jueves, 15 de noviembre de 2012

El malo del cuento. Capítulo 13






Error argumental


Para cuando terminó de hablar sobre su ahora desaparecido personaje, Molly tenía un auditorio bastante hostil: una mueca burlona, una mirada de fastidio que ni siquiera se dirigía a ella, y un gesto de clara confusión; eso fue lo mejor que recibió.
Pero... si el libro hacía de ancla...—balbuceó el muchacho.
¡Y vos le das cuerda! —se exasperó Haru, acrecentándose su dolor de cabeza— ¿Es que estoy rodeada de locos? No existe tal cosa como personajes saliéndose de los cuentos, o ya se hubiera acabado el mundo.
No lo ponía en voz alta, pero su pensamiento predominante era buscar el teléfono de un psicólogo. ¿Dejar el proyecto y alejarse corriendo? Ni que también ella estuviera loca. Peores cosas le aguantaba a su casera, para seguir en un supuesto apartamento que más bien era un cuarto. Pero igual daba un poco de miedo.
Pero si yo no le creo —se defendió el optimista—, no le creería aunque no tuviera semejante fallo de argumento.
¿Fallo de argumento? —se indignó entonces la anfitriona— ¡No estoy inventando esto!
A lo mejor no conscientemente, pero tu imaginación...
¿Y se supone que las dos lo estamos imaginando?
Pues, por lo que yo veo lo que ustedes tienen es bien distinto —rodeada de locos, apenas si quería opinar—. Aby tiene algo como una doble personalidad mientras que vos alucinás...
¡Te digo que esto es real!
¿Acaso importa? —reclamó la más afectada— ¡Así como quemé el cuaderno puede que haya hecho cualquier otra cosa! ¡Sólo quiero que termine!
Perdoná Aby, estamos hablando burradas y vos...
¿Saben qué? —Molly se levantó y abandonó la sala gritando un:— ¡Olvídense de que les conté!
Con visitas o sin ellas, quería estar sola. No tenía la paciencia para despedirse ni la rabia suficiente para echarlos.
Sólo quería estar sola.

Así que se fue a su cuarto, puso llave y no salió más.
Los primeros diez minutos fueron incómodos para sus invitados. Luego Alan llamó a la puerta de la habitación y comenzó a preguntarle si se sentía bien. Incluso se disculpó por haber dicho que había un fallo argumental en su historia.
La escritora de Arleen no estaba lo bastante estable para fijarse en el estado de ánimo de nadie, pero los otros dos si que intentaron convencer a Molly de que saliera. Tenían miedo de dejarla sola y sólo se marcharon cuando llegó su madre y le restó importancia al asunto:
Así se encierra cuando uno no le da gusto—informó.
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Eran las tres de la tarde cuando Genieve se decidió a despertar al mago que había vuelto a quedar bajo su cuidado.
Te sobrepasaste —saludó, ofreciéndole una taza de té.
¿No era esa la idea? —intentaba sonar animado, pero tenía voz cansada.
Sí, lo era —la mujer, que no parecía haberse agotado tanto como él, salió mientras preguntaba—. ¿Y qué tal se siente?
Mi vida sigue siendo una basura y además me duele la cabeza —confesó, adivinando que Genieve se marcharía al trabajo ahora que él estaba despierto.
Una risa sin origen resonó en la habitación, ahogando la respuesta distante de la dueña de casa y causando en Alfred la sensación de que le taladraban el cráneo. No sabía donde estaba el propietario de semejante risa feliz y perturbadora. Pero podía percibir su sonrisa burlona y... sus palabras:
¿No es genial la resaca? Hasta pareces un humano promedio.”
No llegó a verlo, pero antes de que terminara de hablar, el mago sabía que estaba sentado cómodamente en el gavetero. No lo conocía y no sabía que era pero no se trataba de una persona que su segunda niñera pudiera ver.
No te preocupes tanto por mi presencia, ya estoy acosando a alguien. ¿Dónde quedaría mi lealtad si también te persiguiera a ti?”. Volvió a reír con esa risa que gustaba al escritor optimista y a la sanguinaria por igual. “Sólo vine a aclarar unas cuestiones”.
Para ese entonces, el mago había decidido que esto era algún tipo de magia fundamental y no una alucinación. Apenas había aceptado que “alguien” estaba ahí sentado, cuando el individuo se movió.
¡Controla a tu hermana o lo haré yo!”, gritó, ahora a un palmo de él, sin rastro de risa cuerda o demente. Luego volvió a su inexpresividad habitual, esa que podía considerarse como ausencia de emoción pero era en realidad un fallo en las descripciones. “Haru se equivoca... o quizá sea cierto en otros casos, pero a mí el afecto no me ablanda: sólo me vuelve más, como dicen ellos, malo”.
Acto seguido, el personaje se largó. Tenía otros sitios a los cuales ir y no era muy sencillo hacerse notar por un sujeto que no conocía nada de ficción, aunque fuera mago y de muy buena percepción.
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No, mi vida, dije que te perdono, nunca que ya te haya recuperado la confianza.
Alan supuso que eso era mejor que nada. No insistió, por el momento.
Bueno, aquí me quedo —anunció la muchacha mientras se detenía enfrente de un edificio viejo y descuidado—. Te invito a pasar si no te molesta el desorden y si no sos claustrofóbico.
Me molesta, y lo soy —dijo él, en broma—. Pero invitame de todos modos.
Pues sí, y me desquito de que me dejaras durmiendo en la calle.
La puerta de madera, abierta de par en par, daba a un corredor destrozado y un jardín interno precioso. El corredor a su vez tenía varias puertas. La última correspondía al “apartamento” que rentaba aquella hija única que había decidido crecer de una vez para no seguir ordenes. Sí, había descubierto que aquello era una mala jugada; y no, en casa no la esperaban con los brazos abiertos. No hubiera regresado de todas formas, porque estaba de acuerdo con sus padres: decisión, consecuencia.
Sí tenía un desorden, principalmente porque hacía tiempo había decidido que ordenar en tan poco espacio requería más tiempo del que ella quería dedicarle a esa tarea. Había, no obstante, un pequeño espacio, casi sagrado, en el más perfecto orden. Una esquinera de tres niveles cuidadosamente asignados: abajo, la portátil, una lapicera y una pila de libretas cuyo contenido Alan pudo adivinar fácilmente; en el medio, libros usados y uno nuevo y costoso que el invitado conocía muy bien; en el nivel más alto, un par de adornos, un juego de lápices, un diario con cerradura, el estuche(vacío) de una flauta y dos libros de cuentos infantiles. Eso último fue lo que Alan no pudo dejar de ver.
Es la repisa de mis padres —explicó ella, al captar su mirada—. No podía cargar con muchas cosas cuando me fui de casa, pero traje esas bobadas para recordar que aunque este sola no estoy abandonada. No sé si lo entiendas...
Lo entendía. No había pasado mucho tiempo lejos de su madre y recibía de ella todo eso a lo que Haru había renunciado, pero entendía el valor del vínculo familiar, aun si era transformado, o incluso dañado, por el tiempo y la distancia. En el fondo, lo había comprendido desde que sus ojos se posaron en los libros de cuentos.
Entonces... —comentó el muchacho, intentando salir de aquel espacio demasiado personal que le había capturado— Nuestro par de loquitas...
No sé, Alan. Admito que es medio emocionante lo que dijo Molly. Y todavía me preocupa que esté allá sola, llorando o cortándose las venas. Sin contar que se suponía que alguien se quedara con Aby, y ella... —perdió el curso de sus pensamientos al notar que su amigo cerraba la puerta, inquieto— ¿Qué? Hacé el favor de concentrarte.
Dirás que estoy más loco que aquellas, pero... ¿conocés la sensación, cuando alguien te está viendo y simplemente sabés?
No.
Yo sí.
Era cierto. Le ocurría a menudo y le venía bien para reconocer algún viejo amigo y callarse a tiempo cuando hablaba mal de quien llegaba a sus espaldas. Ahora mismo, la puerta cerrada no estaba sirviendo, pero Alan supuso que sólo era la impresión molesta de que los vecinos de Ana les espiaban.
Bueno, ya me hago a la idea de escribir con puros enfermos mentales. Hacé caso, ¿deberíamos llamar a Molly?
Yo creo que sí. Pero también creo que no nos va a contestar. Le dijimos loca... o mentirosa.
Callate, que lo que más la maleó es que le dijiste que había un error argumental en su locura o mentira.
¡Es que lo tenía!
No defendería más aquella posición una vez que “escuchó” una voz familiar:
¿Y cual era?”
¡Ay, mi Dios! —gritó el receptivo escritor, mientras retrocedía un par de pasos hacia atrás hasta que golpeó la pared más cercana. Se aferró a ésta para guardar el equilibrio y cuidar su espalda. Sus ojos recorrieron la habitación mil veces sin capturar la imagen que había esperado.
¿Rata? —supuso la muchacha que ya conocía las plagas del edificio.
¡No digás que no lo oíste!
No me oyó, la muy egocéntrica.”
Ajena a aquella voz carente de verdadero sonido, la escéptica le dedicó a su pretendiente una mirada de enojo. Estaba más que convencida de que él intentaba divertirse a costa suya. Y ahora que lo pensaba, ¿no había estado de acuerdo con Abigail para hacer la pésima broma de quemar el cuaderno de su amiga?
A ver, ¿son nada más ustedes dos o Molly también anda de graciosa?
Alan hubiera protestado, pero no estaba de humor para discutir nada con nadie. Sabía dos cosas: que había alguien con ellos y que si no lo veía mientras estaba espantado, ya no lo vería.
Así había funcionado siempre: percibía vagamente una idea y algún sentimiento bueno o malo se apoderaba de él; hacía mucho que no se acobardaba por las sensaciones desagradables, porque sabía que sólo aferrándose a la emoción lograba capturar la idea.
Su creativa pero poco observadora pretendida estaba muy lejos de darse cuenta de que tenían compañía, lo cual resultaba particularmente frustrante para quien había llegado ahí buscándola justo a ella.
Espero que ya se hayan divertido porque yo ya no les voy a hacer fiesta, fijate. Ya mismo me vas a decir de quien fue la idea y si...
La repisa más alta fue vaciada de pronto. Los tesoros familiares de Ana fueron lanzados al suelo como si alguien hubiera empujado las cosas hacia los lados empleando ambos brazos.
¡Molly no dijo que podía mover cosas! —gritó el espantado muchacho, ahora con una clara idea de donde estaba el huésped no invitado.
Menos dispuesta a observarlo, la otra escritora apenas podía aceptar que algo fuera de lugar ocurría.
¿Qué diablos fue eso? —preguntó, con más curiosidad que miedo, y más enojo que cualquier otra cosa.
Aaron El Malo, supongo —respondió Alan, como si hablara de cualquier vecino.
¿Qué? —escupió Ana, con una mueca. No tener una mejor explicación no justificaba creer esa.
A ver... —el muchacho intentó comprender la situación de Ana; ahora que ya había localizado al rubio e inexpresivo sujeto, podía concentrarse en otras cosas—. Yo creo que no podrías verlo aunque quisieras. No sos lo que se dice una persona atenta a los detalles...
Pues fijate que lo soy tanto que hasta sabía distinguir las...
Sí, lo sé. Pero no es lo mismo imaginar... ¡Ya sé! Cerrá los ojos.
¿Qué?
Hacé de cuenta que juego con vos. Cerrá.
Lo hizo.
Ahora —continuó el peor enemigo de Aaron el Malo—, recordalo...
¿Al malo? ¿Con que expresión?
Está fastidiado. Esta mirándote fijo como...
¿Y yo que le hice, pues? —la mala observadora abrió los ojos cuando rezongó.
No sé —pero imaginaba la respuesta—. Nada más imaginalo. Y luego pensá que nunca decidimos como suena normalmente. A veces sí, como cuando se burla, pero por lo general, no tiene un tono de voz.
No me lo dieron antes, y ahora es un poco tarde.”
Tenés razón. Pero le queda bien sonar como un... — la escéptica abrió los ojos al darse cuenta de que aquella voz no podía ser cosa de Alan —. ¿Se supone que...?
Ahora que ponés atención”, comentó él individuo que sólo Alan podía ver pero ambos escuchaban, “¿me van a explicar como fue que dejaron llorando a mi escritora?”
Al menos Alan podía sentirse orgulloso de algo: había tenido razón en que había un error en las explicaciones de su amiga.
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Molly había llorado bastante, pero ya se había detenido cuando golpearon su puerta con urgencia.
¡Largo!
Molly, abrí la puerta —demandó su poco sutil amiga.
No hubo respuesta, pero un momento después se abrió la puerta. La deprimida joven había decidido darles, al menos, una explicación.
Perdonen. No estoy enojada, pero la verdad no es bueno para nadie que yo... —entonces lo notó, y suspiró aliviada mientras en su rostro se dibujaba una sonrisa.
Y tampoco creemos que estés loca —dijo Alan, comprendiendo qué causaba su alivio.
Sólo porque ya me vieron. Ustedes van a necesitar mejorar su confianza.”
¿A donde fuiste...? —quiso saber su autora.
Cuando mi pequeña quemó el ancla para matarme... No puedo creer que mi pequeña... ¡Voy a matar a esa bruja!”, cuando alzaba la voz con rabia, no era nada inexpresivo.
Argumentalmente hablando —el eterno defensor de Arleen tuvo que intervenir—, no es culpa suya; es más: vos la hiciste como es.
¡No me refiero a mi pequeña! Ella es la víctima aquí. Ah, pero si esa bruja sigue metiéndose con ella, la voy a desmembrar y....”
Qué feliz sonás cuando hacés esos planes —se lamentó Molly—. ¡Si es que se ve que te encanta!
¿La destrucción? Pues sí. Y no te quejes. Como bien dijo éste, tú me hiciste como soy. Como decía, cuando desapareció el ancla, me fui sin querer...”
El ancla sólo le retenía —intervino el observador—, no le hacía falta para vivir, ya decía yo...
Te decía, que me fui, pero asumí que te encontraría fácilmente y estaba encantado de poder seguir el rastro de mi pequeña...”
¡Pero si sabemos donde está! —algo se había perdido Alan.
Sí, pero no sabía qué había estado haciendo. Ahora lo sé.”
Y luego fue que te perdiste —supuso la creativa sin intuición.
No...”
¿Perderse?
Ahora te lo explico. A ver si no aburro al niño bueno.”
Alan le lanzó una mala mirada al espacio que Ana veía vacío, pero nadie hizo caso a ese gesto.
Para nosotros, ir y venir es cosa de empatía. Donde alguien se identifica con nosotros, podemos acercarnos. Claro que al anclarme has hecho que yo me salga un poco de lo normal pero, de un modo sutil, todo personaje bien descrito puede darse una vuelta por los pensamientos de las personas que se sienten reflejados en él de alguna forma.”
Y vos no te identificás con él, así que no te encontraba —declaró Alan.
Pero me encontró a mí, a pesar de que no soy nada como él...
Pero congeniabas conmigo. La verdad fue un fastidio que me ignoraras a pesar de todo...”
A ver, ¿qué sabés de Aby, entonces? —quien hacía un momento estaba derrumbada, ahora se veía llena de energía.
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En una habitación de hotel, Raúl veía la televisión. Sí, tenía un asesino encima y aún no sabía quien era, pero eso no cambiaba que el final de temporada de su serie favorita estaba cerca.
De pronto el suelo empezó a agrietarse. Nada exagerado, sólo finas grietas reproduciéndose lentamente. Otro se habría preocupado, o al menos se hubiera ocupado de salvar la vida. Pero no un caballero organizado como éste, que había estado esperando ansioso por aquel nuevo visitante.
¿No vas a darme la cara, a ver si la reconozco? —invitó, con voz casi gentil, mientras se ponía de pie justo a tiempo para no caer a la planta inferior con el cómodo sillón.
Se asomó al pasillo y lo encontró vacío.
Sorteando grietas con el instinto de quien conoce la magia del oponente, se asomó por la ventana. Poco le importaba que hubiera cada vez menos suelo que pisar.
Ahí hubo más suerte. Vio al atacante y reconoció el rostro.
Bah, sigue sin atreverse a venir en persona —murmuró, decepcionado.

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