lunes, 31 de diciembre de 2012

El malo del cuento. Capítulo 19




Sacrificio



Aaron, como el personaje obediente y respetuoso que no era, le rindió un informe detallado a los cuatro escritores que habían estado todo ese tiempo esperando por él en la enorme casa de Molly.
¿Mató a su niñera y a su mejor amigo para tener sus poderes...?
Magia —corrigió Alan.
Lo que sea.
La señora no era su niñera, sólo de Alfred —acotó Abigail, quien había oído la historia familiar mil veces, aunque sin los detalles mágicos y con muy pocos de los culturales.
Pero... Es una moralista. La gente así... —el escritor pensaba en voz alta cuando no lo hacía por escrito— Oye, Aaron, ¿no dijiste que la mujer esa no suele usar ni su magia?
Para casi nada. Una idiota, eso es. ¡Un completo desperdicio cuando ella es más poderosa que esos niños engreídos! Y lo peor es que la magia sin explotar es como si no existiera.”
Escritores como eran, vieron sólo una metáfora bonita en esa última frase. De cualquier otro modo, Molly hubiera entendido justo en ese momento, qué era lo que distraía a su mago ficticio. Pero lo dejaron pasar. Aún aquel joven tan perceptivo, que ahora estaba ocupado en desentrañar otro pequeño misterio:
Entonces, ¿para qué? —preguntó y, a diferencia de las escritoras, Aaron entendió a que se refería, porque también él se lo había estado preguntando.

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¿Bueno?
Alfred, soy...
¡Aby!
Sí. Sé que te hice un drama y todo, y mucho sigue siendo verdad aunque te crea... Sólo quiero saber si te repusiste.
Sí, estoy bien; solamente algo adolorido... ¡Esperá! ¿Cómo sabés vos que estoy mal?
...
¿Álo?
Mirá que se me olvidó que ahora yo sé más que vos.
¿Cómo así?
Aaron nos contó que sos mago, que tu hermana enloqueció y te quiso matar y que era ella la que estaba obligándome... bueno, obligando a Arleen a matar gente.
¿Qué? ¡Despacio, despacio! ¿Qué tenías que ver vos, y... Arleen no era...?
Sí: el personaje. ¿No te acordas que era piroquinética? Tu hermana me vendió una pulsera, te dije: que a Molly le servía para visualizar su personaje, así que yo usé la pulsera...
¿Te la vendió mi hermana?
Ajá. Y resulta que sí me funcionó, pero no igual que a Molly.... Aaron dice que es distinto con todos, y el caso es que yo me quedaba en blanco y Arleen hacía cosas.... pero tu hermana la mandaba...
Decís que la pelirroja que mi tío vio.... eras vos. ¡Aby, lo siento mucho! Tal vez si le digo a mi herm..
Aaron cree que se va a conformar con lo que tiene. Aunque Aaron ha estado diciendo cosas raras...
¿Aaron es... como Arleen?
Sí, pero simplemente aparece de pronto y...
¡El mensajero!
Jajaja. No sabe porque le decís así. Se ofende, ¿sabías?
Es que no sé lo que es...
Tenían mucho que decirse además de la complicada explicación sobre la existencia de Aaron. Pero no pasarían de un “lo siento”. Él no podía prometerle nada a ella, y ella no quería hacerlo sentir peor.
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Alfred apreciaba a Genieve. Había sido una amiga agradable cuando él era un niño y Agnes era la tutora exigente. Se había convertido en su único apoyo al derrumbarse todos los planes de vida que había hecho siendo un mago superdotado en plena adolescencia.
Para su hermana, era una figura distinta: había sido una madre. Una que le dedicaba todo el tiempo que podía, afectuosa y comprensiva, pero muy exigente. Después de todo, por mucho que la amara, era consciente de que preparaba a la persona que podía corregir o destruir a las dos familias de magos que habían sobrevivido a las viejas guerras. No debía, y no quería tampoco, maleducarla.
Pese a la rebeldía natural de la designada para futura jefe de las familias, la rectitud de su tutora nunca evitó que fueran amigas. A los veinte años, con la promesa de catorce meses de diversión sin límites, Agatha sólo lamentaba no poder llevar con ella a su tutora y a su hermano. Si bien era posible que la acompañara un adulto, ella nunca habría elegido a Genieve. No la hubiera dejado disfrutar. Mejor la extrañaba, sólo durante un año.
Y entonces le dieron la lista. Corrió a preguntarle a su guía y amiga porque le había ocultado tal información. Nunca se le ocurrió el motivo: Genieve no lo sabía tampoco. La mujer hubiera tenido que notar cuanto poder poseía, pero nunca lo había usado y la magia se forma con el uso, como la mayor parte de las habilidades.
¡Pero claro que la hija del anterior jefe pensó en lo bien que ella ejecutaría ese mismo cargo! Sabía que podría hacerlo bien. Pero también sabía que no era necesario: ¿acaso no le había enseñado a su joven pupila todo cuanto sabía? Ella estaba segura de que Agatha lo haría bien.
Pero no lo hizo.
Y aún cuando había destrozado sus planes para un mundo mejor, Genieve no se disgustó con ella. No era capaz, pobrecilla. ¡Bastante había sufrido con perder su magia y a su hermano! Intentó, en cambio, educar al más joven.
Pero él creía que debía ser flexible, permitir que la gente usara su magia a voluntad siempre y cuando no lastimara a otros. ¡No entendía una palabra! El uso de magia siempre afectaba a otros seres... incluso a la naturaleza y a los materiales. De eso se trataba la magia.
Ella era la ingenua: ignoraba que no sólo la magia se trataba de eso, sino todo en la vida.
Ya iba perdiendo las esperanzas cuando se dio cuenta de que quedaba una: ella misma.
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Agatha estaba en su puesto de trabajo; ocuparse de los asuntos diarios aunque estuviera agotada era una de las cosas que había tenido que reaprender. Se veía como quien no ha dormido en días, aunque había estado desmayada diez horas después de usar lo que le quedaba de fuerza para transportarse mágicamente a su hogar actual. No tenía ganas de hacer nada y menos de sonreírle a ningún cliente. No sólo era por el cansancio: había hecho lo que le recomendara aquel desconocido y, ahora que comprendía, estaba molesta.
Mal momento eligió su segunda madre para llegar a buscarla.
No era la primera vez, aunque tampoco se habían visto más que en un par de ocasiones. Pero antes ella se había alegrado de verla; sobre todo cuando la consoló tras la muerte de Gregorio y cuando le prometió que todo estaría bien a pesar del exilio. Ahora no se alegraba.
No debiste venir —la recibió con frialdad.
¿Por qué? Sólo quería asegurarme de que no estuvieras herida. Alfred llamó de su casa y...
¿Esperabas que matara a mi propio hermano? —rendida como estaba, Agatha no se anduvo con rodeos.
¡Oh! Comprendo —su tutora no iba a fingir ahora que había sido descubierta—. Sabía que te negarías. Por eso me limité a comentarte que sin él tendrías todo lo que querías, pero nunca te sugerí que lo hicieras.
Claro, yo hubiera dejado las cosas así. Me habrías asustado. Pero, aún así, ¿es que no me conocés suficiente para saber qué aunque sembraras la idea yo no iba a ir a matarlo?
Lo sabía. Pero también conozco a tu hermano. Él iba a confrontarte tarde o temprano. Su presión y la idea de ser libre por completo... Pero no funcionó: decidiste dejar morir al parásito cuando ya casi conseguías todo. Él no está precisamente bien, según entiendo. Te sonará a mentira, pero lamento todo esto. Supongo que ahora yo misma terminaré en el exilio.
No te voy a acusar, Genieve. Esa es basura de las dos familias, yo no me meto.
Gracias.
Si mi tío se entera de lo que hiciste, no vayas a hacer la payasada de dejarte matar para no abusar de tu magia. Nunca fue prohibido salvar la propia vida, y ya infringiste un par de leyes en estos días.
