domingo, 6 de enero de 2013

El malo del cuento. Capítulo 20






Parte de la colección


Buenos días, señorita”.
¿Quién sos vos? —quiso saber la joven que se despertaba en la misma habitación en que había dormido durante toda su infancia y adolescencia.
Aaron. Soy un mago de otro cuento, digamos”, respondió el rubio que estaba tendido a su lado, sin mirarla.
¿Otro... cuento?
No lo creerías, me parece. Tienes una mente poderosa, pero no muy abierta: ya aprendiste lo que ibas a aprender.”
La muchacha se incorporó y examinó la habitación con la mirada. Escuchó el silencio de la casa.
¿Dónde está mi hermano?
Con el jefe, dando explicaciones.”
Creí que me iba a morir... ¿Quién...?
Yo.”
Genial —rezongó la joven bruja—. Ahora le debo la vida a un extraño.
También tu hermano.”
¿Por qué ibas a salvar a una desconocida? Y antes, me dijiste justo lo que necesitaba saber para...
Una vez que te resignaste y dejaste tranquila a Aby, decidí volver a mis asuntos. Pero uno de mis asuntos requería algo de ustedes. No los advertí para salvar a Alfred, sino para poner en el borde a la niñera loca. No me salió como yo quería... por eso luego te salvé a ti.”
A ver, decime, ¿qué vas a querer?
El personaje soltó una carcajada.
¿Qué? —se sorprendió la convaleciente.
Supongo que sería lo más correcto: pedirte un pago. Pero esa no es la forma en que yo hago las cosas. Ya tomé lo que quería.”
¿Qué cosa?
Tu magia.”
Agatha miró al personaje, confundida. No entendía lo que intentaba decirle, pero sí comprendió lo siguiente:
Es lo mejor para todos; yo agrego una habilidad a mi colección, tu hermano ya no necesita pelear contigo ahora que yo me lleve la manzana de la discordia. Todos felices.”
La sonrisa cómplice en el rostro del villano ficticio dejaba muy claro que sabía tan bien como ella que, aunque él tuviera aquella nueva habilidad en su poder, la bruja no la había perdido. Era verdad: todos felices. Si ella no usaba su magia frente a uno de ellos, no tenían como saber que la conservaba, no haría ningún daño y tendría lo que quería sin quitarle el sueño a sus parientes lejanos o cercanos.
¿Por qué me ayudás? —preguntó, en vos muy baja.
Por qué te comprendo, supongo. Y no me costaba nada.”
Se quedaron mirando en silencio hasta que el personaje ficticio decidió despedirse de forma definitiva:
Tú y yo... Podríamos divertirnos barbaridades antes de acabar tratando de matarnos. Pero... ya me rompieron el corazón antes”. Soltó una carcajada y concluyó: “Así que, divirtámonos cada cuál por su cuenta. Adiós, señorita.”
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Un mago ajeno a las familias.
La última vez que habían visto eso, había sido en los días de las guerras. Muchas generaciones habían pasado y ya no tenían una noción clara de las verdaderas dificultades que les había tomado a las dos familias concretar la paz, y sobrevivir al desastre sin destruir demasiado su entorno y ocultando su existencia a los que no entendían de magia. No obstante, todavía se contaban historias lo bastante buenas para que el pequeño robo realizado por Aaron preocupara mucho a Raúl y su sobrino.
Sin embargo, no le habían dicho nada al jefe. Alfred había conseguido que su tío guardara el secreto un rato más. No quería ver a su amada Abigail metida en otro problema con magos. Podían, según él, arreglarlo sin mayores dramas. Después de todo, las reglas de Aaron las escribían aquellos cuatro pseudoescritores. Así pues, él mismo se presentó en casa de Abigail para preguntarle si estaba al tanto de lo que había hecho el villano de su historia. Tuvo que explicárselo, porque Abigail no había vuelto a ver al personaje desde que les había explicado del enfrentamiento entre los hermanos.
¿Robarle la magia a tu hermana? —la joven se sorprendió menos al escuchar el problema que un momento antes al descubrir al mago ante su puerta.
Aunque no me molesta que se haya resuelto el problema con mi hermana, la existencia de un mago que no tiene porque seguir nuestras leyes, resulta ser igual de mala si se trata de... Aaron.
Pues... él no es muy buena ficha... —Abigail no sabía si compartía la preocupación de su visitante; después de todo, Aaron no tenía interés en usar magia en aquel mundo, pero si la situación se ponía fea él sería peor que la vendedora de bisutería.
Necesito que la devuelva... No a mi hermana, de ser posible. No sé, escriban que la magia dejo de existir o... algo.
No sé si podamos ayudarte con eso. Es que... —la escritora de Arleen no sabía como explicar lo que le estaba molestando—Aaron se salió de lo que definimos para él...
