martes, 22 de enero de 2013

El malo del cuento. Capítulo 22





Ficha de la Historia
Penúltimo capítulo. 
Medidas radicales


El mago les había dicho que pensarían en algo más. No sonaba muy seguro. ¿Cómo podía estarlo, si aquella era una “magia” que él no comprendía muy bien? Él y su tío estaban contrariados por el fracaso. Sobre todo el mayor, dado que sabía que aquella táctica funcionaba.
Los escritores no se sentían mucho mejor. Incluso la escritora que no quería “desaparecer” a su personaje, había encontrado desagradable aquella sorpresa que revelaba que Aaron había estado un paso adelante todo el tiempo.
Y se las había ingeniado para irse.
¿Acaso era hora de aceptar la derrota?

Tal vez. Después de todo, no eran los empleados de los magos para estar luchando en nombre de ellos. No eran ni magos, ni héroes, ni nada parecido, así que tenían derecho de renunciar a eso de salvar al mundo de un tipo sin buen juicio que andaba dando vueltas por ahí, inconsciente del daño que podía causar. Tampoco tenían la responsabilidad necesaria para afrontar que ellos habían hecho fuerte a aquel individuo.
Sin embargo... ni Molly ni los otros estaban dispuestos a ser derrotados por su propio invento. El tiempo que hubieran podido invertir en acabar una novela que no hacía más que cambiar de rumbo, ahora lo dedicaban a buscar una forma de regresar al villano a sus páginas.
Nada era lo bastante coherente para la amante de la violencia y el escritor de finales felices. Las otras dos escritoras insistían en que ellos eran demasiado exigentes. Nunca podían convencerlos a los dos, y al parecer tenían razón, porque nada funcionaba. O acaso era su falta de convicción la que llamaba al fracaso.
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Molly llegó a casa después de una larga discusión que culminó con el décimo quinto intento fallido en busca de neutralizar a Aaron el Malo. En menos de una semana habían descubierto que ellos conocían el resultado de sus esfuerzos de la misma forma difusa en que sabían a donde iría cada uno de sus personajes cuando escribían.
Sin embargo, no sabían en donde estaba Aaron, ni que hacía. Al parecer sus privilegios de autores no llegaban tan lejos. Tampoco había mejorado la capacidad de Molly para darse cuenta de que él personaje estaba en su habitación: al verlo al lado de su reflejo, se sorprendió tanto como la primera vez.
¡Aaron! ¿Dónde demonios has estado?
Buscaba algo lindo que robar. Pero, que te digo, tu mundo sólo tiene pintores y médicos. Nada que yo no pueda hacer ya.”
Considerando que ahora en lugar de duplicar sus habilidades se las quitarías, mejor que menosprecies las cualidades que no entran en lo sobrenatural. Así que viniste porque estás aburrido y volverás a exigir que escribamos más rápido, ¿verdad?
El personaje negó con la cabeza y confesó: “Eso querría, pero sé que cumplirás tu amenaza. No estoy listo para renunciar a esto. Sólo vine para protegerte. A ambos, de hecho. Pero quiero que sepas que en parte lo hago por ti.”
¿Hacer qué?
Evitar que el viejo maquiavélico te mate”.
Alan no hubiera necesitado una explicación, pero su compañera de redacción sí que la necesitó.
El personaje se veía disgustado al contarle que el mago llamado Raúl había decidido hacer lo que fuera necesario para acabar con la fuente de sus problemas.
Ya sabes, no puede conmigo así que destruirá lo que me permite andar por aquí.”
Pero si ya te hiciste cargo de eso...
No sé como me vino a escribir una mujer tan ingenua. Sucede que Alan y Haru dijeron que no podía existir una habilidad semejante a la inmortalidad. Así que no pude darte eso. ¿Ahora lo comprendes?”
Si yo muero, nada te retendrá en este mundo...
¡Vaya! ¡Al fin!”
Se había tomado suficiente tiempo dando explicaciones, y la visita del maquiavélico no demoró. Entró en la casa a fuerza de magia, y comenzó a abrir puertas buscando a su objetivo.
La joven que resultaba ser el objetivo había estado intentando dominar su miedo ante la idea de ser cazada por un mago, y todo esfuerzo fue inútil cuando escuchó el primer portazo. Se encogió en su sillón y cerró los ojos mientras él intruso la buscaba. Todo eso para vergüenza del sujeto de sangre fría que había inventado hacía un tiempo considerable.
¡Oh, ya basta! No va a pasarte nada, niña cobarde.”
Era normal que no se preocupara. Todas las reglas del sentido común y de las familias que podían afectar a su enemigo, a él le tenían sin cuidado. Se quedó ahí, mirando hacia la puerta y esperando a que entrara el mago real.
Unas pocas puertas y casi cinco minutos después, Raúl entró a la habitación de Molly sólo para quedar atrapado de inmediato en una burbuja de algo que parecía goma, mientras su potencial víctima ahogaba un grito.
No seas mal anfitrión, Raúl. Si eres malo con la escritora, yo seré malo contigo; y creo que eres de los pocos que saben a que me refiero realmente con eso de ser malo.”
No podían escuchar la respuesta del intruso, pues su voz y su magia estaban tan atrapadas como él.
Aaron... ni si te ocurra...
Molly, no lo defiendas, que él empezó.”
Aún así...
La burbuja estalló, cubriendo de una sustancia viscosa la alfombra, el escritorio y algunos de los libros de Molly, así como la puerta y parte del pasillo. Libre sin haber puesto demasiadas energías en ello, el mago se veía de nuevo en condiciones de afectar al personaje y su escritora.
Sólo le interesaba ella. Pretendía concentrarse de inmediato en destruir el cerebro de la joven, pero no era tan sencillo con el dolor intenso que le causaba el individuo al que podía escuchar pero no ver. En busca de algo más básico, o para enfocarse mejor en lo que hacía, intentó acercarse a la chica que apenas se había puesto en pie.
Ella corrió hacia su derecha para apartarse de él. Incapaz de coordinar sus propios movimientos, se golpeó contra la pared. Se fijó en el hombre que vacilaba entre perseguirla u ocuparse de quien lo agredía a él. La escritora sabía que tenía sólo un momento antes de que él tomara una decisión, para tomar la propia.
Seguía convencida de que Aaron estaba en condiciones de vencer a cualquier mago del mundo real, pero no se quedaría a averiguar si eso le permitiría protegerla. Mientras uno intentaba aplastar su cerebro y el otro lo evitaba, la joven corrió tan rápido y tan lejos como pudo.
Ya se podían matar ellos, que eran los de la magia.
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¿Y ahora tanta prisa...?
¡Pues que creías que íbamos a hacer con nuestra relación? —la escritora insensible se puso de pie y empezó a caminar por su habitación, impaciente—, ¿corregirnos historias? Porque para eso me servías como amigo.
Es que acabamos de hacer las paces —se justificó Alan.
Vos no sabés siquiera como soy yo maleada. No acabamos de hacer las paces, sólo estabas... recuperando mi confianza.
¡Ya te dije que yo no hice...!
¡Qué no, pues! ¿Te parece...?
Desesperados golpes en la puerta pusieron fin a la que podía ser la segunda pelea de los tortolitos. Por un momento ambos se miraron, sin tener idea de quien interrumpía.
¡Ana! —llamó la inventora de Aaron.
Sonaba tan aterrada, que ambos corrieron a abrir la puerta al mismo tiempo. Llegó primero la anfitriona y Molly entró y cerró la puerta con manos temblorosas.
¡Fue a matarme, Ana! Sólo se metió a mi casa como...
¿Aaron? —exclamó la otra, extrañada.
¡Qué no! ¿Para que me va a querer matar Aaron? El hombre este, el...el otro mago, el... ¿cómo era...?
¿Raúl? —supuso Alan.
¡Ese!
¿El tío político de Aby? —comprendió la skater— ¿Y para qué...?
Para destruir la habilidad de Molly, obviamente.
Eso dice Aar... —de pronto la recién llegada se fijó en el tercero que se encontraba ahí con ellas— ¿Y vos que haces aquí?
Eh...
Me sentía sola y me lo traje. ¡Semejante historia, por cierto! Pero te la contaré otro día. Ahora decime cómo te le escapaste al idiota ese.
Aaron... —Molly sonrió, de pronto sorprendida al tomar conciencia de lo que había ocurrido— Aaron se le enfrentó. Para salvar su pellejo y, según él, “en parte por mí”.
Es lo más lógico. ¿Le dijiste que no matara al tipo, verdad?
Eh... creo que... sí. Bueno, intenté decirle.
Él sabe —las tranquilizó él muchacho—. Falta que ver si le importa, ya saben como es una vez que se aparta de su lado racional.
No, no. Estaba en sus cabales, y en ventaja, así que seguro a estas horas ya se calmó, pero... ¿y ahora? Ese tipo va a venir tras de mí.
Si el noviecito de Abigail no es parte de ese plan —aportó la otra chica—, a lo mejor lo puede poner tranquilo...
No creo que sea parte, pero... habrá que hablar con él.
Pero... ¿y si sí? No puedo ir a correr el riesgo de que me decapite como si...
Le preguntamos primero.
Llamalo pues.
Sólo Abigail tenía su número así que tuvieron que llamarla a ella primero.
Luego, esperar a ver que le respondía.
El tiempo se les hacía más largo al estar todos preocupados de que llegara el mago, dispuesto a asesinar a Molly, o Aaron con alguna otra sorpresa desagradable.
Nada de eso había pasado cuando Abigail les devolvió la llamada. Aunque ignoraba las acciones de su tío, Alfred había comprendido muy pronto en que consistían, pues sabía que esa era la opción mas obvia. Prometió hablar con él tan pronto como pudiera encontrarlo. Eso significaba viajar a la ciudad, y quizá la mejor opción era visitar a Molly, de modo que les avisaría al llegar.
¿Será cierto? —dudó Ana— Es que a Aby le pudo echar cualquier mentira...
¿Y si yo hablo con él antes que nada? —propuso el más perceptivo del grupo.
Acordado eso, intentaron dormir. Solamente lo consiguió la dueña de casa, y no era por estar más familiarizada con la cama.
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El heredero del jefe de las dos familias había llamado muy temprano, para decirles que había encontrado como viajar esa noche y que les vería tan pronto como supiera donde estaban.
Seguro había usado magia, supusieron los escritores. Seguro la amable niñera se revolcaba en la tumba en que la habían colocado sin dar detalles sobre su muerte ni sobre lo que la había llevado a aquel punto. Sólo era una mujer con problemas de salud que había muerto demasiado pronto porque en su afán de respetar la ley no había querido curarse con magia.
Y dado que la inventora de Aaron el Malo no quería ser la próxima en morir de forma “completamente lógica”, se negaron a darle al mago la dirección en donde se encontraban. Alan y Abigail irían a buscarlo en un sitio que conocieran los tres.
Empezaban a abrir las tiendas en la ciudad mientras el escritor se dirigía a la pequeña plaza donde habían quedado de reunirse con el mago. Seguramente Abigail llegaría primero, puesto que él iba desde más lejos. El mago ya debía estar ahí, según las cuentas de Alan.
¡No.Puede.Ser! —lo que le arrancó aquella exclamación estaba en el interior de una tienda cuya vitrina comenzaban a liberar de la reja que le protegía por las noches— ¡Esto no esta pasando!
Sabía que tenía que seguir, medir las intenciones del mago y volver a casa de Ana tan pronto como fuera posible, para no darle mucho tiempo al potencial asesino. Pero no podía dejar pasar esto.
Era, como el impulso de escribir, más fuerte que él.

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