¿No lo has entendido? ¿Tan mal trabajo hice con vos? No se trata de que esté prohibido. El abuso de la magia es dañino para...
Pero me dejaste hacer todo lo que hice. Hasta provoqué a magos que quien sabe de que familia perdida son...
Eso era necesario. Mi vida no es gran cosa, mi rol puede ser desempeñado por otros. Lo que yo pretendía, en cambio...
Sí, claro. Imagino que ibas a ser una jefa dura. Salvar al mundo de los enfermos como yo, que para todo queremos usar magia. Pero, ¿hacerme matar a mi hermanito...? Y en todo caso, ¿quien te garantizaba que fuera a ganar yo, si Al estaba...?
Sos más...
¡Esperá un momento! —se alarmó la joven— ¡Era igual! Lo hubieran desterrado si me hubiera matado. Eso hubiera sido más fácil y contabas con que eso hiciera. ¡Claro! Si maté a su mejor amigo. Pudo haber intentado matarme. ¡No lo puedo creer! ¡Sos la última persona que yo esperaba que me traicionara y hacés esto!
Era necesario, cariño. ¿Es que no ves la grandeza de mi proyecto? Yo...
Vos estás todo lo loca que dice mi tío. Andate.
Hija...
No sos mi madre. Se ve que no. Te quiero y no voy a delatarte ni a hacerte lo que te merecés. Pero no confío en vos y prefiero que estés bien largo de mí. Andate.
Lo hizo. Le dolía aquella relación echada a perder, como había lamentado tener que entrar al edificio en llamas para asegurarse de que un buen muchacho muriera. Pero habían sacrificios necesarios cuando una mujer pretendía salvar a un mundo en decadencia.
Agatha decía que no la acusaría. Y ya la había convencido de que ella no haría nada más. El resto, ya había estado resuelto desde el día anterior: después de verse mucho mejor por un rato, Alfred volvía a estar débil y enfermo. Muchas cosas podían salir mal para un muchacho que había sobrevivido apenas a un parásito creado y destruido por una bruja cansada, pero era más probable que le ocurriera algo malo si lo atendía la persona que necesitaba su muerte.
Un último sacrificio por el bien de todos.
¿Y sí Raúl se daba cuenta? ¿Y si Agatha dudaba cuando alguien le dijera que Alfred estaba muerto?
Entonces todo habría sido en vano. Las leyes rotas, las amistades perdidas, las muertes provocadas: todo para nada. Pero no hay peor lucha que la que no se hace.
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Cuatro días más tarde, Alfred seguía en cama. Le había hecho saber al jefe de las familias todo lo que su hermana mayor había hecho, y ya se buscaba un nuevo grupo para restaurar la limitación de su magia. Quizá se decidirían a quitársela por completo cuando el muchacho estuviera más saludable. Dos magos del mismo nivel que ella, y unos cuantos más.
Genieve fingía estar sufriendo tanto que no podía volver a contribuir con aquellas tareas: ¡Su querida pupila, causando tales desastres! Todo era culpa de ellos, por haberla presionado tanto. No podía con la culpa, y no quería formar parte de un nuevo grupo que podría empujarla a algo peor!
Y todos le creían. Incluso Alfred, a pesar de que él ya intuía que la tutora nunca había estado contribuyendo realmente. Después de todo, su hermana no hubiera podido controlar a Abigail o a su personaje si todos hubieran estado reteniendola como era debido. Por desgracia, interpretó mal aquellos hechos: creía que lo había estado haciendo desde el inicio, porque amaba a la chica que había criado desde niña, y que ahora eso la hacía sentir aún más culpable. Pensó que ella no querría volver a entorpecer una actividad que su corazón no le permitía ejecutar, y no podía criticarla por eso.
En su ingenuidad, no se daba cuenta de los motivos por los que los restos del parásito seguían recuperándose a pesar de los esfuerzos de su padre y su tío. Éste último no se había atrevido todavía a compartir sus sospechas, pues ignoraba a quien debía señalar como culpable.
Sin embargo, alguien le abrió los ojos, no a uno, sino a ambos hermanos superdotados.
Primero fue con Agatha, con quién descubrió que los hilos de empatía funcionaban en ambos sentidos: podía ir a ella porque la consideraba una improbable compañera de juegos.
Hizo algo malo.”
¡Ay! ¡No aparezcás así, de la nada!
No sé entrar de otro modo, señorita. Ahora escucha, que intento explicarte algo: sí tu niñera hizo algo malo, y acepta que ya no alcanzará su meta, ¿por qué no va a entregarse como la moralista qué es?”
Me parece que piensa que puede seguir luchando por su causa...
Te parece bien. Pero, ¿ya te preguntaste cómo?”
Alguna locura.
Tú hermano sigue enfermo.”
¿Qué...? — ya no había nadie que pudiera responderle.
El personaje ficticio debía seguir sembrando discordia si quería salirse con la suya, así que no se demoró ni un poco en aquella parcela. Le tomaría mucho más tiempo seguir el rastro de su siguiente blanco.
Buenos días, 'tío Raúl'.”
El “tío Raúl”, dejó caer su taza favorita, pero la reconstruyó tan pronto como se partió en dos contra el suelo. Le lanzó una mirada asesina al vacío, porque al igual que cierta escritora insensible, no podía ver al personaje.
¡Perdoón, pués!”, dijo, con voz afectada, “Qué sensibles, los magos. Sólo vine a decirte lo que te falta para saber quien está matando a tu amado sobrino”.
Mientras no tengás un precio muy alto...
No te preocupes, que yo me pago a mí mismo. La niñera de tus sobrinos es hija de uno de los jefes muertos y alguna...”
¡Ah, maldita! —a la hora de pensar lo peor, nadie más rápido que aquel hombre sin escrúpulos— ¡Ya decía yo que esa idea no había salido de Agatha!
No le importaba para qué lo hacía. Lo importante era como se desharía de ella si era claro que estaba en desventaja.
Cumplida su misión en la habitación de huéspedes, Aaron El Malo completó su recorrido visitando al mago enfermo en el cuarto de al lado.
Yo diría que si te enfermas cada vez que alguien te visita, ese alguien queda bajo sospecha. Aunque la quieras tanto como a esta mujer.”
Y Alfred sabía que era cierto: los pequeños monstruos nunca crecían cuando Genieve no estaba. ¿Acaso no había tenido la primera recaída la tarde en que ella llegó? Pensó todo eso al mismo tiempo que intentaba recuperarse de la sorpresa causada por aquel sujeto. No sabía quien podría ser, pero parecía tener buenas intenciones. Había ayudado hasta entonces, y ahora podría estar dándole el aviso que salvaría su vida...
¿En que estarás pensando? —inquirió su guía, que ahora hacía de maternal enfermera.
El único asunto era ese: que ella no había hecho más que cuidarlo. Claro que podía imaginarse una conspiración: desde su sitio de niñera, amada por la futura jefe de las familias, la había presionado tanto que la había obligado a renunciar. Luego, la había convencido de matar al menor, y ahora venía a terminar el trabajo, despacio para no ser descubierta. Pero, aunque parcialmente correcto, aquel pensamiento era fácil de rechazar para él: su tutora era una persona muy legal, y era cierto que tenía aprecio por ellos. No necesitaba hacer algo así. Además, ¿quién en su sano juicio querría ser jefe de las familias? Desde su situación él creía que nadie.
¿Qué pasará si me muero?
Sería mejor que no nos dejes todav... —perdió toda secuencia de sus pensamientos cuando su protegida pareció entrar por la puerta del cuarto— ¡Agatha! ¿Qué hacés aquí?
Mi hermano no llegó a la tienda para quitarme de nuevo mi magia. Ni siquiera ha estado restringiéndome, así que adiviné que estaría enfermo y vine a visitarlo —mintió con absoluto descaro—. ¿Una recaída, Al? Se honesto conmigo, ¿mejoraste y luego volviste a enfermar?
Él miró de una a otra sin responder, pero la sospecha en su mirada era suficiente para su hermana. Por si acaso no lo era, el personaje aclaró: “Yo se lo dije, porque parece que le interesa tu vida”, esperando que así el muchacho respondiera. Pero él no dijo nada aún entonces.
