martes, 31 de diciembre de 2013

Como muchas personas


Érase una vez una bloguera que tenía dos o tres cosas que hacer pero escribía cuando podía sólo porque quería y publicaba por si acaso alguien quería leer.
No lo hizo para que le dieran las gracias, nunca quiso nada a cambio. Nunca. Hasta que no recibió nada y empezó a lamentar tanto silencio.
Ella era... como muchas otras personas.


Este es el microrelato #28 del desafío de Diciembre.

Montañas que se mueven


Cuando nos dimos cuenta de que nos habíamos salido de rumbo, nos espantamos. Pero pronto vimos a alguien más desesperado, flotando a la deriva.

Mi hermano recomendó alejarnos, pero no creí que hubiera nadie tan demente como para lanzarse al mar para asaltar a algún navegante perdido. Así que le ofrecimos nuestra ayuda, pero el hombre dio una impresionante muestra de fe:

―No, gracias. El Señor me salvará ―gritó.

Maravillados y con sensación de culpa, partimos y muy pronto recuperamos el rumbo.

Nunca sabré cómo (o por qué) nos perdimos ese día; los instrumentos no fallaban y nosotros navegábamos bien.


Este es el microrelato #30 del desafío de Diciembre.

El "indio" que desconfió


Había entre ellos uno muy extraño, capaz de decir mentiras en las circunstancias en que nadie lo hacía, uno que no respetaba sus promesas y que, en resumen, carecía de honor.
Él fue quien le dijo que fuera precavido.
Él fue el que se quedó con el corazón lleno de angustia mientras su líder caminaba hacia el enemigo con esperanza.
Como todos, él estaba cansado de pelear, y hubiera estado feliz de que se llegara a un acuerdo con los extranjeros, pero no podía confiar. Los demás hablaban de pactos honorables y del cansancio del enemigo, pero él sabía de pactos rotos y mentiras útiles.
Cuando vio cumplidos sus temores, también vio desmoronarse todo cuanto conocía y amaba. Su mundo desapareció para dar lugar a otro. Uno en que llamamos estupidez a la esperanza, a la amabilidad y sobre todo, a la confianza.

Este es el microrelato #29 del desafío de Diciembre.

domingo, 29 de diciembre de 2013

Silencio


El viento canta entre los árboles; el río ruge entre las rocas. Reyes y hechiceras, magos y reinas, guardan silencio en el corazón del último bosque mientras esperan que el astro cercano elija bando.

Pero por capricho suyo o leyes de la física, el sol no se muestra. Han sido muchas horas, pero una sola noche. Una noche que perdura por que el sol se ha apagado, o la luna se ha movido, o... simplemente porque el astro cercano no sabe como más explicar que no quiere meterse en los pleitos humanos.

Este es el microrelato #28 del desafío de Diciembre.

Cambios

Llegó un punto en el que no sabían si estaban juntos porque se querían o porque se necesitaban. No se dieron cuenta en que momento dejaron de marcar la diferencia entre las cosas que compartían para facilitar sus vidas y las que disfrutaban juntos porque sí. Hacía un rato que los cambios entre ellos se daban paulatinamente, casi imperceptibles; el último gran paso, evidente y difícil, fue cuando decidieron unir fuerzas por medio del matrimonio. Hasta entonces todos habían sido escalones: la primera pelea, la declaración  de amor, la cita en la que todo fue bien, la primera cita en la que todo fue incómodo, el día en que ella lo invitó a esa cita y él aceptó porque creía que ella pagaría por todo... Sin embargo, al principio, hubo un cambio importante, un evento trascendental, que ocurrió sin revuelo, justo como vendrían los eventos de una vida compartida: un día se conocieron, y parecía que nada había pasado.

Este es el microrelato #27 del desafío de Diciembre.

Miseria


El candil se apagó y la oscuridad se tragó la habitación y a su ocupante. Esta debía ser la hora de los arrepentimientos. Debió tomar algunas monedas cuando tuvo la oportunidad. Unos lempiras menos no empobrecerían al país, pero le hubieran servido a él para un banquete de vez en cuando.

Debía lamentarse por su miseria. Pero no lo hizo, no se arrepentía. La oscuridad abandonaría la habitación al amanecer, sin el menor esfuerzo. En cambio, la codicia rara vez abandona el alma humana de quien comete el descuido de invitarla a pasar.

Este es el microrelato #26 del desafío de Diciembre.

Todo


Amary calló cuando se percató de que la anciana dormía. e-reader en mano, abandonó la habitación. En realidad no estaba demasiado interesada en la lectura, y ya terminaría más tarde, cuando la viejecita despertara exigiendo otra lectura.

Aquello carecía de sentido. Ella no  acabaría de leer tantos libros en su vida, mucho menos en la de aquella señora de 123 años que no podía asearse, moverse o respirar por si sóla pero aún hablaba debilmente y pensaba con la intensidad de su juventud. A veces olvidaba las cosas y se quedaba dormida a media lectura, pero por unas horas estaba aprendiendo y pensando.

Al principio, la enfermera creyó que le pedía las lecturas para entretenerse, pero no era así. Ella quería aprender.

"Pero, ¿qué cosa?"

"Todo."

"Pero eso es imposible."

"Lo sé. Pero eso no tiene por qué detenerme."

Amary no aspiraba a tanto. Pero cada día comprendía más a la ancianita.



Este es el microrelato #25 del desafío de Diciembre.

martes, 24 de diciembre de 2013

Inspiración

La fila del banco era tan larga, que el escritor decidió que en ese tiempo prepararía el argumento de su próxima novela. La idea se demoró en surgir. Pero cuando lo hizo, él supo que sólo tenía que concentrarse en ella y se iría desenvolviendo con naturalidad.

Tenía tiempo de sobra para concentrarse. Tan pronto como le diera un autografo al muchacho que lo había reconocido.

Siguió pensando en ello hasta que sonó su teléfono móvil. Era su hermana. Habló de tonterías, así que él le pidió que lo dejara pensar porque "estaba escribiendo". Antes de colgar ella le preguntó en que fila estaba, y él no tuvo problema en responderle.

No pudo pensar mucho en su historia antes de que un guardia se acercara a él para pedirle de la forma más pedante posible, que apagara su teléfono celular mientras permaneciera en el banco.

Le tomó un rato recordar el corazón de la historia, pero luego fue todo muy claro. Disfrutó de su historia mientras todos a su alrededor se quejaban de la espera.

Una vez que estuvo todo en su mente, sacó su libreta nueva y anotó en una línea todo el argumento central. Se disponía a anotar los detalles cuando la joven a sus espaldas le indicó que era su turno.

Entre una cosa y otra, dejó olvidada su libreta nueva en la ventanilla, pero la historia era tan clara en su mente, y le resultaba tan atractiva y profunda, que no necesitaba aquella oración de siete palabras para recordar y desarrollar la idea.

En cambio, para el resto del mundo literario, fue trascendental. Durante siglos, el microrelato anónimo inspiraría historias en todos los idiomas, los maestros de literatura dictarían clases enteras al respecto y algunos expertos publicarían libros con su análisis.

Este es el microrelato #24 del desafío de Diciembre.

Solución


Ayer soñé que le pedía consejo a una amiga. Era la última persona a la que le preguntaría sobre el tema, pero así son los sueños. Lo curioso es que tenía una respuesta. Eso me sorprendió. La parte de mí que estaba consciente de que sólo soñaba, supuso que esa respuesta nunca la hubiera dado ella, pero solucionaría mi problema, así que no importaba que mi subconsciente haya puesto en ella la respuesta. Ya me preguntaría por qué en otro momento, después de aplicar esa respuesta buscada por tanto tiempo.

Desperté de inmediato, para arreglar el asunto de una buena vez. Y olvidé por completo lo que había soñado.

Este es el microrelato #23 del desafío de Diciembre.

El caso del robo sin ladrón


No había una sala de esas de las películas. Entre una multitud de denunciantes, policías y señoras que hablaban en voz muy baja, estaban él y un policía con la etiqueta J. Pérez bordada en su uniforme. Nunca se había puesto a pensar en ello, pero le parecía inusual que tuvieran etiquetas como los dependientes de la juguetería.

