viernes, 5 de octubre de 2012

El malo del cuento. Capítulo 6


Ficha de la Historia



Repercusiones



Buenos días, preciosa”
Buenos días... —respondió la muchacha que yacía en el lado derecho de su cama con el cabello todavía más revuelto de lo usual y los ojos entrecerrados.
Volvió a cerrar los ojos, pensando en decirle que se fuera a...
¿Aaron? —entendió que él estaba tendido a su izquierda, observándola.
Escritora”
¿Qué diablos hacés?
Te despierto”
Ella lo sabía, justo eso era lo raro.
Y... ¿cómo hiciste eso?
Ella sabía (y porque lo sabía, para ella era cierto) que su personaje tenía dificultades para responder a eso.
¿Qué hiciste vos para que me despertara? —insistió la escritora.
Te sacudí. ¿Por qué?”
No, en serio. ¿No lo sabés?
En serio, eso hice.” y tras una pausa, la pregunta: “¿Qué tiene?”
Que no era posible. Él no era real, así que no podía tocarla y menos aún sacudirla.

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Genieve y Alfred desayunaban juntos cada día. Por eso ella encontró extraño que él continuara dormido a las siete y pico. Llamó a la puerta de su habitación y él no respondió, pero salió un minuto después. Tenía un aspecto terrible. Era lo más normal, debido a las pesadillas y el insomnio que habían hecho turnos toda la noche.
Genieve, tenemos que hablar.
Sobre lo que le pasó a Greg, supongo. Admito que es muy extraño... Pero no creo que estemos en posición de sacar conclusiones, así que me comuniqué con tu papá. Dijo que él mismo hablaría con el jefe.
De aquí a que logre hablar con él...
Sí, supongo que tenés razón en eso —suspiró la mujer, revisando que su bolso tuviera todo lo que necesitaba en el trabajo —. Pero qué se puede hacer.
Voy a ir a hablar con mi tío.
¿Y eso por qué?
¿En serio no lo has pensado? —no se lo creía.
El silencio de Genieve hablaba de su completa ignorancia sobre lo que para él era evidente. Así que lo explicó:
Sabés bien a quien le convenía que murieran.
La ignorancia siguió ahí un momento más, y luego:
Pareciera que hablás de Agatha.
Pues sí. Ella parecía de lo más inocente, pero aún así...
¿Entonces sí la viste? —le interesaba más eso que las acusaciones.
Sí.
¿Y? ¿Cómo está?
Se ve rara pero no ha cambiado ni un poquito. Pero, ¿me estás poniendo atención?
Ay, muchacho, claro que no. Yo conozco a esa niña mejor que a cualquiera, y te puedo garantizar que ella nunca mataría a una mosca. Y menos en la situación en que está. Sería un esfuerzo demasiado grande para ella. Y aunque no, ¿creés que hubiera matado a Greg para...?
La verdad no lo sé. Greg y vos siempre la han considerado más buena de lo que es. No saben.
No lo decís en serio. Estás mal por lo de Greg.
A lo mejor. Pero prefiero advertirle a mi tío. Por si acaso.
Se va a reír de vos.
Seguramente lo haría, aunque estuviera de acuerdo con él, encontraría alguna cosa de la cual burlarse: una palabra mal pronunciada, una idea difusa... lo que fuera serviría.
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La creadora de Aaron y otros psicópatas de cuentos sin terminar, estaba quedándose dormida.
No era que, como la niña rica que era, le tuviera sin cuidado la huelga del 54. Tampoco era porque pertenecía a esa generación a la que nada le importaba. Simplemente le aburrían las historias sin personajes, y en aquella clase todo lo que le enseñaban sonaba como eso. No hablaban de personas, sólo de hechos. Y si ni siquiera eran hechos sobrenaturales... Como fuera, su abuelo contaba mejor esa historia, aunque fuera de segunda mano.
Se puso alerta cuando alguien le dio un golpecito en el hombro. Iba a volverse para preguntarle a su compañero qué se le ofrecía, cuando la profesora pasó justo al lado de ella, con su discurso aburrido que tenía más números que otra cosa.
Si la hubiera encontrado con los ojos casi cerrados, eso hubiera animado la clase. Lamentablemente también podría servir para que la reprobara. Esa mujer era una exagerada.
¿Ahora también vas a mirarme mal por despertarte?”
Molly ya estaba acostumbrada a que él le hablara de pronto, pero todavía se sobresaltaba en ocasiones, y lo que él acababa de decir, le ponía la piel de gallina. ¿Realmente él había tocado su hombro?
Lo pensó seriamente. Era posible.
Aaron había estado creciendo constantemente desde que ella lo hubiera anclado a aquel cuaderno. Sin embargo, ¿podía crecer tanto? Estaba en su cabeza, nada más. No tenía sentido que pudiera tocar cosas.