¿Qué insinuás? —exigió saber la que había sido su niñera.
Creo que lo sabés, Genieve. ¿Siquiera te detuviste a pensar que yo iba a estar lo bastante molesta como para venir y delatarte? ¡Ah, claro! Te atenés a la idea de que nadie le va a creer a la traidora. Les voy a decir ahora, entonces. A ver si te nombran sucesora cuando...
Decímelo a mí, ya que estás tan decidida —sugirió el enfermo—. ¿O piensan conversar mucho más como si yo no estuviera?
¿No te preguntaste como dominé a aquella chica?, ¿con que magia?
Ah, que Genieve no estaba reteniéndote —comprendió el mago, un poco decepcionado—. Ya me lo suponía.
Llegó a proponerme que me liberara. Luego podía irme. “Nunca será lo mismo con tu hermano debilitándote”, decía, como si nunca hubiera pensado siquiera que yo podía matarte. ¡Y seguro que te desalentó cuando me acusaste! Pero sabía que acabaríamos enfrentándonos.
¿Genieve? ¿Tú podrías...?
¡Intenté que abandonarás! ¡Pero no te interesaba aprovechar tu magia ni nada! Luego apareció la chica, y pensé que si te enamorabas de ella, renunciarías para poder casarte. ¡Pero no! Tu hermana hubiera hecho todo bien, pero no era lo bastante responsable. Y tú, todo lo contrario. ¡No me dejaron opción!
El mago negó con la cabeza, decepcionado, antes de echarle en cara su estupidez a la que se suponía era su amiga:
Tenías una opción. Sólo tenías que pedírmelo. No renuncié porque creía que no podía. ¿En serio te parece que podrías ser buena como jefa? Porque yo tengo mis dudas sobre tu habilidad para tratar con otras personas. Agatha, mi tío está en el segundo cuarto de huéspedes.
Era una instrucción sencilla: “ve al cuarto de huéspedes y dile todo a él.” Raúl se haría cargo. El muchacho aún no digería el hecho de que Genieve era tanto o más poderosa que él y su hermana, además, él pensaba que sus preciadas reglas le impederían usar toda esa magia para confrontarlo a él o detener a la exiliada.
Pero, si así fuera, no había organizado todo aquello en un comienzo. Agatha, que obedeció con cierta aprensión de dejar a su hermano con la asesina, no fue capaz de abrir la puerta. La hizo pedazos y tras ella encontró que la pared carecía de boquete. Miró a su niñera comprendiendo que no saldría de ahí tan fácilmente. Aún imaginando que algo intentaría la otra, decidió transportarse con magia.
Tuvo que soltar un quejido cuando estuvo a punto de partirse en dos: la habilidad que intentaba utilizar no estaba funcionando normalmente. Sólo le quedaba romper la pared, pero antes de intentarlo descubrió que a su alrededor la temperatura descendía muy rápido y el aire se volvía venenoso. Tomando su oxígeno de cualquier otra parte, intentó mantener la calma y pensar en lo que haría. Su hermano intentaba ayudar, pero no estaba en condiciones de hacerlo.
Había dos personas más en la casa: una real, una ficticia.
Aaron no iba a meterse, pues tenía sus propias actividades que realizar. Raúl estaba decidiendo qué haría si comprobaba que Genieve estaba atacando a su sobrino, pero había escuchado la puerta destrozándose, lo cuál era, según él, evidencia suficiente de que la niñera sí estaba en algo turbio y que tendría que improvisar porque ya corría prisa.
Intentó escuchar antes de entrar a la habitación sin puertas, pero no consiguió gran cosa. Intentó ver desde fuera, y le sorprendió encontrar tres personas en lugar de dos. Desde luego, antes que nada, pensó lo peor de su sobrina. No se podía ver con claridad ni durante mucho tiempo con aquel método; así que se limitó a adivinar que podía estar ocurriendo.
