lunes, 15 de octubre de 2012

El malo del cuento. Capítulo 9

Ficha de la Historia


¿Estás ahí?





Si hubiera querido, se habría podido tragar las palabras que esperaban ser pronunciadas. Pero ella no quería guardarse su rabia, ni seguir tratando con las personas de aquella mesa. Ni con nadie. Hasta respiró profundo para explicar con claridad:
Estoy muy...
Se quedó muda y dejó caer el tenedor cuando escuchó el consejo:
No lo digas.”
¿Molly? —Aaron, el real, intentó seguir la mirada de Molly para ver que la había sorprendido, pero no había nada entre sus amigas ni, en la distancia, tras ellas. Hasta donde él sabía, su disgustada novia miraba al vacío.
La muchacha lo ignoró por completo. Escuchaba al otro.
Sé que tiene sentido y lo crees ahora, pero sólo estás enojada porque las cosas han ido mal. Luego lo vas a extrañar y...”
Molly se levantó repentinamente y su bolso cayó de su regazo al suelo. Lo levantó tan rápido que no le dio tiempo a Aaron para ayudarle. Y de inmediato comenzó a caminar.
¿A donde vas? —preguntó, preocupado— ¿Qué pasó?
Nada. Yo estoy bien. Sólo tengo que irme.
Aaron no creía que estuviera bien, pero tenía miedo de insistir. Se arrepintió cuando vio que comenzaba a correr desde la salida, pero era tarde para alcanzarla.

Aaron El Malo tampoco corrió con Molly. Ella no sabía si seguía por ahí, pero lo supo en cuanto estuvo encerrada en su auto y se atrevió a hablarle:
¡Volviste! ¿Dónde estabas? ¡Se supone que no existís!
Sí; en ninguna parte; y, la existencia es relativa.”
Pero... desapareciste...
¡Tú querías que desapareciera!”
¡No volviste cuando cambié de opinión!
¿Soy tu juguete acaso?”
No. Tenés razón —se disculpó la joven que no había medido las consecuencias al ordenarle desaparecer.
Pero, estás fuera de control. Necesitabas una opinión algo más fría y decidí dártela. No te acostumbres, yo no soy la voz de la razón.”
¡No te vayás de nuevo! Lamento haberte...
No pierdas mi tiempo lamentando cosas. Ahora, no me importa que tu mundo o el mío se estén destruyendo: Termina mi historia.”
Pero estamos estancados.
¡Resuélvelo!”
╠════╬════╬════╬════╬════╬════╣
No estaban tan estancados, en realidad. Tal como había prometido, Ana había resuelto el problema del personaje sin habilidades, y Alan estaba tan inspirado —a la vez que horrorizado— después de leer lo que la tremendista había escrito, que cualquier bloqueo quedó atrás.
Con Aaron leyendo sobre su hombro de vez en cuando, Molly también estaba concentrada, inspirada y feliz. Aún cuando el personaje se apartó un poco para dedicarse a sus asuntos, su presencia la animaba y su silencio le indicaba que no estaban escribiendo insensateces. Al menos no en lo referente a él, sus propósitos y su “pequeña”.
Lo único que mataba el ambiente era que Abigail siguiera revisando su celular cada vez que la discusión flojeaba un poco, por ejemplo, mientras Molly ponía por escrito alguna idea y les pedía que fueran más despacio.
¿Pasa algo, Gansita? —preguntó Ana, sin ánimos de regañarla ahora que lucía tan preocupada.
Una bobada —con todo y lagunas mentales, recordaba bien que había prometido no interrumpir más la redacción—. Disculpen.
Ana le lanzó su mirada de escepticismo.
No es una bobada si te preocupa —señaló Alan, comprensivo.
Molly siguió escribiendo. No quería perder la idea por estar de entrometida.
Bueno... —decidió confesar, después de todo, eran amigos—. ¡Es que me está evadiendo!
Incluso Molly, inclinada sobre el cuaderno, entendió a quién se refería.
¿Le echaría el ojo a otra cuando fue a ver al tío? —la sutileza con que escribía, Ana la usaba para todo.
Si otra le gustara me lo diría y ya —aseguró la víctima de Cupido—. Antes de decirle algo a ella, por cierto.
Alan tuvo la cortesía de morderse los labios para no decir lo que pensaba, pero Ana soltó una carcajada sin ningún disimulo.
Sin embargo, desde la esquina en la que hojeaba el libro de partituras, Aaron comentó algo muy distinto: “Muchacho tonto”. Esa frase hizo reír a Molly, aunque ella más bien estaba de acuerdo con los presentes que tenían cuerpo propio.
¿Todos se burlan de mí? —rezongó Abigail, medio en broma, medio avergonzada.
Que va —comentó la transcriptora—, si Aaron te cree. De quien se burla es del muchacho.
¿Te he dicho alguna vez que me encanta como hablás de él? —señaló el que creía ser el único varón en esa sala.
¡Eso! —secundó la skater— A veces me pregunto si no tendrás algún Aaron escondido en tu casa. Sé que no es tu novio porque ese Aaron no daría el ancho...
Molly sonrió mirando al producto de su imaginación ahora muy concentrado en las partituras.
No —dijo risueña—; no tengo al malvadillo en casa.
¡Malvadillo! —dijo Alan— ¡Es el demonio! Con lo que le hizo a mi Jaime...
No seás llorón, es por su bien —soltó Ana—. Necesitaba crecer.
Ya lo sé... —aceptó el muchacho, avergonzado.
Dejálo Ana, bien sabés que éste te tiene pena —rió Abigail.
¡Buena amiga tenía en ella!
Qué la tenga. Por llorón. Vos también deberías tener pena: “Me está evitando” —era una pésima imitación de la voz de su amiga, pero la expresión le había quedado idéntica—. Yo creía que te pasaba alguna cosa seria.
¡Es serio! Y escogió mal momento. Ahora me parece que se alejó porque estoy... —se interrumpió: aunque tenía muchas ganas de contarles, también temía que se burlaran.
¿Estás qué? No sé sueltan frases intrigantes para luego callarse, pedazo de egocéntrica.
No seás mala —Molly salió en defensa de Abigail—. Mirá que si no dice es porque le preocupa justo eso.
Así es ésta, Aby, así hay que quererla —dijo el joven que seguía su propio consejo, para luego animarla—. Dale, podés contarnos.
Abigail respiró profundo.
Creo que mi cabeza me está... fallando —el rostro de la joven pasó por todos los colores entre el blanco y el rojo intenso sólo en el tiempo en que hacía semejante confesión.
Aunque los demás estaban más curiosos que otra cosa, la que más atención puso en ese punto fue quien sabía lo suyo sobre el tema: Molly.
¿Qué pasó? —urgió.
¿Alguna vez...? —la confundida joven se detuvo a buscar un ejemplo sencillo—¿Alguna vez han ido a un lugar y se olvidan de lo que hacían ahí?
Molly perdió interés, aunque no por completo. Después de todo, era su amiga y se le veía mal. Los otros no fueron tan conscientes:
¡Babosa! —la rubia soltó una carcajada— ¡Eso no es un fallo, es lo normal!
El diagnóstico es fácil, Aby: sos una despistada. Suele pasarle a muchos y el nuestro es un grupo de riesgo.
Cállense y déjenla hablar —exigió Molly.
Lo que pasa es que además, invité a Alfred. Y no recuerdo haberlo hecho. Y... ¿se acuerdan el día que llegué tarde? —olvidando por completo el estilo, Abigail comenzó a subir la voz gradualmente hasta llegar a los gritos—. ¡Yo vi la hora y era temprano! ¿Entienden? ¡Yo soy ordenada! ¡No llego tarde! ¡No improviso! ¡Y NO SE ME OLVIDAN LAS COSAS! —estaba muy agitada para entonces y tuvo que detenerse a respirar. Cuando habló de nuevo, sonaba un poco avergonzada—. Y ahora estoy gritando.
Respiró profundo, para no estallar en llanto.
Los otros tres la miraban. Aunque no entendieran muy bien de que hablaba, su desesperación había calado en ellos. En el rincón, Aaron la miraba con atención. Esbozo una breve sonrisa que Molly percibía a pesar de que estaba concentrada en consolar a su histérica amiga.
La escritora de Aaron sabía que había algo raro en el personaje cuando lo sintió acercarse a ellos. Podía verlo de pie frente a la que aún luchaba con el llanto. Lo escuchó claramente cuando dijo “¿Estás ahí?” con algo parecido al entusiasmo en su genérico tono de voz.
A Molly casi le dio un infarto cuando vio a la aludida responder sonriente, aliviada:
Estoy.
Mientras se apoyaba en la pared para no irse de espaldas, Molly vio a su personaje sonreír tal como cuando planeaba una maldad.
Ajenos a esa percepción, los otros dos se quedaron esperando a que su compañera dijera otra cosa, pero al no haber nada más, Alan se impacientó:
¿Estás... qué?
¿Eh?
Dijiste “Estoy” —murmuró Ana—, te mirabas rara, la verdad.
¿Lo ven? —por fin, no pudo con el llanto— ¡No sé cuantas veces más...!
Estaba demasiado asustada para decir otra palabra. Ana la abrazó y le prometió que todo estaría bien, aunque también se odió por hablar de lo que no sabía.
Aunque casi todos los pensaron, nadie se atrevió a recomendar un psicólogo; pero se comprometieron a vigilarla para asegurarse de que estuviera bien en esos extraños momentos que no eran suyos.
╠════╬════╬════╬════╬════╬════╣
A ver, ahora vas a explicarme. ¿qué le hiciste a Aby?
Nada, es mi pequeña quien la está fastidiando. Y ahora que le tengo el rastro, las cosas van a cambiar.”
Se lo tengo que decir... ¡Esperate un momento! ¿La tenía... poseída? ¿Tú no me has hecho eso, verdad? ¿No puedes, verdad?
Puedo. ¿No recuerdas que escribieron como lo aprendí?. Pero nunca lo haría. Ni me hace falta, ni quiero asustarte de nuevo.”
No se nota, cuando sigues moviendo cosas como si...
Eso porque me hace falta. Y porque puedes vivir con ello.”
¡Uy, sí! —Molly se atrevió a reír— Porque no tengo de otra.
Tenía que pensar qué le diría a la involuntaria creadora de aquel “ser” al que llamaría Arleen. ¿Que esos personajes podían cobrar vida y que la de ella tenía la habilidad de poseerla?
¡Pero sí ella no tiene esa habilidad! —soltó, en voz alta.
Lo sé. Pero es lo de menos. Arleen está diferente en muchos aspectos. Y parecía tan encantada de verme cuando le hablé...”
╠════╬════╬════╬════╬════╬════╣
En las letras, y un poco en la vida, Alan tenía miedo a soltarse.
Siempre se quedaba corto al escribir porque tenía miedo de que las ideas fluyeran sin control por su mente. Pero al menos sabía reconocer las ideas que pasaban cerca y les daba buen uso hasta que se descubría escribiendo algo inusual. Ahí se asustaba de que fuera mal recibido por un lector, de quedar como alguien sin valores... de lo que suelen temer todos: la crítica.
Como fuere, nunca decía que no a las primeras líneas. Y por eso, dejó la caja de caramelos en la góndola y se dirigió al área de comidas. Estaba casi vacía: unas señoras en una de las mesas, un muchacho en la barra de comidas, y Abigail con su novio en la mesa más cercana a la salida.
Él ocupó una mesa lejana a la de ellos. No era su intención entrometerse, por eso se había ido a ver productos que no le interesaban tan pronto como encontraron al tal Alfred en el supermercado. Se suponía que no volverían a dejarla sola, pero momentos muy personales no podían ser evitados; y estaba con alguien de confianza, de todas formas.
No había vuelto para verificar que siguiera bien; simplemente necesitaba una mesa para apoyar su pequeña libreta de apuntes.
No le tomó ni tres minutos anotar la idea, sin demasiados detalles para que sirviera a cualquier propósito. Cuando levantó la mirada, descubrió que su amiga estaba sola. Le pareció un poco extraño y se dirigió a ella sin detenerse a pensar que él otro podía estar por regresar.
¿Y Alfred? —preguntó.
Es una ironía —respondió ella, con una sonrisa triste.
¿Qué cosa?
Casi cualquiera de los que conozco ha escrito o podría escribir esa escena gastada. Ana lo haría sólo por la ironía, eso sí. Pero yo no lo escribiría jamás.
¿Cuál escena?
Pero a mí es a quien le ocurre. Basura irónica.
¿Cuál escena? —insistió él— ¿Qué pasó?
El típico “no eres tú, soy yo” —fue toda la explicación, y luego una queja involuntaria en voz baja—. Malditos clichés.
¿Él te...?
Mejor que me botara. ¿Qué iba a hacer yo con alguien tan poco original?
Dicho esto, lloró como si lo sucedido fuera aún peor que las dudas sobre su cordura.
O tal vez lloraba por ambas cosas juntas.

0 opiniones de editores:

Publicar un comentario

Publicación Anterior:
Cuotas de Libertad

Página de la Historia


Seleccionar Capítulo: