domingo, 16 de diciembre de 2012

El malo del cuento, capítulo 17





 Tal como antes



Pasaban tanto tiempo cómo podían juntos, aún cuando Aaron El Malo les había advertido que si Abigail actuaba extraño no debían intervenir. Sentían que lo correcto era apoyar a su amiga, aunque no pudieran aportar demasiado. Además estaban cómodos juntos aunque no estuvieran escribiendo. Excepto Alan. El muchacho estaba inspirado después de haber oído a Aaron hablando sobre los magos reales, parecía que no le bastaría todo el papel del mundo.
¿Molly?
¿Sí, Aby?
¿Estás preocupada por él?
¿Cómo así?
Bueno, él no dijo nada específico, pero... si todavía sé algo sobre Aaron... Va a ir a buscarla.
¡Exacto! —terció Ana.
Pero la autora del atrevido personaje no pareció comprender una palabra de lo que decían. Desde el escritorio de Molly, Alan explicó:
Va a enfrentar a una bruja de verdad. Una que mandó a matar a su propio tío. ¿No te preocupas por él? Casi enloquecés el día en que Aby quemó el cuaderno.
Pero es que creía que se había desaparecido...
¿Y no has pensado que lo puede desaparecer la bruja? —poco le faltaba para ser un reclamo a esa pregunta de la mala observadora Ana.

No creo que pueda.
¿En que novela andabas cuando Aaron dijo que ella es lo bastante fuerte para “afectar toda materia existente”? —insistió aquella escritora sin tacto.
Pero aquel recordatorio de la última conversación que tuvieran con el personaje no impresionó a quien lo conocía desde que era sólo una idea sin nombre.
Lo que pasa es que no creo que Aaron tenga materia —declaró, encongiéndose de hombros.
El móvil de Molly emitió un sonido similar a vidrio rompiéndose, que llamó la atención de los cuatro. La responsable den extraño gusto en materia de timbres, revisó el mensaje y murmuró “Aaron”.
¿Ahora usa celular...? —inquirió Ana.
No. Es el otro Aaron. Pregunta si estoy enojada con él. ¿Será que me ha estado llamando...?
Había estado ignorándolo sin darse cuenta.
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Agatha estaba saliendo de la tienda cuando llegó Alfred. Ya había oscurecido pero la iluminación del centro comercial era excelente, así que ninguna sombra estuvo de parte de su hermano. Sin embargo, sí había alguien ahí a quien ellos dos no podían ver. No todavía.
Al.
Agatha, tenemos que hablar.
¿Ahora a quién se supone que maté?
No vine a preguntarte, y no vine con sospechas. Sé perfectamente que...
¡Ya dejá de meterte conmigo para todo!
¡Vos dejá de meterte con los demás!
No estoy hacien....
Se interrumpió repentinamente cuando cambió todo a su alrededor. Acababan de hacer en segundos un viaje de muchas horas.
Cambiar de ubicación era magia complicada, que exigía tener muy claro el destino y asegurarse de que este no estuviera ya ocupado, además de implantar las ilusiones correctas para que los testigos los vieran irse en lugar de desaparecer, y llegar por alguna puerta o camino, en lugar de aparecer de la nada. Pero para la gente que tenía tanta magia en la sangre como Alfred, era un esfuerzo insignificante.
En un instante se encontraban en la casa en la que habían crecido. Ahora estaba vacía, pues su padre estaba trabajando y los únicos sirvientes habían sido las niñeras de ambos hermanos. Además, al individuo ficticio que había estado siguiendo a la exiliada le había faltado tiempo para seguirlos. Y dado que Alan se había opuesto, como siempre, a darle la habilidad de vencer las distancias con el pensamiento, el personaje no tendría más remedio que seguir sus rastros; al menos eran huellas muy frescas y llamativas.
¿Por qué me traés aquí? —reclamó la bruja.
Porque no estoy seguro de hasta donde llegará esto.
Así que planeás hacer algo ajeno a esa gente. ¿Me vas a atacar para que te diga lo querés oír?
Te voy a atacar sólo si hace falta. Para que dejes de hacer lo que estás haciendo.
¿Matar amigos y familiares? —se burló la mayor.
No me recordés lo espantosos que han sido tus... actos. No hay forma de convencerme de que no hiciste nada. Porque a diferencia de mi tío, yo sí sé que es mentira eso de que no has recuperado tu magia.
¿Cómo lo s...? —guardó silencio y una expresión de contrariedad se dibujó en su rostro. Había metido la pata y sabía que tratándose de Alfred, ya no había forma de sacarla.
Ajá. No puedo evitar decirlo: no lo sabía. Ahora sí lo sé. También creo que ese día que te hablé de Greg, si lo lamentabas. Pero, tuviste que hacerlo, ¿no es así?
No lo hice yo...
Mentiste antes y mentís ahora. ¿O te referís a que mandaste a otra persona?
Agatha no era una mala mentirosa, pero tampoco tenía paciencia para guardar un secreto frente a su insistente hermano.
Bien. ¿Es esto lo que querés? ¿Hacerle el juego a las familias?
¡Yo me hubiera puesto de tu parte si hubieras intentado escapar hace cinco años! —aseguró el mago, indignado— ¡Me hubiera puesto de tu parte hace unos meses! Pero esto no tiene nada que ver con las familias. ¡Mataste a dos personas a las que quiero y vas detrás de dos más!
Sólo pensarlo era suficiente para querer lastimarla. Aunque fuera su hermana. Aunque hubieran sido tan unidos alguna vez, hace años.
Alfred, estás... —comenzó ella, sorprendida.
¿Por qué de pronto decidiste que sí querías tu magia? —el menor no estaba atento a los pequeños descubrimientos que pudiera haber hecho su hermana en aquel minuto.
Ella se ahogaba. Pero, se sintió mejor cuando le hubo quitado a su hermano la capacidad para alejar el oxígeno de ella.
¡Siempre quise conservarla! —como apenas recuperaba el aliento, levantar la voz se le hacía difícil; pero no podía evitar aquel impulso estando tan disgustada—¡Ustedes me hicieron elegir entre mi magia y mi albedrío!
Y vos elegiste el camino de los caprichosos. ¡Ahora date gusto!
¡No puedo! ¿No ves que no sé vivir sin magia?
Había sobrevivido cinco años. Pero, ¿que importancia tenía eso si era una vida con ataduras nuevas? Ella quería libertad, ni más ni menos. Pagar las cuentas mes con mes era tan irritante como tener que resolver disputas internas como jefe de las familias como a ella le esperaba si hubiera elegido quedarse con los magos.
¡Pues vas a tener que aprender! —le exigió su hermano.
No. No tengo que hacerlo —respondió ella, divertida—. Voy a tener lo que quería: mi magia, mis reglas.
No a costa de la vida de mi tío y de Genieve. Es maś: después de lo que hiciste, no voy a dejar que vayás por ahí con tantas libertades. Tan simple como eso.
Ella se rió ante semejante aseveración. Se tragó las ganas de decirle a su acusador que había mucho que él ignoraba: para “tener todas esas libertades” sólo necesitaba vencer a una persona; una que se le había servido en bandeja de plata, creyendo que llevaba la ventaja porque ella sólo tenía la mitad de su magia.
Mientras su hermana decidía como matar a la última persona a la que hubiera querido quitarle la vida, Alfred no se sorprendía demasiado por su risa. No era cosa nueva que se burlara, después de todo, ella había pasado catorce años enseñandole cosas para las cuales él no estaba listo. La familiaridad de aquella situación impidió que él descubriera lo que había de raro en ella. ¡No se suponía que su hermana estuviera adelante de él en está ocasión! El dominaba los cuatro rangos de la magia, ella no.
No vas a detenerte —fue lo único que comprendió en aquella risa.
No creo. ¿Por que no intentas obligarme? —ella no tenía porque explicarle nada.
Raúl le había ayudado a su sobrino a descubrir que la razón por la que ella siempre podía burlarse, era que él iniciaba: atacaba primero, saltaba primero, tomaba el primer bocado... y ella lo superaba si le iba bien, o se reía si le iba mal.
Pero algunos no aprenden.
Y el muchacho se dejó arrastrar al desafío demasiado pronto, intentando lo imposible, como cuando era un niño y creía que su hermana siempre tenía razón.
Lo imposible, en esta ocasión, era arrancarle por completo la magia a Agatha. Y la inviabilidad de aquella tarea no estaba ni en la infinidad de magia que corría por aquellas venas, ni en las limitaciones del muchacho para destruir habilidades. No, de ser esas las únicas variables, aquello no habría pasado de exigir un buen descanso al acabar.
El asunto era que mientras él hacía una de las pocas tareas que le requerían un esfuerzo mayor, la otra no iba a estar haciendose la manicura.
Las primeras manifestaciones de resistencia de Agatha fueron fáciles de manejar. Inició con débiles intentos para quitar el suelo bajo los pies del mago, que no provocaron más que un par de temblores y la debilitación de la estructura de aquella casa antigua que seguía en pie a fuerza de reparaciones mágicas. Alfred fue incapaz de mantener el equilibrio y pronto se vio de rodillas en el suelo de su sala. Nada nuevo, nada demasiado distractorio. Siguió en lo suyo y también lo hizo su hermana.
Estática. Una de las armas más poderosas de ambos. Sabían como hacer daño con ella y era bastante sencillo. Cuando comprendió que su oponente estaba comenzando a reunirla, el mago tuvo que preocuparse. Si hubiera estado quitándole cada una de sus capacidades mágicas, habría bastado con iniciar por aquella habilidad. Sin embargo, no era eso lo que hacia; el resultado de eso sería una joven bruja de doble sangre que no sabría usar su potencial, pero podría aprender. Lo que él pretendía era mucho más rádical: que su hermana no tuviera magia.
Tuvo que poner parte de sus energías y concentración en detenerla, pero para su propia sorpresa, fue sencillo. Su hermana no parecía tener la misma fuerza destructiva que él conocía. Y no se trataba de su magia, sino de su conducta.
Cuando tenía magia y vivía en aquella misma casa, la chica le había dado muchos dolores de cabeza a sus familiares y tutores. Genieve era la única que podía convencerla de bajar de los arboles, volver a ser visible o dejar de torturar a los otros niños de la cuadra que aunque fueran mayores carecían de la fuerza para encontrar divertidos los juegos de la brujita. No era maldad lo que la poseía, sólo tenía demasiado poder. Su adolescencia había sido un infierno para todos los que le rodeaban excepto tres: Genieve, que sabía ser firme con ella sin perder la dulzura; Gregorio, que llegó a pensar que quizá, tenía oportunidad con ella; y el hermano menor que al fin había entendido que las bromas pesadas y los desafíos absurdos eran cosa de cariño. Este último no encontraba tan terribles los excesos de Agatha, teniendo tanta magia como ella y un caracter tan pasivo que hacía de dique para el oleaje que era ella.
Cuando se fue, sin magia alguna, Agatha tuvo que cambiar la forma en que enfrentaba la vida. Pero sus nuevos métodos fueron tan violentos como lo habían sido siempre.
Y ahora, a pesar de saber que su magia dependía de ello, estaba midiéndose. ¿Acaso no sabía que para vencer a alguien cómo Alfred hacía falta un ataque preciso y poderoso?
Alfred habría supuesto con gusto que su hermana estaba siendo cuidadosa porque conocía sus limitaciones, pero le costaba creer que hubiera cambiado tanto en sólo cinco años.
Lo hubiera entendido si hubiera prestado más atención al asunto de “pagar las cuentas” que tantos dolores de cabeza le causaba a la gente sin magia. La bruja irresponsable ahora era una excelente administradora. Y sí que sabía lo que hacía falta para liquidar a su hermanito.
Sólo que un ataque así de preciso y poderoso no se realizaba en un segundo, y si ella se quedaba viéndolo fijamente sin hacer nada, él sabría que ella estaba en algo, y pronto averiguaría qué, así como ella había averiguado lo que él hacía.
Tras varios minutos de afectar la estructura del edificio, meterse con la estática, dejar caer la lampara central de la sala, enrarecer el aire y lanzarle adornos a su hermano, Agatha dejó a un lado las distracciones.
Alfred no había llegado ni a la mitad de la ejecución de su tarea cuando descubrió que algo iba mal. No con su trabajo, su hermana o la casa vacía. Era algún punto, o muchos, dentro de él. Algo que no pertenecía ahí estaba... moviéndose.
No es posible —murmuró, sorprendido y asustado.
El inquilino mordió. En no menos de veinte puntos distintos, que incluían órganos delicados como el corazón y los pulmones, pero sobre todo venas y arterias. La única razón por la que el dolor no lo derribó, era que nunca había llegado a ponerse de pie después de los temblores del suelo; no le hacía falta y sentado en el suelo le había resultado más fácil mantener el equilibrio.
Nada podía saber el muchacho sobre aquellas criaturas(si es que eran tales), excepto que microscópicas no podían ser, con mandíbulas tan fuertes. Tampoco hubiera podido imaginarse que ni siquiera eran varias. Sólo era un parásito con muchas mandíbulas y aún más nervios delgados que las conectaban y que crecían a costa del mago.
Poco a poco, aunque su situación empeoraba, el dolor disminuyó. O él estaba adaptandose, o este bicho estaba sedándolo.
Tú es-tás...—logró hablarle a su expectante hermana— Tú n-no... tienes...

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