domingo, 12 de agosto de 2012

El malo del cuento. Capítulo 1


¡Precaución! Escritores trabajando


Molly Meza se dio cuenta de que estaba a punto de empezar a babear. Y no, no era por haber encontrado algo delicioso. Era porque estaba quedándose dormida, con los ojos más ausentes que de costumbre pero abiertos. Con la mejilla apoyada en la mano derecha y el codo en la orilla de la mesa, la joven de cabello enmarañado era la representación del aburrimiento.
Sus cuatro compañeros de almuerzo se habían dividido por sexo para hablar de dos temas de vida o muerte: los resultados de un partido de fútbol en otro país, y la vestimenta espantosa de los patinadores que se reunían en el estacionamiento del edificio abandonado que había frente a la universidad.
Y Molly estaba preguntándose cómo había pasado de almorzar sola a compartir horas con esos individuos promedio. Conocía la respuesta pero, en este momento preciso, no parecía tener ningún sentido. Era por el muchacho de cabello tieso y rubio que estaba frente a ella.
Su nombre era Aaron y era un estudiante de letras más, poseedor de una importante capacidad analítica que ahora desperdiciaba en la defensa del equipo perdedor. Y de su paciencia habitual, ahora no había ni rastro.
Este no parecía ser el joven que se había convertido en la conexión de Molly con el mundo real, ese del que se había enamorado lentamente y que la podía conmover o provocarle alegría, pese a que ella rara vez sentía algo por personas reales.
Por lo general era más fácil enamorarse de personajes secundarios, odiar protagonistas y compadecer villanos en sus libros favoritos. Estaba segura de que eso no se trataba de un problema psicológico suyo: simplemente las personas eran tan superficiales e inconsistentes que no valía la pena sentir algo por ellos.
El almuerzo con los amigos huecos de Aaron, era un pequeño sacrificio para pasar tiempo con él sin alejarlo de ellos. Pero se exponía a situaciones como ésta, que la llevaban a pensar que quizá no quería ser complementada.
No fue capaz de soportarlo más y decidió retirarse.
¿Ya te vas, Chocolate? —preguntó su eternamente pálido novio, un poco decepcionado al ver que ella se ponía de pie.
Que él dejara su discusión tan rápido, le recordó a Molly que era centro de un universo aparte del propio, y en lugar de explicar porque se iba, improvisó una respuesta.
Sólo voy al baño, cariño.
No tenía nada que ir a hacer al baño pero, para no ser inconsistente, fue a lavarse la manos y mojarse el rostro; quizá eso le quitara la somnolencia.
Por suerte no había nadie. Si llegaba a encontrar a un par de chicas estiradas hablando de maquillaje, les lanzaría agua sobre sus cabellos artificialmente lisos o rizados.
Lavarse la cara no la despertó. Pero cuando abrió los ojos y encontró el reflejo de un muchacho pálido con coleta rubia se despabiló de golpe.
¿¡No respetás ni el baño de chicas!? ¡Largo de aquí!
Lo vio salir sin prisa, comentando con su genérico timbre de voz que “Ni respeto nada, ni puedo alejarme mucho”.
Molly suspiró. Que ambas cosas fueran ciertas, asustaba. Pero no lo hubiera cambiado aunque fuera posible. No sabía sí tenía otra opción y no estaba buscándola. Ya había decidido que le permitiría quedarse con ella hasta que acabara su proyecto. No hasta su muerte, como él pretendía, y menos aún hasta el fin de los tiempos, como había temido ella; pero sí un largo rato, al paso que iba el proyecto.
Éste no pertenecía a sus estudios. Después de todo, ella estudiaba ingeniería civil para conformar a sus padres pero a lo que realmente se dedicaba era a escribir literatura.
Así pues, el “proyecto” era una pseudo novela conjunta. No hacía equipo con algún vecino o compañero, si no con otros tres jóvenes que, como ella, escribían ficción.
No los vería en persona hasta el sábado, cuando cada uno propondría a un personaje para la historia. Habían utilizado mensajería instantánea para decidir las cuestiones centrales de su obra y distribuir el diseño de los personajes principales.
Tenía dos días más para conocer absolutamente todo sobre el villano de la historia, tal como iba a proponerlo en su primera reunión en persona. Pero en esencia ya estaba lista para el gran día. Al parecer, no acabaría de conocer a su personaje en lo que le quedaba de vida, pero lo básico estaba escrito en piezas por todas partes y bien organizado en su cabeza.
Había estado rellenando formatos y anotando ideas que al principio parecían inspiración y últimamente locura. Lo había discutido a medias con Abigail, la encargada de diseñar a la protagonista, pues se le había ocurrido que esta última fuera una creación del villano que en algún momento se había vuelto en su contra.
Entre plática y plática le había contado sobre el sistema que tan bien le había funcionado, algo que había leído en el blog de una ex-compañera del colegio. Incluso le había enviado el vínculo. En la creación del personaje no había seguido el proceso en orden, pero lo que le había llamado la atención era lo que llamaban Anclaje: asociarlo a un objeto real para recordar que el personaje era lo que era, y no lo que de pronto se le antojara a ella. Ese aspecto, o algún otro, había funcionado de maravilla.
A ratos, Molly pensaba que había perdido un tornillo, pero aunque así fuera, estaba segura de poder vivir sin esa pieza inútil.
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Con una sincronización de la que no se darían cuenta jamás, Abigail estaba a punto de quedarse dormida justo cuando lo hacía su amiga a distancia. Se reanimó un poco cuando tuvo la impresión de que el autobús que la llevaba de la universidad al trabajo estaba a punto de arrancar. Para su decepción y la de otros 60 pasajeros, no se movió realmente.
A este paso acabará llegando el bus de las dos antes de que salga este —rezongó la joven, mientras alguien en la parte de atrás mencionaba a la madre del conductor.
Poco después, cuando volvía a estar somnolienta, un joven subió y ella lo evaluó un segundo antes de darle la pasada para ocupar el puesto del rincón, a su izquierda. Se veía decente, pero no interesante, así que Abigail se desentendió de él.
El autobús arrancó casi de inmediato pero, sólo un momento después, el cobrador gritó “esperá, que ahí viene uno” y Abigail se golpeó contra el asiento de enfrente cuando el automotor se detuvo de forma brusca.
¡Cuándo no! —murmuró con fastidio.
Un muchacho muy alto subió jadeando. A Abigail se le vino a la cabeza la palabra “stickman”, y volvió a concentrarse en sus asuntos. Pero él volvió a tener su atención porque, mientras el bus arrancaba, se acercó a ella y habló, emocionado:
¡Que coincidencia verte aquí!
No lo conocía, pero de todas formas se preguntó si era con ella; por fortuna, el muchacho al que había dejado pasar hacía un momento contestó muy rápido.
¡Greg! —además de sorprendido, estaba feliz.
Al oír su voz, Abigail cambió de opinión sobre el muchacho que se sentaba a su lado. Por feliz, o por su naturaleza, esa voz más o menos grave le resultó muy agradable.
Los escuchó conversar, a ratos a gritos para vencer al bullicio natural del embotellamiento. Era difícil para el que estaba sentado, mantener contacto visual con ese al que llamaba Greg. El otro, por su parte, parecía estar más que acostumbrado a bajar la vista para conversar.
¿Qué tal la vida loca? —preguntó, desde arriba, sacudiendo por el cuello su camisa blanca de manga larga para lidiar con el calor.
¡Aburrida! No hallo que hacer. Agnes y Gina intentan que le saque provecho, pero no le veo el chiste.
Sí, así estaba yo. Y nadie que me hiciera caso. Por eso lo dejé en cuanto se cumplió el mes. ¿Cuánto te falta?
¡Tres semanas! Pero ya vi una ventaja de poder hacer lo que uno quiera.
¿Cuál?
Yo no tuve que correr tras el bus, como otros —lo señaló—. Esas son las cosas que dice Agnes.
¿Ah, sí? —Greg guardó silencio antes de admitir: —Sí, sería mejor no tener que volver al trabajo sudando así, pero... Agnes no piensa en la gente que va a llegar tarde al trabajo. Nada es bueno para todos.
A lo mejor tenés razón.
La conversación se extendió durante todo el trayecto. Abigail no quería que acabara, sólo para seguir escuchando aquella voz. Había intentado adivinar si eran parientes o amigos. No se parecían físicamente, pero tenían el mismo estilo para hablar y gesticular, e incluso compartían opiniones.
Cuando alguien abandonó el asiento de enfrente, Greg lo ocupó de inmediato. Teniéndolo justo enfrente, la observadora no invitada se dio cuenta de dos cosas: que tenía ojos ámbar y que debía estar muy cansado.
¡No había visto las ojeras que traés! —se alarmó el de voz agradable— ¿Mucho desvelo?
¡Cuál desvelo! Esto es culpa de tu estúpida hermana. ¡Cómo da trabajo! ¡Peleando por algo que para empezar no quería!
No es por defenderla —comentó el menos alto, entre risas—, pero no pelea por la parte que no quería.
Sí, claro —aceptó, para luego soltar un suspiro—. Ella me partió el corazón. Y hablo de ambas maneras. Es decir, hubo un tiempo en que...
Me acuerdo. Aún cuando se fue. ¿Ya superaste ese amor imposible?
¡Pues claro! —respondió, como si fuera lo más evidente del mundo—Desde... ¡Ah, claro! No te dije. Estoy comprometido.
Qué bueno que eres tú y no el de la voz sexy”, pensó Abigail, aunque estaba consciente de que ni siquiera volvería a verlos y que daba lo mismo.
¡Pero si estás tan joven!
¡Que voy a casarme, vos, no a morirme!
Ambos rieron, y por sobre sus risas se escuchó el nombre del centro comercial frente al cual se detenía el autobús.
Al escucharlo, Abigail descubrió que por ir embelesada con aquella voz y oyendo lo que no era con ella, se había pasado de su parada.
Todo hubiera sido muy distinto si ella no hubiera tenido que caminar de regreso, o si al menos hubiera recordado que llevaba cerca de media hora de retraso. Sin embargo, ocurrió lo que ocurrió: la amante de la moda pasó frente a la tienda donde tenían en rebaja las botas que había estado deseando por días, y entró a comprarlas, sin saber que estaba a punto de poner en marcha una serie de eventos que, sí, otro podía iniciar, pero nunca con las mismas implicaciones.
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La biblioteca pública ocupaba un edificio antiguo y más bien pequeño, en el cual habían distribuido las diferentes colecciones y salas de lectura. Desde luego, debía reinar el silencio, pero para los pequeños grupos que necesitaran comentar algún tema, se habían destinado varias mesas en el patio interior.
Solo dos de estas mesas estaban ocupadas esa tarde, y los intelectuales que pasaban por ahí, hubieran preferido que fuese una sola. Les parecía extraña la presencia de una muchacha de minifalda, medias y camiseta en color negro, tennis morados y mechones verdes en el cabello amarillo paja. Incluso tenía tatuajes: una serpiente alrededor del brazo izquierdo y una gran mariposa en el hombro derecho, descubierto gracias a que ella misma había arrancado la manga de ese lado de su camiseta.
Pero, con todo, hubo un par de viciosos de la lectura que pasaron a su lado sin considerarla fuera de lugar, porque se identificaban con ella al ver su expresión de rabia mientras leía un clásico local.
Debía haber leído ese libro unas veinte veces ya, y seguía causándole la rabia, tristeza y entusiasmo de la primera vez... sólo que en un orden diferente en cada ocasión. Y aún así, ahora mismo sólo mataba el tiempo. Esperaba a los otros tres.
La joven a quien sus compañeros de escritura conocían como Haru, no había estado de acuerdo al inicio con la idea de verse en persona, pero el entusiasmo de los demás y el argumento de que estarían mejor sincronizados en la misma sala consiguieron convencerla, de modo que ahí estaba.
La idea parecía menos buena a cada segundo que pasaba. Suponía que iban a odiarla. O algo peor. Quizá iba a romperse una buena amistad cuando los escritores “cultos” descubrieran que ella era el tipo de exagerada que se hacía tatuar la imagen de la primera villana de su creación que la había enorgullecido. No le importaba darle en que entretenerse a todos esos desconocidos que la juzgaban para no tener que juzgarse a sí mismos, y la mayoría de sus amigos la querían tal como era, y no necesitaba a quienes no. Excepto que sí necesitaba a estos chicos, los apreciaba, y tenía miedo de que todo se rompiera cuando la vieran. Para colmo, sería injusto, puesto que ella no le había retirado la palabra a “gansita_gemela” cuando supo que compraba en tiendas caras, ni a “aspirante_8” por estudiar en la universidad más cara de la ciudad y conducir cuando iba al cine que estaba a una cuadra de su casa. En cuanto a Alan, no lo conocía tanto aún; pero debía ser muy transparente alguien que nunca había usado un sobrenombre en la vida.
Miró su patineta en un acto reflejo causado por la necesidad de huir, pero ya no sería posible:
Te digo que ella es... ¡Haru!
Volteó, sabiendo que esa voz tenía que ser de Alan, aunque no se parecía mucho a su fotografía de perfil. Y aunque nunca había visto fotos de las chicas, adivinó que la femme fatale que iba con él era la Gansita, porque ellos sí se conocían en persona desde antes y era normal que llegaran juntos. Ambos eran cercanos a lo que se imaginaba.
La saludaron como si siempre la hubieran conocido de vista. No había necesidad de presentaciones ni nada porque ya sabían bastante unos de los otros. Ella se había preocupado por nada, ya que ellos no la habían imaginado diferente.
Si lo que llevas en el hombro no es Atasia, me como esa libreta —comentó Alan.
Pues qué bueno que lo es, porque ocupo mi libreta —respondió la skater.
Tardarían un tiempo en comprender que Haru tenía más rostros que el que les había mostrado en línea, pero no pasarían ni cinco minutos antes de que les dijera que su nombre era Ana.
Para sorpresa de los tres, en la otra mesa ocupada de la zona exterior, estaba Molly, que apenas si se dio cuenta de que ellos estaban ahí. Se mostró bastante avergonzada por no haberse fijado, pero no era algo raro en ella.
¡Por favor, Molly! —se burló Abigail— ¿Cómo no viste a la rebelde sin causa cuando llegaste?
No había nadie cuando llegué —se defendió Molly—. Suelo escribir o leer por aquí, así que estoy desde la una.
Es verdad, ella estaba ahí mismo cuando llegué. Pero igual falta ser bocabierta para no ver llegar a alguien con quien uno quedó —dijo Ana.
Pronto comenzaron a compartir sus personajes y argumentos, pero tardaron menos aún en ser interrumpidos:
¡Jue! ¿Qué hacés aquí? —fue el saludo del joven desgarbado que pasaba.
Ana respondió con una pregunta:
¿Qué hacés vos?
Vine a buscar unos mapas —por el momento, él cayó en la trampa—. Algunos estudiamos, ¿te acordás?
Y lo decís como que fuera gran cosa —la chica habló como si diera lo mismo, pero había algo de afectación en su voz—. Otros somos capaces de ganarnos la vida.
Sí, sí, lo que querás —cohibido, y a falta de un argumento contra eso, él recién llegado prefirió volver al objetivo original e insistió—. ¿Qué hacés aquí, entonces?
¿Qué te importa? —sonrió la chica que tenía tanto miedo de que los skater la vieran escribir como de la posibilidad inversa.
El muchacho le dedicó una mirada de fastidio y se fue con su patineta y sus cuadernos.
¿Y ustedes qué? —Ana se encogió de hombros mientras usaba un tono grosero con sus compañeros de letras, que ahora la miraban sorprendidos.
Abigail sintió que estaba con una desconocida.
Nada —el escritor tomó con calma la situación—, es que nos sorprende darnos cuenta de que nuestros quehaceres te avergüenzan.
Eso no era cierto en el caso de Molly, quien en lugar de percibir eso se acababa de enterar de que había visto antes a Haru, frente a su universidad, con ese muchacho y otros de la misma pinta.
No es eso —Ana volvió a ser la misma—. Sólo son dos cosas diferentes que difícilmente encajan.
Escribir encaja con todo —discordó Abigail.
Ana no dijo nada, pero se quedó pensando en esa frase.
¿Empezamos? —más que romper el silencio incómodo, Alan quería volver al tema que le interesaba.
Cuando llegó el turno de Molly, sus compañeras se sorprendieron al oír el nombre que le había dado al villano.
¿Qué tiene...? ¿Quién es Aaron? —preguntó Alan.
Pero tu novio... —reflexionó Ana, interrumpida por el muchacho de inmediato.
¿Molly tiene novio?
¿No se parece a él verdad? —Ana continuó con su razonamiento.
Pues, sí, en mucho...
¡Pero si te pedimos un malvado, no un príncipe azul! —la joven que enviaba mariposas a matar monarcas no quería ni oír hablar de gente buena que hace cosas malas, quería un villano de libro.
Éste Aaron es malo. Lo que pasa es que es... analítico, paciente, atractivo.... carismático.
No suena tan mal. O mejor dicho, suena malo —comentó Abigail, quien siempre había preferido las historias con villanos eficientes y discretos—. Esos son los peores.
¿Y qué poder le pusiste? —preguntó Ana, ya conforme con las explicaciones.
Pues... eso es lo otro. Domina varios...
¿Cómo “varios”? —inquirió Alan. Aquello no le gustaba.
Pues, varios —Molly no sabía cómo decirlo, porque a ese punto no tenía muy claro ni por qué había decidido eso—. Es que...
¿Cuáles son, pues? —se impacientó Ana.
Todos los de la lista —murmuró Molly.
¡No! Eso sí que no —soltó el hombre de las reglas—. Quedamos que uno, y...
¡Es una ventaja injusta! —se quejó Abigail.
¡Es perfecto! —exclamó la rubia, para sorpresa de todos.
Se dio cuenta de que estaba siendo juzgada, y decidió explicar:
Gente mala la hay a puñados, pero nadie se reúne para pelear contra ellos. Pero Aaron El Malo esta abusando de su magia o como le vayamos a llamar, ¡eso es lo que va a reventar la tierra! Y como es tan fuerte la protagonista no puede ir solita contra él, necesita otros poderes; así que ahí entran los aliados.
¡Ah!, Arleen, hay una cosa sobre ella... —Molly habló en voz muy baja, pues no esperaba que lo siguiente se recibiera muy bien.
El murmullo de la tímida autora fue ignorado y Ana continuó hablando.
Si el malo no llevara toda esa ventaja, ellos serían unos cobardes montoneros, ¿ven?... Pero tienen que faltarle poderes, para que el objetivo sea evitar que los reúna. Por Dios, Alan, no me mirés así, no es tan difícil.
¡No te estoy mirando! —se sobresaltó el aludido.
Ah, pues estarás viendo a través de ella —dijo la que lo conocía más, y por ello notaba con entusiasmo lo que sus compañeras no veían—. A ver si te enfocás en lo que estamos hablando.
¿Qué? Yo estoy de acuerdo con su propuesta. Al menos ya tenemos la excusa para el fin del mundo. Pero, todavía hay algo que no entiendo: ¿para qué demonios querría romper el planeta en el que vive?
Molly no había pensado en ello, pero la respuesta llegó a ella con claridad:
¿Quién quiere romper el planeta? Eso no me importa.”
Es que eso no le importa —comunicó.
Yo sólo quiero las habilidades; y la verdad no me parece que realmente pueda destruir el planeta sólo por eso.”
Quiere las habilidades y ya —continuó la vocera de su propio personaje—. Además, según él no va a causar ningún problema por reunirlas.
Tiene sentido para mí —dijo Abigail.
Así que... él no quiere hacer daño... —murmuró el muchacho, capaz de comprender un “simple error”.
No. Pero no le importa si lo hace —explicó Molly, para luego encogerse de hombros y definir al personaje en una frase—. Hace lo que quiere y toma lo que quiere, sin importarle nada.
De donde te habrás sacado a ese monstruito —comentó Abigail, por decir algo.
Molly supuso que a ellos podía resultarles útil la información, así que lo comentó, intentando ser concisa.
Pues primero no se me ocurría nada. Y luego busqué métodos en Internet. Uno escribe como son... luego que harán en el cuento... y... ¿sabían que ayuda asociarlos a una cosa que sí existe?
¿Por eso le pusiste el nombre de tu novio?
No. Es... —dejó la frase en el aire y se puso a buscar algo en su bolso— ¡Aquí está!
Un cuaderno con corazoncitos... —la joven de “muchos rostros”, tenía uno con la amplia sonrisa burlona que ameritaba el caso.
Pues aquí sí. Para nosotros, pero hablando en términos literarios, esta es la representación de un libro de partituras que le dejó... —entonces salió el tema que había estado evitando—. Arleen vivía con él, y se lo dejó para que no se olvidara de ella.
Ahora es que es amigo de la protagonista—bufó Ana.
¿Amigos? ¡Vivían juntos! —exclamó el otro—. ¿Ella era su novia o su hermana?
Él la creó —explicó la que había escrito a la protagonista.
Y esa declaración, inició una discusión más compleja que las anteriores, y en esto no sería fácil llegar a un acuerdo. Media hora después, seguían discutiendo el asunto, cada vez con menos paciencia y más escándalo.
Todos estaban cerrados en sus opiniones: El muchacho lo consideraba una falta a la lógica de la historia decir que Aaron podía crear seres vivos. La otra simplemente opinaba que era una cursilería, lo cual odiaba más que a los finales felices gratuitos. Y una de las bibliotecarias de Colección Nacional mantenía su posición de que o bajaban la voz o se marchaban.
Bajaron la voz.
Por menos de un minuto. 

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