viernes, 20 de diciembre de 2013

Pordiosero de la ciudad sin música


Parece que fue hace un siglo que comencé a andar. Comencé con un presupuesto muy reducido, unas pocas mudadas y un mapa que no podía leer.

En esa época conocí, en una ciudad particularmente triste, a un anciano pordiosero que poseía dos talentos excepcionales para el arte.

Jamás nos hubiéramos comprendido, pero teníamos un par de gustos comunes y de ahí pudimos entablar conversación.

Él no sabía por qué alguien estaría interesada en alejarse de casa, viajar constantemente y arriesgarse a perder el camino. En cambio, yo no entendía que alguien se quedará en aquella ciudad que bien podría ser el único sitio en el mundo en el que no le servía su talento.

El hombre era un músico. Se arriesgó a tocar la flauta para darme gusto a cambio de la mitad de mi poco dinero. ¡Bien lo hubiera dado todo! Era el mejor del mundo. Él mismo había hecho aquel instrumento prohibido en la ciudad. Por años, se había dedicado a la elaboración de instrumentos musicales, había dado conciertos y había instruido niños.

Ahora no quedaba nada de eso porque la ciudad había prohibido, en resumen, la música.
Quise saber porqué, y aunque el músico me contestó con naturalidad, yo sólo supe que tenía algo que ver con unos cuantos ratones.

Este es el microrelato #16 del desafío de Diciembre.

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