-¿Y entonces? - demandó el policia, bajito, amargado, calvo.

No sabía que responder. Él no se había robado nada, al contrario, había estado durmiendo el sueño de los justos cuando pasó.

-¿Usté es complice del atraco va'?

-No señor policía. Yo no.

-¡Y como le vu'a crer que no vio nada!

-¡Ah! Pero fijese que yo creo que el robo lo hizo alguno de los visitantes. En la caseta quedó la identificación de unos. Pero si era cosa pequeña, se me pueden haber ido, porque cuando la vie... cuando la señora llamó a denunciar, ella venía de la calle y eso significa que a saber a que hora se metieron.

-¿Y usted cré que se iban a meter como si nada a una casa y abrir la caja fuerte sin bulla?

-¿Caja fuerte?

-¡Qué pregunta! ¿Es que no tenés televisión que nunca has visto una? -el oficial de la ley perdió la poca paciencia que le quedaba.

Había tenido un día de perros. Disturbios en el centro, de nuevo. Nunca salía sano de eso. Y su mamá había llamado para regañarlo porque casualmente le había dado un garrotazo a una conocida de ella. ¿Qué se suponía que hiciera? En esas ocasiones él prefería dar que recibir.
Y sí había recibido, así que ahora le dolía la cabeza. O era por eso, o porque ya era medianoche y él seguía buscando el oro robado a unos ancianos pudientes y sin herederos que vivían en una de las colonias más antiguas de la ciudad.

Lo peor era que los ancianos, probablemente seniles, seguían cambiando la historia. Ella hablaba del oro, pero él debía referirse a alguna de esas joyas antiguas con su propio nombre. Nada de eso le serviría para encontrar lo robado, y el guardia de seguridad no estaba ayudando. O se había ido a ver a la novia, o era parte del robo.

Alegaba saber bien lo que era una caja fuerte, pero no entendía que tenía que ver eso con el robo.

-No iban a tener su tesoro en una mesa de centro, ¿va'?. ¡Y eso que importa! Lo que tenés que entender es que...

-Tampoco lo iban a tener en una caja cerrada.

-¡Ya dejá la pendejada, hombre! -gritó el policía. De inmediato, hizo acopio de toda la paciencia que pudo y retomó el tonito servicial-. En donde lo tuvieran, seguro sonó una alarma. Y usted dice que no la escuchó.

-Pues no. Yo no oí nada de eso. De todos modos, me parece mucho drama por nada...

-¡Nada! -exclamó Pérez- ¿Usted dice que no es nada? Hasta esos ricachones están alarmados.

-Pero es que esos viejitos son...

La explicación se perdió bajo el llamado que alguien hizo al policía encargado del caso. Lo estaba buscando la señora que había reportado el robo del oro. El hombre suspiró, harto. ¿Es que la ancianita creía que entre más le preguntara por su tesoro perdido más pronto lo encontraría?

-Hijito -dijo la mujer, radiante de alegría-, ¡qué pena con usted! No me habían robado. Fue mi vecina que se lo llevó al veterinario.

-¿Veterinario? -dijo el policía, desconcertado, y mientras la anciana asentía el intentaba razonar- ¿Pero dice que no fue un robo?

-No, no. Lo hizo para ayudar. No hacía falta, él se despierta perfecto, pero ella se preocupó cuando lo oyó gritando. Hace mucho escandalo cuando tiene uno de sus ataques. Y luego se duerme por horas. Así lo encontró ella y corrió al veterinario. Es jovencita, pero muy servicial. Como usted. ¡Debe tener tanto trabajo y yo atrasándolo! Mil gracias, oficial, mil gracias.

La señora dejó la estación de policía. Y Pérez se quedó ahí parado, tratando de entender que había pasado. ¿En que momento había habido un enfermo en ese caso tan complicado? ¿Cómo entró la vecina a una casa tan segura?... ¿Sería mejor llegar a su casa a esas horas de la noche, o mejor esperaba al día siguiente para presentarse ante su celosa esposa?

Este es el microrelato #20 del desafío de Diciembre.

domingo, 22 de diciembre de 2013

Perro apaleado

-¿Y es que a ti te parece que tengo pinta de alguien que quiere salir a la calle, tarado? -le soltó Silvia, con su más expresiva cara de asco.

Desconcertado, Elías la miró de pies a cabeza, consciente de que ella no estaba de buen humor, pero incapaz de encontrar la "pinta" que debía dejar claro que ella no quería salir.

-No -se obligó a decir, antes de que ella se molestara más.

Negando con la cabeza, quejandose por lo bajo y con la misma expresión de enojo, ella pasó de él. Acostumbrado estaba a sus desplantes. Así era ella. Maravillosa, paciente y amable, sólo cuando se sentía bien. Y más mala que la leche cortada cuando algo le iba mal. Por lo general ponía distancia en esos casos, para no hacer daño, según decía.

Él le ayudaba con eso. Por ejemplo, se aseguraba de contestar el teléfono cuando la veía gritona. Así lo hizo cuando llamó Gabriel ese día. Pero él insistió en hablar con Silvia, y ella tomó el teléfono con una mano temblorosa.

En cuestión de minutos estaba concertando una cita y corriendo por la casa con un vestidos diferentes y en busca de algún accesorio que había perdido. Daba saltos de felicidad a cada rato, incluso llegó a tararear una canción.

Elías no estaba dando saltos cuando el otro habitante de aquel modesto apartamento llegó con pizza para tres. En otras circunstancias la ausencia de la chica hubiera significado "más para mí", pero esta vez no le hizo ninguna gracia al amigo.

-¿Por qué la cara de perro apaleado? -preguntó el que llegaba.

-Es el resultado lógico. Alguien a quien amo me trató como perro y alguien a quien odio me dio una paliza.

-Hombre, es una buena explicación, pero sigo sin saber lo que pasó.

-Y si quisiera que supieras ya te habría dicho, compañero. Mejor pásame otra pieza de pizza.

Este es el microrelato #22 del desafío de Diciembre.

viernes, 20 de diciembre de 2013

Cambio de oficio.

Un poco de caos entre niños nunca falta. Si no son gritos son risas, y por lo general son ambos.
Pero la capacidad de Luca y Mona para dar líos es inconcebible. Con tres incendios, dos inundaciones y una fuga de animales de zoológico en su haber, estas lindas criaturas son famosas en la ciudad.

Su inocencia y su ternura son tales, que no cualquiera podría enfadarse con ellos después del desastre. Pero la evidencia fue clara desde el inicio, en especial para las niñeras, la policía y los bomberos.

Al principio fue un problema para la madre de los pequeños, que cada vez gastaba más en niñeras. Pero hoy en día lo tiene sencillo: se queda en casa a cuidar a sus adorables pequeños, y recibe su sueldo nada más y nada menos que de la compañía que hasta hace poco le enviaba una niñera diferente cada vez.  

Este es el microrelato #19 del desafío de Diciembre.

Silencio


Las risas infantiles cesaron.
La música del salón se interrumpió.
Las servidumbre abandonó el intercambio de chismes.
La conversación entre el rey y la reina llegó a su fin.
No había vida en el hermoso palacio.
Había bastado una palabra para callar a un mundo. La palabra era un nombre de niña, y ella tenía que responder al llamado.
Sin la imaginación de ella, la casa era solamente un juguete sin vida.


Este es el microrelato #17 del desafío de Diciembre.

Pordiosero de la ciudad sin música


Parece que fue hace un siglo que comencé a andar. Comencé con un presupuesto muy reducido, unas pocas mudadas y un mapa que no podía leer.

En esa época conocí, en una ciudad particularmente triste, a un anciano pordiosero que poseía dos talentos excepcionales para el arte.

Jamás nos hubiéramos comprendido, pero teníamos un par de gustos comunes y de ahí pudimos entablar conversación.

Él no sabía por qué alguien estaría interesada en alejarse de casa, viajar constantemente y arriesgarse a perder el camino. En cambio, yo no entendía que alguien se quedará en aquella ciudad que bien podría ser el único sitio en el mundo en el que no le servía su talento.