No le hacía ninguna gracia entrar ahí, pero tenía que hacerlo. Además, no tenía sentido que ellas dos se tomaran tantos trabajos para matar a un mago tan cansado. Quizá no estaba en las peores circunstancias. Después de todo, Agatha había perdonado antes la vida del futuro jefe.
Se trasladó con magia para entrar, y sólo al estar frente a las dos brujas, vio que la más joven tenía muchas heridas pequeñas y profundas.
¡Genieve es la que planeó todo! —le advirtió su sobrino, de inmediato.
Y si ellas peleaban, eso convertía a su sobrina en una aliada. Muy bien. Hubiera preferido a la mas fuerte, pero era mejor que nada. No obstante, en un segundo cambió de parecer. Tal vez “nada” le habría servido para lo mismo, después de todo, él también empezaba a presentar las pequeñas incisiones, no sólo en la piel, como había notado al ver a su sobrina, sino también en algunos organos internos que le harían mucha falta.
Confrontó a la mujer a pesar de la evidente desventaja, sin dejar de preguntarse a que había venido Agatha si no iba a servir de nada. Ella sólo seguía perdiendo sangre a través de sus pequeñas cortadas, preocupando al enfermo en lugar de protegerlo.
Sin embargo el enfermo había descubierto que ahora era capaz de encontrar y destruir a esas criaturas similares a gusanos que habían surgido a partir de los restos del monstruo que había plantado su hermana. Y esperaba sentirse más fuerte cuando acabara con esa tarea. No estaba, tampoco, demasiado preocupado por la exiliada: ya la había visto antes haciendo lo que hacía ahora y sólo podía desear que tuviera éxito en su proyecto de destrucción.
Aunque destruir no era lo que hacía ahora la joven. Lo que hacía en lugar de sanar sus propias heridas, era lo que antes había hecho contra su hermano menor. Pero debía crear una bestia mucho más letal y rápida, puesto que contaba con que su niñera fuera capaz de librarse de esta si le daba tiempo.
Con el tío Raúl a cargo de distraerla, todos menos él mismo se sentían confiados: el que sería jefe si sobrevivía, la que había decidido no serlo, y la que mataría a sus seres queridos por el puesto. Todos pensaban tener posibilidades; la última, creía que ya tenía el asunto ganado y no estaba esforzándose tanto como el personaje de novela quería que lo hiciera. Es que la moralista no usaría ni un poco más de magia que la necesaria y creía estar dando suficiente ya.
Un agudo dolor cuya fuente no pudo identificar la sacó de su error.
Días atrás, cuando llegó a la casa y revisó el estado del joven mago, Genieve había entendido poco del parásito que casi lo había matado; seguía sin comprender ahora que algo un tanto peor intentaba matarla. Pero aún las criaturas vivas eran afectadas por lo que le pasara a quien había invertido magia en ellas, de modo que Genieve atacó, no al monstruo sino a la que lo había memorizado de una fantasía infantil y no tenía reparos en darle vida cada vez que hiciera falta.
No era realmente necesario exagerar en la aplicación de la magia: la muchacha ya tenía un pie en la tumba por desatender su propia salud, bastaba un pequeño empujoncito. Pero su segunda madre se disponía a dar un golpe superlativo.
Aaron contuvo la respiración. Por fin había llegado el momento para el cual había venido: la bruja más poderosa con vida iba a usar su magia como era debido por primera vez. Y ahí estaba él, en primera fila. Sin embargo, sus entusiasmo desapareció de forma repentina.
El crujido de huesos rompiéndose tomó a todos, excepto a Raúl, por sorpresa. Una fuerza invisible había roto el cuello de la maquiavelica bruja.
¿Tío? —adivinó Alfred, que ya no tendría que seguir matando invasores en su torrente sanguíneo ahora que decaían por la muerte de quien les había dado vida.
¡Buen rato llevaba ya intentando hacer eso! —admitió Raúl— Quien la viera toda ingenuota no se imaginaba lo bien que sabe montar una defensa.
Si no se hubiera desmayado en ese momento, Agatha les habría dicho que nada tenía de ingenua su tutora.

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