lunes, 28 de enero de 2013

El malo del cuento. Capítulo 23. (Final)

Ficha de la Historia
Capítulo Final.


Llega un momento...



Alfred, mago más poderoso de lo habitual y heredero del jefe de las dos familias, había tenido que perfeccionar la virtud de la paciencia a lo largo de su vida. Ésta sólo era otra prueba en aquel aspecto. Sin embargo, sabía que su tío no estaría sentado en una plaza y no podía evitar preguntarse que pasaría si encontraba a la escritora mientras él observaba a Abigail con nostalgia.
Ella no era tan paciente. Su obsesión por el orden y los horarios se sumaba a su angustia y estaba intentando, por enésima vez, llamar a su compañero de letras cuando éste llegó.
Lo siento, es que perdí el autobús por... —alzó la mano en que llevaba una bolsa plástica de una librería famosa por tener en inventario tesoros antiguos y ediciones limitadas.
Sólo vámonos —urgió Abigail.
No, esperen. Molly quiere saber que piensa hacer el mago si el tipo este llega y...
¿Qué como voy a controlar a mi tío? Razonando. Supongo que ustedes piensan que él es algún asesino irracional, pero sólo está equivocado. Yo... tengo que convencerlo de eso.
El optimista no tenía razones para dudar, pero de pronto se dio cuenta de que tampoco era tan buen detector de mentiras. ¿qué se había creído?
Vámonos antes de que él la encuentre, ¿les parece? —insistió la escritora, que confiaba ciegamente en Alfred.
Se pusieron en marcha.

