miércoles, 20 de junio de 2012

El Cirujano Ciego


¿Han escuchado el sonido de una vida al extinguirse? ¿Y el llanto de una criatura cuando descubre que está en soledad absoluta?

Yo sí.

¡He oído tantas veces ese último latido y el eco de la vida en un cuerpo sin esperanzas!
No importa cuanta anestesia usemos, el otro siempre despierta. Siempre llora.

El resultado es considerado bueno por mis superiores. Aunque se espera más de mis habilidosas manos, aceptan las pérdidas sin recriminarme. Y no hace falta que lo hagan, de todas formas. Bien saben ellos cuanto me afectan esa  vida perdiéndose y el llanto inevitable. Más que a ellos es seguro.

No me animo a visitar a mis hijas cuando he fracasado... y no es muy diferente cuando tengo éxito, porque estoy avergonzado por mis decisiones egoístas.

Para que mis pequeñas de tres años puedan vivir con su madre en una casa alejada de la poca civilización que queda en este mundo, yo trabajo para quienes mayor peligro representan para ellas. Los que amenazaron llevárselas con los demás sobrevivientes al procedimiento.

Cuando ambos lo soportan, duermen alrededor de dos días y al despertar cada uno de ellos presenta una ampliación en la habilidad incomprensible que todos los siameses tienen.

Ya sea inteligencia, percepción o fuerza imposibles; ya sea otra cosa menos habitual en nuestra especie. Se magnifica en un par de sobrevivientes y se mantiene en quienes se quedan solos.
Aún en ese último caso, superan al humano promedio y eso es útil para La Fundación. Si se niegan, los obligan. Siempre. De algún modo.

Y antes de que un siamés sea parte del activo de La Fundación, pasa por mi quirófano. Ya no lo hacen los otros cirujanos, puesto que ellos se dejan engañar por la vista y lo echan a perder. Lo que yo llamo fracaso, para los anteriores era un éxito.

Yo hubiera querido estar fuera de eso, pero no podía dejar que algún carnicero se ocupara de mis hijas. Una vez bastó para que supieran que yo podía ser útil y ahora tengo que seguir haciéndolo para que ellas sean libres... por un tiempo. Ya encontrarán como traerlas cuando yo deje de ser útil.

La de mis hijas fue la segunda operación en la que estuve presente, pero en la primera mi papel fue otro. Era mi propia ablación. El primer llanto que tuve que oír fue mío y creo recordar que volví de la anestesia cuando escuché escaparse la vida de mi hermano.

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