domingo, 28 de octubre de 2012

El malo del cuento. Capítulo 11






Revelaciones


Mientras Abigail se negara a hablar con un especialista, con la explicación de que le aterraba que al final la enviaran a un manicomio, no podían hacer nada más que seguir acompañándola tanto tiempo como fuera posible. Por eso había pasado la mañana con Alan y fue ella quien recibió a Molly en aquella casa.
Podían haber empezado a conversar sobre el capítulo que ya casi terminaban de escribir. O sobre el libro que ambas habían terminado de leer recientemente. Pero Abigail no estaba muy animosa y Molly estaba dándole vueltas a una idea.
Aby... tengo que hablarte sobre algo —interrumpió el incómodo silencio, dispuesta a iniciar una incómoda conversación.

Abigail y Aaron El Malo la miraron fijamente.
Lo que te conté del anclaje... —comenzó y se interrumpió. Debía hablar de una vez antes de perder el animo, pero no estaba segura de como plantearlo. Sin embargo... había una sencilla pregunta que cambiaba todo, así que empezó por ahí— ¿Lo aplicaste con...?
Sí, la pulsera de Arleen —Abigail alzó la muñeca izquierda, mostrando el brazalete barato que había comprado el mismo día que vio por primera vez al muchacho que le había roto el corazón en un supermercado—. ¿No les conté? A Alan si se lo conté... Pero te diré que no es muy distinto a escribir como siempre. ¿A ti en serio te sirve de algo?
¿Tengo que repetirte que no se lo digas? No necesito a....”
¿Cómo no le voy a decir? ¡Está asustada!”
Arleen es mi...”
Pues ahí sí te perdés, porque es el personaje de Aby, mucho antes de que yo acabara de describirte a ti. Además, tal vez con la ayuda de ella sí podrás hablar con Arleen.”
Y, vencedora en la discusión con su personaje, Molly se dispuso a decirle a su amiga todo lo que sabía. Pero se quedó en blanco porque no sabía como decirlo.
Sumida en su propio mutismo, la otra ni se dio cuenta de que el silencio incómodo volvía a llenar la habitación.
Aby...—tenía su atención, pero aún le faltaba las palabras— Funciona... El anclaje, quiero decir —y así, comenzó a decir entre silencios y frases atropelladas todo lo que se le ocurría— Tengo... algo que parece un fantasma o algo así... de Aaron. Lo veo, lo escucho... si me toca puedo sentirlo y a veces... —no se atrevió todavía a decir que podía llegar más lejos— Y lo que a ti te ocurre podría ser algo así... Él dice...
No es gracioso —sentenció la otra, muy seria, pero sin enojarse.
¡No intento ser graciosa! —se sorprendió la reciente confesa.
Entonces... ¿Cuando dices “Aaron dice que” tal o cual cosa...?
Es porque lo dice; sí —Abigail siguió viéndola con desconfianza, y ella se atrevió a seguir explicando—. Habló con Arleen. Una vez. Cuando estabas contándonos sobre...—¿cómo decirlo?— eso que te pasa. Pero ya no sabe como hacerlo de nuevo.
Ajá. Molly —la intermediaria ocasional de Arleen habló con solemnidad —. O tu sentido del humor es horrible, o tenés más problemas que yo.
Aaron rió a carcajadas. Molly le “gritó” que se callara.
No le dijo nada más a su amiga y el silencio reinó durante varios minutos, hasta la llegada de Ana. Sólo cuando la vio, Molly recordó que había llegado temprano para convencer a Abigail y Alan de que dijeran que habían comprado entre los tres el regalo de cumpleaños que le llevaba ella.
¿Por qué? Porque era una computadora portátil. Barata entre las de su tipo, pequeña y con poca memoria... pero portátil al fin.
¿¡Cuánto te costó!?
Es un regalo, Ana, no puedo decir el precio.
¡Pero es que...!
¡Dejá! Es un regalo egoísta: si tenés todo en tu PC moribunda y se te borra, nos atrasaremos con la novela.
¡Pero... !
¡Ya, por favor!
Ambas estaban avergonzadas, pero ninguna se había sorprendido mucho con las acciones de la otra.
La llegada del optimista, pálido y con un libro en la mano, interrumpió la discusión.
¡Ve! Sí viniste. No pudiste llegar más tarde porque estamos en tu casa, ¿verdad? —rió la cumpleañera— ¡Trabajemos pues!
Trabajemos —repitió él, con voz afectada.
Alan —murmuró Abigail, señalando a Ana con la mirada.
¿Qué? —el muchacho se sentó al lado de la skater y dejó el libro en la mesa de comedor que usaban como escritorio.
¡Hombres! —dijo Molly, con fastidio—. Ahora ya no sirve.
¿Qué cosa?
¡Por “el eje”! —gritó Ana, asustando a las otras chicas y arrancándole una sonrisa al muchacho— ¿De dónde lo sacaste? ¡Me lo tenés que prestar!
Bueno —el muchacho deslizó el libro sobre la mesa para que quedará justo frente a ella.
¡Maldito! ¿Por qué lo compraste? —la muchacha acarició el libro como a un tesoro prohibido.
Cerró los ojos un segundo, sorprendiendo un poco a Molly, pero no a la otra chica que sabía sobre desear un libro y no tener dinero para comprarlo. Alan se mordió los labios, ansioso, cuando la vio abrir el libro.
Entonces Ana empezó a reírse.
Buen intento —le comentó al muchacho, sin que las demás supieran de que hablaba—, te hubiera quedado mejor en medio de algún otro libro. Con éste sólo puedo pensar que hubiera preferido que me regalaras el libro y no la tarjeta...
¡Ah! Sí se acordó —comentó Abigail, mientras la homenajeada abría la tarjeta de cumpleaños que había encontrado entre las páginas del libro.
¿Te gusta? —preguntó, él sonriente.
Ella lo miró, correspondiendo la sonrisa. Negó con la cabeza, divertida.
Admito que no vi venir eso.
¿Qué dice? —quisieron saber las otras, y Abigail prácticamente le arrebató la tarjeta para descubrir la sencilla frase: “Es tuyo.”
Que tierno —comentó Molly.
Lo es. Gracias, muchacho. No puedo creer que supieras que me moría por éste libro. Y no puedo creer que no lo hayás metido en una bolsa de regalo como la gente normal.
Él asintió y apartó la mirada; seguro de que estaba preparando bien el camino. Pero, cómo de costumbre, Ana no estaba de acuerdo con la forma en que él manejaba la situación. Apoyó una mano en la mesa, se giró en su asiento y se inclinó cuanto hizo falta para para besarlo.
Se tomó su tiempo, y él no iba a ser quien la detuviera, pero a la larga tuvieron que respirar.
¡Es que cuando no dan ganas de matarte, dan ganas de comerte! —suspiró la desinhibida joven.
Él no pudo contestar nada. Estaba preguntándose como había pasado eso. Si así estaban las cosas, tomaría consejo de extraños más a menudo.
Me parece que ya hiciste las dos cosas —dijo Abigail, risueña.
Las tres rieron. Y Molly no pudo detenerse luego.
Pero calmate, niña —empezó a decirle su compañera en la locura.
...the hell! Si no es para tanto —rezongó la otra— Oíme, Alan.
¿Eh...?
Es mi cumpleaños...
Lo sé —dijo él, riendo.
Me dan libre en el Iron, así que, invitame a salir.
Eh.... ¿A dónde?
Improvisá.
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Arleen”
Aaron, quitáte, intento sostener una conversación”
Su personaje la mando a callar sin ninguna consideración. Así que se esforzó por ignorarlo, pero era imposible ver la expresión de Abigail con él plantado justo entre las dos, según él para ver a los ojos a la escritora, buscando al personaje que subyacía en ella.
... sí, ya días. ¿En que mundo vivís vos que no te dabas cuenta?
¡Si se la llevaban peleando!
Y así van a seguir, pero es que ellos así se quieren —Abigail recordó un detalle—. Seguro no te fijaste porque no conocés a “Alan antes de Haru”. Nunca lo vi discutir con nadie, para empezar. Tiende a ceder y esperar lo mejor. Pero con Ana es tema dif...
Las dos gritaron a la vez; Abigail había soltado un alarido de sorpresa y Molly un específico regaño:
¡Maldición Aaron, ya basta!
Un florero de vidrio había... ¿caído?, ¿estallado?
Nada de eso.
Abigail debía conformarse con pensar que había sido la gravedad. Pero la autora del frustrado personaje lo había visto lanzar el objeto contra la pared en un arranque de cólera.
¿Por qué hacés eso? —preguntó la que no creía en personajes capaces de mover objetos reales— ¿O es que de verdad pensás que fue él?
Molly no le hacía caso. Sin pronunciar palabra, estaba diciéndole a Aaron que eso era la frustración que según él nunca iba a sentir; entre reconfortante y harta, le pedía que se calmara un poco. Y él realmente lo intentó.
El personaje decidió dejarlo por el momento. Acarició el cabello de Abigail, pensando en esa chica que era creación de uno y otro. Se dio la vuelta, resignado, y...
¡Detenme! —suplicó Arleen, en boca de su autora.
¿Pequeña?”. El coleccionista de habilidades volvió a mirarla a los ojos, pero ya no había nada que ver ahí. Había perdido el momento.
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Los enamorados estaban más nerviosos de lo que venía al caso considerando la naturaleza de su relación.
Habían empezado bien: comiendo algo dulce, hablando de libros y comentando asuntos más o menos relevantes. El tema de la novela conjunta surgió una sola vez, cuando Ana le contó al muchacho un poco más sobre aquella canción que ya no ejecutaba nada bien. ¿La relación? Qué la skater había estado pensando en esa canción desde que la propietaria original de Aaron hablara del libro de partituras. No sabía porqué y el nombre de la canción no le significó nada al escritor, pero trás escucharla tararear la canción, compartió su sentimiento al respecto. Se vieron, así, hablando de como se puede saber algo sin poder explicar cómo.
Pero una buena conversación no es una cita, y más tarde los dos cobraron conciencia de ello y abrieron la puerta a la ansiedad.
Ana ahogaba sus nervios tomando. Alan evadía los suyos hablando. Él se quedo pronto sin un tema de conversación interesante y ella estaba demasiado tomada para pensar bien a donde podía llevarlo y a donde no. Por eso acabaron en uno de los sitios a donde ella iba con sus compañeros de pandilla: uno que hubiera podido pasar por una discoteca si no hubiera sito tan reducido el espacio.
Ana fue quien vio primero al ex-novio de Abigail, pero no llegó a reconocerlo. Sólo lo señaló a él y a la mujer que lo acompañaba y dijo:
Si te callás un momento, podemos hacer lo que hacen ellos.
Tras interpretar esas palabras en la voz enredada de su alcoholizada pretendida, Alan volteó sin demasiado interés, esperando ver algo realmente atrevido o hilarante. Pero lo que vio lo sacó de sus casillas. Alfred estaba besuqueándose con una joven vestida para seducir. La mesa que ocupaban estaba llena de botellas y él mismo sostenía una a medias.
No era asunto de ellos que el muchacho anduviera por ahí emborrachándose y arrinconándose con cualquiera. El enojo de Alan era por él atrevimiento de un muchacho de tal categoría al pensar siquiera en conquistar el corazón de Aby. Sintió deseos de gritarle y, debido quizás al estrés de aquel día, no quiso controlarse. Conforme se acercaba, empezó a dudar. ¿Acaso su amiga estaría de acuerdo?
Se detuvo en el momento justo para ver que alguien más se acercaba a la mesa. Una mujer de andar altivo que le parecía familiar, pero ¿que importancia tenía?
La mujer se veía bastante más seria y definitivamente mayor que la otra. Le quitó la botella de las manos al muchacho y él se limitó a tomar otra. Desde su posición, Alan hubiera jurado que había estado vacía. Y hubiera tenido razón, pero ya no lo estaba.
No vas a emborracharte con eso, ¿sabés? —dijo la mujer, paciente.
Alan supuso que estaba escuchando mal porque con la tercera parte de la botella que Alfredo estaba por acabarse, había visto caer a muchos más grandes.
Sí, ya sé —dijo el muchacho, con la voz perfectamente clara y llena de desidia. Tomó un trago más y dejó caer la botella que, más que romperse, se purlverizó al tocar el suelo.
Largo de aquí —le ordenó Genieve a la otra mujer, que obedeció algo asustada.
¿Cambiaste de opinión sobre mi libertad? —rezongó el muchacho.
No. Pero no lo hacés bien. ¿De verdad querés perder el control sobre ti mismo, olvidar quien sos, vomitar en tus propios zapatos y despertar con un dolor de cabeza memorable?
Había algo fuera de lugar en esa conversación, en la seriedad que había tomado de pronto y sobre todo en el tono de cansancio con que respondió el aludido:
Sería bueno, sí.
Entonces dejame mostrarte como se hace, antes de que lo tengás prohibido.
Vos sos la maestra, ¿no? —desafió él.
La mujer comenzó a hablar primero, con tono ausente; con un par de palabras de retraso, el muchacho se le unió. Alan no tenía idea de que idioma era el que usaban para recitar aquello, y empezaba a parecer demasiado irreal todo cuando Ana se paró al lado de él y le reclamó:
What the hell? —esa frase venía con la claridad de siempre, pero el resto fue difícil de entender— ¡Me dejaste botada!
Cierto, la que estaba borracha era ella, así que ¿por qué la sensación de irrealidad la tenía él?
¿Traés tu cuaderno, Haru?

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