sábado, 7 de diciembre de 2013

La misma hora


7:45.
Siete horas, cuarenta y cinco minutos.
Siete horas tres cuartos.
Un cuarto para las ocho.

No esperaba a nadie y nadie lo esperaba, en resumen la hora no le importaba, pero había revisado.
"Pude haberme detenido", se dijo, "porque sabía bien que estaba viendo la hora sólo para saber si este es el momento de siempre. ¿Por qué no me detuve?".
La pregunta no tenía la menor importancia práctica, pero Imanol la consideraba vital. ¿Por qué no lo podía evitar?
Cada día, cuando salía tarde del trabajo, cuando esperaba a su hermana... siempre miraba la hora cuando faltaban 15 minutos para las ocho de la noche.
¿Sería una señal de alguna desgracia por venir? ¿O quizá un buen designio? ¿Debía averiguar si esos números podían emplearse en algún juego de azar? Quizá podría volverse millonario con ellos.
Le hacia gracia imaginarse apostandole a la hora. La hora de todos los días, sí, pero a fin de cuentas era sólo eso.
Buscó en sus recuerdos más distantes algo que tuviera que ver con esa hora del día, pero no encontró nada. Nunca lo encontraba.
¿Cuál sería el misterio que lo hacía fijarse en esa hora del día, cada día?
No lo imaginaba.
Como sus amigos no imaginaban porque seguía saliendo del trabajo o llegando a las cenas a cualquier hora, siempre de lo más campante como si estuviera convencido de que ya eran más de las siete o qué todavía no eran las ocho.
Si tan sólo se hubiera fijado en su reloj de pulsera durante el almuerzo o al salir de casa a las seis, se hubiera dado cuenta de que su reloj llevaba detenido cinco meses.

Este es el cuarto microrelato del desafío de Diciembre.

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