lunes, 14 de enero de 2013

El malo del cuento. Capítulo 21






Demasiada libertad



¡No podés pasearte por este mundo como si fuera el tuyo, entendé! —insistió Molly, mientras se dirigía a la puerta de su biblioteca.
El personaje comenzaba a fastidiarse con aquella discusión, pero se dispuso a seguir a la escritora, incapaz de abandonar un conflicto. “¿Y quién me va a detener?”.
¡Pues, yo! —respondió su volátil autora, mientras le cerraba la puerta en las narices.
Se puso roja de vergüenza al descubrir a una empleada mirándola.
¿Qué? —le dijo a la mujer, de mala gana.
Habiendo visto peores cosas en la hija de los patrones, la sirvienta optó por negar con la cabeza y alejarse.
La responsable de la existencia de Aaron, puso llave a la puerta de su pequeña biblioteca, consciente de que ahora, y hasta que el coleccionista tuviera alguna gran idea, no podría salir.
¡No puedes hacerme esto!”, bramaba, indignado, el personaje, “¡No puedes! ¡Soy libre de hacer lo que yo quiera desde que destruyeron mi ancla!”
Pero yo sigo siendo la escritora. Y si no te acordás cuál es tu lugar, date cuenta que yo sí sé el mío: yo hago tus reglas, y yo decido como acaba tu historia. Si es que me da la gana terminarla.
Se marchó con paso firme y cuando llegó a su habitación soltó un suspiró y se dejó caer en la silla frente a su escritorio, con el corazón desbocado y un temblor general en el cuerpo.

