martes, 3 de diciembre de 2013

El número más difícil de escribir.

Hay un cesto de frutas frente a mí. Son adornos sin vida, como las de la historia que me hicieron leer en la escuela.

No. La leí porque quise. Era parte de un libro escolar, pero no de mi escuela.

Lo encontré.

No sé si fue el primero, pues he encontrado varios de ellos. Entre cosas de niños que acabaron la escuela y se volvieron adultos. No conocí a los niños, a sus adultos sí.

Este era un libro que solían usar en las escuelas. Y se veía mejor que los de mi escuela, en los que todas las historias eran inverosímiles y tenían que ver con niños haciendo tareas.

Los primeros argumentos forzados que leí fueron los de los libros de mi escuela.
Pero no ese. Era un libro hermoso. Ahí conocí los números mayas. Buenos números. La representación de nada era la más difícil de dibujar, y yo no comprendía porque tenía que serlo.

Ahora lo comprendo.

Después de todo, hay un cesto de frutas sin vida frente a mí. Sólo un poco de hambre bastaría para comprender que no hay nada más difícil y triste que la nada.

Este es el tercer microrelato del desafío de Diciembre.

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