domingo, 22 de diciembre de 2013

Perro apaleado

-¿Y es que a ti te parece que tengo pinta de alguien que quiere salir a la calle, tarado? -le soltó Silvia, con su más expresiva cara de asco.

Desconcertado, Elías la miró de pies a cabeza, consciente de que ella no estaba de buen humor, pero incapaz de encontrar la "pinta" que debía dejar claro que ella no quería salir.

-No -se obligó a decir, antes de que ella se molestara más.

Negando con la cabeza, quejandose por lo bajo y con la misma expresión de enojo, ella pasó de él. Acostumbrado estaba a sus desplantes. Así era ella. Maravillosa, paciente y amable, sólo cuando se sentía bien. Y más mala que la leche cortada cuando algo le iba mal. Por lo general ponía distancia en esos casos, para no hacer daño, según decía.

Él le ayudaba con eso. Por ejemplo, se aseguraba de contestar el teléfono cuando la veía gritona. Así lo hizo cuando llamó Gabriel ese día. Pero él insistió en hablar con Silvia, y ella tomó el teléfono con una mano temblorosa.

En cuestión de minutos estaba concertando una cita y corriendo por la casa con un vestidos diferentes y en busca de algún accesorio que había perdido. Daba saltos de felicidad a cada rato, incluso llegó a tararear una canción.

Elías no estaba dando saltos cuando el otro habitante de aquel modesto apartamento llegó con pizza para tres. En otras circunstancias la ausencia de la chica hubiera significado "más para mí", pero esta vez no le hizo ninguna gracia al amigo.

-¿Por qué la cara de perro apaleado? -preguntó el que llegaba.

-Es el resultado lógico. Alguien a quien amo me trató como perro y alguien a quien odio me dio una paliza.

-Hombre, es una buena explicación, pero sigo sin saber lo que pasó.

-Y si quisiera que supieras ya te habría dicho, compañero. Mejor pásame otra pieza de pizza.

Este es el microrelato #22 del desafío de Diciembre.

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