¿Cuando le dieron vida?
No, no. Hasta ahora ha actuado como se le describió. Pero, con eso que hizo... —Abigail buscó la forma de plantearlo—“El duplica las habilidades, y conserva su copia”: así fue como lo describió Molly. No veo porque ahora roba... a lo mejor el mundo real lo está limitando... Pero, en el peor de los casos...
Se les está saliendo de las manos.
Es porque quemé el cuaderno —se lamentó—. Bueno, Arleen lo hizo. Destruir su ancla lo volvió un personaje libre. Aún así, no entiendo porque se salió de su norma; no le hacía falta.
Entonces...
Hablemos con los otros. Ahorita los llamo y algo se nos tiene que ocurrir. Nada se pierde con intentar.
Después de que realizó las tres llamadas, esperaron.
No era una situación agradable, estar ahí mirándose uno al otro, conscientes de que habían cosas serias en las cuales pensar, pero pensando en lo bien que estaría comerse a besos mientras los otros estaban en camino. Por desgracia, ese pequeño gusto no compensaría una vida sin estar juntos y ninguno de los dos sintió que valiera la pena. Varios días después, cuando la joven le contara a su mejor amigo como se había sentido aquel silencio, él se burlaría de tanta cursilería.
Pero, por el momento, ni Alan ni sus compañeras escritoras estaban para hablar de esos asuntos personales. Con todo lo que había pasado, la sola mención de la magia les asustaba; de modo que estaban dispuestos a poner de su parte para controlar al coleccionista de habilidades.
No es que todos estuvieran tan preocupados como Alfred y su tío. Cierto que la enamorada del mago quería darle una mano, y que todos ellos conocían muy bien lo peligroso que podía ser el personaje cuando se le molestaba, pero su escritora y la mala observadora no consideraban necesario meterse en su camino. Él había tomado una nueva habilidad y seguro que ahora estaba preguntándose cuando seguirían escribiendo su historia; nada del otro mundo.
Incluso Abigail tenía sus dudas sobre lo peligroso que podría, o no, llegar a ser. Pero Alan fue un poco más allá:
Quebrantó una de las pocas reglas de su mundo, y está de regreso en el camino que lo hizo el villano de la historia: su obsesión. Bien, entiendo que la magia es toda una joya, pero ¿que tal que luego es otra cosa? ¿Qué tal que la magia le permite algo nuevo? No podemos ponernos a perder el tiempo. Hay que sacarlo de nuestro mundo.
Las escritoras asintieron, excepto por la que había inventado al personaje. Justo ella, que comprendía muy bien lo que su compañero de letras comentaba, encontraba horrible la idea de alejar al personaje de su mundo.
No tenemos que hacer eso —dijo, tajante—. Sólo hay que hacer que devuelva lo que tomó. Nunca escribimos si puede, así que podemos hacer que simplemente deje de existir al renunciar a ella.
Nada deja de existir... —argumentó la exigente habitual.
Bueno —concedió Molly—, entonces que muera o que se convierta en alguna... cosa no mágica.
Dale, la última es buena idea —aceptó el muchacho, empezando a planear en que podía convertirse—. Algo útil.
Entonces, eso; hacemos la regla, la ponemos en contexto, para asegurarnos...
¡Ana! —interrumpió Abigail— No nos vamos a poner a escribir mientras él se acostumbra.
Serán sólo unas líneas —el pretendiente de la skater salió en su defensa de inmediato—. Yo lo hago.
El mago se fue conforme. Podría informarle a su tío que en un par de días todo volvería a la normalidad.
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Los escritores cumplieron su palabra. Veinte horas después, la escritora del villano estaba en su biblioteca personal, ubicada en un cuarto de servicio demasiado pequeño para que los padres de Molly le pidieran a alguien vivir ahí. Al inicio fingía leer despreocupadamente, pero pronto se vio conversando con su personaje, tratando de llegar al tema de la magia robada. La gente como ella rara vez sabe disimular, o llevar una conversación por ciertos rumbos, así que él supo muy bien que algo pasaba.
No te enredes tanto y dime lo que intentas decir”.
Ella sonrió.
Esta bien —un sincero tono maternal tiñó sus palabras—. Sé que empezaste a robar habilidades del mundo real. Y no me parece apropiado.
Mago chismoso”, masculló el personaje, para luego agregar con aburrimiento, “¿Entonces te vas a poner como esa gente de la novela?”
No lo sé. La verdad es que nos complicás la vida sin necesidad. ¿Por qué no sólo nos ayudas? La verdad es que ya lo tenemos todo planeado y vos... ya tuviste la magia, así que...
No.”

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