lunes, 2 de diciembre de 2013

Amados pésimos párrafos

Como cambian las cosas.

Cuando empezó a escribir no sabía usar tildes. Ponía abreviaturas en donde no convenía y tenía el doble de muletillas. En ese entonces la gente pensaba que ella leía mucho.
Ahora es cierto que lee mucho. Sabe las reglas de acentuación y aún así se le quedan errores porque piensa mientras escribe y no escribe lo que piensa que está escribiendo. Apenas ahora se da el lujo de llamarse escritora (novatísima y sin muchos lectores, pero escritora al fin).

No parece la misma que escribió su primer fic sobre un libro latinoamericano convencida de que era la primera loca que hacía algo como eso, muerta de la vergüenza por hacerlo. En ese entonces amaba cada letra. Cada pésimo párrafo le gustaba... siempre y cuando lo leyera sólo ella. Y luego empezó a escribir sus propias cosas. Sólo porque se había sentido bien escribir esas páginas que nunca olvidaría y que nunca llegaría a respetar. Qué una cosa era que hubiera disfrutado escribirlas y leerlas y otra muy diferente era que se le hubiera pasado la vergüenza por haberlas escrito.

Así fue como se dio cuenta que la forma más fácil de contar una historia era por escrito. Entonces no hacía mil versiones de una historia, sólo tachaba y escribía sobre las paginas arrancadas de un cuaderno al acabar la primera versión.

Y aunque fueran muy malos resultados, los amaba. Como nunca volvería a amar sus historias una vez aprendiera a escribir como se debe. Si es que puede decirse que lo hizo.

No sabía, y quizá hubiera hecho todo igual aunque lo hubiera previsto, que algún día sería incapaz de amar tanto sus letras, pero nunca lograría dejarlas.

Este es el segundo microrelato del desafío de Diciembre.

2 comentarios:

  1. Es un acercamiento interesante al proceso de aprender a escribir; qué horror si después de unos cuantos talleres, cuando uno está "pulido", entonces ya no quiere a la escritura igual que antes.

    Se me antoja muy trágico :o

    Me ha gustado tu idea.

    Saludos!

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