miércoles, 14 de noviembre de 2012

El Malo del cuento. Capítulo 12







Escritura Automática


Un par de skaters se habían detenido a observar un bulto que yacía en la mitad de una acera. Uno de ellos lo golpeó un par de veces con la punta del pie y el bulto se movió. Porque se trataba de una chica.
¡Hey, vóh! —llamó el otro muchacho.
¿Eh...?
Y decías que yo era tonto por no beber, mirá a ver quien es la tonta.
¿Qué? —la cabeza le dolía, y mucho. Pero poco a poco fue obteniendo claridad en sus pensamientos y en el último recuerdo que le quedaba de la noche anterior y cedió al deseo de quejarse, aunque con la voz menos clara de lo que hubiera querido— ¡Poh has lejanías que no vuelvo a ih con ese mahe ni a la eshina!
Sus amigos, que por buena o mala suerte la habían encontrado ahí tirada, no entendieron de que hablaba.
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Molly estaba haciendo su tarea mientras su personaje la criticaba por haber esperado tanto antes de comenzar.
Podrías estar avanzando con Abigail... Ahora vas a estar haciendo tarea cuando lleguen”, le recriminó.
¿Te preocupa que te deje mucho rato en manos de Alan, pobre indefenso...?”, de pronto se percató de que algo era diferente en su personaje: “¿No traés tu libro?”.
Uhm... No”, respondió él, ligeramente sorprendido, “¿Por qué será...? ¿Dónde está el cuaderno?”
En la mesa de siempre, creo”.
No, no está ahí.”

Ah, pues seguro mi madre lo puso en el librero. Su orden es más importante que dejarme encontrar mis propias cosas en mi cuarto”, dijo la joven, con el tono justo entre la amargura y el agradecimiento.
¿Dices que dejaste mi ancla al alcance de Abigail?”
¿Cómo así?”, Molly dirigió su mirada hacia el sitio vacío donde imaginaba a su personaje, pero sabía que él estaba abandonando ese sitio para ir a la sala.
Según ella, lo siguió. Según él, le permitió ir; después de todo, nunca podía ir a ningún sitio sin ella.
Cuando ella llegó a la sala, Abigail estaba sosteniendo una vela aromática bajo el cuaderno que había usado para invocar/crear a este Aaron. El cuaderno ya había comenzado a arder.
¿¡Pero que rayos hacés!? —bramó, corriendo para atravesar la sala hasta el punto en donde estaba su... amiga.
No hubo respuesta a su pregunta. De hecho, no hubo reacción alguna, hasta que Molly trató de quitarle el cuaderno en llamas pero ya no había nada que recuperar. Algunas piezas de papel ardiendo se desprendieron, pero ya se habían apagado al llegar al suelo. Lo demás se convirtió en cenizas demasiado rápido.
Él no estaba. Molly lo sabía. De pronto se sentía sola de nuevo. Pero esta vez no se trataba de una manifestación de rencor de su personaje. No sabía que hacer, y por mientras algo se le ocurría, empujó dos veces a una Abigail demasiado confundida.
¡Eh! ¿Yo que te hice?”,
Sin responder, Molly se derrumbó en el sillón más cercano y empezó a llorar mares, para sorpresa de su amiga.
De veras, Molly, ¿que hice? —insistió la otra, angustiada.
No podía hablar porque deseaba golpearla. Y llorar. Eso último fue lo que hizo hasta que llegó Ana, con cara de pocos amigos preguntando si ya había llegado “el muy maldito”. Asumieron que hablaba de Alan, y que la cita había salido mal.
Con todo y sus propios problemas, Ana escuchó atentamente las dos versiones de lo que había ocurrido y logró sacar en claro que Abigail había tenido otro de esos “ataques” y había destruido el cuaderno que Molly había usado cómo ancla para su personaje, causando que esta última tomara aquella posición en que ocultaba el rostro para llorar a gusto.
Molly, no seas basura y dejá de estar chillando por ese cuaderno —dijo, una vez que comprendió la situación—. ¿No ves que algo malo le pasa a Aby? ¡No estamos imaginando esto, maldición!
Molly levantó la cabeza para ver a la cara a esa buena amiga que no sabía nada sobre cuan real era Aaron. Parpadeó un par de veces mientras razonaba: esa amiga que la regañaba sin piedad, tenía razón. Miró con nerviosismo a la otra.
Lo siento, Aby. Estoy tan obsesionada con él que me olvidé de ti.
Abigail asintió, más que dispuesta a perdonarla. Temblaba.
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Era el sonido más hermoso del mundo. Cuando tenía cinco años se había enamorado de ese sonido y a estas alturas de su vida, no había teclado en el mundo que sonara tan bien como un lápiz grafito recorriendo una hoja de papel en un cuaderno casi lleno. Una línea más:
Y por último, al escritor.

Ya estaba dicho todo.
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Abigail todavía temblaba.
Molly estaba preocupada pero no podía evitar concentrarse más en el enorme vacío que había dejado Aaron.
Ana ya no sabía por cual de ellas preocuparse más.
Alan no sabía, al llegar, que Ana había preparado un discurso para darle su merecido por abandonarla de aquella manera.
En todo caso, ni ella estaba ya para pensar en eso, ni él le dejó tiempo para hablar a nadie. Estaba exaltado como nunca. Incluso quien tenía lapsos de locura se preguntó si el muchacho había consumido demasiada azúcar o algo así. Pero no era el dulce lo que ponía hiperactivo a Alan:
¡Esto sí te va a gustar! No es como lo tuyo, pero... Te va a gustar.
Le entregó un cuaderno justo a la muchacha que estaba furiosa con él. Para colmo, el cuaderno era de ella, y jamás se lo había prestado. Lo detestó por fingir ignorancia. Lo detestó por tener su cuaderno. Lo detestó porque a pesar de todo, podía inducir curiosidad en ella.
Tomo el cuaderno como él se lo entregaba: abierto en una página en particular. De inmediato, él señaló con los dedos índice y medio en donde debía empezar a leer. Se preguntó qué había estado haciendo Alan, ¿en que momento? Si se cuaderno estaba casi en blanco y ahora... ¡le restaban un par de hojas sin usar!
Iba a decirle algo al muchacho, pero él la alentó con un gesto para que leyera. Y no pudo con la curiosidad. A menudo hacía gestos o lanzaba una exclamación de disgusto, pero Alan no lo notaba y estaba comentando que ese final era el mejor para Aaron El Malvado. Molly empezó a sollozar.
Sé que hay que hacerle ajustes a la historia, pero es posible. ¿Es grande o qué? —dijo Alan, hablando demasiado rápido.
Ana le dirigió una mirada asesina a él primero y luego a Abigail. Al hablar se dirigió al que había llegado con el cuaderno.
La idea no es mala pero no hacía falta hacer llorar a Molly para probar tu punto.
¿Eh? —miró a su compañera y descubrió que, en efecto, lloraba— ¿Molly llora por eso? ¡Pero si ni lo ha leído! Además, ella quería que fuera diferente, ¿no?
¿Cómo así? —fuera lo que fuera, la doliente no entendía que relación podría tener— ¿Qué pasó?
Ana se aclaró la garganta, y comenzó:
Te lo leo, aunque ya la primera vez casi me quedo ciega con esta ortografía de primaria. Aaron está peleando con Savannah y le está poniendo la arrastrada de su vida, hasta que:
Lo q' no sabía el más poderoso artífice de su época, era q' su joven monstruo tenía más de un maestro y justo en el momento en q' su victoria parecía segura en esta batalla, por una de esas coincidencias q' ocurren sólo en el límite entre lo real y lo ficticio, Arleen realizaba dilijencias para alguien q' no era su fabricante.
Arleen se acercó al librero como si tuviera dudas de lo q' estaba haciendo. Las tenía, pero no eran sus dudas: era, por primera vez, el recelo de la huésped.
No se esforsó demasiado en buscar su objetivo,el libro resaltaba porque allí afuera no parecía un libro. era más bien un cuaderno de espiral. Vulnerable como pueden ser a veces las cosas q' albergan poder. Lo sostuvo con ambas manos y se preguntó cual era la mejor manera de destruirlo.
Fuego.
Con ella todo terminaba en llamas, ¿no?
Sujetó la primera cosa combustible que encontró. La más inofensiva de las formas que tomaba el fuego en ese sitio. Una llama débil ardiendo en el centro de una vela color lila con forma ovalada.
Savannah nunca supo a quien debía agradecer la desaparición repentina del q' planeaba convertirse en su asesino.
A quien Alan había llamado “huésped” ahora lo miraba como si él tuviera la culpa de todo. Pero Molly estaba asustada. ¿Cómo lo había sabido? ¿O Ana tenía razón y todo había sido teatro? Iba a malmatarlos si había sido una broma.
Luego se pone rara la cosa —anunció, un poco avergonzado, el muchacho que tan orgulloso mostraba su trabajo—, pero eso es lo importante. Habría que explicar lo del libro, pero...
¿Cómo así que se pone rara? —Molly no podía dejar pasar ese término.
Aparecés vos.
Ana siguió leyendo, siempre haciendo una mueca al encontrar un error ortográfico:
¿Dices q' dejaste mi ancla al alcance de Arleen? —le preguntó a su autora.
¿Como así? —la autora no entendía la amenaza que representaba la creación de su creación.
Fueron al sitio donde el ancla estaba siendo destruida lentamente. Toda lucha fue inutil. No había más laso atando a Aaron y su ama.
Ama no era la palabra que ella misma habría elegido. Y una broma, no era lo que había en esas líneas.
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Ahora bien, esos humildes párrafos que Ana rechazaría sin piedad y con razón, eran una pequeña nota, irrelevante, en un cuaderno lleno de detalles que por desgracia resultaban incomprensibles. La dueña de la libreta sólo vería en esas páginas una mina de ideas sueltas para escribir algún día, pero lo que tenía era mucho más personal. Un tesoro al que su verdadero dueño, un mago con un gran peso encima, jamás tendría acceso.
No hay bebida en el mundo tan embriagante como el poder.
Y de eso el mago tenía bastante.

La magia en las palabras es cosa que los magos rara vez valoran. Pero cuando se tiene suficiente magia en las venas, las palabras y el deseo pueden llevar a imposibles.
Por eso su voz absorvió tan rápido a todos.
Primero, el más receptivo de los presentes, cuya mente no sse abrió como una puerta sino que se cerro alrededor de la del mago como lo haría una trampa.
Luego el tipo que servía los tragos después de probarlos.
Después el otro sujeto tras la barra.
El infiel. Ya hubiera querido el mago poder quedarse con su amada y serle fiel, pero el que fácil lo tenía, poco lo valoraba y quiza no amaba tanto a su novia como el mago a quien no llego a ser la suya... Seguía pensando en ella. ¿de que le servía esto si seguía pensando en ella?
También estuvo en una mente retorcida, de un hombre que se iría temprano con una jovencita que ya no regresaría a su propia casa... cambio de planes señor. Hoy vamos a ir con la policía y le contaremos lo q hiciste hace dos noches. Y hace cinco y la vez anterior a esa... todo. No me verán, supongo, así q mejor que hablemos en primera persona, como si en tu cabeza solo estuvieras tú.
La DJ tenía pensammientos bastane mas felices. La música tenía ese efecto en ella, y el mago pensó q así debía ser para su amada cuando... ¿Otra vez ella?
Había en su cabeza... o él estaba en la cabeza de un vendedor de bienes raíces. Buen tipo, pero era mejor que cambiara de empleo porque en eso era malo. Hecho; una llamada bastó.
La jugadora compulsiva podía perfectamente olvidar ese vicio suyo si se enfocaba en alguna otra cosa que la llenara. Sí no hubieran estado en sus propias hipnosis (digámosle así) los demás la hubieran oído decir la lista de cosas que le apasionaban, mientras elegía unas cuantas para el futuro.
Y algo como eso para el abogado, la estudiante modelo con malas compañías, el menor de edad que ya empezaba a encariñarse con la bebida...
Y los dos enamorados que planeaban entrar.
Y el taxista que de vez en cuando asaltaba a su pasajero.
...
Decenas de personas fuera del bar, y en la calle cercana. Y...
La suicida y sus padres en una casa limpia. La hizo pensar a ella. Los hizo conversar a ellos. Bastaba q él supiera que hacia falta para lo supieran ellos, porque en ese momento, compartían su escencia.
Mientras su opinión madura y un idealismo casi infantil se filtraba en esas vidas, todo le recordaba a su amada de una forma o de otra. Inútil esfuerzo... salvo porque ayudaba a estas personas que antes no conocía.
Además de pensr en ella, se le ocurrió lo siguiente:
<>
Se le ocurrió cuando la suicida terminó de pensar; la había obligado a prenguntarse para que vivir en lugar de murmurar que no había propósito. Al preguntarselo en serio ella obtuvo su respuesta. Y el mago también, aunque supuso que no podría recordarlo por la mañana.
<<... recordar lo bien que se siente saber que puedo hacer que pasen cosas buenas>>
Todos estos individuos ignoraban que alguien cohabitaba sus esencias en ese momento. Se dejaban llevar por algo que parecía instinto, mientras su realidad parecía sueño. Pero el escritor podía percibir esa esencia ajena, que había pasado del mayor sufrimiento a una calma y aceptación que bien podía envidiarle.
Peero al escritor no le importaban la suicida, el vendedor, las bailarínas o el mismísimo mago. Sólo había una perssona a quien debía encontrar. Había estado tan exaltado ante aquellas ideas ajenas para anotar, que había perdido de vista a su cita.
Y no la encontraba en ninguna de las miradas a las que tenía acceso a travez del mago,

¿Donde estás Haru,?
Hay alguien además del muchacho, una mujer... su guía, si no me equivoco, y si veo lo que ella y sus miradas pueden ver, lo tendré todo... alguien tiene que saber donde está Haru. Y yo tengo que encontrarla antes de que haga una tontería porque ha bebido mucho, pobrecita.


...así q encontró la manera de abandonar al mago y percibir lo que percibía su guía.
La guía no era tan amable como el mago. Ni estaba tan unida a esas personas. Ni eran tantas personas, tampoco. No pasarían de diez.
Una de ellas era a quien el escritor buscaba.
Y estaba bien.
Había salido del lugar con un extraño, pero no quería seguir caminando tomada de su mano. Y estaba lista para luchar para alejarse de él. No contra el tipo, que no iba a enojarse por eso... a quien debía vencer era a alguien más. Una conciencia ajena. Pero, con magia o sin ella, a Haru nadie le daba ordenes, y menos por la mala.

Yaa no pude verla una vez que, con un ezfuerzo tremendo, se liberó. Pero bastaba saber que estaba bien. Yo ya no quería estar al tanto de la guía y su dominio porque ella no estaba haciendo nada interesante.
Volví con él Mago.

Y la narración continuaba, mientras aumentaban los individuos con los que coexistía el mago. Luego, describió como los iba dejando libres uno a uno, como se relajaba él y se iban despejando ellos, como se iba dando cuenta el mago del enorme esfuerzo que acababa de realizar.
Hasta que ya no hubo más conexión que percibir.

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