lunes, 20 de agosto de 2012

El malo del cuento. Capítulo 2.




Libertad


Ficha de la Historia
El timbre de la entrada apartó a Alfred de la importante tarea de cambiar canales de televisión.
¿Quién va? —consultó, sin asumir nada.
Soy Agnes, cariño.
Ni hacía falta que dijera su nombre, pues él conocía esa voz desde la cuna. Se levantó rápido para ir a abrir, pero no tenía caso. La puerta ya estaba abriéndose y entraba una anciana con las sonrisas de una vida marcadas en el rostro.

Hola, nana —saludó, agradeciendo que Genieve no estuviera en la sala. Seguro habrían discutido por el tema de la puerta.
Agnes malinterpretó su expresión:
¡Oh, pero mirá tu cara, cariño! Estás igualito que esa mujer... —un pensamiento la interrumpió— Aunque es mejor que seás estricto considerando la situación... Pero ahora mismo estás de vacaciones. Y yo lo paso mejor, no puede ser.
Un grito llegó desde la habitación cercana: “¡Esa mujer de la que habla la está escuchando!”.
A la señora le daba lo mismo, y los tres lo sabían.
¿Qué has estado haciendo estos días?
Alfred hubiera querido tener mucho que contar. O cualquier detalle que causara júbilo en la mujer que más había tenido que ver con su crianza. Pero no sé le ocurrió nada.
... Yo... Vi a Greg en el bus. Coincidencia.
¡Ah, que bueno! ¿Ya te llevó a conocer algún sitio divertido?
Es qué él está ocupado...
¡Por favor! Todo mundo está ocupado siempre, pero hay que dar tiempo a los amigos. Mira a esta mujer, haciendo de todo para que disfrutés. Y esto que ella es la más ocupada por aquí, porque siempre está ocupándose de todo aquello que no esté bien hecho... ya sabés como es.
Ese esfuerzo de Genieve, no era la hospitalidad usual. Normalmente el dueño de casa no ponía atención a lo que hiciera el joven que venía a pasar aquella fase de su vida. Una fase que les permitía decidir que harían con su vida, y que en el caso del muchacho que aquí se hospedaba, no tenía ningún sentido.
De todas formas, ¿de que sirve que vaya a conocer cosas que ni veré de nuevo?
¡Pues para que las conozcás, cariño!
Y al mismo tiempo que Agnes, opinó la niñera más joven, aún desde su habitación:
¡Para divertirte, ahora que podés!
El muchacho a quien ambas seguían viendo como a un niño sonrió. Y su sonrisa alegró a la anciana.
Cariño, sos libre de hacer lo que querás, y ¿no querés nada? —preguntó.
Es que es muy...
Pero hay algo que no le ha dicho —comentó la dueña de casa, asomándose por la puerta de su habitación.
¿Qué será?
En el umbral, sosteniendo la puerta, Genieve esperó a que respondiera su aburrido huésped. Pero como no lo hizo lo bastante rápido, se tomó la libertad de explicar:
¡Conoció a una chica! En el mismo trayecto, por cierto.
¡Ah, eso! —comprendió el joven.
Su primera nana hizo preguntas. Estaba emocionada hasta que comprendió que nunca había hablado con la chica.
¿Y entonces, cuál es el interés en ella? —comentó, decepcionada— Los jóvenes suelen juzgar mal a primera vista, y luego, cuando ven la verdad, intentan no entenderla.
Pero es que no la viste, nana. Se ve firme, y seria y...
Agnes negó con la cabeza.
Eso no se puede saber por ver a la gente. Si no la escuchaste hablar y no hizo nada especial, no podés saberlo.
Está pasando por alto lo más importante: —señaló Genieve— que es la primera vez en un mes que algo le llama la atención.
Eso sí —la anciana sonrió con la facilidad de siempre y volvió a regañar al muchacho—. No puede ser que no estés descubriendo todo lo que hay a tu disposición por catorce meses.
Genieve me a llevado a varios sitios, pero... No es que no me gusten, es sólo que...
Oiga, Agnes, ¿usted no tiene ninguna idea de un lugar bonito para este aburrido?
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Fue una especie de milagro que los cuatro escritores llegaran a un acuerdo antes de que los sacaran a patadas de la biblioteca. Las creadoras de villano y protagonista habían logrado convencer a su compañera susceptible, dejando a Alan sólo. Por mayoría de votos, Aaron era el creador de Arleen. Había sacrificado una de sus habilidades originales, el control sobre el fuego, para darle vida a la criatura que acabaría volviéndose en su contra por temor a que él hiciera implosionar el planeta por un simple capricho. Esta criatura reuniría a algunos enemigos de Aaron, tanto benignos como malvados, y emprenderían una lucha para quitarle toda oportunidad de cumplir su peligroso propósito.
No tenía nada que ver con la sencilla idea de “una novela sobre el fin del mundo” con la que Molly los había reclutado, pero todos estaban conformes en mayor o menor medida.
Sobre los hechos no estaban muy seguros todavía, aunque varias ideas de cada uno habían sido anotadas por Molly en el cuaderno con cubierta de corazones que correspondía al libro de partituras que Aaron llevaba siempre consigo.
Continuaron la discusión sobre los personajes con menos sobresaltos pero siempre divagando bastante, y para la hora en que cerraba la biblioteca aún faltaba que Alan explicara como se relacionaba con la historia su personaje sin talento alguno.
¿Y entonces...? —preguntó con aire triste la primera dueña de aquella idea tan modificada.
Yo digo que sigamos en el parque.
¡Dale!
No puedo —se disculpó la skater.
¡N'hombre, Haru! —soltó Alan.
Molly se había conformado con echarle una mala mirada, pero la otra estaba en pleno discurso:
Ana, como vas a creer que no podes. ¿Es por la hora? Si tenés que volver a tu casa, vamos con vos, o llamás. Acabamos de llegar a un acuerdo, Anita, ¿cómo nos vamos a parar ahorita? Mirá...
Tengo que trabajar —cortó en seco la joven que, en efecto, se mantenía sola.
¿A estás horas? ¿En dónde? —preguntó Alan, curioso.
Debiéramos ir contigo...
En el Iron —la respuesta de su ocupada compañera llegó casi al mismo tiempo que la propuesta de Abigail, interrumpiéndola.
¿El Iron Mountain? —Abigail, reaccionó con entusiasmo.
Ajá.
¡Terminemos allá entonces! —ahora le parecía mucho mejor idea que antes.
Lo decís como si fuéramos a acabar hoy —dijo Alan, riendo.
No. El Iron está lleno siempre —se quejó Molly—. No es como un espacio para...
Cualquier lugar es bueno, y así Anita nos puede acompañar a ratos —argumentó Abigail.
La convencieron de ir, aunque no de que fuera buena idea, y mientras caminaban hasta el bar terminaron la conversación sobre el personaje de Alan.
El local estaba cerrado. Ana tenía la llave y ellos le ayudaron a prepararlo todo mientras comenzaban a hablar de otros personajes. El cuaderno de corazoncitos sirvió para anotar los nombres y hacer algunos diagramas de relaciones. Era idea de Abigail asegurarse de que todo estuviera bien definido. No quería tener que ir resolviendo en el camino. Los demás eran más flexibles y Alan nunca en la vida había organizado nada por escrito antes de entrar de lleno a la historia. Claro que él nunca había escrito nada que ocupara más de tres páginas.
En pocos minutos habían llegado los demás empleados, y no pasó mucho tiempo antes de que Ana estuviera atareada y la huraña Molly empezara a sentirse abrumada por “tanta gente”: habían casi diez personas en el local además de ellos. No llegarían más antes de medianoche, y aún entonces no se llenaría, puesto que no tenían su atractivo habitual, que era música en vivo.
Se habían quedado en la barra, donde debía pasar más tiempo la escritora que trabajaba de barista, aunque a veces, la joven se hacía cargo de atender una mesa o preparaba personalmente un trago que los demás aún no perfeccionaban. En todo caso, volvía y pedía el resumen de lo que se había perdido. Nunca parecían haber avanzado mucho.
Molly se quejaba cada vez que cambiaba la musica. Toda le parecía demasiado pesada. Abigail defendía cada canción y al género completo. Su compañero les suplicaba que se concentraran. Y cuando volvían al tema, ya poco faltaba para la próxima discusión.
Ay, no. Siempre me toca justo al lado de la mesa de fumadores...
Molly, si te seguís quejando de todo, te cambiaremos por aquel muchacho —la regañó Alan, señalando sin ganas a determinada mesa.
¿Cuál? —Molly revisó sin éxito la dirección en que señalaba su compañero. Pasó por alto la mesa en que un joven y dos señoras; que parecían hijo, madre y abuela; conversaban animadamente. Eran la representación de tres generaciones: él un poco desaliñado, la mujer más joven muy elegante y altiva, y la otra, muy sencilla.
¡Nopuedeser! —exclamó Abigail, y de inmediato se enderezó en su asiento y se arregló el cabello inconscientemente.
¿Qué pasa?
Es el muchacho de voz sexy. El hombre con el que me casaría si lo conociera.
Alan y Molly intercambiaron una mirada de exasperación. Además del uso imprudente de las palabras, Abigail estaba hablando de algo sobre lo que ellos no tenían idea.
¿No lo conocés? —preguntó Ana, curiosa.
Pues, no. Lo vi en el bus, y...
¿Te dio pena hablarle? —se burló la barista.
No —respondió, indignada, la aludida.
Invitále un trago y así lo conocés.
¿Se supone que eso funcione? —era una de muchas cosas que Molly no creía.
Como que me llamo Haru.
No te llamás Haru —apuntó el muchacho sin pseudónimo.
A veces sí —el tono de Ana indicaba que la comparación era precisa.
Esperó a ver que decidía la interesada, y en cuestión de minutos Alfred, Genieve y Agnes recibían unas bebidas que no habían ordenado.
Debe haber un error, todavía no ordenamos...
No, señora; pero sí es de ustedes. La pelirroja de la barra... —habían dos, así que fue más específica— la bajita, que está con sus amigos; ella lo mandó. Al parecer le gusta el joven y como sería de mal gusto enviarle algo a él solamente, se gastó medio sueldo en invitarles a los tres lo que resulta ser la mejor bebida de la casa. ¡Disfruten!
Y con la misma sonrisa pícara con que había llegado, aquella buena amiga se marchó después de hablar de más.
En la mesa, las dos mujeres observaban atentamente a la pelirroja.
Les dije que tenía su carácter, ¿no? —rió el muchacho.
¿Quién?
Esta muchacha, es la misma del bus. Díganme si no es bella con sus rizos largos y sus lentes oscuros haciendo de diadema. Por cierto que aquel día también andaba lentes oscuros... ¡Bueno!
Se levantó tranquilamente y tomó su vaso.
¿A donde vas? —inquirió una.
Muchacho... —suspiró la mayor.
Voy a ejercer mi libertad —dijo él, con fingida solemnidad, y se dirigió a la barra.
Para bien o para mal, aquello acabó con la organización de la historia, ya que Abigail se desentendió por completo. Allan y Molly no vieron el objetivo de continuar así. Se fueron a sus casas, dejando a Ana en su trabajo y a Abigail coqueteando con Alfred, cosa que hizo gustosamente hasta la madrugada.
Los nuevos conocidos ni siquiera pensaban en la hora cuando la mujer elegante se acercó a comunicarle a Alfred que era tarde y que ella debía irse.
¡Oh, sí! —él se portó como el caballero que Abigail imaginaba que era— Te acompaño.
Se despidió de Abigail mientras la mujer volvía a la mesa donde la mayor esperaba.
Desde la barra, la pelirroja vio salir a Alfred y a la mujer más joven. Pero la otra señora se quedaba. Le pareció extraño porque había supuesto que los tres eran familia, pero se había equivocado por completo.
Casualmente, vio a la señora abandonando el establecimiento poco después y decidió seguirla.
¡Señora! —llamó, una vez fuera.
¿Sí, hija? —la señora se detuvo y la miró.
¿La acompaño a la estación o algo...? —propuso la muchacha mientras recorría los pocos pasos que había entre las dos.
¡Oh, que amable! Pero no te preocupés, puedo llegar a mi casa tranquilamente. Conozco muy bien la zona y vos tendrías que regresarte sola. Muchas gracias, pero conviene más que te quedés con tu amiga y no andés sola por ahí. Yo no llamaré la atención de nadie, pero vos... tan joven y bonita... No, quedate con tu amiga.
La muchacha sonrió, y se quedó mirando a la señora durante un rato más. Realmente no convenía que ella anduviera sola por ahí a las dos de la mañana, pero sentía culpa por dejar ir sola a una mujer mayor.
Se percató de que lo que menos lógica tenía era quedarse ahí en la calle, así que regresó sobre sus pasos hacia el bar después de comprobar que la señora había desaparecido de la vista en algún momento en que ella se había distraído.
Abigail, —Ana atendía una mesa cuando ella entró— creía que te habías ido. Me preocupé. Ya sé que aquí todo parece paz, pero allá afuera es la ciudad de siempre... y a oscuras.
Espero hasta que amanezca, ¿verdad?
Yo digo —Ana se encogió de hombros—. Igual sólo faltan como dos horas para que empiecen a pasar autobuses.
¿Tan pronto? —revisó la hora y se sorprendió de ver que eran las tres y media— ¡Cómo se me fue el tiempo!
Al ver la hora se fijó en la pulsera con apariencia antigua que llevaba junto al reloj. ¡Había olvidado contarles! Ahora sólo quedaba esperar al día siguiente... o mejor dicho, a que fuera más tarde del día que comenzaba. Sólo ahí se dio cuenta de que había asumido que se verían en la biblioteca, pero eso era imposible en Domingo.
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Abigail odiaba los lunes porque solían traer algún examen. Y odiaba éste en particular, porque al salir tarde de una prueba, perdería el autobús y con ello su empleo. Ya había llegado tarde dos lunes antes, y eso sin contar el día en que se había detenido en una tienda.
Debía caminar más rápido, pero ya no podía. Cuando escuchó la agradable voz llamándola, apenas si se detuvo un instante.
¡Alfred! Que bueno verte... —ojalá hubiera tenido más tiempo, pero se le ocurrió una idea que podía servir— Caminá conmigo.
Y acto seguido, comenzó a andar a toda prisa, mientras le explicaba la situación al muchacho.
Tranquila, vas a llegar a tiempo —intentó calmarla, mientras caminaba a su lado.
El autobús se había demorado, y tenía sitio libre. Arrancó antes de que ellos llegaran a esos asientos; por esta vez, Abigail no se quejó de estar a punto de caer.
Conversando con Alfred, la joven no se percató siquiera del recorrido. Cerca estuvo de volver a equivocarse de parada, pero se enteró a tiempo.
¡Es temprano! Tenías razón, ¿o hackeaste los semáforos? —dijo, mientras abandonaba su asiento para bajar del transporte.
Él se encogió de hombros y se acomodó en su lugar.
No había hackeado nada, aunque los semáforos sí habían estado todos en verde. Ni siquiera habían tantos autos como de costumbre, aunque había un embotellamiento inusual en otras partes de la ciudad. ¿Y las paradas del autobús? Breves. Como nunca antes.
Pero precisamente en la estación en que bajó Abigail, se quedó cerca de veinte minutos. De ahí en adelante, todo muy normal. Y Alfred toleró esa normalidad hasta llegar a su parada.
Dedicó ese tiempo para pensar en un asunto muy serio que al parecer sólo él había notado. Qué no se dieran cuenta los otros cuatro, podía ser una mala señal, y no buena como había dicho Gregorio por teléfono.
Una vez en la estación que le correspondía, bajó del autobús y caminó una cuadra, todavía pensando en lo que podía significar su observación, y al entrar a la casa que habitaba con Genieve, se dirigió de una vez al teléfono para llamar a Agnes, aunque la línea seguramente continuaría muerta.
No llegó a levantar el teléfono, puesto que tuvo que atender una visita.
Alfred —le sorprendió el saludo de su amigo que entraba del patio de atrás.
¡Greg! ¿Qué hacés aquí? A esta hora deberías ir al trabajo...
Sí, pero algo pasó. Y estoy aquí.
Genieve también llegó desde el patio. Ella también debía haber estado en el trabajo, pero estaba en su casa y había recibido a Gregorio porque “algo” había pasado. Los dos se veían angustiados. Eso no era alentador en lo más mínimo. Tampoco era lo más preocupante:
Greg, ¿me estás influyendo?
En términos generales, era imposible saber quien cometía semejante atrocidad, pero Alfred podía llegar a esa conclusión porque no había más que dos personas capaces de influirlo. Y sólo uno de ellos estaba ahí con él: su mejor amigo, a quien él mismo le había abierto la puerta a su alma como para afectarlo de aquella forma.
Todavía no. Pero lo voy a hacer —sabía que iba a ser necesario, y ya estaba preparado.
¿Por qué? —inquirió Alfred, receloso.
Primero, acordate de como calmarte.
Fácil. Ahora decime qué pasó.
No se lo dijo su amigo, la que habló fue Genieve.
Agnes murió. Un incendio en su casa...
Tres segundos de incredulidad. Y luego, todo tenía demasiado sentido para ser ignorado. Algo había ocurrido el día anterior. La línea telefónica de Agnes no servía...
Por su propia reacción y por la influencia de su amigo, se encontraba aturdido. No pensaba con demasiada claridad, pero podía ver algo que no tenía encajaba:
¿Cómo dejó que pasara? Ella no es como ustedes, cuida primero de sí misma...
Ya sabés como son los accidentes —comentó Genieve—. Ella quizá ni se dio cuenta. Era tan tarde... Dejá de pensar por un momento. 

La próxima publicación llegará hasta dentro de dos semanas, así que tómense su tiempo para degustar esta parte de la lectura. El 2  o 3 de septiembre, podrán ver un poco más de Aaron El Malo y descubrir ese algo que sacará de sus casillas a este personaje doblemente ficticio.

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