Pero, no estaba tocando cosas, ¿verdad? Sólo a ella. Eso era extraño y atemorizante, pero posible. No había nada de que preocuparse. No estaba perdiendo la razón... no más que cuando había empezado a “pensar en contestarle” a un personaje ficticio que iba de un lado a otro con ella, cargando un libro de partituras que no le servía para nada.
De algún modo, mientras llegaba a esa conclusión, había recibido dos clases y se había encontrado con su novio, todo en piloto automático.
Estás distraída, Chocolatito —dijo el Aaron real mientras tomaba una bandeja en la cafetería.
Ella emitió un sonido de asentimiento por mientras su cerebro procesaba la frase. Estaba viendo las opciones para su almuerzo.
¿Es por la novela?
Podría decirse —eso sí lo había entendido.
¿Problemas o un ataque de inspiración?
Era su turno, y la señora que había tenido la mala suerte de atenderlos ya los miraba con ojos asesinos. Con una larga fila de gente que se quejaba porque “esas mujeres no atendían rápido”, Molly tenía que darle la razón por enojarse al verlos a ellos de lo más tranquilos conversando.
¿Qué vas a comer? —dijo, para apresurar a su media naranja.
¡Ah sí!
Decidir que es lo próximo que pondrás dentro de tu cuerpo es cosa seria, de modo que la conversación se interrumpió hasta que los platos con lo que habían elegido fueron colocados en la bandeja que llevaba él. Después de la barra de comidas, había un espacio con postres. La gente solía robarlos a la hora en que había más movimiento, pero era la única forma que los dueños encontraban para que algún cliente sintiera la necesidad de comprarlos.
Era el tipo de dulces que hacen más daño que bien. Y Molly era de esas que al verlos, no podía contenerse.
¿Vas a comerte eso?”, regañó el Aaron inventado justo cuando el real decía algo. Molly, que últimamente escuchaba con más claridad al personaje que a las personas, optó por ignorarlo esta vez.
¿Qué dijiste, mi amor?
Qué si en serio piensas comerte eso que pusiste en la bandeja. Es que no es precisamente....
¡Por favor! —la muchacha pasó del enojo a la risa, y se le escapó el comentario— ¿Los dos?
¿Qué...?
No me hagás caso. Y dejáme comer, además —su salud, su dinero: su postre. La que no iba a hacerle caso a nadie era ella—. Mejor te cuento como vamos con la historia...
¿Una sola cuenta? —preguntó el cajero.
No... éste es de él y... ¿Y mi postre?
Aaron se encogió de hombros, pero su novia no iba a dejar las cosas así. No le podía dar esas libertades, o luego le diría como vestirse, como hablar...
¿Cariño, devolviste el postre? —le preguntó muy seria y con un tono que hacía sonar la primera palabra más como un insulto.
No —se defendió el modelo del verdadero culpable.
Un culpable que no tenía ningún problema en confesar:
Yo lo quité. El azúcar te hace escribir estupideces. Puedes comer cuanta quieras cuando hayas terminado mi historia.”
Pero... —aquello no era posible. Era justamente lo que ella suponía que separaba la imaginación de... lo que fuera que ahora tenía que manejar.
En serio, no fui yo —el muchacho estaba preocupado también: por la expresión que había puesto ella. No sabía si estaba pálida de rabia o enferma—. Molly, amor... ¿estás bien?
Sí. No pasa nada.
Se le notaba que mentía. Pero; mientras ella pensaba que finalmente había perdido más tornillos de los debidos; él creyó que sólo estaba enojada y que había decidido no pelear, así que decidió por su parte que era mejor no hacerla cambiar de opinión.
La discusión quedó ahí, pero la auto diagnosticada esquizofrénica, se negó a hablar con Aaron durante todo el almuerzo. Con cualquiera de los dos.
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Dos antiguas conocidas se habían citado en una cafetería a la que ninguna de ellas entraba normalmente. No se habían visto desde el colegio, pero se reconocieron de inmediato. Ayudaba que estuvieran peinadas exactamente igual que en aquellos días. O despeinada, en el caso de Molly. Ambas iban acompañadas, pero ninguna hizo las presentaciones que correspondían.
Ordenaron mientras se saludaban, lo cual hacía confusas ambas cosas. Una vez que estuvieron sentadas en la mesa libre que vieron más cerca, la escritora de Aaron empezó a pensar como era que iba a hacer esa pregunta por la que estaba ahí.
Así que... ya no detesta el café —la estudiante de letras que había ido al colegio con Molly sonrió mostrando apenas sus colmillos montados.
Viene con el otro vicio, por lo visto —respondió la que hubiera querido estudiar letras también.
¿El de escribir? ¿O el de leer?
Usted sabe que es la misma cosa.
Rió, porque sí lo sabía. Y luego cayó sobre ellas el incomodo silencio de dos personas que solían conocerse pero ya no.
Ajá, es bonito verla y todo —la ex-compañera de Molly era muy impaciente y nada diplomática—, pero... ¿por qué me llamó?
Tenía que preguntarle algo.
¿Ajá? —inquirió la otra, mientras su acompañante negaba con la cabeza, como si desaprobara la conducta de alguna de las dos, o de ambas— ¿Sobre mi blog? Lo mencionó por teléfono.
Sobre los... —apenas consiguió obligarse a decir una palabra más— personajes.
¿El anclaje? No puedo ayudarle Molly —sin fijarse, se llevó una mano al delfín de nácar que pendía de un hilo grueso en su cuello—. Yo no pude hacer que funcionara.
¿Cómo que no? —dijo la creadora de Aaron mientras le dirigía una mirada involuntaria al acompañante de la otra.
Él adolescente de cabello oscuro sonrió. Como quien dice una verdad prohibida, declaró: “La escritora no cree que yo exista.”
La escritora” se había quedado callada, dolida. Había entendido la pregunta de Molly de la única manera posible para ella: como un reclamo por no haberlo conseguido.
Yo... no creo que sea algo bueno, de todas formas —dijo Molly, cada vez más segura de que a la que le fallaba algo era ella—. Lo que quiero es deshacerme de él.
Molly esta segura de que había sonado como una completa demente y que esta chica iba a llamar a un hospital psiquiátrico. Pero su reacción no fue ni cercana a eso.
¿Por qué? —reclamó, con claras muestras de envidia.
¡Puede hacer cosas! Como si existiera.... de verdad.
¿Es independiente de usted?
Dice que no puede alejarse, pero...
Admito que si mi niño se materializara de pronto, yo me asustaría pero... No querría que se fuera.
Claro que es diferente cuando tu personaje es el malo del cuento, ¿verdad?”, se burló el individuo que no podía ser visto por su propia escritora.
Sí. ¡Quiero decir... él...! —comprendió que había comenzado a decir incoherencias, así que se obligó a ordenar sus ideas, y descubrió que una frase bastaba— Anclé al villano de una historia que no he terminado.
La otra estalló en carcajadas en un momento muy inoportuno: estuvo a punto de ahogarse con su café caliente.
¿Cómo se le ocurrió semejante tontería? —habló cuando pudo, luego se rió un poco más y al fin recomendó, ya con cierta compostura:— Si usted lo hizo venir, imagino que puede hacerlo desaparecer, ¿no? Decidir que él se vaya.
¿Sólo eso?
Yo digo. Inténtelo. Sólo imponga su voluntad. O si quiere: desee con todas sus fuerzas que desaparezca.
No te asustes, no funciona”, alentó a Aaron el otro personaje.
Aunque no llegue a servir... Duele que mi escritora no me quiera por aquí.”
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Locura.
Relativa. Compleja. Benévola o dañina. Tarde o temprano, temida.
No sólo Molly temía estar en contacto con ese concepto tan caprichosamente definido. Abigail había perdido el sueño desde que Alfred le dijera que ella había concertado una cita en el parque con él. No había comentado nada, porque ella era rápida para guardar las apariencias y “verse bien” todo el tiempo. Pero... no lo recordaba.
Había gente distraída. Pero ella no era de esos. Siempre sabía lo que había hecho y por qué. Nunca seleccionaba una hora al azar, puesto que debía cumplir demasiadas actividades. ¡Y tenía un importante compromiso para ese momento! No tenía por que llamarlo. No tenía por qué y no lo había hecho. Estaba segura... Salvo porque la idea de su amado inventando esa mentira innecesaria, le parecía tan extraña que debía considerar la otra posibilidad:
Locura.
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Que barbaridad. He desaparecido durante mucho tiempo. Seguro que cualquier posible lector secreto, ha leído lo que iba a leer en la Revista. Pero, por si acaso, ya traje este capítulo. A más tardar el domingo, tendré el capítulo 7; y el lunes serán ocho. A menos que me vuelva a quedar desconectada. ¡Feliz fin de semana gente que lee!

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