lunes, 17 de diciembre de 2012

El malo del cuento. Capítulo 18




Rencores



¿Qué? ¿Pensás que no puedo darle vida a un parásito?¿Mi tío Raúl debería evitar que yo use al monstruo de mi armario para que te coma de dentro hacia afuera? —se burló la hermana mayor—. Está cansado, me parece. No puede conmigo.
El mago se llamó tonto en muchas formas distintas por no haber pensado en eso. ¡Pero es que para él se trataba de un esfuerzo tan moderado! Aún cuando hacía la parte más difícil: evitar que su hermana se impusiera sobre los cuatro magos asignados para imposibilitarle el uso de la magia en todos sus niveles y expresiones.
Tratando con un mago normal, con magia heredada por una sola vía, dos o tres magos más fuertes que el exiliado bastaban para realizar aquel proceso. Pero ¿quien podía ser más fuerte que un mago por ambas líneas sanguíneas? No porque no hubiera sangre sin magia en esta persona, pues algún abuelo o bisabuelo común sin tal cualidad debía tener en su árbol; era la suma de ambas familias lo que daba como resultado una persona muy superior al mago común.

Por eso había sido difícil disciplinarla cuando era sólo una niña, y por la misma razón era muy importante arrebatarle todo uso de la magia al exilarla. Pero para conseguir aquel prodigio, hacia falta que ella no fuera tan superior. Y Alfred tenía que ocuparse solo de aquella tarea, porque no habían otros magos de su condición disponibles. Al parecer las dos familias no eran muy dadas a unir lazos por medio del matrimonio en aquellos días.
Al final, no me va tan mal, ¿no te parece? —comentó la exilada, mientras veía a su hermano menor a punto de desmayarse, ahora tendido en la alfombra, como cada vez que había peleado con ella cuando eran niños— Creí que se había ido todo al traste cuando perdí cualquier conexión con la chica. Si no fuera porque ella misma me devolvió el brazalete, hubiera pensado que mi tío lo rompió y que ya debía estar sacándole la verdad. No importa lo que haya pasado, el caso es que algo habrá hecho la muchachita en último momento, porque de pronto yo estaba libre...—una expresión ausente acompañó a su silencio antes de que agregara, pensativa— Claro que ni sus agallas ni su poder de incendiar todo venían de mí. Una rara coincidencia. Nunca supe que rayos era ella...
Alfred no estaba escuchándola realmente, porque le interesaba más reunir fuerzas para matar al parásito. Pero alguien oía.
Aaron los había encontrado.
La chica que había visto un monstruo en su colección de cordones de zapatos, iluminados por un relámpago en una noche muy oscura, y el muchacho que había apoyado a Abigail en casi todos sus bloqueos con la novela, eran el tipo de personas que colaboraban sin saberlo para que Aaron pudiera afectar al mundo real.
Pero no intervino.
No era necesario, porque pronto habría terminado todo y la bruja dejaría de meterse con Abigail una vez que pudiera usar su magia libremente. Aunque no lo hiciera, él ya sabía como sacar a la escritora de aquel asunto de magos.
El coleccionista de habilidades se limitó, pues, a observar. Le agradaban los métodos de la persona que había interrumpido sin querer la creación de su novela. Violenta, pero limpia. Además era efectiva, pero ahora perdía demasiado tiempo. Él ya lo habría rematado; con un cuchillo de cocina, si es que tan débil había quedado después de crear al monstruo. Se le ocurrió que podía ser sadismo, ¿por qué más se quedaría ahí mirándolo morir? Él no hubiera humillado así a ningún oponente, y menos a su pequeña, por ejemplo.
¿No es irónico? —ella se sentó, de rodillas, frente a su semi consciente hermano— Si no hubieras decidido pelear conmigo, yo nunca hubiera llegado tan lejos. No quería matarte y no era necesario. Mi tío iba a ser el último. Yo nunca hubiera vuelto a ser la misma de antes, pero bastaba. Igual con Greg... no quería hacerlo. Pero ¿te imaginas lo que me habría hecho mi tío al descubrirme? Tenía que ser capaz de defenderme, así que mi tío debía ser el tercero. Pero... la segunda vez que mandé a la chica... estaba decidida a no intentarlo una tercera. Sólo que no hizo falta.
Estaba conversando demasiado para el gusto de Aaron, quien además encontraba fastidiosos sus argumentos. Según el villano de cuento, si decides matar a alguien es porque tu voluntad ya derrotó a las ganas de verle con vida, así que todo ese arrepentimiento le parecía ridículo.
Pero aquí estamos. Una sola muerte, y tendré todo. Me tocará mudarme... desaparecer. Y nunca más se meterán conmigo. No era lo que había planeado, es mejor... salvo porque no quería que murieras —estaba decepcionada, no feliz, y de pronto se le ocurrió una idea, una sencilla y absurda idea... Tenía que intentarlo— ¿Y si te salvo? Me dejás libre y yo te dejo vivir. Todos felices.
El muchacho dijo algo que ni la testigo real, ni el ficticio, pudieron entender: “¿Se lo preguntaste a Greg?”. El mago suponía que la respuesta a su propia incógnita era “no”, pero de haberlo hecho, era evidente que Greg se había negado.
¿Qué decís? —quería saber la bruja.
Él no intentó repetir su duda, en cambio respondió:
No quiero.
Apenas, ella comprendió. Y rompió en llanto:
¡Por qué me hacés esto! ¡Yo te quiero! ¡No me obligués a matarte!
Nunca había sido una hermana amable, pero él no ponía en duda su sinceridad en esto. Era sólo que el afecto de alguien como ella, no era gentil. Ella no era gentil.
No sabía como responder, ni como hacer que contuviera sus lágrimas o al menos dejara de gritarle. Así que mejor volvió a sus esfuerzos inútiles por destruir a la criatura que se lo comía. No tenía caso, estando extenuado por el intento de eliminar la magia de su hermana.
El rumbo que había tomado el conflicto decepcionó al personaje que les acompañaba en silencio. Pero aún así no intervino. Las palabras pueden resolver problemas, o empeorarlos. Aún había esperanzas para sus propósitos, entonces.
¿Por qué me tenías que traicionar? ¡Todo esto es culpa tuya, enterate!¡Aceptaste quitarme mi magia, mi libertad! ¿Por ellos? ¡Te odio!
No fue... por.... —hubiera querido sonar disgustado, pues aquella acusación era ofensiva, pero bastante le costaba sólo hablar— Creí que me.... que no te ir-rias sin...tu ma-gia.
Serás idiota. ¿Intentabas presionarme? ¿También vos?
No como los demás —confesó, tomando grandes bocanadas de aire entre una palabra y otra.
¿No? ¡Ibas a extrañarme! Mirá como estamos: es evidente que podíamos vernos. Si no querías tomar el autobús, siempre podías usar magia. Romper una sola regla no ha de ser tan dañino.
Y tampoco que las rompa una sola persona. Por eso ella no sentía que causaba tanto daño al usar su poder como si no hubiera leyes. No acababa de comprender que el problema era la suma de tanto, aunque Genieve se lo había explicado desde muy pequeña, así como le había contado que las leyes eran el legado de generaciones antiguas que habían estado cerca de destruirse a si mismas por abusar de su poder. Había pasado tanto tiempo desde entonces, que los medios “permanentes” usados para registrar aquellas verdades se habían destruido uno tras otro. Mucho se había perdido en las guerras entre familias, otro tanto por efecto del tiempo. Incluso algunas leyes se habían olvidado, pero debían cumplir con las que conocían. Por su bien, el de los no magos y el del delicado equilibrio de su entorno.
Esa era la versión que Genieve creía por sobre cualquier cosa; la verdad que le había enseñado a su pupila. De ahí venía la rabia mutua entre la tutora amante de las leyes y el tío cínico, una rivalidad que había empeorado cuando Genieve fracasó en sus intentos por transmitir tan importante información al muchacho que se convertiría en jefe al no estar Agatha, porque él estaba convencido de la teoría de Raúl.
Por desgracia, era tarde para enseñarle al chico lo que Agatha había aprendido en sus veinte años de vida. Pero, cinco años más tarde, él había desarrollado un sentido de responsabilidad que no hubieran podido imaginar nunca. Todos estaban conformes; aunque Genieve seguía pensando que al morir el jefe actual, su ya degradado sistema sólo empeoraría. La gente se tomaría libertades inútiles y el caos finalmente les alcanzaría; no por obra de su nuevo pupilo, sino por la ausencia de alguien estricto que corrigiera el libertinaje de la época.
Era una lástima que le faltara la convicción, teniendo el caracter. Ese que lo había llevado a agonizar en la alfombra de su sala; pero nada tenía que ver con la decisión de ayudar a desterrar sin magia a su hermana mayor.
No era eso tampoco —susurró el muchacho.
¿Y entonces?
No quería tu lugar.
¿Mi...?
Por esa época yo ya sabía que ser el jefe de las familias es una pesadilla —suspiró. En casa, tendido sobre su espalda y con los ojos cerrados, la confesión parecía muy sencilla—. No sabía ni lo que tenía que hacer, pero si vos no podías, yo menos.
¡Y me fastidiaste por eso! —gritó la mayor, poniéndose de pie y caminando varios pasos lejos de él.
¿Yo? —se indignó el joven mago que empezaba a sentarse sobre la alfrombra— ¡Vos me fastidiaste a mí! ¿En serio no te das cuenta?
¡Me quitaste mi magia! ¡No tenés idea de lo que es invertir horas en cosas que se desarmarán en un instante! —se dio la vuelta mientras volvía a gritarle; por algún motivo estaba tocando su cabello despeinado mientras tanto.
Él se levantó rápido, y mientras caminaba hacía ella, también alzó la voz:
¡Me quitaste mi vida! ¡Vos sos la que no tenés idea de nada! ¿Querés hacerme sentir culpable porque tenés que esforzarte para tener que comer? ¡Greg lo hacía! ¡Todo el mundo lo hace!
¡Tuve que aprender a hacer todo de nuevo, porque me quitaron lo único que conocía!
¿En serio me querés impresionar diciendo que tuviste que aprender a limpiar tu ropa y hacer tu comida? ¡Yo tuve que aprender las leyes, el protocolo y la historia de las familias! ¡Y nunca en la vida voy a estar listo para ocuparme de ellos! ¡NUNCA! No tengo más opción que hacerlo pero no sé cómo. Lo intenté realmente, pero no es para lo que fui educado, ¡esa eras vos, maldita irreponsable!
Estaban tan molestos que se hubieran podido matar el uno al otro sin quererlo, pero ya no tenían fuerzas para eso; así que sólo seguían viéndose con rabia, a dos pasos de distancia. La mayor incluso parecía demasiado cansada para seguir discutiendo. Pero era la sorpresa lo que la había dejado muda. Éste era un conflicto que no sabía que había causado.
¿Por qué no me mataste también? —inquirió él, todavía con rabia en la voz pero ya sin gritar— Quizá me hubiera ido mejor así. Y bastante te costó hacer ese bicho.
Ella sonrió, divertida y avergonzada a partes iguales.
Supongo que no podía verte morir. O matarte. Sos mi hermano pequeño, después de todo.
Tonta.
El tonto sos vos. Podías renunciar. Yo pude, y vos no necesitas tanto la magia.
Já. ¿Según vos me van a dejar? —ahora él se sintió con derecho de burlarse— No hay nadie a quien yo le pueda dejar el bulto.
¿En serio te comés el cuento de que sos el único con dos lineas de magia? Sos tan ingenuo que no sé de dónde te quiere tanto mi tío Raúl.
Pero...
¿Sabés lo que hacen los jefes con la regla de no tener familia? Nada. Ni siquiera la escuchan. Claro que no dicen nada sobre sus hijos. Burlarse de una ley o de dos no es gran cosa, ¿verdad? Y, ¿sabés lo que son los hijos cuando ellos se meten con parientes lejanos? Más de lo que somos nosotros.
¿Estás haciendo tu propia teoría o...?
Los jefes se pasan la lista en secreto, por si acaso hace falta revelar la verdad cuando ya no estén los padres. Ya sabes, una lista escrita a la que van agregando nombres... los tachan cuando mueren. A veces hacen una lista nueva...
¡Él te dio la lista!
Cuando salí a mi libertad. Y supongo que ahora será inteligente y va a esperar que renunciés a la tuya. No es que hayan tantos, tampoco. Después de todo, la gente se hace líos pensando en el parentezco, como sí no viniéramos todos los humanos de un mismo tronco. Si no se ha muerto doña Ivanna, son tres.
Doña Ivanna sigue usando magia para no acabar de morirse. Ahora entiendo por qué le funciona. ¿Alguien más?
No es que tengás que nombrarla vos, pero yo diría que la mejor opción es Genieve.
¡Genieve!
¿La niñera?”
¿Quién dijo eso? —la exiliada se dio la vuelta y encontró a cierto personaje de novela sin terminar, muy cómodo en el sillón que estaba junto a la chimenea sin fuego.
Aaron soltó una carcajada. Le encantaba esa mujer. Lo había escuchado de inmediato, no tenía límites, era eficiente y sabía lo que quería. Si no se hubieran conocido en tan malas circunstancias, hubieran podido divertirse mucho juntos antes de matarse por alguna rivalidad sin importancia. Sí, estaba dispuesto a dejar pasar el detalle de que era tan indecisa. No todos podían tener la frialdad que le había dado Molly a él.
Deberías irte ahora, antes de que llegue alguien o se reponga tu hermano. Y más te vale pensar con calma en las razones por las que empezaste a matar gente. No tus objetivos, no; eso está muy claro. Ese “maravilloso” plan de matar a tu familia y amigos, reevalúa de dónde vino y a dónde te está llevando.”
Y, como de costumbre, el personaje tomó una ruta de empatía que lo sacó de ahí sin más. 

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