sábado, 31 de marzo de 2012

Cuotas de Libertad. Capítulo 14.


―Literalmente golpeaste a un empleado...
―Y tú mataste a más de un esclavo ―desafió Katerina.
Aquello era imposible. Él intentaba llevar las cosas en paz, había tenido paciencia. Pero ella  parecía estar decidida a irritarlo, había pasado todo el mes peleando con él, desquitando su enojo en los empleados y desapareciendo por las noches. Esta era una de muchas veces en que le hablaba de ese modo. Se contuvo ante las ganas de golpearla.
―¿Por qué demonios estás tan rebelde? ―dijo, con ira mal disimulada.
―Yo... estoy cansada de ser esto ―confesó la joven antes de retirarse de la mesa.
Éid, sentado frente a una cena que consumía de mala gana y con gusto al mismo tiempo, se había quedado con el tenedor en el camino en algún momento de la discusión. La tensión en esa casa era inverosímil para él, que estaba acostumbrado a un mundo donde compartían alas para arroparse en las noches.
A diferencia de su... hermana, él estaba muy dócil.
No, no se había vuelto cobarde y no le sentaba bien tener calefacción, tres tiempos de comida y una cama. De hecho, todavía no usaba la cama.  Tampoco había descubierto de pronto que amaba a su padre. Incluso seguía resentido con su hermana. Pero tenía razones para estar en paz con el único individuo que podía librar a Paola de las cosechas.
El día iba acercándose y él tenía miedo de que en lugar de ayudar, cualquier petición al respecto empeoraraa las cosas. Por otro lado, ¿qué tan justo era eso?, ¿qué pasaría con todos los demás? No le interesaba demasiado, en este aspecto era un Mason. Y se sentía culpable, pero eso no le quitaba las ganas de salvar a las personas que apreciaba más aunque el resto de los seres vivos se hundieran.
*****
El  clima había cambiado y algunos de los zaat dormían con las alas encogidas en lugar de arroparse con ellas. Ewan no se contaba entre ellos. Ahora que no sentía dolor, y pese a que parecían constantemente cubiertas de saliva, sus alas comenzaban a gustarle, y cubierto a medias son ellas, descansaba apoyando el hombro derecho en la pared. A su lado estaba el que prácticamente lo había aceptado como hermano adoptivo.
Estaba profundamente dormido, aún no terminaba de adaptarse al trabajo en la mina. ¿Qué más prueba de ello que las heridas del reciente castigo por retrasar el trabajo?
No lo despertó el sonido de alguien que caía desde poca altura, si no el murmullo de los que habían despertado y se preguntaban la naturaleza de aquel sonido. Los udzaat fueron los únicos que pudieron ver al individuo gracias a la luz del exterior que se colaba por la ventana que continuaba rota. Pero no conocían a ese muchacho que los alumbró con una linterna de luz azul, y luego los ignoró.
El intruso caminó con la luz apagada hasta donde dormían los zaat, repitió lo de la linterna, y no encontró lo que buscaba. No sabía si era posible que se hubieran equivocado de celda. Por su parte, los zaat no lo veían a él debido a la dirección de la luz.
―¿Ewan? ―llamó, medio esperanzado, medio tímido.
―¡Mateo! ¡No puede ser! ―a su lado, Rud se sobresaltó por la forma en que Ewan alzaba la voz.
―¡No.Puede.Ser! Estás... ―Mateo descubrió que no se le ocurría como decirlo.
―¿... enfermo? ¿herido?
―¡Alado!
Fue una sorpresa agradable notar el júbilo en la voz de su amigo.
―Así fue como mi padre se enteró... Eh...
―¡Si pero entonces todavía no tenías unas enormes alas...!
―No son enormes, en realidad... ―sin razón alguna recordó lo extraño de la situación y cambió de tema sin ningún aviso― ¿Mateo, que haces aquí?
―¡Vinimos a sacarte!
―¿Como... una fuga? … ¿Lo dijiste en plural? Ellos...
―Jared, y ni se te ocurra mencionar a tu idiota noviecita. No la necesitamos, de todas formas.
No fue difícil adivinar porque estaba molesto Mateo. La decepción reflejada en su voz no la compartía él. Los había adivinado casi perfectamente: Mateo y Jared sentirían pena por él, estarían preocupados, se sentirían culpables por haber lanzado luz sobre aquel secreto. Lidia sentiría vergüenza por haber compartido tanto con un esclavo, y sufriría porque su afecto por él no haría juego con sus principios. Lo que no soñó ni siquiera en los delirios que había sufrido cuando su espalda se adaptaba a los nuevos huesos, era que ellos dos iban a hacer esto.
Quería abrazar a Mateo, por ser el único que estaba ahí dentro. Pero se mantuvo sereno y cuando habló, su voz intentaba consolar al humano.
―No puedo escapar.
―Sí, ya sé, es un riesgo, pero lo tenemos todo planeado y no van a atraparte...
―Pero... mi verdadera madre vivía aquí. Además no sería justo que yo me fuera y ellos sigan aquí... Mi única familia, mi hermana... No quiero irme. Pero, que ustedes hayan venido a buscarme, es lo mejor que me ha pasado en un mes. Aún contando que me hayan aceptado aquí ―era sincero―. Probablemente es una de las mejores cosas de toda mi vida.
*****
Lidia deseaba comunicarse con sus amigos. Sí, era una vergüenza y todo, pero... había tanto de él que ella había amado... Pero no podía llamarlos y admitir que le interesaba el destino de un esclavo. Además, estarían enojados todavía.
A estas horas, él debía estar en territorio amarillo. Obtendría un trabajo cerca del río, quizá. Ojalá le fuera bien. Y ahí ya no era el enemigo de nadie. Pero, según el noticiero que estaba leyendo, se habían adelantado un poco a los acontecimientos. En La Tierra habían decidido algo impensable.
*****
Katerina estaba discutiendo con alguno de los guardias cuando llegó Paola, diciendo que ella debía intentar hacer algo para detener la cólera de su padre. La joven, que había perdido por completo la habilidad para eso, corrió de todas formas a la celda 34.
Noelia y Mortimer estaban golpeando sin piedad a un esclavo al que no le quedaba una sola escama negra. Él resistía casi sin quejarse. ¿Por qué tenía que ser él justamente? Katerina terminó de llegar cuando ellos prácticamente acababan con Rud y lo arrastraban de regreso a la celda. Entró detrás de ellos y descubrió que todos los zaat habían perdido las alas ya. No era la fecha indicada, no tenía sentido. Pero no se detuvo demasiado a pensarlo.
Él no era el primero al que castigaban, y a todos les llegaría el momento. Excepto a Paola. Mortimer Mason realmente era capaz de concederle un pequeño favor a su hijo. Por desgracia, el muchacho no sabía lo que ocurría ahora y, aunque hubiera sabido, era poco probable que hubiera podido conseguir un favor tan grande; los Mason no podían darse el lujo de mostrar debilidad ante los esclavos que se les enfrentaban.
El acto de rebeldía de Paola se había generalizado a todos los zaat en la celda 34, salvo el que era demasiado joven todavía. No había viento que se encargara de esparcir las escamas, pero aún así mucho se había perdido, y lo más importante era que podían perder el control sobre las bestias, de modo que no podían dejarlo pasar.
Se disponían a continuar con la anciana, pero en ese momento intervino Katerina, demandando saber lo que ocurría. No le interesaban los argumentos de los otros y se enfrentó a Mortimer sin mostrar ningún respeto, y mucho menos temor.
Cuando uno de los empleados entró diciendo que debían salir a ocuparse de un problema, Noelia tuvo que hacerlo porque Mortimer estaba ocupado gritándose con Katerina. Ni siquiera se fijaron en que ella salía, aunque la joven algo escuchó de lo que dijo el empleado.
Mortimer sabía que no podía tener esa discusión frente a los esclavos, ella estaba diciendo demasiadas cosas inapropiadas, algunas familiares, otras respecto a los esclavos (según él, eso lo debía haber escuchado de Stewart). Todo eso daría seguridad a los esclavos, debía hacerla callar, pero él mismo estaba fuera de control, estaba agotado de pelear con ella por esas criaturas. No se percató de lo que hacía cuando alzó el brazo para golpearla con el revés de la mano. No llegó tan lejos, una mano delgada sujetó repentinamente su muñeca, deteniéndolo a duras penas porque apenas tenía fuerza.
Saog podía tolerar muchas cosas, y muchas más no podía evitarlas, pero nadie iba a golpear a la hija de Gádzor frente a ella mientras tuviera algo de fuerza. El hombre la empujó con el mismo brazo que ella sujetaba, liberando su muñeca y haciendo caer a la zaat.
Katerina lo detestó a él, y odió tener que fingir que era su hija. Pero de pronto se sentía serena. Ayudó a la mujer a levantarse, mientras le dedicaba una mirada de despreció a Mortimer.
―No vas a castigarlos por hacer lo que quieran con sus alas ―dijo, con frialdad, segundos después―. Estoy harta de pelear contigo. Ya basta de cosas sin sentido.
―¡Es tu patrimonio! ¿Cómo puedes estar tan...?
―Esto no es mi patrimonio ―Katerina sacudió la cabeza, negando. Había llegado a su límite y no le importaban demasiado las consecuencias de lo que hiciera a continuación―. Todo el tiempo estuve fingiendo, para encontrar a mi hermano, para cuidar de Ewan. Te seguí la corriente y mantuve informado a Stewart.
―¡Mi propia hija! ―estalló él.
―En realidad...
―Mortimer... ―Noelia estaba de regreso― Hay un problema. Uno serio. Ven aquí.
No quería dejar a medias lo que estaba tratando, pero el tono de su hermana no le dejaba más opción que salir.
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―Hacía años que no miraba tanta gente bajar de un transporte ―dijo el viejo, con la voz apenas comprensible debido a que tenía demasiada goma de mascar en la boca.
―Y que lo diga, don Lucas. ¿No que habían matado a la gente que era tan pobre que le daba lo mismo trabajar en una mina?
―Sí, claro, pero eso fue hace años, estos son otros.
Había mucho movimiento en la estación, sí. Pero había más en las cercanías del río. La facilidad de los zaat para construir se había perdido en La Colonia, pero hacían lo posible por combinar los conocimientos de los mayores con la idea de los udzaat de habitar las cuevas, que en las cercanías del río carecían de oro y de alimento. No eran suficientes, pero se las arreglaban mientras construían casas.
La mayoría se habían asociado tal como habían compartido celda, aunque los que se habían llevado mal con su grupo se integraban a otros.
La euforia ya había pasado y ahora estaban tratando de ser prácticos, y adaptarse a la nueva situación. Construirían un muro tan pronto como pudieran, para evitar en lo posible a los humanos. No tenían intención de recordarles siquiera su existencia a esas criaturas terribles, que de algún modo habían acabado por liberarlos.
No comprendían lo que había pasado, gente desconocida había llegado celda tras celda diciéndoles que debían trasladarse al río. Se les había indicado los límites que no podían sobrepasar, y les habían prometido que los humanos tampoco los traspasarían. Parte del río les pertenecía. Nadie les dijo nada sobre las decisiones tomadas en La Tierra, la lucha que los humanos habían librado por esa libertad (la mayoría sólo para sentirse bien con sigo mismos), o lo que se suponía que ocurriría después. No es que a los humanos les importara lo que pasara con ellos una vez que dejaran el territorio perteneciente a La Tierra para vivir en el que se les había asignado.
Así pues, cada quien ocupaba su lugar. Muchos podían pensar que no era cierto para Éid, el muchacho que hubiera tenido que llamarse Ewan pero nunca había aceptado el nombre. Hacia falta saber la historia completa para entender que su lugar estaba al lado de su pareja, y de sus amigos. De modo que estaba intentando construir un hogar cerca del río. En los días compartidos trabajando con el muchacho que se había quedado con el nombre de Ewan, habían aprendido a tolerarse, pero no tenían demasiado en común.
Eso sí, ambos eran aceptados en aquella comunidad que se asentaba. No era el caso de Katerina, quien simplemente era ignorada por la mayoría, mientras otros la veían con desconfianza. Nada de eso la preocupaba, porque tenía todo lo que había pedido por años: a sus dos hermanos. Y, además, estaba la devoción de Saog y el aprecio de Rud.
El instante era hermoso. Unos lo veían como recuperar lo suyo, o bien como una compensación al sufrimiento anterior. Muchos creían que soñaban y otros tenían miedo de despertar.
El futuro era incierto, en realidad, pero no por ello el instante dejaba de ser hermoso.

――Última Línea――

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