martes, 3 de diciembre de 2013

Obediencia Sorda - CERO

Elvis Mille iniciaba su última temporada como designado novato. No sabía que ese día vería a los ojos a la muerte y a la vida. Tampoco sabía que tomaría las dos decisiones que definirían el resto de su vida y, a la larga, su muerte.
Estaba nervioso, pero sólo porque su nuevo puesto de vigilancia era silencioso, desconocido y, sobre todo, lejano al instituto. Le tranquilizaba ver que sus compañeros de guardia estaban descansando. Dos de ellos jugaban una partida virtual de baloncesto con los dispositivos que debían usar exclusivamente para comunicarse; otro escuchaba las noticias; y él más relajado estaba durmiendo el sueño de los justos.
Ellos ya tenían cierto grado de experiencia y él suponía que su conducta indicaba un riesgo mínimo y muy poco trabajo. Era normal en una ciudad fantasma como Ducreaves, donde artefactos antiguos seguían en funcionamiento, como el reloj de la torre (en el apabullante silencio del lugar era sencillo escuchar las campanadas del reloj ubicado en una torre), pero lo elemental para vivir estaba inservible. La población era de ocho habitantes ahora que uno de los prisioneros de Richard Teale había muerto.
La mañana pasó tan despacio que, después de almorzar, Mille consideró seguir el ejemplo del compañero que dormía. Pero consiguió distraer su atención en localizar el origen de los únicos pasos que podía escuchar, y así se mantuvo despierto. Dirigió su mirada hacia la calle desierta y esperó hasta que la dueña de aquellas lentas pisadas apareció en la esquina más cercana.
Parecía enferma.
O herida.
Sin hacer caso a sus holgazanes compañeros, el muchacho se dirigió al encuentro de la joven. No imaginó la naturaleza del envoltorio que cargaba hasta que la mujer lo puso en sus brazos y lo sintió respirar. Mille tenía los sentidos tan bien afinados que podía escuchar los latidos de aquel diminuto corazón, pero fue incapaz de detectar a tiempo el movimiento de la mujer arrancando la pistola de su cinturón.
Sorprendido y con un bebé en brazos, no pudo hacer nada más que escuchar aquella frase que nadie más iba a interpretar correctamente. Sus compañeros ni siquiera hicieron eso, pues se dieron cuenta de todo hasta después del disparo. Elvis Mille fue el único testigo del último intento de suicidio de Sindy Grant: el exitoso.

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1 comentario:

  1. Es un inicio que me ha enganchado... y la narracion fluida y entretenida.

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