lunes, 9 de diciembre de 2013

Obediencia Sorda 2 - Personas extrañas (parte a)


Charity Gauss me había entregado mi carnet de estudiante con mi nombre y el de mi extra, status de designada (0/8), huellas, genética y fotografía; todos esos datos estaban bloqueados para evitar que alguien diera mal uso a la identificación. Era mi tarea agregar otros datos, incluso los que el instituto ya conocía, como mi orientación académica y las materias que ya había concluido. Aquella identificación tenía mayor capacidad de almacenamiento que la media, para poder tener todo sobre el instituto y sobre mí.

Con esa identificación y dos maletas revisadas tantas veces que había perdido la cuenta, me presenté en la instalaciones del Instituto Sage-Carman. Mi padre conducía, pero debía volver a casa de inmediato. Me dejó algún dinero y mapas. Se aseguró de que tuviera todos mis dispositivos de comunicación, y se marchó.

Observando todo el lugar con la curiosidad de quien ve un sitio por primera vez, entré al edificio.
No llevaba mi mejor apariencia. Era de lo más normal que vistiera un traje a prueba de radiación, debido al recorrido que había hecho; al menos cubría aquel adefesio con mi abrigo lila, incluso llevaba botas a juego y había tenido el acierto de quitarme la mascarilla. El equipaje justificaba que llevara tan extraña vestimenta. Pero no había estado durmiendo bien, y entre las prisas y el estrés había dejado de lado rutinas femeninas como peinarme y maquillarme. Entre mi desaliño, brillaba mi expresión de terror.

El guardia de la entrada lo encontró divertido. La encargada de la recepción parecía estar acostumbrada. Se me ocurrió que así llegaban todos, pero eso no me hizo sentir mejor.

―Buenas tardes, soy Carmela ―como era de esperarse, la recepcionista tenía ese tono mecánico que intenta parecer amable―; ¿en que le ayudo?

―Yo... ―me quedé muda al darme cuenta de que no conocía la respuesta a su pregunta. Me había quedado en blanco.

―¿Nueva estudiante?

Sonreí.

―Sí ―confirmé.

―Permítame su identificación.

Le entregué la tarjeta y ella la deslizó frente a un lector infrarrojo. Emitió un sonido de aprobación y me informó:

―Se le asignó la habitación siete del edificio Europa. ¿Ya revisó el croquis?

―Sí ―no recordaba cual era el edificio, pero sabía que sería sencillo encontrarlo, puesto que todos los dormitorios estaban en fila. Había notado que el más cercano a la administración era el de los maestros, y sólo tendría que verificar el nombre y contar.

―Pues bien, ya no tiene nada más que hacer hoy, todo está en orden. Puede aprovechar el resto del día para ubicarse, explorar... lo que guste. Si tiene dudas, encontrará el código de la recepción en el directorio. Por desgracia tenemos un pequeño fallo y hay que ir a documentación por el horario. Está en el segundo piso, pero por hoy ya no están atendiendo. Usualmente la actividad termina a las diez de la noche, pero estamos en una semana difícil. Como le digo, hay un fallo técnico.

Ya me estaba costando concentrarme en tantas indicaciones. Pero, era una cuestión sencilla, ¿no?

―Entonces... paso mañana por la oficina de documentación para buscar mi horario de clases.

―Exacto. El inicio de actividades es a...

―A las seis.

―Exacto.

―Gracias.

―Que tenga buen día. Y ―de pronto su tono mecánico fue sustituido por uno mucho más personal―, bienvenida a Sage-Carman.

―Gracias ―repetí. Tomé mis maletas y me dirigí a la puerta que tenía el letrero de “Campus. Prohibido el paso a personas ajenas a la institución”.

Recordaba haber visto eso en el croquis.

―¡Rose! ―llamó la recepcionista.

Me volví hacia a ella, olvidando por un momento que era normal que supiera mi nombre después de leer mis datos.

―Está dejando el carnet ―me informó.

―¡Es que no dejo la cabeza porque la tengo pegada! ―exclamé, tan dispuesta como siempre a reírme de mí misma.

Recuperé la tarjeta y nuevamente me puse en camino. La puerta daba a un pasillo, lo seguí hasta llegar a la siguiente puerta. El siguiente era un espacio de transición. Para continuar debía utilizar mi tarjeta en el seguro.