El hombre era un músico. Se arriesgó a tocar la flauta para darme gusto a cambio de la mitad de mi poco dinero. ¡Bien lo hubiera dado todo! Era el mejor del mundo. Él mismo había hecho aquel instrumento prohibido en la ciudad. Por años, se había dedicado a la elaboración de instrumentos musicales, había dado conciertos y había instruido niños.

Ahora no quedaba nada de eso porque la ciudad había prohibido, en resumen, la música.
Quise saber porqué, y aunque el músico me contestó con naturalidad, yo sólo supe que tenía algo que ver con unos cuantos ratones.

Este es el microrelato #16 del desafío de Diciembre.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

El único problema


Ha definido mi vida. La mitad de lo que soy, es por ese evento de hace tantos años. El resto, es lo que ha cambiado con el paso del tiempo. Y sin embargo, hay un problema.
Ese recuerdo vago, complejo y trascendental, esa raíz tan profunda, no es mía. Sólo me la contaron.

Este es el microrelato #15 del desafío de Diciembre.

Arbolito


Había una vez un pequeño árbol.

Los niños que conoció cuando era pequeño deben haber arrancado sus ramitas para jugar con ellas. Los adultos lo hacían cuando se aburrían. Era pequeño, frágil... rodeado por personas que andaban de aquí para allá, a paso sereno, quizá, pero en cantidades un poco mayores de lo que él creía ser capaz de soportar.

Los años pasaron, sin embargo, y el arbolito creció. ¿Los niños habrán subido entonces a sus ramas? ¿Los adultos habrán pensado en convertirlo en leña? Si lo pensaron, no lo hicieron, al menos no por completo.

El arbol indefenso hace mucho dejó de ser un árbol. Ahora es habitante, punto de referencia, monumento.

Quizá eso es bueno para él.



Este es el microrelato #13 del desafío de Diciembre.

Souvenir


Todo comenzó con un error.

Es bien sabido que ella esta ahí para todos aquellos que pierden la noción del tiempo por amor o lujuria, pero ¿por qué se encontraría en el camino de Nicolás? El hombre perdía la noción del tiempo debido a mil razones, pero ¡que amor! ¡cuál lujuria! Si Nico tenía cabeza sólo para ayudar.

Era uno de esos hombres de los que ya no hay, y de los que nadie valora en su justa medida. Sin un mínimo de ambición, carecía de objetivos y nunca tenía casi nada en la bolsa. Trabajaba como dependiente en una ferretería y no tenía ni casa, ni lujos ni vicios. Todo se le iba en prestarle dinero a los compañeros de trabajo, a los vecinos, y a la señora que le rentaba un cuarto y le daba dos tiempos de comida diarios y cobraba menos por esto de lo que le pedía prestado a Nicolás.

Cincuenta horas a la semana transcurrían en la ferretería, y pasaba el resto dandole una mano a quien la necesitara.

A cambio, en ocasiones, le daban las gracias. En las celebraciones y en los funerales no le agradecían nada, porque con tantas emociones se les olvidaba que él había estado ahí.

Cuando la encontró, por ejemplo, no le habían dado las gracias por manejar hasta la ciudad vecina para llevar al hospital a doña Marisol. A él no le hacía falta que le agradecieran. Le gustaba mucho ser útil, y ni se fijaba si le daban las gracias, o si ya era demasiado tarde para regresarse al pueblo. Tomó el último bus, que no pasaba por el pueblo pero sí lo bastante cerca, y luego caminó.

La vio desde el puente, y era tal y como la describen en todas las leyendas: una mujer hermosa y ocupada. Nicolas, que no era ningún ciego, pudo notar lo primero como cualquier otro, pero a diferencia de la gran mayoría, también se dio cuenta del segundo detalle.

Ahora sí se fijó que era muy tarde.

Después de dar las "buenas noches", le pregunto a la señorita si necesitaba ayuda. Y ella dijo que sí. Porque al decir que sí, le daba una razón al supuesto tunante para que se acercara.

Nico abandonó el puente y tomó el sendero que bajaba al riachuelo. Espero a que la mujer acabara de lavar la prenda actual, y luego alzó la cesta, pesada por la ropa mojada. Le pareció algo raro porque su mamá nunca había llevado tan mojadas las prendas, pero supuso que se debía a la falta de sol.

Con la cara oculta tras el cerro de ropa recién lavada, no vio cambiar a la mujer. Si la escuchó reirse y un escalofrío le recorrió la espalda. ¡Por poco y tira todo! Pero superada la sorpresa, le hizo gracia. La mujer dejó escapar en un grito la frase que la identificaba y él... lo celebró. La felicitó por su excelente imitación, mientras confesaba que no se había fijado en la escena de la que estaba formando parte. Ella se quedó de piedra, mientras el caminaba como podía cuesta arriba.

Así fue como Nicolás llegó al pueblo con la ropa recién lavada de La Sucia. Nunca lo convencieron de que así era, pero después de un mes de no saber nada sobre la propietaria de las sábanas, acabó por regalárselas a un par de familias que, de lo contrario, habrían pasado frío esa navidad.

Este es el relato #12 del desafío de Diciembre.

martes, 10 de diciembre de 2013

La pregunta es ¿por qué?


Esquivando la patada que se dirigía a su cabeza, grita una vez más "¿Por qué...?", pero no termina su frase, ya que el puñetazo de la otra mujer alcanza su nariz y en cuestión de segundos se le nubla la vista y se le va la voz.

"¿Ya ves que es efectivo?", comenta la exitosa agresora, y la otra empieza a dar excusas. Por lo visto ella no ha tenido nunca la eficiencia de su amiga. Si es que son amigas, no parecían serlo. Quizá sólo es un acuerdo temporal para golpearlo.

Se recupera mientras ellas se miran las caras... o lo miran a él, pacientemente. Y vuelve a la carga, con el único ataque que se permite usar ante sus compañeras de trabajo: las palabras

"Escuchen, no sé...", comienza, y se interrumpe para escapar de un segundo golpe dirigido a la nariz. La agresora se queja, es la que se había excusado antes, y ahora insiste en que no sabe por que falla siempre. La otra intenta asestar un golpe en la nuca del aterrado joven, que intenta correr lejos de ellas.

La que no sabe conectar un puñetazo al rostro, consigue patearlo en las costillas cortando su carrera. Se acerca y amenaza con un segundo golpe al mismo punto desde el cual se extiende un dolor agonizante. Pero la mujer se contiene mientras la otra se acerca.

"¿Viste que no?", dice la que camina hacia ellos, y la otra le ordena que se calle.

El muchacho murmura una pregunta, mientras la que lo ha puesto en el suelo le grita mil insultos que él ignora fácilmente. La otra no dice ni hace nada. Confundido y agotado, él muchacho acaba por guardar silencio, aún en el suelo.

Una dice que se vayan, la otra sigue insultándolo y le ayuda a levantarse. Cuando lo tiene enfrente, lo utiliza como monigote para practicar el puñetazo a la nariz, y él casi pierde el equilibrio al apartarse. La muchacha exclama una maldición y se dispone a intentar una vez más. Entonces, por fin, él se harta. Lanzo un gancho derecho y la chica cae al suelo dando un grito.

Ahora es la otra, la que quería irse, la que suelta una palabrota y pone cara de disgusto. Se lleva la mano al bolsillo, mientras el muchacho se acerca con cautela a quien acaba de derribar de un sólo golpe.

"Por mi madre que no quería pegarte, pero es que ¿por qué diablos me agreden de este modo?" dice él, y casi a la vez la chica extiende la palma de la mano y suelta la explicación que él ha estado intentando exigir:
"Ahí tienes, el niño bueno sí que es capaz de pegarle a una mujer. Págame."

Este es el décimo microrelato del desafío de Diciembre.

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Estimado(a) Señor(a):

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Un afortunado miembro de su familia puede formar parte de uno de nuestros programas académicos y laborales. Recuerde que ninguna otra organización proporciona una remuneración monetaria como la nuestra, respetamos los derechos de los humanos y ¡tratamos a cada miembro de nuestra gran familia como a un ciudadano!

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Publicidad válida hasta el noveno día del próximo año.
No aplicable a Cyborgs.


Este es el noveno microrelato del desafío de Diciembre.

La respuesta fue sí.


Nunca dije que haría lo que fuera por ella.

El que juró hacer lo que pidiera y necesitara esta mujer, fue mi hermano, el que sí era valiente, fuerte y... me gustaría decir inteligente, pero nadie es perfecto.

No. Yo tampoco era muy listo. Todo lo contrario, tenía la cabeza llena de pensamientos fuera de lugar, fantasías de otras vidas que por vívidas parecían ser recuerdos reales. Para no ser el loco, me esforcé mucho para ser un don nadie. Eso era igualmente triste, pero por lo menos no era el único.

Siendo sólo un igual para los otros individuos comunes, no era nada para una persona como ella, que tenía sobre sus hombros el peso del mundo, y a sus pies lo que este tuviera que ofrecer. Tenía la maldición y la ventaja de ser la persona más importante de nuestra civilización, y era a su cargo y no a su persona a quien todos ellos servían.

Entre sus muchos guardias, ella apreciaba a uno. Sería porque era buen tipo, o por su eficiencia insuperable. No importa. Lo importante es que a causa de eso y del tesoro que guardaban los escribanos, yo pude por fin cumplir mi promesa no pronunciada.

El compromiso de mi hermano tenía una condición: que ella fuera fiel a su rol en nuestro mundo. Mi promesa, en cambio, tenía un objetivo. Era el más común del mundo, el que ha engrandecido y destrozado personas desde el inicio del tiempo: yo quería que ella correspondiera a mi afecto.

Ella era respetada, pero no creo que nadie más la amara. No del modo en que la amaba yo, por lo menos.

Sé que los hombres y mujeres del mundo dicen a menudo que harían cualquier cosa por quien aman. Algunos realmente lo harían y otros sólo están siendo poéticos. Pero no era mi caso: yo lo decía en serio, por el motivo egoísta que ya he dicho. Necesitaba intentar que ella me quisiera. No lo prometí en voz alta, pues más que una promesa para mí fue un descubrimiento.

Y si me quedaba alguna duda de que haría todo, ella me la sacó de la cabeza con su primera petición.

Tenía cuarenta y ocho personas que habían jurado obedecerla. Y una sola que debía hacer aquello que ella necesitara pero no tuviera permitido. Ese era mi hermano. Quizá pensó que yo me parecía a él, y por eso me pidió que tomara su lugar.

La tarea era difícil. Imposible para mí. El castigo, si tenía éxito, era la muerte. Ella no me ofreció nada a cambio. Nada me salvaría de la hoguera.

Y sin embargo, acepté sin ninguna duda en mi alma o mi mente. Completé la tarea y sólo perdí un ojo y dos dedos en el proceso. Y cuando vinieron los soldados ya estaba ardiendo el libro prohibido. No debía ser leído. No debía ser dañado. Bueno, ahora estaba lo bastante dañado para garantizar que nunca fuera leído.

En menos de media hora organizaron todo para que yo tuviera el mismo destino que aquel preciado objeto.

Vi a mi hermano pelear con los verdugos para intentar evitarlo. Y la vi llegar a ella, perfecta como siempre y observándome con una mueca de culpa y agradecimiento. Ella le ordenó a mi hermano que dejara de pelear. Y vi partirse el  alma de él cuando tuvo que elegir entre sus dos lealtades.

Él me eligió como lo hacía siempre. Aunque estaba decepcionado por mi traición al mundo civilizado, aunque su ama ordenaba mi muerte.
Él no sabía que la orden me la había dado a mí primero. Y que yo había obedecido porque tal vez, entonces, vería lo que soy y me querría.

No vio nada cuando me hizo ejecutar.

No vio nada cuando ella y sus magos vinieron a buscarme al sendero sin retorno y... me regresaron.

No me quiso cuando era un tipo medio enclenque y no me quiso cuando pusieron mi escencia en el cuerpo de uno de sus sirvientes principales.

¿Y porque habían devuelto a un don nadie a la vida?

Yo nunca fuí ese don nadie. Mi hermano era el fuerte, yo era el... antiguo. Al parecer siempre debe haber uno de nosotros, así que seguimos regresando. Era una responsabilidad grande que no me importaba en lo más mínimo. Así se lo hice saber a mi amada escribana, y ella habló de deberes al principio y me pidió un favor al final.

Yo dije no. Ya le había hecho un favor. Y ya no tenía sentido preguntarme si ella me amaría al ver lo que yo era. No tenía motivos para ser parte de su pequeño plan para mantener dormido al otro antiguo.

Eso dije, y mentí. O me dejé convencer o nunca hablé en serio, pero de algún modo acabé ocultandomé en esta casa cambiando de rostro de vez en cuando... esperando a que ella, con ayuda de mi hermano mayor, se deshaga del gobernante que pretende atraer al otro antiguo para sumir al mundo en una especie de era oscura.

Lo que eso signifique, no me importa. Si tiene éxito o fracasa, me da igual. Hay mucho de todo ese asunto que no entiendo, porque no me interesan esas cosas. Supongo que un día me dirán que es eso tan especial sobre un antiguo y me pedirán todavía más.

Y, maldita sea, supongo que otra vez diré que sí.

Este es el octavo relato del desafío de Diciembre.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Obediencia Sorda 2 - Personas extrañas (parte a)


Charity Gauss me había entregado mi carnet de estudiante con mi nombre y el de mi extra, status de designada (0/8), huellas, genética y fotografía; todos esos datos estaban bloqueados para evitar que alguien diera mal uso a la identificación. Era mi tarea agregar otros datos, incluso los que el instituto ya conocía, como mi orientación académica y las materias que ya había concluido. Aquella identificación tenía mayor capacidad de almacenamiento que la media, para poder tener todo sobre el instituto y sobre mí.

Con esa identificación y dos maletas revisadas tantas veces que había perdido la cuenta, me presenté en la instalaciones del Instituto Sage-Carman. Mi padre conducía, pero debía volver a casa de inmediato. Me dejó algún dinero y mapas. Se aseguró de que tuviera todos mis dispositivos de comunicación, y se marchó.

Observando todo el lugar con la curiosidad de quien ve un sitio por primera vez, entré al edificio.
No llevaba mi mejor apariencia. Era de lo más normal que vistiera un traje a prueba de radiación, debido al recorrido que había hecho; al menos cubría aquel adefesio con mi abrigo lila, incluso llevaba botas a juego y había tenido el acierto de quitarme la mascarilla. El equipaje justificaba que llevara tan extraña vestimenta. Pero no había estado durmiendo bien, y entre las prisas y el estrés había dejado de lado rutinas femeninas como peinarme y maquillarme. Entre mi desaliño, brillaba mi expresión de terror.

El guardia de la entrada lo encontró divertido. La encargada de la recepción parecía estar acostumbrada. Se me ocurrió que así llegaban todos, pero eso no me hizo sentir mejor.

―Buenas tardes, soy Carmela ―como era de esperarse, la recepcionista tenía ese tono mecánico que intenta parecer amable―; ¿en que le ayudo?

―Yo... ―me quedé muda al darme cuenta de que no conocía la respuesta a su pregunta. Me había quedado en blanco.

―¿Nueva estudiante?

Sonreí.

―Sí ―confirmé.

―Permítame su identificación.

Le entregué la tarjeta y ella la deslizó frente a un lector infrarrojo. Emitió un sonido de aprobación y me informó:

―Se le asignó la habitación siete del edificio Europa. ¿Ya revisó el croquis?

―Sí ―no recordaba cual era el edificio, pero sabía que sería sencillo encontrarlo, puesto que todos los dormitorios estaban en fila. Había notado que el más cercano a la administración era el de los maestros, y sólo tendría que verificar el nombre y contar.

―Pues bien, ya no tiene nada más que hacer hoy, todo está en orden. Puede aprovechar el resto del día para ubicarse, explorar... lo que guste. Si tiene dudas, encontrará el código de la recepción en el directorio. Por desgracia tenemos un pequeño fallo y hay que ir a documentación por el horario. Está en el segundo piso, pero por hoy ya no están atendiendo. Usualmente la actividad termina a las diez de la noche, pero estamos en una semana difícil. Como le digo, hay un fallo técnico.

