni el cabello largo. Pero me gustaba así.

Eran las ocho y minutos. Seguramente yo debía estar haciendo fila, pero no iba a saltarme el desayuno.
La cafetería era tipo buffet y aunque su uso debía ser registrado en el carnet, la encargada dijo que no se practicaba esa regla.

―Buenos días ―dijo alguien que se acercaba.

El dueño de aquella voz suave, casi tímida, era el muchacho que me había insultado con la mirada la noche anterior en los baños. Ahora se le veía más tranquilo y me miraba con curiosidad.

―Hola Shai ―la encargada respondió animosa¿Siempre dos?

―Siempre dos ―me quitó la vista de encima para dirigirse a la mujer―. Pero quiero cambiar un poco mi menú.

Me retiré de la barra de comidas, pero me senté en la mesa más cercana, así que los escuché conversar.

―¿Te tienen sola, Remedios?

―Es que Anita es de las que no arregló su horario. Supongo que tú ya tienes el tuyo.

―Vengo de clase. Sólo eramos tres, así que ya me imagino a los demás haciendo fila.

Rieron sin demasiadas ganas.

―Supongo que para esta tarde ya habrán cambiado los turnos de mis asistentes. Con el nuevo horario de clases.... Por cierto, ¿tú vas a darte una vuelta por el administrativo para ubicar chicos desorientados?

―Sí, claro; estoy libre hasta las once.

―Aquí tienes. Que te diviertas haciendo de guía.

―Gracias.

Él no parecía dispuesto a buscar una mesa. Enfiló hacia la puerta de la lavandería cargando las dos bandejas, pero debió notar que no podría abrirla y llamó una vez a la encargada.

―Yo lo hago ―sugerí, mientras me dirigía a la puerta.

―Gracias. Eres nueva. ¿verdad?

―Sí. De hecho... aún estoy confundida.

―¿Te ayudo?

Eso quería, sí.

―La cosa es que me dijeron en recepción que fuera de un solo a documentación a buscar mi horario, pero la gente sigue hablando de una fila y según el carnet debo llamar a consejería. Es más lógico que haya una fila ahí...

―¿No serás designada?

―¿¡Cómo supiste!? ―inquirí, paranoica.

―Por las instrucciones que te dieron. En teoría, lo que hace el consejero es ayudarte a perfeccionar tu horario antes de dártelo; nunca hizo demasiado de eso cuando yo lo contactaba. Pero, a los designados simplemente nos eligen todo, así que no hay nada que hacer con Prudencio.

Un consejero llamado Prudencio. Aquello debía ser un sobrenombre.

―Entonces, sí voy a documentación. Ehm... designado...quiero decir, ¿también tú?

―Estoy empezando. Inicié el periodo pasado.

―Y... ¿cuando recibiré el instructivo?

―En clase. Se las ingeniarán para que la primera asignatura del área sea Responsabilidad, y comenzarán con el instructivo.

Era tan amable que se me antojaba preguntarle porque andaba de malas el día anterior. Pero recordé que cargaba con dos desayunos.

―Hey... Shai, ¿te ayudo con una?

―No, gracias ―no le sorprendió que supiera su nombre, así que seguro lo sabían todos... o recordaba que la encargada lo había dicho frente a mí―. Estoy bien.

―Está bien, nos vemos.

―Nos vemos...

―Rose.

―Nos vemos, Rose.

Partió escaleras arriba, haciendo malabares con las dos bandejas. Yo volví a mi desayuno con la tranquilidad de saber que no necesitaba hacer una larga fila.

Ir por mi horario en realidad fue sencillo. Ni siquiera tuve que ingresar a la atestada primera planta, pues en el pasillo “de transición” encontré las escaleras para ir directo a la planta dedicada a documentación. Ahí agregaron un horario a mi carnet y me ascendieron a designada nivel 1. Curioso, no había cambiado nada desde que era nivel 0.

Según el horario, ya había empezado a perder clases. No le di mayor importancia: ambas materias eran de estudios “normales”, así que seguramente habían faltado muchas personas.

En el salón de Química I había sólo dos estudiantes cuando llegué, así que elegí a gusto el puesto del medio en la segunda fila; era como los demás: un escritorio y una silla de metal demasiado delgado; la ubicación era lo importante.

Un momento después, llegó alguien conocido. No saludó y nadie le dirigió la palabra, aunque a mí sí me habían saludado cuando entré. Le seguí con la mirada hasta que se ubicó en la esquina del fondo. Aunque por lo general prefiero no interrumpir a la gente cuando quiere estar sola, sentí ganas de comentarle que me había ido bien con el horario... además, me parecía un poco triste su aislamiento. Después de todo, había bastado un momento para darme cuenta de que era más bien una persona sociable. Tal vez un poco tímido, pero sociable.

Me acerqué sin ser vista, ya que él estaba concentrado dibujando algo. De pronto entraron otros dos estudiantes, hablando sobre la cuarta guerra. ¿A quien de nuestra edad podía importarle eso?

En ese momento el muchacho levantó la vista y dejó caer el lápiz, que golpeó el suelo con un sonido metálico. Lo levantó con brusquedad y me pareció ver que se lastimaba en la esquina del escritorio. No se quejó, así que supuse que yo lo había imaginado.

―Hola... ―no terminé el saludo, pues me dejó muda su reacción.

