miércoles, 18 de diciembre de 2013

Souvenir


Todo comenzó con un error.

Es bien sabido que ella esta ahí para todos aquellos que pierden la noción del tiempo por amor o lujuria, pero ¿por qué se encontraría en el camino de Nicolás? El hombre perdía la noción del tiempo debido a mil razones, pero ¡que amor! ¡cuál lujuria! Si Nico tenía cabeza sólo para ayudar.

Era uno de esos hombres de los que ya no hay, y de los que nadie valora en su justa medida. Sin un mínimo de ambición, carecía de objetivos y nunca tenía casi nada en la bolsa. Trabajaba como dependiente en una ferretería y no tenía ni casa, ni lujos ni vicios. Todo se le iba en prestarle dinero a los compañeros de trabajo, a los vecinos, y a la señora que le rentaba un cuarto y le daba dos tiempos de comida diarios y cobraba menos por esto de lo que le pedía prestado a Nicolás.

Cincuenta horas a la semana transcurrían en la ferretería, y pasaba el resto dandole una mano a quien la necesitara.

A cambio, en ocasiones, le daban las gracias. En las celebraciones y en los funerales no le agradecían nada, porque con tantas emociones se les olvidaba que él había estado ahí.

Cuando la encontró, por ejemplo, no le habían dado las gracias por manejar hasta la ciudad vecina para llevar al hospital a doña Marisol. A él no le hacía falta que le agradecieran. Le gustaba mucho ser útil, y ni se fijaba si le daban las gracias, o si ya era demasiado tarde para regresarse al pueblo. Tomó el último bus, que no pasaba por el pueblo pero sí lo bastante cerca, y luego caminó.

La vio desde el puente, y era tal y como la describen en todas las leyendas: una mujer hermosa y ocupada. Nicolas, que no era ningún ciego, pudo notar lo primero como cualquier otro, pero a diferencia de la gran mayoría, también se dio cuenta del segundo detalle.

Ahora sí se fijó que era muy tarde.

Después de dar las "buenas noches", le pregunto a la señorita si necesitaba ayuda. Y ella dijo que sí. Porque al decir que sí, le daba una razón al supuesto tunante para que se acercara.

Nico abandonó el puente y tomó el sendero que bajaba al riachuelo. Espero a que la mujer acabara de lavar la prenda actual, y luego alzó la cesta, pesada por la ropa mojada. Le pareció algo raro porque su mamá nunca había llevado tan mojadas las prendas, pero supuso que se debía a la falta de sol.

Con la cara oculta tras el cerro de ropa recién lavada, no vio cambiar a la mujer. Si la escuchó reirse y un escalofrío le recorrió la espalda. ¡Por poco y tira todo! Pero superada la sorpresa, le hizo gracia. La mujer dejó escapar en un grito la frase que la identificaba y él... lo celebró. La felicitó por su excelente imitación, mientras confesaba que no se había fijado en la escena de la que estaba formando parte. Ella se quedó de piedra, mientras el caminaba como podía cuesta arriba.

Así fue como Nicolás llegó al pueblo con la ropa recién lavada de La Sucia. Nunca lo convencieron de que así era, pero después de un mes de no saber nada sobre la propietaria de las sábanas, acabó por regalárselas a un par de familias que, de lo contrario, habrían pasado frío esa navidad.

Este es el relato #12 del desafío de Diciembre.

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