sábado, 6 de octubre de 2012

El malo del cuento. Capítulo 7


Ficha de la Historia

Cinismo


La luz era muy intensa.
Molly abrió los ojos con facilidad, no tenía sueño. Había dormido a gusto. La alarma había enmudecido hacía poco menos de una hora. Llegaría tarde a clases.
Le valía.
Se levantó animada y antes de prepararse para salir se hizo un desayuno decente: nada de medio comer sólo para no desmayarse en clase. Se demoró en elegir lo que se pondría, pero al final descubrió que no tenía caso porque no se había demorado al comprar la ropa y había lo que había; de modo que salió como siempre.
En todo ese tiempo muy pocas veces dejó de tararear la última canción que había escuchado el día anterior, pero se olvidó de ella cuando escuchó otra muy parecida en la radio al arrancar el auto.
Ya no había estacionamiento cerca del edificio donde recibía las dos clases que todavía no había perdido. Una vez que la radio y el motor enmudecieron en el peor estacionamiento posible, Molly sintió que el silencio la ahogaba.
Se aburrió mucho mientras caminaba hasta el edificio, excepto por ese momento en que pasó cerca de un grupo de muchachos que contaban un suceso que incluía cemento fresco, una chica en minifalda y... el zapato que uno de ellos intentaba limpiar.
Entendió menos de la mitad en la única clase a la que entró finalmente.
Y cuando fue a casa, con su novio como copiloto, estaba segura de que éste era él único Aaron con el que tendría que conversar ahora. El único que intentaría decirle que comer, le revolvería el cabello, y quizá la despertaría vía telefónica alguna mañana muy importante.
Había funcionado.
Ningún coleccionista de habilidades sobrehumanas exigió su atención mientras la escritora se hacía arrumacos con su novio, ni comentó nada sobre la película que vieron a medias en la sala. Pero, como lo bueno y lo apenas pasable terminan, Aaron se fue a jugar un partido de fútbol con sus amigos una vez que la película llegó a su fin.
Molly se quedó estudiando. Nadie le dijo que cómo se le ocurría anotar que 3x4 da 16 y que nunca aprendería ecuaciones diferenciales si no sabía ni multiplicar. Nadie la regañó por morder el lápiz grafito que había estado en el suelo, y no hubo quien le hablara de historias a medio escribir mientras ella miraba una telenovela.
Estaba sola.
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Alfred había visto pinares durante largo tiempo, pero le había llegado el turno a los campos resecos donde los pocos árboles destacaban. No se dio cuenta en qué momento cambió el paisaje, puesto que estaba observando poco y recordando más de lo que quería.
No es que no le tuviera aprecio a su tío, pero recordarlo era inquietante. No porque se burlara de él continuamente o porque siempre estaba desafiando a las dos familias con su comportamiento egoísta e irresponsable. Era porque a veces tenía razón.
No es divertido que alguien venga a contarte alguna cosa desagradable que no quieras creer y tengas que aceptar que es la verdad. Así solía ser con su tío. Todas esas verdades que convierten en adulto a un niño, se las había dicho él. No, ni siquiera eso: lo había obligado a entender. “Eres listo”, le decía, “puedes pensar por ti mismo; así que no necesitas comerte las explicaciones que otro prepare”.
Le hacía pensar en esas situaciones que se daban de cierta forma sin más explicación que la costumbre, los valores o la ley, y le preguntaba si había una explicación mejor; también lo hacía buscar alternativas. Si no sabía responder su tío lo humillaba, y como nunca le había gustado ser humillado, no le quedaba más remedio que exprimirse el cerebro en busca de una respuesta.
Y cada vez había terminado desencantado.
Imagina que un día nadie quisiera obedecer al jefe de las dos familias”, le pidió una vez, “dime, ¿que crees que pasaría?”.
Lo pensó y repensó.
Su respuesta le pareció poca cosa al que gratuitamente le instruía, de modo que siguió haciéndole preguntas que lo llevaban cada vez más profundo, hasta que un Alfred de diez años comprendió que el Hechizo Filial que aplicaban sobre todos ellos no era realmente para velar por la salud de los miembros de ambas familias y, de paso, descubrió por qué los cercanos al jefe de las familias eran siempre desconocidos entre sí.
Tal vez debía agradecerle por todo lo que le había enseñado cuando todos los demás estaban concentrados en educar a su hermana mayor. O por tratarlo como un igual desde que era pequeño. Por motivarlo a desarrollar una habilidad que su padre hubiera querido ahogar: cuestionar el mundo.
Aún así, su tío siempre lo hacía sentir mal.
En todo caso, no había tenido que verlo demasiado porque su padre no lo soportaba. Aquel paciente hombre que rara vez se molestaba, siempre discutía con el tío Raúl. Lo llamaba anarquista, desleal y conflictivo. Alfred jamás habría puesto una mano en el fuego por la lealtad de aquel hombre que se ocupaba tanto de sí mismo. No tenía dudas de que era conflictivo. Pero también estaba seguro de que, anarquista, no era. Su papel como parte de las dos familias era demasiado cómodo y le favorecía la forma en que las cosas funcionaban. La anarquía seguramente le hubiera requerido mayor esfuerzo, sin reportarle ningún beneficio.
El hombre simplemente veía las cosas a su manera. Una bastante negativa, que le permitía ver que a veces tenía que jugar sucio y el resto del tiempo esquivar a los otros que conocían tan bien como él la forma en que funcionaba el mundo. Tenía una habilidad para ver cosas desagradables en el fondo y no era capaz de dejar un solo precepto sin cuestionar.
Desde la costumbre de no relacionarse con personas que no tenían magia en la sangre hasta la ley que prohibía usar sus capacidades para tomar del ambiente cualquier cosa que pudiera crearse. Todo tenía para él una razón oscura; no necesariamente mala, pero sí oscura. Y eso le servía de excusa para hacer sus propias canalladas de cuando en cuando.
Cómo si no tuvieras los tuyos”, le había dicho al jefe anterior de las familias, cuando éste pretendía aplicarle el castigo correspondiente por no reconocer a su hijo. Lo más irónico era que los días en los que la gente negaba a sus hijos habían quedado atrás hacía mucho; ya solamente los jefes de familia tenían hijos en secreto, dado que se les prohibía formar una familia nuclear. Pero el hombre no quería reconocer la paternidad de su único hijo y no lo hizo; había tenido la suerte de que el intachable jefe hubiera sido joven e irresponsable alguna vez... hacía bastante tiempo.
Según su hermano, Raúl era imposible: no había forma de que entrara en razón.
El sobrino estaba mejor informado. Un par de veces le había ganado un debate, y su tío había aceptado la derrota feliz de la vida. Por ejemplo, respecto a la posición de Genieve sobre las leyes. A diferencia de su hermana mayor, Alfred no llegó a conocerlas todas hasta los 18 años más o menos, pero aunque era mucho más joven cuando su tío le comentó sobre “esa idea estúpida de que no se puede usar magia para lo que uno quiera”, ya sabía a que se refería. Había escuchado la postura de su padre y de Genieve: era la ley y debía respetarse. Pero su tío lo hizo responder quien ponía las leyes.
Lo curioso era que la respuesta sincera era la misma en ambos: no sabían. ¿Quién tenía idea de dónde o cuándo había surgido la ley? Las dos familias habían olvidado esos detalles. Cada ley era lo que era desde que las dos familias compartían sus vidas. Había supersticiones, por supuesto. Que si el medio ambiente se degradaba cuando se utilizaba magia ambiental, que si los recursos no eran ilimitados y por eso era mejor crear que tomar.
El tío Raúl no creía en leyendas; en cambio tenía una idea propia: quien había hecho las leyes debía haber dado las ordenes, entonces: los primeros jefes de las familias debían ser los creadores del reglamento que sus sucesores hacían cumplir. Más aún: ¿a quien beneficiaban la mayor parte de las leyes? En este punto el joven había tenido que soportar las burlas de quien le alentaba a pensar, puesto que no sabía bastante sobre las leyes como para sacar alguna conclusión. Al final, había escuchado las explicaciones sobre cómo la creación mantenía bajas las energías de los magos promedio; y cómo afectar el entorno podía alterar el orden que mantenía el poder en manos de quien estaba. Comentó varios ejemplos; le hizo preguntas sobre otros. Todo volvía a lo mismo: era puro y sencillo control, que mantenía a todos los miembros de las dos familias dependientes del jefe.
Alfred tenía que admitir que era verdad y, si Genieve no lo sabía, sí era inocente de parte suya. Sin embargo, en esa ocasión él tenía preguntas para quien le guiaba en el secretismo de su mundo: ¿Qué había de malo en que el jefe de las familias se impusiera? Sin ese control, cada mago podría actuar contra el entorno, la gente que tenía sangre sin magia y cualquier mago. El jefe influía en los miembros de todas las familias y nadie tenía todo lo que deseaba, pero había respeto, y todos tenían lo necesario para vivir.
¿No era lo más normal que Genieve quisiera apoyar ese orden? Esta vez fue él quien abrió los ojos de su tío: tal vez no había inocencia en Genieve. En todo caso, las cosas que ella creía podían ser comprobadas; todavía quedaba alguna evidencia del caos climático que había traído en el pasado el abuso de la magia ambiental.
Qué Raúl siguiera utilizándola y que Agnes a veces le imitara, no iba a causar la peor temporada de huracanes del último siglo, pero si todos los magos lo hacían... Ya había pasado antes. Y su buen trabajo había tomado limpiar el desastre.
Después de puntualizar todo eso, Alfred había conseguido lo que su padre no: el tío conflictivo le había dado la razón. Un par de veces más había conseguido repetir la hazaña, sin que su padre llegara a darse cuenta. Era imposible contárselo, dado que la sola mención de su hermano descarriado le irritaba.
No lo había visto en años, pero no había esperanzas de que en aquel tiempo se hubiera corregido. Y ahí iba el joven al que había enseñado a pensar, dispuesto a pagarle el favor dándole información desagradable.
Bastante camino había tenido que recorrer, y estaba muy cansado cuando llegó a la casona que habitaba su tío, que resultaba lo bastante ostentosa para llamar la atención pero de todas formas no lo hacía. Bien sabían todos sus familiares cercanos que algún tipo de hechizo debía haber sobre la casa o sobre los vecinos. Magia prohibida, por supuesto: control sobre el conocimiento y razonamiento humanos.
No era tan raro en esos días: las leyes cada vez se trataban de manera más flexible. Pero, como de costumbre, Alfred se descubrió pensando que si viera esto, su tutora se habría puesto furiosa. Otra que no toleraba al hombre que salía personalmente a recibir a su sobrino favorito.
¡Hijo mío! ¿Qué hacés aquí? —hizo una pausa y observó su aspecto cansado—. Te ves fatal, ¿tomaste el autobús?
Sí tío.
Tan tonto, mi muchacho. ¡Tomar el autobús en tu periodo de libertad! —y suspiró nostálgico—¡Si yo te contara como aproveché ese añito!
¿Año? Pero si estafaste al contador para tomarte cuatro meses después de los catorce permitidos.
Pequeñeces —el millonario local mostró su sonrisa maliciosa y abandonó de golpe la plática banal—. A ver, no me has visitado desde lo de tu hermana, así que acepté que no te agrado...
No es eso tío...
Pero casi. Lo importante es que no aprecias mi presencia como aprecio yo la tuya. Así que, ¿como es que viajaste de tan lejos? —la burla asomó a sus ojos al recordar el viaje.
Mataron a Agnes y a Gregorio. No se sabe nada... bueno, ni siquiera están considerando que sean asesinatos. Pero dos accidentes así, seguidos, no tienen sentido.
Lo dijo rápido porque el caballero que siempre optaba por ir al punto lo valoraría. Y para no pensar demasiado en ello mientras lo ponía en voz alta. Le sorprendió la reacción de duda en su interlocutor. Esperaba que alguien como él uniera los puntos de golpe, aunque más tarde lo descartara todo.
Agnes...—habló por fin el hombre que cuestionaba todo— ¿era la ancianita que vino para lo de tu hermana?
Sí.
Ahora sí. Era fácil para el hombre que le había enseñado a sacar la conclusión más espantosa, saber lo que Alfred estaba pensando:
Y si la asesina es Agatha, me tocará más tarde o mas temprano.
No hacía falta, pero el muchacho asintió.
¿En serio te imaginas a tu hermana matando a su niñera y a su primer amor?
Solo fue mi niñera. Y a Greg lo mandó a freír espárragos...
¡Pero lo apreciaba!
A su modo. Lo que no sé es si se quiere más a ella misma.
El que ya había dejado atrás cualquier idealismo tenía sus dudas sobre esa posibilidad. Debía ser muy probable si hasta su sobrino, tan joven y tan noble, podía considerarlo. Él no conocía tanto a la muchacha. Y sin embargo, había algo que sí sabía, y que tiraba al piso cualquier posibilidad.
¿Y bien? —joven, impaciente. Lleno de dudas.
No creo que lo haga. No tendría sentido porque ella y Genieve son como madre e hija. Sería demasiado. Además...
¿Y entonces, no hago nada...?
Lo que estás haciendo es más que suficiente. Imagino que advertiste a Genieve. Es todo. Si fuera ella, ya lo confirmaré. Y espero que no se te quiebre la voz cuando tengas que hablar por mí ante tu papá y el jefe de las familias. Porque ella no es rival para mí dadas las condiciones, y no le daré oportunidad de hacerse más hábil con el tiempo.
Y si no es ella...
¿Si es otra persona, quieres decir? Se verá si su blanco resulta ser otro. O le pasará lo que a cualquiera si de todas formas tiene asuntos conmigo. No tiene mayor importancia ahora que tenemos los ojos abiertos. ¿Te quedas a cenar?
Me quedo a dormir tío, no hay forma de que haga ese viajecito hoy mismo.
Usa magia, pedazo de idiota.
No quiero.
Marioneta de...
¡Te digo que no lo hago porque no se me antoja!
¡Por que te lavó el cerebro esa mujer!
¡Por que no quiero, demonios!

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