domingo, 9 de septiembre de 2012

El malo del cuento. Capítulo 4




Ficha de la Historia

Sospechas


Alguien golpeaba la puerta con insistencia.
¿Quién va?
La respuesta fue un breve silencio seguido por más golpes demasiado fuertes. Alfred no pudo evitar preguntarse a que venía tanto golpe en la puerta si, para empezar, tenían timbre, y para seguir, él ya había atendido.
Caminó hasta la puerta con parsimonia como sí no le importara en lo más mínimo que la puerta se sacudiera frente a tan fuertes golpes.
Ajá, ya voy...
Se aseguró de estar alerta antes de abrir.
Pero del otro lado del umbral no encontró niños traviesos, ni al anciano que siempre se quejaba de él... ah, cierto, el anciano vivía en su ciudad natal, no en ésta... No había otro anciano, tampoco; ni un cobrador, ni un criminal que intentaba dejar vacía la casa.
Y más raro todavía, no había calle, ni aceras, ni fachadas de casas vecinas. Era el interior, en llamas, de otro edificio.
Aunque todavía no entendía la mayor parte del asunto, Alfred emitió un sonido de comprensión, y el visitante, que había resultado ser su mejor amigo, asintió.
¿Dónde estás? —urgió, incapaz de identificar el sitio que ardía en llamas frente a él.
Gregorio no respondió.
No tengo idea de dónde estás Greg...
Gregorio lo llevó a rastras, sin evitar el fuego ni los escombros, hasta la ventana más distante que abarcaba su vista. Y a través de ella, Alfred pudo ver un lugar familiar, un parquecillo que había visitado solamente una vez. Eso bastaba. Había visto este edificio desde fuera, y podía recordarlo.
Podía correr hasta ese lugar, llamar a los bomberos o a Genieve. Pero nada de eso hizo. Nada de eso se le ocurrió siquiera.
A ver si es cierto que puedo hacer esto hasta dormido, o si al final eran puras bufonadas mías...”, pensó, mientras buscaba un objeto pequeño que sirviera de representante.
Pudo.
Le bastó con tomar una astilla en llamas y apagarla para que todo el incendio se extinguiera ante el ejemplo de su representante.
¿Te venís conmigo?
Gregorio asintió y se tomaron de la mano. Una vez que cruzaron el umbral de la casa de Alfred, el edificio desapareció a sus espaldas, dejando una luz de colores en su sitio. La puerta siguió abierta un momento más, y finalmente se cerró con un golpe fuerte que despertó a Alfred.
El sonido real que lo había hecho pensar en un portazo en su sueño, había sido Gregorio cayendo al piso, venido quien sabe de dónde. No le sorprendió que estuviera desmayado, puesto que su silencio solía ser indicador de que dormía.
Alfred y Gregorio se habían encontrado en sueños antes, incluso lo había traído con sigo en el pasado. Pero lo de apagar incendios distantes era cosa nueva.
¿Greg? —revisó sus signos vitales y no lo encontró tan mal para haber estado en un incendio— No me hagas darte respiración boca a boca.
No lo decía en serio, no habría sabido como hacerlo. Para evitarse molestias estaba la magia... por el momento.
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No, si lo que yo digo no es eso —Ana intentaba hacerse entender—. Pero si hemos mencionado esa pulsera cuatro veces en dos capítulos, algo tiene que pintar.
¿Y si se la dio Aaron...? Así sería como un intercambio —dijo Alan, aunque nada convencido.
La encargada de señalar la posible importancia de la pulsera, puso cara de no estar de acuerdo en lo más mínimo, mientras el “creador” de Arleen rezongaba que él nunca le había visto ese brazalete y mucho menos se lo había regalado. ¿Una baratija para su pequeña? Nada que ver.
Uhm... mejor no, Alan —fue todo lo que dijo Molly con respecto a aquel plan, para luego soltar uno a largo plazo—. Pues yo creo que esa es una de esas cosas que se explican solas... cuando quieren. Ya verán que mas rato nos daremos cuenta de que tiene perfecto sentido. Y si no, pues quitamos las menciones a la pulsera y ya.
Explicarse solo....”, rezongó Aaron. Molly se preguntó, o más bien, le preguntó a su personaje, por qué se quejaba. Últimamente se había acostumbrado a comunicarse con él sin hablar, aunque no faltaba alguna exclamación que se le escapaba cuando la sacaba de sus casillas o la tomaba por sorpresa.
Pues que me molesta. ¡Es mía! Ya bastante daño hicieron ustedes metiéndole esas tonterías en la cabeza, y ahora joyas que sabrá quien se las regala....”
Molly también había aprendido a ignorarlo cuando entraba en modo quejoso, así que volvió a conversar con sus compañeros de letras, hasta que Ana recordó que tanta platica era para matar el tiempo mientras llegaba su compañera y comentó que ya la inquietaba la Gansita con sus llegadas tarde. Ahí Molly tuvo que cambiar de tema como fuera, pues odiaba hablar de la gente a sus espaldas y tampoco quería llamar “dos caras” a Ana.
Claro que, la joven que criticaba a su amiga, no era dos caras. Ni bien llegó la impuntual, le dijo a ella lo que Molly había oído ya y las cosas que no había llegado a decir entonces. Que debía ser puntual, respetarlos a ellos y a lo que estaban haciendo. Que ellos también tenían cosas que hacer como para estar esperándola. Que ya la tenía cansada con sus llegadas tarde y los mensajes de texto durante las reuniones y que si el novio la quería tener chequeada, que le pusiera un silencioso guardaespaldas que no atrasara el trabajo con un tonito fastidioso cada cinco minutos...
Abigail no estaba de buen humor, el tiempo se le había ido y había dejado cosas sin hacer para llegar a la biblioteca. De alguna forma que no lograba comprender, toda su planificación del día, y quizá del fin de semana completo, se había ido por el caño. No estaba para que la regañaran así que se fue por donde había llegado sin dar explicaciones.
¿Y... ahora? —dijo Alan, completamente perdido.
Creo que escribimos —dijo Molly.
Pues claro. No nos dejarán para mañana sólo porque ella tuvo un mal día. Sólo eso me faltaría”. Y siguió farfullando teorías sobre cuanto influía la falta de interés de la escritora de Arleen en esos cambios repentinos que iban y venían. Lo más extraño era, según él, que la muchacha en realidad estaba interesada en la historia y en su pequeña. ¿Qué la mantenía ausente entonces?
Molly no le dio cuerda, pero tampoco le hizo callar. Propuso que avanzaran un poco, y se comprometió a enviarle los resultados antes de la reunión del Domingo a la que tan furiosa se había ido.
De todas formas, traje mi lap, así que podemos...
¿Tu qué? —inquirió Ana.
Mi laptop, mi portátil...
Ya, ya. Laptop entiendo. Pero, ¿“lap”? Yo soy tacaña con las letras, pero vos te pasás.
Perdón, pues —rió Molly.
Se pusieron manos a la obra, y avanzaron lo que pudieron en el tiempo que les quedaba, de modo que no había mucho que enviarle a Abigail esa noche, pero bastaba para que ella tuviera quejas.
Lo peor era que no sabría como presentar sus quejas, estando tan avergonzada por la forma en que se había ido de la biblioteca. Había, no obstante, una manera sencilla dejar aquel contador en cero.
¿Alo?
¿Ana?
Así me dicen a veces.
Lamento muchíiiisimo haber llegado tarde.
¡Gansita!
O mi reloj se descompuso, o es mi cabeza, pero te juro que yo creía que era otra hora....
Bueno, dejá, mientras...
Lamento más haber sido tan grosera, porque en todo tenías razón y...
No importa. Sólo concentráte. Vos sabes por qué te regaño.
Sí. Lo sé. Bueno...
Ajá, te veo mañana.
Sí.
Cuando cortó, le faltaban solamente tres llamadas. Dos eran disculpas. Y la otra era para comunicarle a su amado que no podría seguir enviando y recibiendo mensajes durante las sesiones de redacción. Le partía el corazón pasar tanto tiempo sin estar al tanto de Alfred, pero no había más remedio: debía concentrarse.
Sí, podía parecer pronto. ¿A quien engañaba? ERA pronto. Pero así se sentía. Una hora sin saber de él era demasiado tiempo, y le encantaba saber que él soportaba mucho menos. ¿Quién dice que poco más de un mes no basta para enamorarse ciegamente? ¿Quién dice que hay que saberle la vida...? Bueno, ella y él sí que se conocían bastante, habiendo hablado tanto en tan poco tiempo, ella tenía muy claros detalles sobre la escasa relación que tenía Alfred con su padre, el afecto incondicional de su nana, la huida de la hermana mayor cuando su padre dijo “si vives bajo mi techo vives bajo mis reglas”, la forma en que se dedicaba a los estudios para evadirse de las demás responsabilidades... Incluso sabía sobre sus dos novias anteriores: mucha diversión, muy poco romanticismo; lo que había tenido eran amigas con un título bonito.
De sus largas conversaciones había sacado en claro que él era de familia acomodada; después de todo, Alfred y su hermana tenían una niñera cada uno,Si bien Genieve había servido a su familia desde que era casi una niña, Agnes había ido específicamente a cuidar de él. No obstante, la niñera de su hermana se había vuelto a quedar sola con ellos una vez que él fue más grandecito. Habían otros detalles, como la formación amplia que él había recibido, pero más que nada: ¿quién se toma un año sabático a los veinte años? Ese era el caso de su muy amado novio, que visitaba la ciudad donde ahora vivían sus niñeras y su mejor amigo. Gregorio era demasiado responsable desde pequeño, y ahora era incapaz de darle un tiempo a divertirse con Alfredo. Así que él había terminado parrandeando con su tutora de toda la vida y “su primera nana”.
Ella, por su parte, le había contado cosas que se suponía que no le diría jamás a un extraño, y algunas que no sabían ni sus padres ni su abuela. Le había explicado su horario completo, y como su día se convertía en desastre si ese horario iba mal. Lo había involucrado en el club de lectura en el que se había hecho amiga de la madre de Alan, y fue la señora quien comentó entre risas que alguna vez había tenido la esperanza de que algo pasara entre ambos, aunque no le había decepcionado que simplemente se hicieran buenos amigos.
Cada día le comentaba como había estado, en lo referente a su trabajo, su casa, la universidad, la novela conjunta. Él no parecía aburrirse demasiado cuando ella divagaba sobre Arleen, que si ese personaje era el más raro que había escrito, que podía hacer arder cosas que no eran combustibles, que no era sencillo empujarla a la cólera, y que reía con facilidad pero no por ello dejaba de analizar todo, que conocía tan bien a Aaron que sabía que no podría detenerlo si no era matándolo, y que le tenía miedo en tantas formas...
Abigail no estaba muy segura de como iba a resistir el tiempo de las reuniones sin conversar con él aunque fuera por textos.

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