viernes, 2 de agosto de 2013

El cocinero sensible.


Ejercio Literario #23

Isabelo Pereira no había tenido vacaciones en once años.
No las necesitaba porque lo único que le llamaba la atención era la cocina, y no había destino turístico en el mundo que le brindara tantos recursos como la mansión del mayor creador de tecnología en el mundo.
Este hombre estaba loco por los circuitos integrados, el silicón y los mariscos. ¡Sí: mariscos! Pero también le gustaba probar nuevas delicias, y ese era el trabajo de Isabelo, quien se veía a sí mismo como un artista más que como un cocinero.
Un artista que cumplía a cabalidad su trabajo y dedicaba 18 horas al día a buscar una nueva combinación de sabores para su jefe, y reproducir los mejores en las grandes cenas y fiestas exclusivas de los jueves.
Definitivamente eso último no le agradaba, por qué su preciosa cocina se llenaba de gente, y su comida era criticada por ignorantes. Pero cada semana se armaba de paciencia para recibir a los indesables asistentes y comensales.
Hasta el terrible día en que uno de ellos se robó la sal.
No sabía quién había cometido semejante crimen, ni por qué. Pero el hecho era que, por primera vez en once años, no había sal.
Lo descubrió de la peor manera, cuando los huevos ya estaban en la sartén. Extendió el brazo, abrió la mano y sujetó el salero; lo sacudió, sin mirar, sobre el prospecto de desayuno tradicional, y entonces se dio cuenta del problema.
Buscó las reservas, a toda velocidad porque mientras el buscaba la estufa seguía encendida. No había tiempo de volver a cerrar las puertas y gavetas, o para asegurarse de que todo quedara en su sitio.
No encontró nada.
Haciendo un gran esfuerzo para mantener la calma, buscó en los sitios más insospechados, y pensó en utilizar algo salado en lugar del mineral.
Pero tras sacar todo de los anaqueles, se convenció de que no había nada útil, así que se resignó a caminar hasta la esquina en busca de la sal. Apagó el horno aunque el pan aún no estaba bien tostado, verificó dos veces que tenía la llave, y corrió hacia la pequeña tienda después de cerrar la puerta de la cocina.
El precio de la sal era una broma de mal gusto, pero no le quedó más remedio que comprarla al doble de lo usual después de regatear un rato. Y regresó sobre sus pasos, pensando que ahora sí le hubiera servido un ayudante, para que fuera por la sal. ¡Pero si alguno de esos sujetos se había llevado la sal para empezar! Ya pensaba tonterías.
Entró al calor de la cocina sólo para descubrir el incendio que iniciaba en la sarten, y se apresuró a buscar el extinguidor, maldiciendo constantemente al sistema automatico que jamás funcionaba.
Pero los rociadores sí se activaron. Justo cuando el extinguidor había hecho su parte, una lluvia artificial se vino sobre Isabelo.
El hombre suspiró, devastado.
Pero no sirve llorar ni sobre los huevos quemados ni sobre la sal mojada. Así que el cocinero, el artista, llamó al encargado de mantenimiento para que verificara el estado de la estufa y mientras lo dejaba trabajar fue de nuevo a la tienda y compró más sal sobrevaluada.
Tuvo que cocinar en una sartén menos apropiada, usando una estufa pequeña y antigua, pero el desayuno estuvo listo antes de mediodía.
―Tardaste, Pereira ―no fue un reclamo, sólo un comentario.
―Mis disculpas. Hubo... contratiempos.
―Mejor, así con hambre sabe mejor ―comentó el ingeniero y, después de un bocado, agregó:― Ah, pero los huevos están muy salados.

*****

No se presentaron demasiadas personas. Es que Isabelo había reunido muy pocos amigos a lo largo de su vida.
―Pues yo tengo mis dudas de que fuera por eso ―comentaba uno de los pocos asistentes―, mira que salir tan sensible, cuando parecía que tomaba bien la crítica.
―De maravilla, pero imagino que para un chef como él, una queja por algo tan insignificante fue terrible.
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