Del otro lado encontré el verdadero campus. Con jardines perfectos, un bosque distante, edificios clasificados por área educativa y una fila de edificios de dormitorios. El primero, circular y un poco más alto, era ocupado por los maestros. Los otros cuatro, cuadrados y de vidrio, eran los de estudiantes.

Saqué del bolsillo interior de mi abrigo el comunicador de dos piezas que hasta hace poco compartía con mi hermana y que me había traído sin pedirle opinión. El visual estaba integrado a unos lentes oscuros camaleón que se quedaron blancos porque olvidé frotarlos en mi abrigo antes de ponérmelos. El sensor externo era un brazalete grueso con un lector de tarjetas y los restos del control extensible que se había roto demasiado pronto. Lo malo de los productos baratos.

Me puse el brazalete y ajusté mi carnet en el lector. El visual se activó y comencé a explorar. En instantes supe donde estaba el edificio Europa (el tercero).

Mis maletas ya se sentían pesadas cuando acabé de caminar por el corredor y salté al sendero asfaltado; tuve que detenerme y dejarlas en el suelo cuando estaba frente al edificio América.

Europa tenía unas escaleras externas que llevaban al segundo piso, pero las pasé por alto y entre a la primera planta, ocupada por un amplio comedor. Tenía muchas puertas hacia el exterior y una hacia la lavandería. Al fondo había otra puerta, en la única pared que no era vidrio. Ya no estaba haciendo caso al croquis, la evidencia decía que si quería subir necesitaría regresar a esas escaleras que había pasado en el jardín, pero por el momento yo estaba viendo todo con cara de niña perdida.

―¿Necesitas ayuda? ―sugirió una chica que llevaba un manto de soledad.

El “manto” era más parecido a un abrigo demasiado grande, con una especie de capucha sobre cabeza lo bastante grande para ocultar el rostro. La tela era fresca pero gruesa, diseñada para usarse siempre. La ropa de una joven conservadora sin pareja formal. No me gustaban mucho los conservadores, siempre ocultaban su rostro y tenían un montón de leyes absurdas que sólo fingían respetar.

Pero ella sonaba muy amable, y yo era la recién llegada. No tuve más remedio que ser cordial.

―Eh... Eso creo ―respondí―. ¿Debo subir por las escaleras del jardín...?

―Es lo usual. Pero hay una escalera de caracol en la lavandería ―señaló la primera puerta de la izquierda― ¿Qué habitación te dieron? ¿Trece?

Negué con la cabeza.

―Siete.

―En ese caso será mejor que utilices la escalera externa ―dijo, con un asentimiento―. Permíteme mostrarte.

Tomó una de mis maletas y salió por la primera puerta que estaba a mi derecha. La seguí. Mientras subíamos las escaleras, se presentó como Irina Segovia, de la habitación 12. Yo dije sólo mi nombre; eso de agregar el apellido era cosa de gente sofisticada... o conservadora.

―¿Y en que área estás? ¿O eres designada?

―Ciencias experimentales ―ya de nada valía pensar en especializarme. No dije nada sobre el otro asunto, eso de establecer un estatus no me iba― Aunque todavía no se nota porque apenas es mi segundo periodo. ¿Y tú?

―Designada, rango 5. Es medio camino, pero he subido un grado en cada periodo, y eso es bueno. Por lo general se requieren al menos dos. Es más sencillo para mí porque estoy dedicada, no estudio ciencias.

¡Uh, que sorpresa! La conservadora presumía sus logros.

Frente a las escaleras se extendía un pasillo. Al final de él estaban los baños y a los lados, dos bloques de habitaciones. Según el croquis, cada bloque tenía cuatro habitaciones hacia el pasillo central y cuatro hacia los pasillos laterales. Por fortuna, las paredes de las habitaciones y el cuarto de baño eran de madera. Hacia el exterior: más vidrio.

―Mira, allá está la otra escalera ―Irina Segovia señaló hacia la izquierda y pude ver el pequeño varandal al fondo―. Aquí enfrente están los baños. Y tu cuarto debe ser en el pasillo central porque aquí están las impares...

Se dirigió sin dudas hasta la última habitación y, tal como ella había supuesto, esa era la mía.

―¿Necesitas algo más?

―Eh... Creo que no. Sólo tengo que ir por el horario mañana.