Si el plan es razonar —comentó de pronto el observador—, ¿por qué no lo buscaste a él para hablar de una vez?
No tengo idea de a dónde pudo haber ido.
¿Y qué hay del rastro de magia? —dudó el escritor.
Aby me dijo que tus personajes tenían eso —comentó el mago, pensativo—, pero nosotros no.
Rastro si tienen —intervino Abigail—. Aaron dice que el tuyo es muy intenso.
Y creyó que tu hermana tenía dos... Me parece que la confundió con su niñera. ¡Mira que cosa! Eso quiere decir que hay algo de quien los cría en su rastro...
¡Más que de la familia! Eso es...
Mientras Abigail hablaba, Alfred adivinó que antes de ver a la creadora del nuevo mago, estaría expuesto a mucha “información literaria” que desconocía sobre sí mismo.
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La llamada telefónica no había dejado más tranquilas a las escritoras que los esperaban. Al menos pronto tendrían compañía, pero seguían sin tener idea de como salir de aquel predicamento.
¿Entonces vamos a esperar a que Raúl me encuentre y venga a matarme?
Eso puede tomar un tiempo —agregó la otra—, si estos magos no tienen como rastrear a una persona.
Ambas se quedaron calladas, sin tener nada útil que comentar. Ambas pensaban lo mismo: que si no había medios mágicos, Raúl encontraría otros.
Minutos después llegaron los demás.
Es... pequeño aquí —comentó el mago, sin intención alguna.
Por eso odio a la gente rica —bufó la habitante del “lugar pequeño”.
Todos querían decir algo, mencionar una solución al problema, o al menos pasar el tiempo de algún modo... pero no podían. No había nada que decir.
¡Como es que llegamos aquí! —se lamentó quien había invocado a Aaron para empezar.
Las pseudobrujas anclaron magos falsos y la bruja genuina...
¡Haru! —la regañó su pretendiente.
¿Qué? Ella preguntó.
El escritor se limitó a negar con la cabeza mientras el silencio intentaba abrirse paso de nuevo; pero no se lo permitió porque aquella conversación le había recordado su más reciente adquisición.
Por cierto, compre una cosa... Sé que es un poco idiota pero... Me acordé de que Haru...
¡Tu romanticismo es más inoportuno que un arma de fuego en casa de un suicida! —lo interrumpió Molly.
No según el suicida... —admitió la propia Haru, risueña.
Aún así, no es sobre Haru, es sobre la canción que intentaba tocar aquel día —explicó él, mientras sacaba de la bolsa el delgado ejemplar y se lo entregaba a la antigua estudiante de flauta—. Estaba abierto, en la vitrina. Justo en la página de esa canción. Bueno, había otra, pero eso no importa.
¿La canción que me sonó familiar a pesar de que nunca lograste tocarla bien? —una pregunta que Molly debía hacerle al muchacho, pero dirigió a la otra.
Yo tenía uno de estos en casa... —comentó Ana.
Todas se inclinaron hacia el libro, que parecía ser una guía de música para principiantes, con más partituras que texto.
Creo que está... —el comprador se disponía a ayudarles a buscar, pero no hizo falta.
¡Ah sí! —la prolífica Ana apuntaba la partitura de aquella canción que había olvidado como tocar.
Nunca he visto eso...
Es el libro de Aaron —descubrió Molly.
¿Qué? —los demás estaban sólo un poco más sorprendidos que ella.
Al principio no. Pero después de un tiempo... supe como era el libro por dentro. No cambió la cubierta, pero sí el interior... Esta página en particular... No me pregunten por qué. Pero...
Pues a lo mejor conocías el libro —comentó el mago, un poco excluido de la conversación—. ¿Dices que reconociste la canción?
Sí pero... no es que sonara lo bastante bien como para reconocerla —respondió ella, mirando con expresión de disculpa a su amiga —Además... No creo que recordara el libro antes...
Eso es normal.
Nada de esto es normal, Alan —discutió la organizada Abigail.
Bueno, dentro de los parámetros de la situación. Todos hemos afectado a Aaron, ¿no? Y Haru dijo que la canción le recordaba a Aaron, y desde que ella inventó eso, o lo descubrió, o lo que sea, los demás lo sabíamos. ¡Yo lo reconocí cuando lo vi en la vitrina!
Esto es demasiado —intolerante al caos y asustada por tantas amenazas, la becaria sólo quería un descanso.
Es tan raro. Como trastornamos un mundo sólo porque se nos metió en la cabeza alguna idea. O al revés. Es decir... pude haber escrito a Aaron sin anclarlo, y entonces, todo habría sido distinto, pero cuando hablé del ancla, ¿realmente Haru vio otra cosa?
Imaginar es mi fuerte —la aludida se encogió de hombros mientras confesaba—, pero esta vez sólo recordé el único libro de partituras que conocía.
Así que... ¿ésta es el ancla en el mundo de Aaron? —quiso asegurarse Abigail.
Esta ES el ancla —Molly empezó a reír, sorprendida e incapaz de explicarse mejor que eso.
No es justo.”
Al principio sólo el escritor y la responsable del personaje lo vieron, los demás apenas lo escucharon. Mientras superaban la sorpresa, el mago y su enamorada fueron percibiendo más y más hasta poder identificar claramente la apariencia del Aaron ficticio, y una clara expresión de disgusto en su cara.
No seas llorón, tienes más que la mayoría de los personajes —le reprochó la que seguía sin verlo, como siempre—. Ahora, desecha esa magia que te robaste y para el lunes que viene tendremos otro capítulo de tu vida.
Todavía estamos considerando permitirte tu colección —le tentó su autora—. Después de todo llevas ventaja.
¿Desecharla...?”
Pero esta nueva habilidad sólo la puedes usar con tus propias cualidades. Nada de destruir las de otra gente —limitó Alan.
Como te odio. Pero ya encontraré como usarlo”.
No podrás eliminar algunas de tus cualidades, tampoco —el escritor temía que el coleccionista de habilidades eliminara su “capacidad” de ser anclado, por ejemplo—. Ninguna que afecte a otros.
O que esté en uso —agregó la skater—. Ni podrás imponerla sobre las reglas. Nada de hacer trampa para volverte inmortal. Por cierto, no más cambios repentinos, ¿está claro? Como eso de que en vez de clonar las habilidades de la bruja se las quitaste. Si ya dijimos como funciona algo, no tenés porque cambiarlo de repente —el joven mago parecía tener algo que decir a eso, pero no mencionó nada y sólo Alan llegó a notarlo, porque justo entonces lo que importaba era limitar a Aaron El Malo, para lo cual Ana se dirigió a sus compañeras—. ¿Ustedes dos piensan dejarnos poner los límites solitos? ¿Qué les pasa?
Sí, claro. Necesitan tanta ayuda para eso”, ironizó el villano de cuento.
Disculpa —solicitó el mago, más por decir algo porque tenía la desagradable impresión de que el escritor le observaba—, ¿puedes localizar a mi tío?
¿Qué gano con eso?”
No te ganarías mi mala voluntad —dijo Abigail, quien rara vez se portaba tan manipuladora.
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Llega un momento, cuando las vacaciones se terminan, en que debes volver al trabajo, los estudios, esa vida de la que descansabas. Para cierto mago superdotado por tener dos vías de magia en su sangre, ese día llegó poco después de que se le garantizara que la magia robada a su hermana mayor había desaparecido.
Hizo una sola cosa antes de volver a su casa sin equipaje alguno. Buscó a Agatha en la tienda, pero no estaba ahí. Sin embargo, habían llamado de una importante tienda fuera del país pero vinculada a ésta, pidiendo referencias. Sobra decir que Alfred no comprendió a que se referían con eso, pero el dependiente estaba de buen humor para explicar: significaba que ella había pedido un empleo en otro país justo al día siguiente de haber renunciado en la tienda.
Le bastaba al joven mago para confirmar sus sospechas. Obtuvo la dirección y la visitó de inmediato. Desde luego, su hermana había obtenido el trabajo.
¿Agatha?
¿Ahora qué? —la sencilla, aunque ya no desaliñada, joven estaba nerviosa.
Me voy a casa.
Todavía te quedan unos meses —la sorpresa de la hermana mayor se hizo evidente.
Pero no los quiero. Nunca quise venir, y luego todo se puso raro y no podía irme porque necesitaba mi magia. Ya sabes, para resolver cosas como tener que viajar sin pasaporte. ¿Vos como lo hacés?
Tengo pasaporte.
El trámite más rápido del que yo haya sabido.
¿Qué querés realmente?
No sé. Creo que sólo necesito saber que no voy a tener que resolver tus desastres y cazarte dentro de veinte años.
No te preocupés. Ni van a acordarse de mí. Sólo uso magia para comer, peinarme y llegar a tiempo al trabajo. Hasta seguiré las reglas para lo demás.
Te voy a echar de menos, Agatha.
Y ya no será tan fácil visitarnos. Porque teniendo algo que esconder... —de pronto ella negó con la cabeza— Vení de todas formas. De vez en cuando. Siendo jefe, podrás.
Está bien.
Lamento lo de Greg.
Igual yo.
Una vez que el silencio incomodo se interpuso, Alfred decidió irse. Después de una despedida que resultaba incómoda con tantos rencores de por medio, ella preguntó, justo a tiempo:
¿Cómo supiste?
Los escritores comentaron que cuando él se lleva una habilidad, el dueño original la conserva. Y, recordé que no tenía pruebas de que esta vez fuera diferente.
Entonces mi tío...
No estaba ahí cuando lo dijeron.
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Llega un momento, cuando se ha escrito él último párrafo de una historia, en que el escritor se siente conforme con el resultado de su esfuerzo y luego puede comenzar con una historia distinta. Para eso, a los cuatro escritores les faltaba tanto tiempo que ni siquiera lo tenían en mente.
No obstante, Molly pensaba de vez en cuando en el trato que había hecho con Aaron hacía largo tiempo: él se iría cuando su historia estuviera terminada.
¿Era esa una de las reglas? ¿Ocurriría inevitablemente, más allá de sus deseos o los del villano ficticio? Sí, Aaron había estado detestable, pero no por eso le apreciaba menos. Ahora que no representaba una amenaza quería quedarse con él. O más bien, que él se quedara con ella.
¿Qué piensas?”
Me pregunto si vas a desvanecerte cuando acabemos tu novela —confesó ella, un poco triste.
¿Y te preocupas por eso mientras le buscas título al capítulo ocho? ¡Por favor!”
Pasará tarde o temprano.
A veces tengo mis dudas.”
¿No me extrañarás si te vas?
No creo. Seguro estarás pensando en mí todo el tiempo.... lo cual significa que me traerás mil veces al día.”
Podría inventarme un personaje más acorde a mi personalidad, ¿sabes? —le desafió ella, harta de su egocentrismo.
Siempre me olvido de lo desleales que pueden ser los escritores. Pero no me importaría, allá tú si prefieres a un personaje buenito. Lo que si quiero es que publiquen su novela. Te garantizo que socializaré barbaridades una vez que me hayan abierto suficientes caminos de empatía...”
Villano tenía que ser, para insensible —suspiró ella, algo dolida pero conciente de que ese era él y así era mejor.
¿Eres tú la que va a extrañarme, entonces?”
Supongo —respondió la escritora, sin avergonzarse ni por un momento.
Si quieres no me voy, entonces.”
¿Acaso puedes decidir eso?
No estoy seguro. Quizá me vaya cuando acaben la novela, o cuando tú te encariñes con otro personaje. Sólo intentaba que se te quitara esa tristeza que llevas encima.”
Ella estaba conmovida, pero él siguió hablando y lo hechó a perder:
Escribes terrible cuando estas triste.”
Con todo, Molly sintió la necesidad de reirse. Había funcionado el recurso para quitarle la tristeza. ¿Acaso valía la pena pensar tanto? Quizá perdería a ese personaje después de escribir la última línea, quizá lo arrastraría hasta el último de sus días; pero al fin de cuentas, ahora lo tenía ahí, quejándose como cualquier otro día.
La historia de Aaron el Malo y su pequeña aún no terminaba.
Pero ésta sí.

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