martes, 31 de diciembre de 2013

Montañas que se mueven


Cuando nos dimos cuenta de que nos habíamos salido de rumbo, nos espantamos. Pero pronto vimos a alguien más desesperado, flotando a la deriva.

Mi hermano recomendó alejarnos, pero no creí que hubiera nadie tan demente como para lanzarse al mar para asaltar a algún navegante perdido. Así que le ofrecimos nuestra ayuda, pero el hombre dio una impresionante muestra de fe:

―No, gracias. El Señor me salvará ―gritó.

Maravillados y con sensación de culpa, partimos y muy pronto recuperamos el rumbo.

Nunca sabré cómo (o por qué) nos perdimos ese día; los instrumentos no fallaban y nosotros navegábamos bien.


Este es el microrelato #30 del desafío de Diciembre.

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