lunes, 10 de diciembre de 2012

El malo del cuento. Capítulo 16





  "Cuento tres y ya van dos”



Cuatro escritores y el villano de su novela discutían en casa de Molly.
Las dos creadoras de anclas habían llegado ahí después del desagradable encuentro con Raúl, y de inmediato la anfitriona había llamado a los otros dos mientras la invitada se tomaba la primera cosa apetecible que encontró en el refrigerador. Usualmente ella no era tan confianzuda, pero no estaba sintiéndose muy bien y ya conocía todo en esa casa (y en la de Alan) como si de la suya se tratara.
Él personaje había llegado con Ana, puesto que sólo a ella podía encontrar mediante las rutas de la empatía, y se veía mucho más tranquilo que cuando dejara a su creadora con la palabra en la boca.
Pero al iniciar con las explicaciones, no había tardado en perder la paciencia:

¡No!, ¡no! Lo están enredando todo, ¡y es tan sencillo!”
Alan y su pretendida intercambiaron miradas de exasperación.
¡Pues explicalo con palabras sencillas, hombre! —exigió Molly, de buen humor.
Si ella lo había entendido mejor que los otros tres, aquellas eran buenas noticias.
¡Hubieras anclado al narrador si querías que te explicara el mundo!”, rezongó el villano ficticio.
A ver, a ver, nada más corregime —propuso Molly—. La bruja hechizó a Aby; Arleen quedó en el medio; y todo este tiempo ha estado haciéndole los mandados a la bruja.
Hasta ahí todos lo tenemos claro. ¡Hay que pasar de una vez a la parte de la habilidad que le quitó ese hombre! —exigió la impaciente de siempre— ¿Qué diablos era eso? ¿Lo recuperará?
El villano de la novela le dirigió una mirada de fastidio, pero no tenía caso: ella seguía sin verlo.
Pudo ser algo temporal, pero estoy casi seguro de que no lo fue. Abigail no va a recuperar esa capacidad.”
Sólo me ha traído problemas, de todas formas.
Eso fue una coincidencia desagradable, no es que tu habilidad no tuviera otras utilidades”, difirió el coleccionista.
¡Pero ocupás poder hacer personajes! —lamentaba el escritor— ¿O qué ahora no vas a...?
Muchacho, no hagás drama. Nadie dijo que nunca más va a escribir uno. Es lo de las anclas lo que ya no le sirve —explicó la autora de Aaron.
¡Y justo ahí es donde a mí no me cuadra esto! —exclamó Ana: no en vano había pedido que llegaran a esa parte de una vez— A ver, ¿no decís que Arleen se fue para siempre jamás?
Para siempre. En la historia existe pero...”
¡Cuándo vos te quedaste sin ancla no te fuiste para siempre jamás! ¿Acaso nadie más ve que eso no tiene sentido...?
Yo también lo vi —era difícil saber si el muchacho hablaba en serio, o sólo buscaba congraciarse con el objeto de su afecto.
No es el ancla lo que nos tiene en este mundo. Son las personas.”
¡Momento! —intervino Alan— Esto no es como la empatía, ¿verdad? No se trata de llegar y manifestarte como recuerdo o por medio de una idea. ¡Esto es incendiar casas!
En efecto, era distinto. Aaron recorría los caminos de la empatía como cualquier personaje, pero también podía caminar por una calle siguiendo a una persona que no se identificaba con él. Podía utilizar sus habilidades y ser percibido aunque fuera de una forma vaga. No era fácil, y dependía mucho de la imaginación y la percepción de la gente ante la cual se presentaba. En el caso de Arleen todo eso era posible sólo a través de su creadora. Era diferente según el personaje y el escritor que lo anclara. Qué hubiera un brazalete hechizado de por medio no había afectado ese pequeño detalle.
El asunto es, ¿cómo lo explico de modo que lo entienda una de las autoras que no podría hacer un ancla y...?”
¡Ni quisiera, gracias! —reaccionó Ana.
Ni yo quisiera estar aquí dando...”
¡No te vayas! —exigió su autora— Déjenme seguir. Digamos que cada personaje se mueve en algún tipo de plano. No es así cómo lo dijo Aaron, pero, es una forma simplista de decirlo, ¿no?. Estan juntos, pero cada cuál por su cuenta, en un plano imaginario desde el cual sus acciones no nos alcanzan, pero sí sus ideas. Y algunos escritores podemos hacerles anclas y traerlos aquí. Les permitimos algo más... tangible.
No sólo los escritores pueden hacer anclas. Y son sólo herramientas para traernos y para evitar que no andemos flotando por ahí haciendo lo que nos place. Lo que nos mantiene en este mundo, es la habilidad que hace que funcionen... una que está ligada a la imaginación y la perceptividad. ¿Ya está, o debo hacerles dibujitos a los niños?”
Aaron, no seas amargado. Más nos esforzamos nosotros en escribir tu novela.
No le agradaba mucho estar ahí dando explicaciones, pero todavía no tenía prisa y no hacía falta caer mal con la gente que escribiría su destino y bien podía decidir no hacerlo.
¿Y se supone que yo no tengo ese don? —comentó la joven que apenas podía saber lo que decía el personaje.
Claro que no. Te falta percepción.”
¿Y yo?
A ti te falta justo lo contrario.”
Bueno, es un poco triste —dijo el muchacho, y de pronto su optimismo habitual hizo acto de presencia—. Momento... ¡Entonces ya no vas a ser poseída por tu personaje, Aby!
¡Exacto! —apoyó la única que aún podía hacer anclas.
Ya decía yo que te veías feliz, Escritora. Lástima que no sea tan sencillo.”
¿Por qué no? —se quejó la afectada directa.
Porque el hechizo sigue sobre ti. Y sin Arleen...”
¡No! ¡Yo no voy a hacer nada de eso!
No puedes evitarlo.”
¡No tiene sentido! —exclamó la skater.
¿Para que la mandarían a hacer algo —menos exaltada, Molly puso en español lo que su irritable amiga pensaba—, si no tiene ninguna habilidad?
Por que no vienen de ella —respondió el escritor—. La bruja le dio habilidades a Arleen todo el tiempo, ¿no?
Mi pequeña las ignoró casi siempre, pues dominaba mucho mejor su propia habilidad. Pero a Aby le servirán.”
Entonces nada cambió —susurró la marioneta de la bruja.
Sólo una cosa: que ahora vas a recordar lo que hagas.”
¡Entonces, peor!
Alan, cuándo no vayas a decir algo bueno quedate callado —soltó la poco delicada Ana, quien era partidaria de resolver las cosas en lugar de lamentarlas—. A ver, vos tenías un plan, Aaron, y con lo que le hiciste, ese hombre debería poder oírte. Entonces, andá.
Sí, y a ver si lográs algun progreso antes de que le pase algo más a Aby —le ordenó su autora.
El personaje no estaba obligado a obedecer, pero tenía un par de razones para hacerlo. Aunque “su pequeña” ya no estuviera relacionada a todo aquello, estaba visto que aquellos cuatro perezosos no acabarían nunca su novela si seguían expuestos a distracciones como aquella.
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Tal como había temido Molly, el villano que ella había descrito y sacado del papel, había causado bastante daño en el blanco actual de Agatha. De hecho, había estado cerca de hacer el trabajo para ella.
Pero Raúl tenía sus métodos, si bien el que usó esta vez ya lo había usado Gregorio poco tiempo atrás y sin necesidad de marcar el número telefónico de nadie. Al cínico le toco temblar en el suelo de un callejón solitario, esperando a que alguien contestara el teléfono en casa de Genieve. Mientras tanto, pensaba en la ironía de que recordara ese número y no el del móvil de su sobrino. ¡Qué útiles todas esas llamadas de broma!
Aunque con lo bien que se llevaban, la mujer bien podía dejarlo morir.
Respondió su sobrino.
Estaba de suerte... siempre y cuando no contara el hecho de que su éxito destruyendo a Arleen había hecho enfurecer a Aaron el Malo al mismo tiempo que le ponía enfrente a una escritora, consiguiendo un enemigo más poderoso que la anterior. Un hecho que él no comprendía en lo más mínimo. Hasta donde él sabía, “algo o alguien le había atacado”.
Unas horas después de la llamada, ya estaba lo bastante repuesto como para empezar a preguntarse que era lo que había ocurrido.
Hechos: Lo había atacado una simple muchacha que usaba ciertas habilidades que no le pertenecían. Él le había quitado una cualidad que, a juzgar por los resultados, era la que lo permitía. Esas “otras habilidades” habían desaparecido. Y sin embargo... algo o alguien más había estado a punto de matarlo.
Preguntas: ¿qué era esa forma de magia que poseía la muchacha?, ¿quién era y para quién trabajaba?, y, sobre todo: ¿¡qué había sido lo que había alterado el funcionamiento de todo en su cuerpo!? No sólo había tenido rechazado sus propios riñones, perdido la sensibilidad en las piernas y tenido una subida de presión y una baja de azucar; ¡por un momento había perdido incluso su magia! Lo único con lo que podía contar uno de ellos en cualquier circunstancia, y de pronto no había sido capaz de utilizarla.
Este nuevo atacante pudo haberte privado de tus habilidades —opinó su sobrino.
Eso sería una forma de reducir las posibilidades —analizó el convaleciente—, después de todo no cualquier tonto puede hacerlo.
Pero tendríamos que ver los registros...
¿No crees que fuera alguien que conocemos?
¿Hablás de mi hermana?
No creo que fueras tú, y te garantizo que no fui yo.
Agatha no puede...
¿Estás seguro? Agnes estaba asignada a evitar que ella usara su magia con esos propósitos, y ahora que no está, ¿quién dice que no haya recuperado esa habilidad?
¡Que listo! Es verdad, puede usarla. Aunque, ahora que lo pienso, ya no puedo probarlo.”
¡Vos otra vez! —Alfred lo escuchó de inmediato, aunque al inicio no lo veía.
¿Qué?
¿No me escuchas? ¿Con lo te hice y no te das por enterado? ¡Eres peor que Haru! ¡Demonios!”
Era la segunda vez que el joven mago se percataba de la existencia de Aaron. Y ahora, como antes, la otra persona en la habitación no podía ver lo que él veía. No cabía duda de que estaba enloqueciendo. Esos mensajeros sin cuerpo eran una leyenda, nada más. Y él tenía encima el peso de la perdida de dos seres queridos, la imposibilidad de estar con la mujer que amaba y una responsabilidad que no quería. Era normal que perdiera la razón.
Pero...
¿Oíste eso?
... su tío también se percataba.
¡Vaya! ¡Al fin!”
¡Eso!
Sí. No es la primera vez, tampoco.
No entremos en detalles sobre mí. Yo no soy asunto de ustedes y no deberían ser asunto mío. Hablemos de la bruja. Sólo para que quede claro: mi pequeña no quería matar a nadie, ella la obligó.”
¿Alguna bruja en particular? —inquirió Raúl.
Mi hermana, al parecer.
Comprendo. Entonces, deberás disculparme, voz desconocida. Pero no estoy interesado en discutir los asuntos de mi sobrina con alguien de quien no se nada.
El hombre podía tener razón; quizá motivos muy importantes. Pero para el coleccionista de habilidades aquello sólo era un fastidio. Estaba harto de explicar como funcionaba su estancia en aquel mundo y hablar de sí mismo no era mucho más interesante.
Tu querida sobrina decidió matar a quienes la mantienen sin magia, y le está yendo de maravilla con eso. No me interesa, pero se ha venido a meter con las pocas personas que me perciben. Así que si ustedes no se ocupan de ella lo haré yo. Prefiero no meterme en lo que no es asunto mío y el asesinato no me divierte tanto como mi autora quisiera creer, pero mi paciencia tiene un límite”.
¡Ni se te ocurra matar a mi hermana!
Ya se me ocurrió, pero puedes evitarlo: tienes dos opciones. Una no te la voy a dejar muy fácil, mucho menos te contaré cuál es... La otra es que la pongas en orden tu mismo. Yo te recomiendo la segunda, pero, es sólo porque me conviene. Tienes hasta medianoche para decidir.”
Y con esa amable despedida, se marchó; pero no por donde había venido porque, aunque el rastro de Alfred era muy intenso, prefería seguir el de la persona a la que buscaba.
Me parece que habla en serio. Y es quien me puso en está situación lamentable, así que será mejor advertir a Agatha...
Advertirle no. Ya hice eso una vez. Tú mismo has hablado con ella. No entiende nada.
¿Entonces?
Supongo que tendré que ponerme serio. ¿Me echarás una mano?
¿Con Agatha? Asumiendo que sólo haya recuperado la mitad de su magia, podría. Pero no hoy, Alfred. Estoy sano pero rendido.

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