―Habrá una fila espantosa. A mí ya no me corresponde hacer la fila eso, pero el año que llegué también estaba descompuesto el transmisor, y los estudiantes de reingreso lo dejaron todo para el último día. Podría decirse que nadie fue a clases. Es una ventaja de haber dejado los estudios generales para convertirme en designada.

Suerte suya, no tener que ocuparse de la educación común y los horarios.

Nos despedimos y me vi sola frente a la habitación que sólo abría con mi carnet. Mi responsabilidad, mi espacio. Las imágenes de la publicidad no incluían las habitaciones. Me intimidaba tanto como las clases. Una vez que mi equipaje estuviera dentro, sería oficial que había cambiado de mundo.

No podía hacer esto sola.

El más pequeño de mis dispositivos de comunicación era el audífono que llevaba en mi oído izquierdo. Se conectaba al satélite más fuerte para permitir llamadas a cualquier distancia, escuchar las noticias oficiales, y algunas estaciones de entretenimiento.

Presioné el botón central para activar el micrófono.

―August ―ordené.

Esperé unos segundos hasta que la conexión se estableció.

―¿Cómo vas, preciosa? ―aquella voz inexpresiva que muchos consideraban perturbadora, siempre me tranquilizaba.

―Estoy parada como tonta frente a la puerta de la habitación que me asignaron.

―Ah, ya veo. No pasa nada, preciosa. Mira, es sólo una ubicación temporal para recargar tus pilas mientras estás lejos de casa. Ahora, abre la puerta.

Lo hice, sin decir nada.

―¿Ya?

―Sí ―respondí. Sin importar lo triste que estuviera, mi voz sonaba animada en contraste con la de él.

―¿Y qué tenemos?

―Cuatro paredes celestes, un armario demasiado grande para lo que traje, una cama sin cobertores, una mesa de noche con una lámpara igual que la que habían dejado olvidada los ocupantes anteriores en mi habitación... ―me quedé callada, un poco triste al recordar que había dejado una vida completa en Micbie, donde me había tenido que adaptar por años cuando llegamos de Yise.

―¿Te perdiste en la lámpara?

―Lo siento. También hay un escritorio. Es un buen escritorio, pero la silla se ve medio incomoda...

―Preciosa ―me interrumpió―, está bien que estés nostálgica. Ahora, Deja tus maletas al lado de la cama, para poder revisar si funciona.

―¿La lámpara?

―Sí.

Solo tenía una maleta en mano, la otra estaba en donde la había dejado Irina Segovia, así que mientras encendía aquella luz pálida, tenía una maleta en la habitación y otra en el pasillo.

―Está perfecta ―informé.

―Pues, tendrás que quitar la pantalla y aflojar el bombillo.

―¿Descomponerla, dices?

―Claro. Es un sitio ajeno, con objetos ajenos. No necesitas que esté funcionando.

Cuando yo era nueva en Micbie, solía mencionar que aquella lámpara de los habitantes previos no servía. Aunque no entendía la metáfora de August, hice lo que me pedía.

―Ya está.

―Y tú estás en la habitación, además.

Buen punto.

―Gracias. Pero todavía me falta una maleta ―observé, mientras salía para buscarla.

―Y tienes que preparar la cama.

―Lo cual implica buscar cobertores...

Me interrumpió una exclamación proveniente de las escaleras:

―¡Nada me gustaría más!

Se trataba de un muchacho delgaducho y de estatura media, que subía mientras hablaba con voz afectada, posiblemente por medio del dispositivo ovalado que llevaba en su mano. Sus cortos rizos grisáceos se sacudían al ritmo de sus pasos escalón tras escalón, o de sus violentos movimientos de cabeza cuando se exaltaba en su conversación.

Un par de pasos después de subir la escalera se detuvo, revisó algo en su dispositivo, y se rió.

―¡Éste no es mi diálogo! ―comentó, en un tono más natural.

Y luego volvió a hablar con vehemencia sobre un ejercito a algo así mientras hacía gestos raros y sacudía la cabeza. Caminaba en mi dirección, pero no había reparado en mi presencia; de modo que supuse que era mejor emprender la retirada mientras fuera posible, pero estaba distraída intentando captar las locuras que decía. Yo había oído eso antes.

De pronto me vio, y dejó de hablar cuando se dirigió a donde yo estaba.

―No te conozco ―habló con aire serio y una voz bajita en comparación con su anterior perorata.

―Porque llegué hace como diez minutos...

―No creo que ese sea tu nombre.

Aquello me dejó en blanco. De algún modo el muchacho parecía estar exigiendo mi nombre.

―Rose ―confundida, cedí.

―Thomas ―acto seguido, se dio la vuelta y comenzó a hablar de nuevo―. “Así pues, te invitaré para...”

Muy lejos del Instituto, August escuchaba todo con paciencia. Ya estaba acostumbrado a que yo me distrajera y lo dejara con la palabra en la boca. Pero consideró oportuno intervenir ahora.

―Pregúntale por los cobertores.

―¿Donde están los cobertores? ―hice eco a sus palabras sin pensar.
Para mi sorpresa, Thomas comprendió.

―Es cierto. Están calificados como objetos personales, pero mucha gente olvida traerlos. ¿Conoces Inocencia?

―No. Es la ciudad, ¿verdad?

―Sí. Tendrías que ir a comprar esas cosas. Cuando dicen “suministros”, se refieren a lo que necesitas para las clases. Y a la cafetería. Cosas como jabón, cobertores y bigotes falsos, están por cuenta de cada quien.

―Pero... ―debía preguntar lo más relevante, aunque lo que realmente quería saber era para que podría querer alguien un bigote falso―. ¿Villa Inocencia es muy grande?

―No tanto. Aunque pronto se habrá ocultado el sol...

―Ve por la mañana ―la voz de August en el audífono me sobresaltó―. Oye preciosa, debo ir a cenar antes de que mi mamá me obligue a hacerlo... Te llamo luego.

―Buen provecho ―me despedí.

―¿Disculpa? ―“Thomas” pareció confundido.

―No, no. Es que tenía a alguien en el comunicador y...

―¿Mientras hablabas conmigo? Que chica tan rara eres ―me analizó de pies a cabeza y asintió para sí.

¿La rara era yo? ¿Qué él no estaba haciendo algo parecido?

―Oye, vecina, ¿te asusta usar un cubrecama ajeno? Porque yo podría prestarte. Están limpios, lo prometo.

―Eh... ―el ofrecimiento me tomaba por sorpresa, pero logré responder tras un instante―. Está bien. Gracias... vecino.

El muchacho entró a la habitación de al lado. Me acerqué y comprobé que era el cuarto #5. Espié apenas lo suficiente para ver una habitación como la mía pero llena de cajas de diversos tamaños, formas, colores y materiales. Había libros, también.

Entonces él salió y me entregó lo que me había ofrecido. Al instante siguiente cerró la puerta.

―Bien ―suspiré, para luego volver a la habitación número siete.

Desempaqué, llamé una vez más a August, y me cené las golosinas que traía de casa.

Antes de ir a dormir decidí tomar una ducha. Nada como agua fría en un lugar extraño a las ocho de la noche. El cuarto de baño compartido era una molestia; además me parecía un poco extraño que fueran “unisex”, aún cuando las duchas estaban separadas a mí me parecía una mezcla rara.

Cuando me disponía a volver a la habitación, con mi ropa de dormir y peinada por fin, me encontré con un muchacho que entraba a los baños. Era bastante pálido y eso resaltaba el color de su cabello y ojos. Se supone que la gente no tiene los ojos completamente negros, pero él sí.

Pareció muy disgustado por encontrarme ahí, se dio la vuelta y se marchó por el pasillo que llevaba a la escalera de caracol. En un lugar tan raro, semejante comportamiento sólo mereció que me encogiera de hombros.

Solo quería darme una ducha y dormir.

Soñé con una casa, que quizá alguna vez fuera acogedora pero había sido vencida por el tiempo, y con campanadas en el atardecer. Soñé con viajes a lo largo de la carretera, en cada ciudad una casa diferente, y miradas ocasionales hacia caminos que no podían ser tomados. Soñé con él por primera vez, pero no sabía quién era. Entre todas esas situaciones inconexas alguien familiar, a quien no reconocí, me preguntaba como había llegado ahí. En algún punto del sueño me encontré con el chico de la habitación cinco pero no intercambiamos ni una palabra.

Supongo que mi subconsciente también se interesó en otras cuestiones, pero ¿quién recuerda sus sueños claramente? Yo no.

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(Diciembre 16)     


1 comentario:

  1. Hola Tania:
    Me gust este segmento. Espeto que esta chica llegue a tener un romance con el chico raro del dormitorio #5.

    Solo te sugiero que en vez de "#" escribas "numero"

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