Sorprendido y pálido, levantó la hoja de vidrio conductor en la que había estado dibujando y se las ingenió para llegar a la puerta sin acercarse a nadie.

―No te espantes ―dijo una chica de la primera fila―, hay gente a la que no se le habla, pero no importa si no lo sabes.

Al dirigir mi vista hacia a ella, descubrí que estaba con mi vecino, Thomas. Ellos eran los que habían entrado un momento antes.

Ella se presentó como Samara, estudiante de Ciencias experimentales y miembro activa de la sociedad de drama. Aprovechó para informarme que pronto presentarían una obra de la postguerra. Ya no habían muchos colegios que siguieran esa vieja tradición de los clubes o microsociedades, pero Sage-Carman era uno de ellos: otra razón para considerarlo un instituto exclusivo.

La clase fue muy sencilla con tan pocos estudiantes. Me tomé la hora siguiente para recorrer el edificio en el que recibiría dos asignaturas extrañas, destinadas a perfeccionar el dominio de mi habilidad. Ese día, a las doce tendría la primera. Sonaba divertido.

Pero estaba sola. Según la apática maestra, eramos 5 estudiantes inscritos pero, como yo era la única designada, los demás debían estar organizando su horario todavía. Así que me despidió. Dijo que no quería repetirlo todo.

―Pero... ¿Todos los estudiantes toman clases para mejorar sus habilidades? ―quise saber―. Yo creía que era cosa de los designados...

―Para mejorar el control, señorita ―me corrigió―; no puede modificar una habilidad. He oído que en esta región no se educan para eso, por eso Sage-Carman tiene tan buen prestigio: se ocupan de cada aspecto.

―Aún así... somos pocos alumnos...

―La traslación espacial no es muy común ―explicó, de mala gana.

Siendo evidente que ella no quería perder su tiempo conmigo, decidí adelantar mi almuerzo. Al fin y al cabo no quería estar ahí cuando todos fueran por su comida.

¡Oh, sorpresa! A las 12:30 ya había unos 10 estudiantes almorzando. De hecho, la joven conservadora que me había guiado el día anterior ya había terminado. Al parecer había comido con compañeros desordenados: en su mesa había tres bandejas con platos y vasos sucios.

Me tuve que tragar mi teoría cuando uno de sus compañeros volvió para ayudarle mientras yo elegía mi almuerzo. Era Shai, nuevamente en estado sociable. ¿Acaso tenía doble personalidad? Incluso me saludó por mi nombre cuando pasó a mi lado mientras se dirigía a la habitación que había en el fondo. Cuando abrieron la puerta me asomé, descubriendo una especie de sala de estudio con escritorios tecnológicos y sillones que parecían muy cómodos.

―Hola vecina ―Thomas me tomó por sorpresa, pero no se dio cuenta de mi sobresalto.

―Hola. ¿Cómo te va?

―Horrible. La mitad de los maestros prefieren no dar clases cuando muchos estudiantes faltan. Y para colmo interrumpimos el ensayo porque no tenía caso con tanta gente fuera.

No había imaginado que estaba frente a un obsesivo de los estudios.

―¿Ahora vienes del... grupo de drama? ―intenté adivinar.

―Sí. Se supone que terminaría a la una pero... Qué más da. Sólo debo buscar algo que estudiar. Por desgracia ya me sé todos los diálogos de la obra, pero siempre hay algo.

―O puedes enseñarme la ciudad.

―¿Y tus clases? Los designados reciben todo normal aunque el resto...

―¿Y tú cómo sabes que soy designada? ―como que tenía un letrero en la frente.

―Lo soñaste. Tuviste una fase REM muy activa. Por algún motivo sigo recibiendo todos esos sueños...

―Ah. Eres telépata ―comprendí con disgusto―. Por favor evita pasear mucho por mi mente, ¿puede ser?

A pesar de mi tono frío y una demanda tan clara, él se las ingenió para malinterpretar mis intenciones.

―Gracias por preocuparte, pero estoy bien ―respondió, sonriente―. Puedo mantener las ideas ajenas fuera de mi cabeza casi todo el tiempo. Es sólo que los sueños me atraen de algún modo y no puedo evitar... ―se interrumpió de pronto, como si algo se le acabara de ocurrir, y agregó:―. Pero tú tienes una bonita fase REM, seguro que tu mente no es temible.

Ante ese comentario, tuve que reírme.

―Vivo con cinco telépatas, y todos mis tíos y primos por ambos lados de la familia lo son; pero nadie me ha dicho eso antes. Gracias.

Claro que ellos no habían logrado husmear en mi mente desde que yo tenía once años, cuando mi obsesión por la privacidad me obligó a encontrar la forma de mantenerlos fuera... no es que yo misma entendiera como lo hacía.

―Supongo que están muy acostumbrados a ti, por eso no lo ven. ¿No te mudaste aquí?

―¿Qué?

―Dijiste que vives con cinco telépatas, imagino que son tus padres y hermanos.

―Y mi abuela materna. Pero, tienes razón: ya no vivo ahí.

Gracias por deprimirme, “vecino”.

1 comentario:

  1. Ah el trajin del primer dia de clases. Que tedio...

    Me gusta. Vamos bien.

    ResponderEliminar

Publicación Anterior:
Cuotas de Libertad

Página de la Historia


Seleccionar Capítulo: