lunes, 8 de octubre de 2012

El malo del cuento. Capítulo 8

Ficha de la Historia



Aparte


Esta vez voy a contestar. Pero les juro que no me tardo.
Todos miraron levantarse a Abigail, pero ninguno la siguió con la mirada hasta que llegó a la puerta ya en plática por medio de su móvil. Continuaron discutiendo los detalles del primer combate serio de su novela. En esto Ana llevaba la batuta, puesto que no tenía ningún reparo en describir escenarios destruidos, acciones violentas y miembros desprendidos. Molly no parecía inspirada. Y mucho tenía que esforzarse para no omitir algunos detalles que ella hubiera podido escribir en otras circunstancias pero ahora le parecían demasiado despiadados en contra de su personaje ausente.
No le parecía lógico, tampoco, que dijeran que Aaron optaba por atacar al personaje sin habilidad alguna, considerando que ni siquiera lo conocía. Pero no dijo nada.
Tal vez era mejor callarse cuando estaba tan malhumorada. Pero aunque ella evitó el conflicto, cuando Abigail regresó comentando que su amado Alfred sonaba triste, ya había estallado una discusión. No era cosa de Molly: el problema era entre la sádica y el amante de los finales felices.
¡Cómo se te ocurre! —repitió él.
¿Es cosa mía, ahora? —se defendió Ana—. Si no se puede defender se muere, ¿que querías?
¡Ni que estuviera ahí solito!
¡Es lastre!
No seas estúpida, no se puede descartar a la gente sólo por...
No lo descarto, baboso; si querés, que no vaya. Pero no puede salir bailando de un pleito así.
Podría si no se la tomará con él, y no entiendo por qué demonios...
¡Por fácil, maje!
Molly encontró esa frase tan ofensiva que estuvo a punto de largarse. Pero la otra que había observado la discusión en silencio, hizo una pregunta que la tranquilizó:
¿No hablaban de Aaron?
De Aaron y de Jaime.
Cuando me llamó Alfred ya habías dicho que lo iba a matar; pero, ¿por fácil? Jamás. Él no es así, ¿verdad, Molly?
No hizo falta que lo confirmara.
Ah... —la autora intelectual del crimen se quedó pensativa— Pues ahora que lo decís...
Y Jaime Sin Poderes merece sobrevivir —agregó Abigail—. O morir bien, por lo menos.
Eso lo sé, Aby... Pero, ¿cómo? Es decir... algún medio le tenemos que dar para eso... si no sólo será basura cursi.
Ya pensaré en algo —prometió el muchacho.
Y aunque ya no hubieron mayores complicaciones ese día, tampoco hubo grandes ideas. Molly no podía pensar demasiado en la novela sin ponerse triste. Ana y Alan ahora se tenían confianza suficiente para que ninguno dejara que el otro hiciera uso de lo extremos que le gustaban. Fue así como Abigail fue la más concentrada en la historia como tal, pese a que tenía la cabeza en una ciudad distante.
Y aunque las grandes ideas les lloverían esa semana, poca utilidad les darían en la novela. Tampoco Alan cumpliría su promesa de encontrar una cualidad útil para su personaje.
Se acercaban a lo que muchos llaman un punto muerto.

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¿Puedo ayudarle con algo? —preguntó una joven de apariencia descuidada que resultaba ser dependiente en la tienda.
Alan no estaba muy seguro. Sí necesitaba ayuda, pero no sabía como preguntar. Se detuvo a meditarlo, emitió algún sonido incomprensible que según él significaba “permítame pensarlo”, y finalmente, preguntó:
¿Qué regalo de cumpleaños te haría pensar “le intereso a este chico”?
La joven sonrió y abandonó el papel de vendedora para tomar uno más personal:
Un brazalete. Los colecciono —se veía que toda la colección la llevaba encima—. Pero la muchacha de la que me habla, debe estar interesada en alguna otra cosa. El punto no es lo que le dé, es que usted sepa lo que ella quiere—una pausa, y luego una confesión—. O no he aprendido nada en estos cinco años y mi consejo es inútil.
El cliente se detuvo a pensar en ello. ¿Colecciones? Sabía que Abigail coleccionaba lentes oscuros, pero sobre lo que le atañía...
No lo sabe —señaló la vendedora, y asumió que el silencio del muchacho era una afirmación—. ¿Y entonces, por qué le interesa ella?
No lo sé. Ella simplemente saca un lado de mí que no conocía. A lo mejor es por los... ¡Sí sé lo que quiere! ¡Pero claro! Si habla de ese libro cada vez que no está peleando conmigo. ¡Muchas gracias!
Y acto seguido abandonó la tienda.
Agatha siguió con su trabajo, un poco contagiada con la felicidad del prospecto de cliente, un poco pensando que sí repetía tal hazaña muy seguido iban a despedirla.
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La película había sido todo lo mala que ella esperaba. Nada tenía Molly en contra del cine, pero los gustos de Aaron y sus amigos eran una pesadilla.
¿Y entonces, te gustó? —le preguntó la que había tenido la brillante idea de ver aquella copia de una película que un su momento había sido buena.
No.
Cinco pares de ojos se dirigieron a ella. No podían creerlo. Empezaron a señalar “grandes momentos” de la película y a preguntarle cómo podía no haberla disfrutado. Sólo sabía que aquella supuesta obra maestra carecía de todo lo que a ella le hubiera podido interesar, y cuando lo dijo en voz alta, la declararon caso perdido y empezaron a despedirse.
¿Y vos para donde vas ahorita? —preguntó Aaron, antes de tomar su camino.
A mi casa. Y luego llevo a Miel al veterinario.
Ah.
¿Me querés acompañar?
Sí... un poco... —al final confesó de donde provenía tanta vacilación—. Es que el partido es a las...
El partido, dale —su novia lo interrumpió, disgustada, y comenzó a caminar—. Adiós.
¿Te vas enojada? —sabía la respuesta, por eso no quería dejarla ir.
Sí, pero no hagás caso, que se me va a pasar.
Aaron supuso que le convenía más dejar las cosas así. Por lo general era verdad: se le pasaba. Lo que no sabía ninguno de los dos era que esta vez iba a empeorar en lugar de mejorar. Los pequeños disgustos, como la ausencia de Aaron El Malo y los problemas en el desarrollo de la novela, se iban acumulando y Molly estaba perdiendo la paciencia con demasiada facilidad ese día.
No estuvo feliz tampoco cuando se dio cuenta de que su hermana estaba de salida cuando ella llegó a casa.
Espero que te estés alistando para ir al veterinario —fue lo que soltó en lugar de un saludo.
¡No me acordaba! —su hermana era sincera— Quedé con mis amigas y... Llevalo vos, ¿podés?
Y pudiera o no, la dejó sola con el gato. No era fácil poner a Miel en una jaula, y aunque Molly lo hacía para cada salida, esta vez estaba de mal humor y cometió un error. No se dio cuenta de que el pestillo estaba flojo hasta que él propio gato lo descubrió a mitad del camino. Molly jamás sabría como hacía tal proeza el gato más perezoso que había visto, pero reconocía el sonido de la puerta abriéndose.
Reaccionó muy tarde. El gato saltó de su jaula en plena calle, y Molly fue incapaz de sujetarlo. O de alcanzarlo. O de ver en que dirección había corrido.
Normalmente hubiera hecho una lista de los sitios a donde él gato podría haber ido. Luego, hubiera recorrido estos sitios y la ciudad entera preguntando si alguien lo había visto. Pero su estado de ánimo estaba muy por debajo de lo normal.
Habría sido imposible reconocerla: cuando vio que el gato se había ido, dejó salir su frustración de días lanzando la jaula con tanta fuerza que cayó del otro lado de la calle, arrancándole un grito a la señora que vendía lentes oscuros en la acera. Molly se quedó mirando a la mujer, pensando que seguramente se merecía algo peor. No tenía razones para tener aquella idea, pero era sincera. Todo el mundo merecía algo malo. Todos eran unos hipócritas, vacíos y egoístas. Hasta los gatos.
Rendida ante ese pensamiento, regresó a casa llorando. No se lamentó por no haber llevado el auto, estúpido habría sido entrar al tráfico de esa zona para recorrer cuatro cuadras. Era culpa de su hermana y del gato traidor... Y de Aaron, cómo no.
Se encerró en su habitación y fue la empleada quien tuvo que decir a “los señores” que ella había vuelto temprano pero muy enojada; pero no supo que responder a todos cuando preguntaban por el gato.
Al día siguiente la deprimida joven fingió que seguía dormida hasta que todos dejaron la casa, y siguió tirada hasta que se dio cuenta de que aquello era la muerte: un espacio cerrado, ningún contacto con nadie y ninguna motivación para nada. La idea le dio tanto miedo que tuvo que escribirlo, y cuando terminó, se sintió capaz de ir a la universidad, como cada día, a fingir que era parte de la sociedad.
Todo estuvo bien en clase, quizá porque no estaba escuchando nada. Pensaba en Aaron. El que no había sido un hipócrita jamás. El que no se molestaba en negar que era egoísta: el “malo”. Justo ahora, odiaba haber hecho que se fuera. ¿Ahora? Eso no era verdad. Lo extrañaba hacía tiempo, aún antes de sentirse tan sola y tan enojada.
En el mismo modo autómata en que recibió las clases, llegó al comedor; no sabía de que hablaban sus compañeros de mesa. Y todo seguía bajo control; hasta que Aaron intentó ser amable:
¿Qué tal te fue con el gato?
Lo ha de haber matado un carro —soltó la escritora, con rabia generalizada.
¿Cómo así? —preguntó él, confundido, intentando pasar por alto el enojo— ¿Se te escapó?
¡A mí! —respondió casi a gritos— ¡A mí sola! El gato de mi hermana. Cuando YO lo llevé al veterinario.
Era fácil ahora que había empezado a hablar. Antes había querido guardar su rabia. Pero ahora sólo quería soltarlo. Decir en voz alta lo que había estado pensando todo ese tiempo: “Cuando acaba la fiesta, se van todos. Cuando necesito ayuda, estoy por mi cuenta. Cuando estoy triste, nadie comprende. ¿Para qué hago el esfuerzo de soportar a las personas, si de todas formas estoy sola?”. A menudo se negaba a pensar en ello, y hace un momento había querido callarlo, pero ahora... 

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