lunes, 22 de octubre de 2012

El malo del cuento. Capítulo 10


Ficha de la Historia



Fuego


Campanas.
Su móvil no reproducía mp3, pero estaba bien porque a él le bastaba con escuchar campanas cuando alguien le llamaba. Había algo cómico en la idea de oír campanas esta vez, porque llamaba ella.
Hola, Haru, ¿cómo amanecis...eron?
¡Me dormí, Alan! —comunicó Ana, lo bastante preocupada como para obviar aquel saludo.
No me digás que se vino a la universidad solita.
Espero que haya sido eso. Pero ¿y si...?
No, tranquila. Yo creo que sé en que aula está ahora... voy a buscarla y te aviso.
Está bien.
No te preocupés, de seguro le dio pesar despertarte.
Se despidieron y Alan cumplió su parte; pero Abigail no estaba en el salón en que debía estar. Ni estuvo en la siguiente clase. Tampoco respondió ninguna de las llamadas que le hicieron.

A las nueve de la mañana aceptaron que algo podía estar mal; pero esperaban que ella los llamara cuando volviera en sí. Poco antes de mediodía, estaban histéricos los tres.
Molly empezaba a hablar de llamar a la policía, reportarla como desaparecida. Ana se sentía sumamente culpable y asustada.
¡Pero es que fuimos tan tontos! —se quejaba el mejor amigo de la desaparecida— ¿¡Cómo se nos ocurrió que podíamos vigilarla todo el tiempo!? Debimos hablar con alguien... Buscar... ayuda...
¿Un psicólogo? —inquirió la que había fracasado en la tarea de vigilar.
Algo así.
Mientras ellos hablaban de esa posibilidad, Molly miraba de derecha a izquierda y de regreso una y otra vez. Seguía con la mirada a alguien que no estaba ahí físicamente, pero aún así caminaba de un lado a otro. Una cuarta persona histérica ante la desaparición de la joven... o más bien, por el hecho de que con ella había desaparecido Arleen.
De cuando en cuando, Aaron exigía que fueran a buscarla. Molly no hubiera sabido por donde empezar, pero también quería hacer eso.
Aaron, ¿por qué tan preocupado?”, quiso saber, y el personaje le respondió con un silencio poco habitual.
Ella no pudo evitar considerar que quizá...“Tú la quieres.”
Es mía. Mi responsabilidad.” Y él recordaba muy bien que parecía aliviada cuando la encontró en Abigail. Además, ¿para que negarlo?, “La quiero.”
A su manera, aunque no fuera la mejor.
Nada habían escrito sobre eso. Sí habían dejado claro en monólogos de la falsa humana que ella lo amaba a él; que lamentaba no ser capaz de convencerlo y odiaba enfrentarlo. Habían redundado en explicaciones sobre el miedo que le daba llegar a descubrir que él estaba dispuesto a destruirla.
Si bien no lo habían puesto por escrito, el coleccionista de habilidades era capaz de acabar con esa existencia si no tenía opción. Pero de ahí a tolerar lo que estaba pasando, había un largo trecho.
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Discretamente sujetó su mano entre las de él. Y ella sintió la necesidad de permitir que las cosas continuaran igual. Pero no era su naturaleza.
Don Raúl, discúlpeme —dijo la joven, retirando su mano—, pero es mejor que guarde un poco la distancia. Mi novio podría pensar mal.
¿Importa mucho eso?
Sí, señor, disculpe —concluyó la mesera, y se fue a limpiar una mesa sin más necesidad que la de alejarse.
No se podían ganar todas. Había formas de llevarla a casa, por supuesto, pero así no tenía ninguna gracia para él. Estaba viejo, tal vez. O había dado con una de esas muchachas fieles y desinteresadas. Con esas opciones, supuso que debía empezar a reestructurar su modo de vida para aprovechar la vejez. A veces su visión cruda del mundo le impedía ver cualquier tipo de nobleza, y dudaba que tal cosa como la fidelidad existiera realmente.
Salió del restaurante con buena cara, ya sin recordar el desplante recibido, y se dirigió a casa. Solía caminar, para enterarse de las novedades, influir un poco en lo que le interesaba y, si había suerte, cortejar a alguna joven.
Era una especie de juego; sin heridos, eso sí: ellas veían hasta donde llegaban, aunque las reglas las pusiera él. No importaba mucho lo que llegaran a hacer; el reto estaba en convencerlas, en hacerlas sonreír y ganarse sus atenciones. Guardar el secreto ante los ojos de todos era un agregado. Los que les veían irse juntos, olvidaban; pero nada impedía que ellas lo comentaran, si querían.
El juego no le resultaba imprescindible, pero bastaba para abandonar otras actividades. Él podía darse un gusto de vez en cuando... o muy seguido.
En la caminata de ese día tuvo suerte. Encontró a una foránea que se mostró lo bastante interesada; tanto que daba la impresión de que llegaría muy lejos... y luego se iría de la mansión con algún adorno caro o la billetera de su anfitrión.
Raúl decidió que esta joven a la que llevó a casa merecía un par de cambios en el juego. Llamó a su mayordomo y ordenó una cena exquisita para dos. Se mantuvo ligeramente distante mientras comían, pero luego encendió el fuego de la chimenea y le pidió a su invitada que se ubicara a su lado frente a unas llamas débiles por falta de combustible.
Ella se acercó, dispuesta. Pero se sentó en su regazo.
No iba a quejarse él por eso.
Hablaron de nimiedades. Ella fue la coqueta y él se dejó seducir. No hubo un minuto que ella no le tuviera encima su mano izquierda. Y poco tiempo la tuvo quieta, en realidad.
¿Sabías, preciosa, que soy mago?
¿Oh, sí?
Y de los buenos, además. Yo creo que sabés que soy muy bueno. Creo que por eso es que llevás ese diminuto cuchillo. No usarías magia contra mí.
Mientras él decía esto último, la navaja que ella había ocultado en su mano derecha desapareció sin dejar rastro.
En condiciones normales, eso no hubiera intimidado a esta chica, pero una sorpresa ajena se apoderó de ella y supo que debía irse de aquel sitio.
Era algo tarde para huidas elegantes. Intentó saltar de su ubicación y correr, pero el hombre la sostuvo con fuerza antes de que diera el primer paso, haciéndola caer sobre sus rodillas y de inmediato la sujetó por el cuello para obligarla a verlo a la cara.
¿Viniste por tu cuenta?
Al ser alzada de aquel modo, no podía respirar. Pero eso no era la peor parte. Era ese maldito miedo paralizándola. Necesitaba encontrar un punto de apoyo para dejar de ahogarse a causa de su propio peso. Necesitaba localizar una salida. Necesitaba liberarse de aquella mano en su garganta. Y nada de eso era posible estando tan asustada.
¿Alguien más te mandó, muchacha? —al hablar, su atacante presionó un poco más.
No podía pensar claro.
Pero, había algo que podía hacer. Algo que no podía evitar, de hecho.
Precisamente porque estaba espantada, el fuego en la chimenea se avivaba. Nada había en el mundo que la pudiera hacer sentir a salvo, más que la única arma que le había dado su autor.
¡Respondeme! —gritó Raúl, sacudiéndola mientras ejercía más presión en su cuello.
Era demasiado para quien no sabía como manejar tanto miedo. Toda la chimenea estalló en un segundo. Las llamas acariciaron a ambos y varios trozos de ladrillo y madera salieron despedidos en distintas direcciones.
Dada la sorpresa, Raúl soltó a la chica cuando varios de estos proyectiles lo alcanzaron. Pero para la atacante convertida en víctima fue todo lo contrario. Ya recordaba su fuerza, ya no estaba dominada por el miedo: era ella misma.
Aunque aquel hombre la había estado asfixiando, ella sabía que tenía buenos motivos. No tenía nada contra él. Pero tampoco iba a quedarse esperando a que la atacara una vez más. Se puso en pie mientras él reaccionaba y corrió hasta que una mesa de centro se arrastró a toda velocidad para interponerse en su camino.
No hubiera podido contar con eso. Se golpeó bajo la rodilla izquierda y no fue capaz de mantener el equilibrio. Cayó sobre la mesa y apenas intentaba incorporarse cuando él la volvió a levantar y se las arregló para arrinconarla contra la pared más cercana.
¡Todavía no puedes irte, lindura! —bramó.
Pero todo era diferente ahora que controlaba su miedo.
Si Aaron no pudo detenerme, nadie puede —comentó la huésped, negando con la cabeza.
Lo candelabros en las mesas y el techo ardieron intensamente causando el mismo efecto que la chimenea, sólo que mas disperso y escandaloso. Raúl todavía no sabía que hacer con ese tipo de sorpresas y de algún modo su camisa había empezado a arder también, de modo que no hizo demasiado contra la joven que corría para salir de esa casa.
Sólo necesitaba atravesar la sala, y estaba ya muy cerca de la ostentosa puerta metálica cuando un par de muebles se atravesaron en su camino. Está vez, el mago se había adelantado y ella todavía tenía espacio para detenerse. No fue lo que hizo. Entre llamas tan intensas que lucían blancas, los muebles fueron reducidos a cenizas antes de que ella pasara por el espacio que ocupaban.
Raúl frunció el ceño. Eso era mucho calor. Se preguntó si la pequeña tenía doble sangre. Y en ese caso, ¿por qué no simplemente lo hacía caer muerto?
No se dio prisa porque era más sencillo mantener cerrada la puerta a fuerza de magia. A ver si podía deshacerse de ese obstáculo. La vio detenerse y sonrió complacido.
¿Qué pasó, preciosa? ¿El hierro no arde?
La joven que se dio la vuelta y lo miró a los ojos, volvía a mutar. Nada de miedo quedaba. Y había algo en su expresión que le resultaba un tanto familiar a este hombre que no la conocía.
Menospreciarme es normal —dijo, en un punto entre la indignación y la burla—. Pero, ¿al fuego? ¿En serio?
Toda la casa ardió a la vez. Los metales se fundieron y los contenedores de cualquier tipo estallaron mientras gases, líquidos o solidos cambiaban de estado en su interior. Los materiales combustibles se convirtieron en cenizas tan rápido que fue como si sencillamente desaparecieran y los más fuertes empezaron por agrietarse para luego ceder como todo lo demás.
El ruido de esas pequeñas explosiones al unísono atrajo la atención de las personas que habitaban las casas más cercanas, pero cuando salieron a sus patios o a la calle, ya no había incendio que ver, sólo humo y, si se acercaban suficiente, cenizas y metal fundido.
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El móvil de Molly estaba en altavoz, de modo que los tres estaban a la expectativa mientras escuchaban el sonido característico de la llamada en curso.
No habían dormido nada, a pesar de que estaban cansados por caminar sin rumbo por la ciudad, buscando sin éxito.
Aaron los consideraba idiotas por esperar tan atentamente si hacía un segundo no había respondido.
El teléfono iba a timbrar por tercera vez cuando Abigail respondió.
¡Molly! ¿Qué hora es? Creo que perdí toda la mañana.
¿La mañana, decís? ¡Fue... ! —la siempre delicada Ana fue interrumpida antes de decirle a su amiga que además “había perdido” el día anterior.
Quien evitó que la joven desaparecida lo supiera por teléfono, fue Alan, preguntando por lo más urgente:
Aby, ¿donde estás?
En la universidad. ¿Y ustedes qué hacen juntos? Los preocupé, ¿verdad?. Lo siento. Estoy bien...
Asegúrate de que hoy se vaya contigo: quiero hablar con mi pequeña”.

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