╠════╬════╬════╬════╬════╬════╣
Los otros escritores quisieron saber como lo había encerrado pero la respuesta, tan sencilla para ella y para Aaron, no era fácil de comunicar. La puerta cerrada era una especie de simbolismo. La prisión no eran aquellas cuatro paredes, sino la imposibilidad de tomar rutas de empatía o seguir rastros de magia. Al final, lo único que pudo decir que resultara comprensible fue:
Es como una regla nueva para él: no puede salir de esa habitación si no se lo permito.
Bueno, pero imagino que no podemos dejarlo ahí para siempre —comentó la escritora que había tenido su propio personaje fuera de control—. Tus padres o...
No, nadie va a entrar. Sólo yo tengo llave. Pero está rompiendo mis libros.
What! —escupió Ana, no mucho más horrorizada que los demás.
No voy a dejarlo salir para que se detenga, y él lo sabe, pero igual los rompe. Para molestarme, para.... vengarse.
¡Ah, desgraciado! —dijo el escritor mientras negaba con la cabeza.
¿Y qué vamos a hacer con él, entonces? —consideró Abigail.
Otra regla: que no puede tomar habilidades de otros mundos —propuso Alan, sin demasiada convicción.
Pero eso es incoherente, porque si pudo —la skater se encogió de hombros mientras descartaba la idea.
Bueno, pues que no pueda usarlas —propuso Abigail, ansiosa por cerrar aquel tema y ponerse a estudiar mientras aún estaba en sus manos no perder la beca.
Ya la usó —suspiró Molly, con tristeza.
Pero igual podemos intentar.... —insistió Abigail— Quiero decir, sería una corrección, piensen en esto: las habilidades de su mundo son de otro tipo. Aquí lo único sobrenatural es la magia, así que...
Y lo que Molly y vos pueden hacer —agregó Ana—. Después de todo, traer personajes...
¡Eso es! —celebró la becaria.
¿Qué? —preguntaron los demás, algo sorprendidos.
¡Yo ya no lo hago! —explicó ella— ¡Cuando perdí esa cualidad, Arleen se fue!
Es cosa de quitársela a Molly, y asunto resuelto —concluyó el optimista—. ¡Es sencillo!
Dale, llamá a tu noviecito —Ana seguía usando ese término para referirse a Alfred, sin importarle en lo más mínimo los sentimientos de su amiga.
Molly no estaba muy convencida con ese nuevo plan, pero no sabía como explicar sus reservas.
╠════╬════╬════╬════╬════╬════╣
El mago se había mudado: ahora acompañaba a su tío en la nueva mansión. Así que había sido necesario que los cuatro escritores salieran de la ciudad para verlo. La mayoría disfrutaron el viaje, pero la conductora y dueña del auto se veía desanimada.
Tampoco estaba muy concentrada al volante, incluso podría decirse que los otros agradecieron llegar con vida a su destino.
Mientras bajaba del auto, el buen observador se sorprendió de ser el único que encontraba ostentosa aquella residencia.
¿Haru, ni siquiera vos...? —insistía.
¿Pues que tiene? —respondió la aludida— ¿Es mago, no?
¡Pero por lo general hacés comentarios sobre los lujos y eso!
No sé. No me nació. No vi mucho la casa hasta que lo dijiste.
¿Cómo no viste mucho semejante mansión?
Mientras ellos conversaban como turistas, Molly volvió a cerrar la puerta del conductor. No había salido del auto. Finalmente había decidido.
A todos les sorprendió que se hubiera quedado dentro del auto. Si hubiera sido Abigail tratando de evadir al mago, los demás lo hubieran comprendido y aprobado, pero no podían ejecutar su tarea en la casa si la propietaria de Aaron se quedaba fuera.
Molly, vení—exigió Ana, mientras se disponía a abrir la puerta y sacarla ella misma.
La dueña del auto puso el seguro.
Ni las suplicas del muchacho, ni los argumentos de la razonable Abigail, ni los gritos y regaños de la insensible Ana: nada la convenció de bajar del auto.
Los dos magos que habitaban la casa llegaron a ver que ocurría, pero comprendieron mucho menos que los escritores. Y a Molly no le interesaba oír los reclamos del tío ni las dudas del sobrino.
¿No lo podés hacer desde aquí? —la escritora impaciente se dirigía al joven mago.
Pues sí, pero... es que ella no quiere y...
¿Acaso nos importa si quiere? —comentó el anfitrión—. En un asunto tan serio, hay que ignorar esas cosas.
Molly, ¿por qué haces esto? —razonó Abigail—Ya habíamos quedado en que valía la pena un pequeño sacrificio...
Negando con la cabeza, la encaprichada joven respondió:
Es mi mejor amigo. No quiero que se vaya.
No seás estúpida —soltó Ana—. Él no es real.
¡Haru! —la regañó su pretendiente.
Molly, yo sé que es difícil...
¡Como vas a saber nada vos! —se quejó la autora de Aaron El Malo— Todo el mundo te adora, todos te entienden y sos perfectamente normal. No sabés nada de...
¿Qué hay de nosotros? —dijo el muchacho, amablemente— ¿Somos compañeros comunes y corrientes que no entienden?
No, pero...
Tratar con personas es difícil, pero hay que hacerlo —continuó el escritor—. Y a la larga sale tan bien como conversar con alguien que te comprende fácilmente porque sos a quien más de cerca conoce... alguien que te hace caso aunque no esté de acuerdo... Además Aaron ya no es así. Aaron está siendo un imbécil y no le podés aguantar todo sólo porque a veces es bueno con vos.
¿Dejarías que el otro Aaron te tratara así, acaso? —aportó la independiente Ana.
No.
¿Y entonces? —presionó Abigail.
No lo vas a matar —explicó el optimista—, sólo lo vas a devolver a donde pertenece.
Sí querés lo dejamos ganar —agregó la creadora de la parte que saldría perdiendo con ese plan.
No digas babosadas —saltó Ana, tan enemiga como siempre de las contradicciones—, va a ganar si gana, no sólo porque...
¿Y es que piensan seguir escribiendo esa novela? —se sorprendió el futuro jefe de las dos familias.
Obvio, tarado —Ana se encogió de hombros mientras le aplicaba al mago el mismo tono que había usado con su amiga un instante atrás—. ¿Acaso vos dejaste de hacer magia cuando tu hermana y tu niñera se enloquecieron?
No... —él sonrió—. Supongo que tenés razón.
Pero ya se habían distraído bastante, y todos volvieron a concentrarse en la escritora que seguía encerrada en su auto.
¿Entonces, Molly? —invitó el escritor.
Dale —la materializadora de personajes abrió la puerta del auto, aunque no bajó—. Está bien.
Muy bien —el mago con más experiencia se dirigió a su sobrino para que pusiera manos a la obra—. Entonces, lo que estás buscando es algo igual a la magia...
Creo que comprendo a que te referís...—al principio Alfred estaba confiado y concentrado; un segundo después, se mostró sorprendido— Pero... No puedo quitársela.
¿Cómo no vas a poder, si pude yo?
Es que está...
Los escritores sólo podían intercambiar miradas y observar la expresión de los magos, ambos concentrados ahora en realizar una actividad que ellos cuatro no entendían.
Hombre, tenés razón —tuvo que admitir el mayor— ¡Que cosa tan rara!
¿Qué pasa? —fue Ana la que se atrevió a preguntarlo.
Esta niña tiene una segunda habilidad, que evita que le quitemos la otra —explicó Raúl.
La habilidad de no perder habilidades —el otro no salía de su sorpresa.
¿Pues cómo funciona eso? —lo que vibraba en la voz del cazador de ideas al preguntar eso, era curiosidad profesional.
No sabemos, no hay ninguna magia como esa —declaró el heredero designado del jefe.
Pero tampoco sabíamos nada sobre darle vida a personajes ficticios —comentó el otro mago.
¿No será cosa de ustedes? —consideró Alfred—. Es decir, hicieron una lista de poderes posibles.
No, no había nada de eso —respondió el optimista, negando con la cabeza.
¡Aaron! —dijo la escritora del susodicho.
Todos la vieron con curiosidad, o confusos; así que ella lo explicó tan bien como pudo:
Ahora que es mago puede darle habilidades a otra gente y... bueno... nunca dijimos que fuera imposible... él pudo inventarla.
Aaron El Malo no caería sin pelear, y había protegido aquello que lo ataba a un mundo que ahora le interesaba.
¿Y ahora que hacemos? —suspiró Abigail.
Parece que vamos a tener que pensar en otra cosa —respondió el joven mago.
Dado que él y su tío casi no comprendían la situación supuso que, en realidad, los escritores tendrían que inventar otra cosa.
╠════╬════╬════╬════╬════╬════╣
Cuando volvió a casa, Molly no encontró a su personaje. Sabía que lo había encerrado, pero no recordaba en donde. Aunque recorrió su casa varias veces, no encontró el cerrojo que correspondía a la llave de la biblioteca. En realidad, no recordaba ninguna y no descubrió su ausencia, pero tenía la llave y la certeza de que en alguna parte había encerrado al coleccionista de habilidades.
Pero él ya no estaba ahí porque ahora la biblioteca no existía y, si no había prisión, nada le quitaba su libertad. Aaron había usado sus habilidades de siempre para destruir aquel sitio tanto como era posible: desde la infraestructura, hasta la mayor parte de su recuerdo.
No estaba muy seguro de qué podía hacer ahora. No sabía de ninguna otra habilidad que valiera la pena agregar a su colección. Decidió buscarla, pero por el momento fracasaba tal como la escritora que buscaba el sitio en el que lo había encerrado.

0 opiniones de editores:

Publicar un comentario

Publicación Anterior:
Cuotas de Libertad

Página de la Historia


Seleccionar Capítulo: