domingo, 2 de septiembre de 2012

El malo del cuento. Capítulo 3


Ficha de la Historia
Cambios


Se reunían en casa de Alan los Domingos, puesto que la biblioteca estaba cerrada. Los dos fines de semana anteriores, habían tenido de fondo la música ofensiva de la hermana del muchacho, pero esta vez estaban solos en casa. Las invitadas estaban más cómodas, pero eso no hizo que se desempeñaran mejor sino todo lo contrario: se distraían fácilmente. Incluso Ana, ¡la exigente y poco sensible Ana!, había intentado ejecutar una melodía en la flauta abandonada de la hermana de Alan.
Claro, había sonado terrible y le habían tomado el pelo. Todos excepto Molly, quien insistía en que reconocía la tonada.
Sería raro, vos. Esta canción no es nada común. Todas las que me enseñó mi profesor de música eran raras. Pero ésta era muy fácil; obviamente ya no la recuerdo, pero me quedaba bien.
Cuando por fin empezaron a trabajar en serio, tuvieron un desacuerdo con Abigail, la organizada joven insistía en que necesitaban tener más estructurada la historia antes de escribir más. Nadie quería seguir retrasando la redacción, aunque admitían que muchos aspectos seguían difusos.
Aby, vos bien sabés que yo prefiero improvisar —insistió Alan.
¡Improvisando arruinaste “Ojos de luna”! —sentenció la aludida, señalando al muchacho con el índice.
Qué va, la arruinó porque le tiene miedo a escribir escenas violentas —difirió Ana, y casi llevó la conversación a un tema distinto.
A este paso no acabaremos nunca...—suspiró Molly, un tanto malhumorada.
Pues votemos y listo —dijo Alan.
Como quieran —Abigail sabía que ella estaba sola en esa votación—, pero luego estaremos resolviendo los problemas a medio camino y nos haremos líos innecesarios.
Bueno —dijo Ana, encogiéndose de hombros.
Fue así como en la sexta reunión, comenzaron a escribir. Todos aportaban ideas, y quien anotaba era Molly. Leía cada párrafo y lo cambiaba hasta que estaban conformes los cuatro. No tenían demasiadas distracciones; salvo por la constante vibración del teléfono móvil de Abigail que seguía recibiendo mensajes de texto. Respondía mientras Molly estaba escribiendo, y Alan se conformaba con negar con la cabeza cuando la veía tan sonriente y entusiasmada.
Interrupciones o no, lo que realmente demoró la narración de la partida de Arleen fue que les tomara tanto tiempo estar de acuerdo en algo. Discutían detalles que no debían escribir en ese momento, y Abigail insistía en que debían planificarlo todo antes.
Pero finalmente, la descripción estaba completa y aprobada por los cuatro. Incluso el mismo Aaron confesó que justo así lo recordaba. Por supuesto, cada vez que él no había estado de acuerdo con algún detalle, Molly los había convencido de no anotarlo.
Y ahora...”, Aaron no podía ni necesitaba terminar. Molly sabía:
Ahora él encuentra las partituras. Y su corazón se hace pedazos.
No esperás que ponga mi nombre en algo donde vaya escrita esa frase, ¿verdad? —dijo Ana.
Tampoco quiero que pongas el mío. Que me traicionara dolió, pero estás exagerando.”
¡Calma, que sólo era una expresión! —soltó Molly, para ambos.
Pusieron manos a la obra y consiguieron escribir unos párrafos profundos, pero sin dramatismos innecesarios ni “expresiones” cursis.
Eran las nueve y quince cuando acabaron el prólogo. La familia de Alan había llegado, habían cenado, y ahora su padre dormía, su madre veía televisión, y la hermana ya había puesto la música horrible. Ellos ni se habían dado cuenta.
Releyeron todo. Alan sentía que algo faltaba. Molly sentía que algo sobraba. Pero como en ese momento vio la hora, ella abandonó todo para darle las buenas noches a su novio por videollamada. Cuando volvió estaban todos muy callados. Algo los había contrariado.
¿Qué pasó?
Es muy pronto para contar que vivían juntos —repitió Ana, y Molly se quedó muda, como se habían quedado los demás la primera vez que lo dijo.
El nuevo y más largo silencio fue roto por Abigail.
Bueno, ahora lo mismo, pero sin Arleen —no le interesaba fastidiarlos recordándoles que ella les había advertido que debían planificar, pero ya llegaría el momento cuando todos estuvieran menos contrariados.
Ana emitió un sonido casi gutural que significaba que no había entendido nada.
Alan explicó lo que él había entendido:
Todo lo de que encontró las partituras, y explicamos que alguien que lo quería se fue. No hablamos de Arleen.
Aunque Abigail no se había referido a eso, fue lo que hicieron.
Todavía no estaban seguros de si las dos páginas resultantes eran un buen comienzo, cuando se dieron cuenta de que pasaba la medianoche, y las chicas se quedaron a dormir. Abigail sabía que tendría problemas en casa, pero había valido la pena. En cuanto a Molly...
Sólo tienes que decirles que llamaste a la casa y nadie contestó. Has estado estudiando todo el tiempo. Que te cubra una amiga de tu novio.” Aaron siempre sabía preparar una mentira, y al parecer le gustaba compartir con “su escritora”.
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Abigail salió de su trabajo a la hora habitual. Hacía una semana que no se iba sola a su casa, y hoy tampoco lo haría. Justo a la derecha de la puerta principal, se encontraba Alfred. Había estado ahí por varios minutos, con la mirada perdida de quien piensa en algo distante y una expresión de preocupación que desapareció al oír llegar a la muchacha.
Jovencita —Alfred extendió sus brazos.
Jovencito —Abigail aceptó el gesto entregándole los libros de la universidad.
Caminaron juntos hasta la casa de ella: veinte minutos abriéndose paso entre la multitud y buscando el momento oportuno para cruzar la calle con el trafico lento y confuso. A menudo era imposible escucharse el uno al otro en aquel bullicio, pero repetían lo que fuera necesario y de cuando en cuando ella sujetaba el brazo de él para no perderse entre el gentío.
Era ella quien más tenía para contar, él escuchaba y respondía con sinceridad. Rara vez discutían, y cada discusión terminaba en el descubrimiento de un punto medio al que ambos llegaban más bien a regañadientes.
Un par de minutos más por la calle adoquinada para uso peatonal, y apenas si se daban cuenta cuando debían interrumpir la conversación y despedirse frente a la casa de ella. Dos días lo había invitado a entrar y habían pasado buenos ratos hablando de literatura, que al parecer era la única cosa común que conocían; así como intercambiando información sobre sus dispares mundos, pero en esos casos ella hablaba más que él.
No obstante, lo habitual era que la conversación acabara en la puerta, porque Abigail debía conectarse a Internet para conversar con sus compañeros de letras. Éste era uno de esos días; si bien la glamourosa joven no tenía idea de qué se suponía que harían en su “junta”, por eso mismo no podía llegar tarde.
Me mandás un mensajito —se despidió ella.
Tengo tu número —dijo él, sonriente.
En estas dos semanas no había sonreído demasiado. Sólo cuando se trataba de Abigail. El resto del tiempo, estaba preocupado.
Por fortuna, Abigail entraba en sus pensamientos a menudo. Cuando no podían estar juntos estaban enviándose mensajes de texto. Y cuando él se ponía particularmente ansioso o triste, Genieve se la recordaba. Ella, como todos los que los conocían al menos un poco, habían notado que aquel par era un claro ejemplo de relación que va demasiado rápido. Abigail estaba más que convencida de que se casarían, y él la veía como la persona más importante de su vida.
Alan se había quedado ronco de decirle a su amiga que aquello era insensato, en tanto que Genieve, como antigua nana de Alfred, había descubierto sus habilidades de celestina.
Gregorio le hubiera dicho a su mejor amigo que lo que tenía con Abigail carecía de sentido, pero no estaba al tanto de la velocidad con la que ese par llevaba las cosas, ya que él y su amigo llevaban un tiempo sin verse. Uno estaba ocupado planeando su boda, y el otro no quería verlo desde la muerte de Agnes: ni a él, ni a ningún conocido común. Apenas si soportaba ver a Genieve. La única persona con la que necesitaba hablar era su hermana. Pero no sabía como localizarla y en el fondo tenía miedo de averiguar.
Las cosas estaban peor que terrible entre él y su hermana. Y si algo quería Alfred, además de compartir más tiempo con Abigail, era evitar otra discusión con su hermana. Así que no la buscó. No podía.
Esa tarde, cuando pensaba en tan complicado asunto, Genieve debió notar algo en él, porque le comentó que debía buscarla.
¿A mi hermana? —adivinó Alfred.
Te preocupás por ella. Por una razón o por otra, te preocupás. Y sería mejor que salgás de la duda de una vez.
╠════╬════╬════╬════╬════╬════╣
¿Qué piensas?”
Tendida en su cama, Molly se sobresaltó. Aaron tenía esa costumbre desagradable de tomarla por sorpresa.
En Arleen. Ella... —se tomó un momento para plantear el asunto y sólo entonces habló— No es capaz de ir y liquidarte, ¿verdad? Es decir, ella es... buena.
Así la definen... Pero también es práctica. No tiene caso cuidar mi vida, porque”, ilusión o materialización, los dedos de Aaron simularon comillas y el tono de su voz se volvió irónico, “si «se cae el mundo», me moriré de todas formas.”
¿Y decís que ella razonó todo eso?
Pues claro.”
Ella...
No la comprendes. Lo cual es normal, porque tú nunca has escrito a nadie como ella. Y aunque tu amiga la conoce muy bien, no ha sabido explicarla. Tú piensas que la gente buena lamenta cada pequeña pérdida, y siendo la buena del cuento, esperas que así sea mi pequeña. Pero no.”
¿No es buena o...?
De eso no sé nada. No creo en el bien y el mal. Lo que digo es que ella protegerá a tantos como pueda. De otros o de sí mismos. Hasta me alegraría, si no fuera porque está completamente equivocada... y en mi camino. Y mira que todavía no sé porque hace eso, si yo la creé como ayudante, no sé por qué...”
Pues por eso: ella quiere ayudar. Lo que pasa es que tú querías un zombie. Pero le diste conciencia.
Y ahora tengo que aguantarla. Ya sé. Es su naturaleza.”
Lo es. Quiere ayudar. Aunque su ayuda no sea bien recibida... y aunque tenga que matarte. Eso todavía no me cuadra. ¡Ella te quiere!
Como a sí misma. Pero que algo duela no significa que no pueda hacerlo. Sigues sin entenderla. Intenta hacer lo que hace falta para...”, según sabía Molly, aquí su personaje rió y negó con la cabeza, “salvar al mundo. ¿Qué tipo de idiota dejaría de lado un objetivo como ese? Tiene sus ideas erradas, pero idiota no es mi pequeña.”
Así que... hacer lo que haga falta... por su objetivo, es su naturaleza —mientras decía eso, Molly pensaba que al final, Arleen y Aaron no eran muy diferentes.
Sin embargo, ha estado rara”, comentó Aaron, casi por accidente.
Algo había estado molestándole y finalmente lo había dicho en voz alta.
¿Cómo así? ¡Si aprobaste todo lo que anotamos...!
¡No, no!”. Él estaba entre decepcionado y exasperado ante la interpretación equivocada que se había dado a sus palabras. “Ustedes están bien. La que se pone rara a veces, es ella.”
¿A veces? No entiendo de que “veces” hablás.... —y cambió bruscamente de tono y de opinión cuando se le ocurrió la idea más evidente:— ¿¡Fuera de la historia, como vos!?
No sabría decirte. Sé de ella, es parte de su naturaleza que yo me entere, aunque hasta cierto punto aprendió a ocultarme lo que hace... !Alan me odia, eso es claro, le da la ventaja...!”
Esas quejas ya las había oído Molly, así que lo regresó al tema:
Pero si al hacer el ritual deberían permanecer en el personaje, ¿por qué decís que está rara?
No sé. Pero ha de bajar la guardia y si me llego a enterar que está dando lata, le quitaré las ganas de salirse de su personaje.”
Molly no sabía como podía ocurrir algo así, ni las medidas que tomaría Aaron para castigarla. No le preguntó porque en ese momento sonó su celular y ella ignoró completamente al personaje para responder la llamada de un real, original y para nada malvado, Aaron.

¿Todavía recuerdan por donde iba el asunto?

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