Ya me estaba costando concentrarme en tantas indicaciones. Pero, era una cuestión sencilla, ¿no?

―Entonces... paso mañana por la oficina de documentación para buscar mi horario de clases.

―Exacto. El inicio de actividades es a...

―A las seis.

―Exacto.

―Gracias.

―Que tenga buen día. Y ―de pronto su tono mecánico fue sustituido por uno mucho más personal―, bienvenida a Sage-Carman.

―Gracias ―repetí. Tomé mis maletas y me dirigí a la puerta que tenía el letrero de “Campus. Prohibido el paso a personas ajenas a la institución”.

Recordaba haber visto eso en el croquis.

―¡Rose! ―llamó la recepcionista.

Me volví hacia a ella, olvidando por un momento que era normal que supiera mi nombre después de leer mis datos.

―Está dejando el carnet ―me informó.

―¡Es que no dejo la cabeza porque la tengo pegada! ―exclamé, tan dispuesta como siempre a reírme de mí misma.

Recuperé la tarjeta y nuevamente me puse en camino. La puerta daba a un pasillo, lo seguí hasta llegar a la siguiente puerta. El siguiente era un espacio de transición. Para continuar debía utilizar mi tarjeta en el seguro.

Del otro lado encontré el verdadero campus. Con jardines perfectos, un bosque distante, edificios clasificados por área educativa y una fila de edificios de dormitorios. El primero, circular y un poco más alto, era ocupado por los maestros. Los otros cuatro, cuadrados y de vidrio, eran los de estudiantes.

Saqué del bolsillo interior de mi abrigo el comunicador de dos piezas que hasta hace poco compartía con mi hermana y que me había traído sin pedirle opinión. El visual estaba integrado a unos lentes oscuros camaleón que se quedaron blancos porque olvidé frotarlos en mi abrigo antes de ponérmelos. El sensor externo era un brazalete grueso con un lector de tarjetas y los restos del control extensible que se había roto demasiado pronto. Lo malo de los productos baratos.

Me puse el brazalete y ajusté mi carnet en el lector. El visual se activó y comencé a explorar. En instantes supe donde estaba el edificio Europa (el tercero).

Mis maletas ya se sentían pesadas cuando acabé de caminar por el corredor y salté al sendero asfaltado; tuve que detenerme y dejarlas en el suelo cuando estaba frente al edificio América.

Europa tenía unas escaleras externas que llevaban al segundo piso, pero las pasé por alto y entre a la primera planta, ocupada por un amplio comedor. Tenía muchas puertas hacia el exterior y una hacia la lavandería. Al fondo había otra puerta, en la única pared que no era vidrio. Ya no estaba haciendo caso al croquis, la evidencia decía que si quería subir necesitaría regresar a esas escaleras que había pasado en el jardín, pero por el momento yo estaba viendo todo con cara de niña perdida.

―¿Necesitas ayuda? ―sugirió una chica que llevaba un manto de soledad.

El “manto” era más parecido a un abrigo demasiado grande, con una especie de capucha sobre cabeza lo bastante grande para ocultar el rostro. La tela era fresca pero gruesa, diseñada para usarse siempre. La ropa de una joven conservadora sin pareja formal. No me gustaban mucho los conservadores, siempre ocultaban su rostro y tenían un montón de leyes absurdas que sólo fingían respetar.

Pero ella sonaba muy amable, y yo era la recién llegada. No tuve más remedio que ser cordial.

―Eh... Eso creo ―respondí―. ¿Debo subir por las escaleras del jardín...?

―Es lo usual. Pero hay una escalera de caracol en la lavandería ―señaló la primera puerta de la izquierda― ¿Qué habitación te dieron? ¿Trece?

Negué con la cabeza.

―Siete.

―En ese caso será mejor que utilices la escalera externa ―dijo, con un asentimiento―. Permíteme mostrarte.

Tomó una de mis maletas y salió por la primera puerta que estaba a mi derecha. La seguí. Mientras subíamos las escaleras, se presentó como Irina Segovia, de la habitación 12. Yo dije sólo mi nombre; eso de agregar el apellido era cosa de gente sofisticada... o conservadora.

―¿Y en que área estás? ¿O eres designada?

―Ciencias experimentales ―ya de nada valía pensar en especializarme. No dije nada sobre el otro asunto, eso de establecer un estatus no me iba― Aunque todavía no se nota porque apenas es mi segundo periodo. ¿Y tú?

―Designada, rango 5. Es medio camino, pero he subido un grado en cada periodo, y eso es bueno. Por lo general se requieren al menos dos. Es más sencillo para mí porque estoy dedicada, no estudio ciencias.

¡Uh, que sorpresa! La conservadora presumía sus logros.

Frente a las escaleras se extendía un pasillo. Al final de él estaban los baños y a los lados, dos bloques de habitaciones. Según el croquis, cada bloque tenía cuatro habitaciones hacia el pasillo central y cuatro hacia los pasillos laterales. Por fortuna, las paredes de las habitaciones y el cuarto de baño eran de madera. Hacia el exterior: más vidrio.

―Mira, allá está la otra escalera ―Irina Segovia señaló hacia la izquierda y pude ver el pequeño varandal al fondo―. Aquí enfrente están los baños. Y tu cuarto debe ser en el pasillo central porque aquí están las impares...

Se dirigió sin dudas hasta la última habitación y, tal como ella había supuesto, esa era la mía.

―¿Necesitas algo más?

―Eh... Creo que no. Sólo tengo que ir por el horario mañana.

―Habrá una fila espantosa. A mí ya no me corresponde hacer la fila eso, pero el año que llegué también estaba descompuesto el transmisor, y los estudiantes de reingreso lo dejaron todo para el último día. Podría decirse que nadie fue a clases. Es una ventaja de haber dejado los estudios generales para convertirme en designada.

Suerte suya, no tener que ocuparse de la educación común y los horarios.

Nos despedimos y me vi sola frente a la habitación que sólo abría con mi carnet. Mi responsabilidad, mi espacio. Las imágenes de la publicidad no incluían las habitaciones. Me intimidaba tanto como las clases. Una vez que mi equipaje estuviera dentro, sería oficial que había cambiado de mundo.

No podía hacer esto sola.

El más pequeño de mis dispositivos de comunicación era el audífono que llevaba en mi oído izquierdo. Se conectaba al satélite más fuerte para permitir llamadas a cualquier distancia, escuchar las noticias oficiales, y algunas estaciones de entretenimiento.

Presioné el botón central para activar el micrófono.

―August ―ordené.

Esperé unos segundos hasta que la conexión se estableció.

―¿Cómo vas, preciosa? ―aquella voz inexpresiva que muchos consideraban perturbadora, siempre me tranquilizaba.

―Estoy parada como tonta frente a la puerta de la habitación que me asignaron.

―Ah, ya veo. No pasa nada, preciosa. Mira, es sólo una ubicación temporal para recargar tus pilas mientras estás lejos de casa. Ahora, abre la puerta.

Lo hice, sin decir nada.

―¿Ya?

―Sí ―respondí. Sin importar lo triste que estuviera, mi voz sonaba animada en contraste con la de él.

―¿Y qué tenemos?

―Cuatro paredes celestes, un armario demasiado grande para lo que traje, una cama sin cobertores, una mesa de noche con una lámpara igual que la que habían dejado olvidada los ocupantes anteriores en mi habitación... ―me quedé callada, un poco triste al recordar que había dejado una vida completa en Micbie, donde me había tenido que adaptar por años cuando llegamos de Yise.

―¿Te perdiste en la lámpara?

―Lo siento. También hay un escritorio. Es un buen escritorio, pero la silla se ve medio incomoda...

―Preciosa ―me interrumpió―, está bien que estés nostálgica. Ahora, Deja tus maletas al lado de la cama, para poder revisar si funciona.

―¿La lámpara?

―Sí.

Solo tenía una maleta en mano, la otra estaba en donde la había dejado Irina Segovia, así que mientras encendía aquella luz pálida, tenía una maleta en la habitación y otra en el pasillo.

―Está perfecta ―informé.

―Pues, tendrás que quitar la pantalla y aflojar el bombillo.

―¿Descomponerla, dices?

―Claro. Es un sitio ajeno, con objetos ajenos. No necesitas que esté funcionando.

Cuando yo era nueva en Micbie, solía mencionar que aquella lámpara de los habitantes previos no servía. Aunque no entendía la metáfora de August, hice lo que me pedía.

―Ya está.

―Y tú estás en la habitación, además.

Buen punto.

―Gracias. Pero todavía me falta una maleta ―observé, mientras salía para buscarla.

―Y tienes que preparar la cama.

―Lo cual implica buscar cobertores...

Me interrumpió una exclamación proveniente de las escaleras:

―¡Nada me gustaría más!

Se trataba de un muchacho delgaducho y de estatura media, que subía mientras hablaba con voz afectada, posiblemente por medio del dispositivo ovalado que llevaba en su mano. Sus cortos rizos grisáceos se sacudían al ritmo de sus pasos escalón tras escalón, o de sus violentos movimientos de cabeza cuando se exaltaba en su conversación.

Un par de pasos después de subir la escalera se detuvo, revisó algo en su dispositivo, y se rió.

―¡Éste no es mi diálogo! ―comentó, en un tono más natural.

Y luego volvió a hablar con vehemencia sobre un ejercito a algo así mientras hacía gestos raros y sacudía la cabeza. Caminaba en mi dirección, pero no había reparado en mi presencia; de modo que supuse que era mejor emprender la retirada mientras fuera posible, pero estaba distraída intentando captar las locuras que decía. Yo había oído eso antes.

De pronto me vio, y dejó de hablar cuando se dirigió a donde yo estaba.

―No te conozco ―habló con aire serio y una voz bajita en comparación con su anterior perorata.

―Porque llegué hace como diez minutos...

―No creo que ese sea tu nombre.

Aquello me dejó en blanco. De algún modo el muchacho parecía estar exigiendo mi nombre.

―Rose ―confundida, cedí.

―Thomas ―acto seguido, se dio la vuelta y comenzó a hablar de nuevo―. “Así pues, te invitaré para...”

Muy lejos del Instituto, August escuchaba todo con paciencia. Ya estaba acostumbrado a que yo me distrajera y lo dejara con la palabra en la boca. Pero consideró oportuno intervenir ahora.

―Pregúntale por los cobertores.

―¿Donde están los cobertores? ―hice eco a sus palabras sin pensar.
Para mi sorpresa, Thomas comprendió.

―Es cierto. Están calificados como objetos personales, pero mucha gente olvida traerlos. ¿Conoces Inocencia?

―No. Es la ciudad, ¿verdad?

―Sí. Tendrías que ir a comprar esas cosas. Cuando dicen “suministros”, se refieren a lo que necesitas para las clases. Y a la cafetería. Cosas como jabón, cobertores y bigotes falsos, están por cuenta de cada quien.

―Pero... ―debía preguntar lo más relevante, aunque lo que realmente quería saber era para que podría querer alguien un bigote falso―. ¿Villa Inocencia es muy grande?

―No tanto. Aunque pronto se habrá ocultado el sol...

―Ve por la mañana ―la voz de August en el audífono me sobresaltó―. Oye preciosa, debo ir a cenar antes de que mi mamá me obligue a hacerlo... Te llamo luego.

―Buen provecho ―me despedí.

―¿Disculpa? ―“Thomas” pareció confundido.

―No, no. Es que tenía a alguien en el comunicador y...

―¿Mientras hablabas conmigo? Que chica tan rara eres ―me analizó de pies a cabeza y asintió para sí.

¿La rara era yo? ¿Qué él no estaba haciendo algo parecido?

―Oye, vecina, ¿te asusta usar un cubrecama ajeno? Porque yo podría prestarte. Están limpios, lo prometo.

―Eh... ―el ofrecimiento me tomaba por sorpresa, pero logré responder tras un instante―. Está bien. Gracias... vecino.

El muchacho entró a la habitación de al lado. Me acerqué y comprobé que era el cuarto #5. Espié apenas lo suficiente para ver una habitación como la mía pero llena de cajas de diversos tamaños, formas, colores y materiales. Había libros, también.

Entonces él salió y me entregó lo que me había ofrecido. Al instante siguiente cerró la puerta.

―Bien ―suspiré, para luego volver a la habitación número siete.

Desempaqué, llamé una vez más a August, y me cené las golosinas que traía de casa.

Antes de ir a dormir decidí tomar una ducha. Nada como agua fría en un lugar extraño a las ocho de la noche. El cuarto de baño compartido era una molestia; además me parecía un poco extraño que fueran “unisex”, aún cuando las duchas estaban separadas a mí me parecía una mezcla rara.

Cuando me disponía a volver a la habitación, con mi ropa de dormir y peinada por fin, me encontré con un muchacho que entraba a los baños. Era bastante pálido y eso resaltaba el color de su cabello y ojos. Se supone que la gente no tiene los ojos completamente negros, pero él sí.

Pareció muy disgustado por encontrarme ahí, se dio la vuelta y se marchó por el pasillo que llevaba a la escalera de caracol. En un lugar tan raro, semejante comportamiento sólo mereció que me encogiera de hombros.

Solo quería darme una ducha y dormir.

Soñé con una casa, que quizá alguna vez fuera acogedora pero había sido vencida por el tiempo, y con campanadas en el atardecer. Soñé con viajes a lo largo de la carretera, en cada ciudad una casa diferente, y miradas ocasionales hacia caminos que no podían ser tomados. Soñé con él por primera vez, pero no sabía quién era. Entre todas esas situaciones inconexas alguien familiar, a quien no reconocí, me preguntaba como había llegado ahí. En algún punto del sueño me encontré con el chico de la habitación cinco pero no intercambiamos ni una palabra.

Supongo que mi subconsciente también se interesó en otras cuestiones, pero ¿quién recuerda sus sueños claramente? Yo no.

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Parte 2
(Diciembre 16)     


sábado, 7 de diciembre de 2013

Promesas rotas


Todo comienza en un lugar en el que no quieres estar.
O es muy temprano, o es fin de semana. O simplemente el maestro es mala gente y se le nota.
Y para colmo de males, tienes que esperar. Eso implica buscar algo en que ocupar la mente, y por lo visto no hay nada que estudiar y no tienes ninguna ficción que te salve de cinco minutos con la multitud.
Multitud. Que palabra mal empleada. Si no son más de diez.
Ah, pero sí alguien en este mundo cree que tres son multitud, esa eres tú: siempre serás relegada a menos que haya alguien en el lugar que no tenga con quien hablar, nunca estarás al tanto de la discusión y casi nunca tendrás las agallas para pedir explicaciones. O al menos, eso parece ahora. Crees, sin embargo, que por ahí hay alguien con quien puedes hablar, y que el azar los va a poner en el mismo lugar del mismo modo en que te consiguió lo más cercano a una amiga en ocasiones anteriores y en esta. No entiende de que hablas y no habitas este mundo que ella evidentemente comprende. Pero por lo demás, se llevan bien. Y entre esa multitud en la cual no hubieras participado si hubiera sido tu decisión, todos son sus amigos.
Así es ella. Sensible y llena de amigos. No amigos como tú los definirías, pero sí como los definen... bueno, todos los demás los definen así.
Todo comienza igual: un montón de amigos y una muchacha sola entre ellos.
Estás tan aburrida.
Y quizá ellos hablan de algo que comprendes o sólo decides desafiarte a ti misma. Por la razón que sea, haces el raro esfuerzo de conversar con extraños. A veces pasa. Por lo general no cambia nada.
Pero hoy, todo cambia. Estas incómoda con esto, te sientes juzgada. Te sientes fuera de lugar. Como siempre. Y sin embargo, no parecen notar que estás de sobra. Y si es así, ¿por qué no has de quedarte?
A la larga, quizá no cambia nada. ¿Qué son unos cuantos trabajos en grupo, una conversación casual por medio de internet y una llamada telefónica que por lo general tienes que hacer tu misma? ¿Qué es un almuerzo a la semana por un tiempo y un puñado de promesas sin cumplir?
Quizá el significado se pierde. Pero recuerdas, vívido como el presente mismo, esa conversación importante con extraños, en un sitio en el que no querías estar.

