jueves, 5 de diciembre de 2013

Obediencia Sorda - La última opción

Yo no pertenecía al Instituto Sage-Carman.

Ahí sólo habían dos tipos de personas: genios y millonarios.

En aquel enorme campus, maestros talentosos utilizaban los mejores recursos disponibles en la sociedad moderna para convertir estudiantes modelo en los mejores médicos, científicos, educadores y demás pilares de las ciudades supervivientes. En este aspecto el instituto no era especial, sólo exclusivo.

Sin embargo, era él único instituto que educaba designados en Gradiente. Incluso algunos de ellos seguían estudiando ahí aún cuando tenían una ciudad y un rol asignados.

Cuando una generación se graduaba, los cupos para designados se llenaban “ascendiendo” a otros estudiantes del Sage-Carman, pertenecientes a la lista de prospectos; y si no había suficientes, se realizaba un proceso de selección en un colegio al azar.

El segundo método era el que me había llevado a un sitio en el que no hubiera podido entrar con los recursos de mi familia, ni gracias a mis conocimientos. No teníamos malos ingresos y yo no era nada tonta, pero el ISC iba un poco más allá de lo normal. Y aún entre esos estudiantes superdotados o millonarios, los designados debían ser privilegiados, y esa situación me molestaba.

Por una mezcla de mi rechazo hacia los privilegios y la certeza de que pronto me expulsarían, decidí no mencionar nada sobre la posición que me habían concedido.

Mis inseguridades no venían de una baja autoestima, ni mucho menos de la falta de habilidad; yo era la mejor estudiante en la rama de ciencias experimentales de mi colegio, y no me faltaba dominio sobre mi extra. Es sólo que no me interesaba ser designada, y de todos modos habían mejores opciones en la Región.

Para iniciar, mi ciudad era un mal sitio para buscar: Micbie era más un campamento crecido que una ciudad, no teníamos cultura de sociedad y solamente ocho de las diecinueve familias enviaban a sus jóvenes al colegio. No les parecía una prioridad educarse, porque su forma de vida, tan sencilla y clásica, no la enseñaban en los colegios. Si todos los menores asistían a la escuela, era para conocer técnicas sobre agricultura, ganadería, y medio ambiente; el “colegio” era un nivel necesario sólo para personas que harían cosas especificas y complejas.

Casi nadie en la ciudad tenía extras, de modo que sólo había cinco de nuestro tipo en el colegio. Uno de esos cinco tenía potencial de delincuente y el otro hacía explotar las cosas de pronto sin que ningún tipo de tutor o entrenamiento hubiera servido para darle siquiera un poco de autocontrol. Los descartaron con sólo ver sus expedientes.

August era un pacifista y se negó a involucrarse pese a ser el mejor candidato en términos de moral. La siguiente opción, pese al dominio impecable de sus habilidades y un ingenio indudable, había demostrado una gran falta de responsabilidad y, aunque yo no debería decir esto sobre mi propia hermana, tampoco tenía mucho sentido común.

Así que sólo quedé yo. La única opción sin descartar de una fuente incorrecta. Buena estudiante, muy responsable, y con un excelente dominio instintivo de mi extra; pero nada sobresaliente, nada excepcional. Aún así, podía funcionar. El verdadero problema era que yo estaba segura de que no debía ser designada, si no investigadora científica.

Me había hecho mil planes al respecto, por eso destacaba en los estudios: porque tenía un objetivo. Incluso sabía el orden en que tomaría las clases para especializarme en Investigación antes de los 25. En el ISC podía continuar esos estudios, pero ¿con que fin, si me dedicaría a otra cosa?

Mi extra me parecía menos relevante que mi carrera pero Charity Gauss, la mujer que me realizó la entrevista, dijo que “yo tenía una H.I.M. bastante inusual” y me preguntó si era hereditaria o causada por los residuos de radiación. Yo no tenía idea de lo que hablaba, porque a las Habilidades Inducidas por Mutación las llamábamos extras y no nos importaba mucho su origen.

En mi familia casi todos habían heredado telepatía pero en mi caso, como le hice saber a Gauss, era una mutación propia: tenía la habilidad de teletransportarme o, como ella dijo, “traslación intraespacial”.

No habíamos muchos con esa cualidad. Además, en mi generación casi todas las habilidades eran del tipo hereditario. Si me hubiera informado habría notado que mi extra era inusual, pero sólo sabía un poco por mis estudios y había aprendido a usarla de forma instintiva.

Según me habían comentado, en Sage-Carman recibiría “educación formal para manejar mi HIMR”, pero eso no me llamaba la atención: ya sabía usarla. Tampoco me interesaban las técnicas de combate, los procedimientos, y todos esos asuntos de los designados. Sólo quería ver los laboratorios. Se decía que eran los mejores en todo el mundo pero, ya que lo decían ellos mismos, hacía falta comprobarlo. Tal vez no sería investigadora, pero al menos iba a disfrutar esos laboratorios... O me corrían y podía volver a casa con esas experiencias.

Visto en retrospectiva, creo que fue con eso con lo que me dejé enredar, y de pronto estaba viajando a un lugar desconocido para aprender demasiadas cosas que no me interesaban. Cierto que podía renunciar cuando quisiera, pero eso de huir sólo era el último recurso.

R. Teale
Se fueron uno a uno.
Los más temerosos, sin siquiera pensar hacia que destino marchaban.
Unos partieron de noche con lo que podían cargar; otros fingieron tener un buen motivo y se fueron a la luz del día tan pronto como pudieron.
Teale sabía que cuando sus actuales huéspedes se desangraran, tendría que mudarse, pero ya pensaría en eso más tarde.

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1 comentario:

  1. Tenia una pregunta pero el texto me la resolvio antes de terminar. Ahota se que es una H.I.M.

    Me va gustando... genial.

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