El fin del mundo


Bienvenidos al fin del mundo.

Por favor mantengan la calma y no traten de adelantarse en la fila. O rezagarse. Ni una cosa ni la otra tendrán importancia alguna.
Mantengan la distancia, y asegurense de mantener cerca cualquier extremidad cercenada, no nos responsabilizamos por intercambios accidentales.
Eviten los sollozos y los gritos de auxilio. ¿Es que no lo comprenden? Es el fin. No verán otro amanecer ni perderán otra pelea. No importa lo que hagan este es el fin del mundo.

Aún hay vida en la tierra, pero ya no es de ustedes.

Juntos


Un día como cualquier otro, en la casa de siempre, nos vemos tal cual somos por primera vez en veinte años. No tengo que fingir que quiero estar aquí, contigo. No tienes que fingir que te interesa lo que mis padres piensan sobre tu trabajo. No tenemos que decir que nos queremos y obviar que sólo nos casamos para evitar habladurías entre los vecinos y la familia.

Enamorado como un adolescente y responsable como el más serio de los adultos, nuestro hijo se casó sin mucha pompa y sin mayor motivo que la necesidad de un protocolo que confirmara sus ganas de hacer una familia con esa jovencita que sólo cocina junto a él.

Y ahora, en esta casa, sólo somos tú y yo. Sin historias de amor mal inventadas. Sin berrinches infantiles ni reclamos adolescentes a los cuales hacer frente juntos. Sin fiestas que organizar, ni turnos para las tareas.

Sólo tú con tus novelas baratas y yo con mis diseños caros. Pienso que quizá tú sólo tendrás criticas que no puedes explicar sobre el color, y yo sólo tendré reclamos sobre los personajes que no acaban de parecer bien hechos. Quizá no nos veamos en todo el día.Y tú también debes estar pensando que ahora que no está él, tú y yo no tendremos más nada en común.

Por eso debe ser que estás mirándome con miedo. Por eso estoy mirándote con miedo. ¿Es que ahora estamos aterrados juntos?

Este es el quinto microrelato del desafío de Diciembre.

La misma hora


7:45.
Siete horas, cuarenta y cinco minutos.
Siete horas tres cuartos.
Un cuarto para las ocho.

No esperaba a nadie y nadie lo esperaba, en resumen la hora no le importaba, pero había revisado.
"Pude haberme detenido", se dijo, "porque sabía bien que estaba viendo la hora sólo para saber si este es el momento de siempre. ¿Por qué no me detuve?".
La pregunta no tenía la menor importancia práctica, pero Imanol la consideraba vital. ¿Por qué no lo podía evitar?
Cada día, cuando salía tarde del trabajo, cuando esperaba a su hermana... siempre miraba la hora cuando faltaban 15 minutos para las ocho de la noche.
¿Sería una señal de alguna desgracia por venir? ¿O quizá un buen designio? ¿Debía averiguar si esos números podían emplearse en algún juego de azar? Quizá podría volverse millonario con ellos.
Le hacia gracia imaginarse apostandole a la hora. La hora de todos los días, sí, pero a fin de cuentas era sólo eso.
Buscó en sus recuerdos más distantes algo que tuviera que ver con esa hora del día, pero no encontró nada. Nunca lo encontraba.
¿Cuál sería el misterio que lo hacía fijarse en esa hora del día, cada día?
No lo imaginaba.
Como sus amigos no imaginaban porque seguía saliendo del trabajo o llegando a las cenas a cualquier hora, siempre de lo más campante como si estuviera convencido de que ya eran más de las siete o qué todavía no eran las ocho.
Si tan sólo se hubiera fijado en su reloj de pulsera durante el almuerzo o al salir de casa a las seis, se hubiera dado cuenta de que su reloj llevaba detenido cinco meses.

Este es el cuarto microrelato del desafío de Diciembre.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Obediencia Sorda - La última opción

Yo no pertenecía al Instituto Sage-Carman.

Ahí sólo habían dos tipos de personas: genios y millonarios.

En aquel enorme campus, maestros talentosos utilizaban los mejores recursos disponibles en la sociedad moderna para convertir estudiantes modelo en los mejores médicos, científicos, educadores y demás pilares de las ciudades supervivientes. En este aspecto el instituto no era especial, sólo exclusivo.

Sin embargo, era él único instituto que educaba designados en Gradiente. Incluso algunos de ellos seguían estudiando ahí aún cuando tenían una ciudad y un rol asignados.

Cuando una generación se graduaba, los cupos para designados se llenaban “ascendiendo” a otros estudiantes del Sage-Carman, pertenecientes a la lista de prospectos; y si no había suficientes, se realizaba un proceso de selección en un colegio al azar.

El segundo método era el que me había llevado a un sitio en el que no hubiera podido entrar con los recursos de mi familia, ni gracias a mis conocimientos. No teníamos malos ingresos y yo no era nada tonta, pero el ISC iba un poco más allá de lo normal. Y aún entre esos estudiantes superdotados o millonarios, los designados debían ser privilegiados, y esa situación me molestaba.

Por una mezcla de mi rechazo hacia los privilegios y la certeza de que pronto me expulsarían, decidí no mencionar nada sobre la posición que me habían concedido.

Mis inseguridades no venían de una baja autoestima, ni mucho menos de la falta de habilidad; yo era la mejor estudiante en la rama de ciencias experimentales de mi colegio, y no me faltaba dominio sobre mi extra. Es sólo que no me interesaba ser designada, y de todos modos habían mejores opciones en la Región.

Para iniciar, mi ciudad era un mal sitio para buscar: Micbie era más un campamento crecido que una ciudad, no teníamos cultura de sociedad y solamente ocho de las diecinueve familias enviaban a sus jóvenes al colegio. No les parecía una prioridad educarse, porque su forma de vida, tan sencilla y clásica, no la enseñaban en los colegios. Si todos los menores asistían a la escuela, era para conocer técnicas sobre agricultura, ganadería, y medio ambiente; el “colegio” era un nivel necesario sólo para personas que harían cosas especificas y complejas.

Casi nadie en la ciudad tenía extras, de modo que sólo había cinco de nuestro tipo en el colegio. Uno de esos cinco tenía potencial de delincuente y el otro hacía explotar las cosas de pronto sin que ningún tipo de tutor o entrenamiento hubiera servido para darle siquiera un poco de autocontrol. Los descartaron con sólo ver sus expedientes.

August era un pacifista y se negó a involucrarse pese a ser el mejor candidato en términos de moral. La siguiente opción, pese al dominio impecable de sus habilidades y un ingenio indudable, había demostrado una gran falta de responsabilidad y, aunque yo no debería decir esto sobre mi propia hermana, tampoco tenía mucho sentido común.

Así que sólo quedé yo. La única opción sin descartar de una fuente incorrecta. Buena estudiante, muy responsable, y con un excelente dominio instintivo de mi extra; pero nada sobresaliente, nada excepcional. Aún así, podía funcionar. El verdadero problema era que yo estaba segura de que no debía ser designada, si no investigadora científica.

Me había hecho mil planes al respecto, por eso destacaba en los estudios: porque tenía un objetivo. Incluso sabía el orden en que tomaría las clases para especializarme en Investigación antes de los 25. En el ISC podía continuar esos estudios, pero ¿con que fin, si me dedicaría a otra cosa?

Mi extra me parecía menos relevante que mi carrera pero Charity Gauss, la mujer que me realizó la entrevista, dijo que “yo tenía una H.I.M. bastante inusual” y me preguntó si era hereditaria o causada por los residuos de radiación. Yo no tenía idea de lo que hablaba, porque a las Habilidades Inducidas por Mutación las llamábamos extras y no nos importaba mucho su origen.

En mi familia casi todos habían heredado telepatía pero en mi caso, como le hice saber a Gauss, era una mutación propia: tenía la habilidad de teletransportarme o, como ella dijo, “traslación intraespacial”.

No habíamos muchos con esa cualidad. Además, en mi generación casi todas las habilidades eran del tipo hereditario. Si me hubiera informado habría notado que mi extra era inusual, pero sólo sabía un poco por mis estudios y había aprendido a usarla de forma instintiva.

Según me habían comentado, en Sage-Carman recibiría “educación formal para manejar mi HIMR”, pero eso no me llamaba la atención: ya sabía usarla. Tampoco me interesaban las técnicas de combate, los procedimientos, y todos esos asuntos de los designados. Sólo quería ver los laboratorios. Se decía que eran los mejores en todo el mundo pero, ya que lo decían ellos mismos, hacía falta comprobarlo. Tal vez no sería investigadora, pero al menos iba a disfrutar esos laboratorios... O me corrían y podía volver a casa con esas experiencias.

Visto en retrospectiva, creo que fue con eso con lo que me dejé enredar, y de pronto estaba viajando a un lugar desconocido para aprender demasiadas cosas que no me interesaban. Cierto que podía renunciar cuando quisiera, pero eso de huir sólo era el último recurso.

R. Teale
Se fueron uno a uno.
Los más temerosos, sin siquiera pensar hacia que destino marchaban.
Unos partieron de noche con lo que podían cargar; otros fingieron tener un buen motivo y se fueron a la luz del día tan pronto como pudieron.
Teale sabía que cuando sus actuales huéspedes se desangraran, tendría que mudarse, pero ya pensaría en eso más tarde.

Previo: CERO Obediencia Sorda Siguiente: Personas extrañas
Primera parte     

martes, 3 de diciembre de 2013

Obediencia Sorda

LA IDEA
Los personajes y sus conexiones comenzaron independientes en mi mente, a plazos, hace mucho tiempo. Un día estaba segura de que quería escribir la historia de alguien que llega a un ambiente extraño, sólo con el objetivo de describir el sitio a través de sus ojos y ver a donde llegaba el asunto. Pero en lugar de inventar el personaje, inventé el ambiente extraño y puse en el a varios de esos individuos e historias en las que ya había pensado. Para mí, todo giraba alrededor del villano, pero él desgraciado sabía esconderse así que me tomó mucho trabajo presentar su historia mientras iba escribiendo la de Rose.

LA HISTORIA

El problema de la sobrepoblación es cosa del pasado distante. La radiación no nos preocupa. La tecnología es mejor que nunca y el transporte toma tiempo pero es seguro. La delincuencia y el peligro son manejados a la perfección por los que llamamos designados: hombres y mujeres elegidos para proteger a nuestro sector. Sólo hay un individuo que permanece invencible aún para ellos. 
Pronto seré una de esas personas elegidas para proteger. Si sobrevivo a mis estudios y a ese asesino en serie llamado Richard Teale.

Índice

0. CERO

PEZ FUERA DEL AGUA
1. La última opción
2. Personas Extrañas (Parte 1 || Parte 2) + Anexo
3. Agotamiento Anexo 
4. Fingir entusiasmo (Parte 1 || Parte 2 || Parte 3) + Anexo

HOGAR, DULCE HOGAR
5. Todo en su sitio (Parte 1 || Parte 2) + Anexo
6. Objetivos a largo plazo (Parte 1 || Parte 2) + Anexo
7. REM (Parte 1 || Parte 2) + Anexo
8. Medianoche (Parte 1 || Parte 2) + Anexo
9. Sí, August, estoy bien  + Anexo
10. La sangre nunca se quita
11.Profundidad

Personajes


August
El personaje distante. Muy querido por Rose, la llama a diario y siempre tiene un consejo o una frase de aliento para ella. Tiene la voz completamente neutra, practica meditación y es en extremo metódico. 

Irina Segovia

Esta compañera de edificio no es lo que Rose tenía en mente para amiga. Pero bajo su manto de soledad, tras su postura elegante y más allá de su voz sofisticada, hay una chica sensible, de convicciones firme y comprometida con sus responsabilidades como designada. 

Richard Teale

Asesino serial. No es el que más víctimas cuenta, puesto que se toma su tiempo con cada una. Procura no ser visto en la ciudad donde secuestra y tortura, pero no es para evitar que le capturen, puesto que nadie podría hacerlo; su único problema es que la gente abandona el lugar una vez que se descubre su presencia.

Rose

La nueva designada, narradora de la historia. Tenía planes claros y no incluían ser designada. Pero ya que está aquí, verá como hace para soportarlo. Se rodeará de personas extrañas, y comprenderá que todos los individuos lo son. Se enfrentará a clases adelantadas y maestros transtornados antes de que su camino se cruce con el rastro de sangre dejado por Teale.

R. T. Hammer

Cuando Rose dice que algunos de sus maestros están transtornados, básicamente sólo habla de él. Este hombre fue un designado notable, y su voluntad inquebrantable todavía es admirada por algunos. Aún ahora, con su mente hecha un desastre, tiene mucho que enseñar... pero en absoluto desorden.

Shadwell

Por lo general, está callado. Pero su expresión lo dice todo cuando alguien comente el error de dirigirle la palabra.

Shai

No es que sea sociable, conversador o directo. Es que tiene que comportarse de ese modo. Este designado tiene una sola meta: concluir la tarea que comenzó su padre. 

Thomas

El vecino telepata de Rose, no sólo habita la habitación de al lado, también comparte muchas clases con ella. No es un designado, pero toma tantas clases que siempre tiene más trabajo que cualquiera. Si bien tiene un desempeño brillante en varias asignaturas, su verdadera pasión es el teatro. 
Publicandose en el blog una vez a la semana, 1/2 capítulo a la vez.
En la revista ¡No Lo Leas! empecé a publicar en el número 204, y habrá un capítulo (en su versión "extendida") cada dos semanas.

Obediencia Sorda - CERO

Elvis Mille iniciaba su última temporada como designado novato. No sabía que ese día vería a los ojos a la muerte y a la vida. Tampoco sabía que tomaría las dos decisiones que definirían el resto de su vida y, a la larga, su muerte.
Estaba nervioso, pero sólo porque su nuevo puesto de vigilancia era silencioso, desconocido y, sobre todo, lejano al instituto. Le tranquilizaba ver que sus compañeros de guardia estaban descansando. Dos de ellos jugaban una partida virtual de baloncesto con los dispositivos que debían usar exclusivamente para comunicarse; otro escuchaba las noticias; y él más relajado estaba durmiendo el sueño de los justos.
Ellos ya tenían cierto grado de experiencia y él suponía que su conducta indicaba un riesgo mínimo y muy poco trabajo. Era normal en una ciudad fantasma como Ducreaves, donde artefactos antiguos seguían en funcionamiento, como el reloj de la torre (en el apabullante silencio del lugar era sencillo escuchar las campanadas del reloj ubicado en una torre), pero lo elemental para vivir estaba inservible. La población era de ocho habitantes ahora que uno de los prisioneros de Richard Teale había muerto.
La mañana pasó tan despacio que, después de almorzar, Mille consideró seguir el ejemplo del compañero que dormía. Pero consiguió distraer su atención en localizar el origen de los únicos pasos que podía escuchar, y así se mantuvo despierto. Dirigió su mirada hacia la calle desierta y esperó hasta que la dueña de aquellas lentas pisadas apareció en la esquina más cercana.
Parecía enferma.
O herida.
Sin hacer caso a sus holgazanes compañeros, el muchacho se dirigió al encuentro de la joven. No imaginó la naturaleza del envoltorio que cargaba hasta que la mujer lo puso en sus brazos y lo sintió respirar. Mille tenía los sentidos tan bien afinados que podía escuchar los latidos de aquel diminuto corazón, pero fue incapaz de detectar a tiempo el movimiento de la mujer arrancando la pistola de su cinturón.
Sorprendido y con un bebé en brazos, no pudo hacer nada más que escuchar aquella frase que nadie más iba a interpretar correctamente. Sus compañeros ni siquiera hicieron eso, pues se dieron cuenta de todo hasta después del disparo. Elvis Mille fue el único testigo del último intento de suicidio de Sindy Grant: el exitoso.

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Cuotas de Libertad

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