sábado, 24 de marzo de 2012

Cuotas de Libertad. Capítulo 13.



Era él tipo de frío que le llega a la médula a cualquiera.
Ewan no hubiera conseguido dormir con aquel frío aunque hubiera tenido la mente despejada, y  no la tenía.
Su padre no era su padre. Su hermana no era su hermana. Y los zaat habían decidido que él no era uno de ellos. Había sonado como una decisión bastante unánime, había habido alguno diciendo “pobrecillo, es como nosotros”, pero de inmediato en la celda 34 se había impuesto la idea de que él era un peligro o por lo menos alguien completamente ajeno al grupo.
Oír toda la conversación de como “el hijo del dueño” no era de fiar, había sido muy deprimente. Pero después de lo ocurrido, una conversación sobre la abolición de la esclavitud o un concierto de Jazz también le hubiera parecido una tragedia.

*****
Éid amaneció mirando por la ventana de una habitación llena de imágenes y artículos relacionados con Jazz. Estaba sentado en el suelo apoyado en la pared y desde aquella posición lo que veía era el cielo. Hasta cierto punto, era bueno saber que veía el mismo cielo que había visto por años. Pero no bastaba. Aunque toda la casa estaba tibia, él tenía la sensación de que faltaba abrigo.
Dejó escapar un suspiro, por enésima vez.
La puerta se abrió y el ambiente paso de triste a tenso de inmediato. Éid evitó mirar al hombre que llegaba. No quería ni recordar lo débil que se había mostrado hasta entonces frente a él. ¿Por qué no había peleado para quedarse con su familia? ¿Por qué seguía en esa casa enorme con calor, aromas y emociones artificiales? Debió haber escapado, como Fekór. Escapar y morir como parte de su familia. ¿Ahora qué era? ¿Qué tanto deshonraba la memoria de asu al quedarse aquí como si fuera uno de ellos?... Un humano. Uno que tenía la misma libertad de cualquier esclavo.
―Ven, Ewan. Es hora del desayuno ―los intentos de Mortimer por sonar natural fueron bastante inútiles. Pero su preocupación fue genuina, aunque no exagerada, al ver en donde estaba el muchacho―. ¿No dormiste en el suelo, o sí?
Éid no respondió ni siquiera con un gesto.
―Oh. Veo que sigues incómodo.
―¿Alguna vez ha sentido afecto por alguien?... ―la voz de Éid era débil, ausente, pero clara, de pronto pensó en voz alta en lugar de esperar una respuesta― No, claro que no. Usted llamó hijo a ese muchacho durante años y no sintió nada ayer cuando lo tiró en la celda como si fuera menos que un animal.
―Él no era mi hijo. Tienes que comprender que una persona como yo no debe tomar a la ligera que se le ponga en ridículo como lo hizo tu madre.
―Mi madre lo insultó y usted se desquitó con él, que no tiene relación con ella, y a mí me trajo a su casa ―Éid se aclaró la garganta pero al continuar su voz seguía siendo queda y ligeramente  enronquecida―. ¿Al menos ha necesitado a alguien? ¿Ah tenido la sensación de que al no estar ciertas personas, todo es más difícil... menos bueno?
―Desde luego ―sus padres... La misma Corine, en su momento...
―El muchacho al que ejecutó frente a nosotros, al que llamó ladrón y golpeó hasta aburrirse: yo lo necesitaba. Yo lo quería. No se tiene mucho allá en las celdas. El afecto es lo único que ustedes no se han llevado para venderlo en su planeta ―por fin, Éid lo miró, con los ojos tan llenos de vacío que hasta Mortimer pudo ver la ausencia en ellos, apenas consiguió sostenerle la mirada mientras el muchacho continuaba―. No hay nada que usted pueda hacer que me haga llamarlo... padre. La sangre de un esclavo no vale nada para ustedes, ¿por qué le importa tanto que uno de los esclavos tenga la sangre similar a la suya?
―Tú no eres un esclavo, eres mi hijo. Si lo hubiera sabido, no hubiera permitido que Corine te apartara de tu verdadera vida...
―Es usted quien me aparta de mi verdadera vida.
Mortimer no sabía que decir. Se limitó a ordenarle que se levantara para ir al comedor y desayunar de una vez. Éid obedeció con desgana.
La comida era extraña. Había sido colocada en un plato decorado, brillante, de tal forma que se viera bien. También tenía buen sabor. Éid no pudo llevar el segundo bocado a su boca. No era justo. No había ninguna razón para que él tuviera eso. Dejó el tenedor en el plato y con un gesto de rabia lo empujó lejos de él. Y luego se encogió en la silla con el gesto que pondría un niño encaprichado frente a un plato de brócoli. Tenía hambre. Y el sólo tener enfrente ese plato que lucía bien y sabía mejor lo hacía sentir más hambre todavía. Tuvo que tragar saliva. Le enfurecía saber que quería vaciar ese plato.
Aunque después de lo ocurrido anoche, todo lo enfurecía.
*****
―Siempre supe que esa mujer era una pestecita ―suspiró Noelia―. ¿Al menos a Katerina no te la cambió por otra?
―Porque yo estaba aquí cuando ella era pequeña ―soltó Mortimer―, si no tendría que verificar también su sangre.
A Noelia no le importaba demasiado escuchar que su hermano se sentía triste por haberse ganado el odio de su verdadero hijo. Le molestaba que todos se darían cuanta de que había sido humillado con la crianza de uno de los esclavos.
―¿Decidiste como manejarlo? La gente...
―No pienso manejarlo ―respondió Mortimer, sin dar importancia al asunto―. La gente hablará de cualquier modo, así que dejemos que se cansen ellos.
Mortimer no era de los que dan explicaciones a la gente inferior, y según él nadie estaba a su nivel. Ellos tendrían que ver como se las arreglaban para no ser descubiertos burlándose de él.
―Si tú lo dices... ―pero no le gustaba la idea.
―¿Supiste de los resultados de la reunión? No he tenido cabeza para leerlos.
―Se reunieron de nuevo ayer. Al parecer Stewart estuvo haciendo investigaciones sobre una... “denuncia” le dice él. Dijo que presentaría detalles. Honestamente... suena mal.
―Lo sé ―Mortimer se quedó pensativo un instante, no  podía recordar cuando se había dado vuelta todo―. Creo que no hay nada que hacer más que adaptarse. Las leyes son otras, nuestros negocios tendrán que ser otros.
―¿Vas a seguir los pasos de Chang?
―¿Liberarlos? No. No eso... voy a aflojar sólo un poco... Uhm... esto empieza a dejar de ser rentable.
Discutieron las posibilidades, pero Mortimer regresaba al tema del falso Ewan cada cierto tiempo. Hablaban de eso cuando él se dio cuenta de que su hermana llevaba una  venda debajo de la manga de su blusa, cerca de la muñeca. Al preguntarle que era, ella dijo que había sido un incidente justamente en la celda 34. Le mostró que la venda llegaba casi al codo, pero no la desprendió para enseñarle la herida profunda que se extendía en esa área.
―¿Incidente de que tipo?
―Tuve que castigar a una bestia que se deshizo de las escamas antes de la cosecha...
―¿Ahora hacen eso?
―¿Puedes creerlo?
―Imagino que no la mataste.
―Debí hacerlo. Por desgracia, sería peor... con la situación como está. Pero no creo que vayan a las minas en unos días. No deberían poder ni levantarse.
―¿Fueron varios?
―El otro estaba defendiéndola ―dijo, mientras negaba con la cabeza, y luego rezongó―. Ojalá le hubiera cortado las alas antes... ¿recuerdas al de alas negras, supongo?
―Sí, claro. ¿te atacó?
―Me hirió con su ala, antes de que lo viera venir siquiera. Lo contuvieron pero ya era tarde. Así que también a él le tuve que poner su castigo, no sea que luego todos decidan andar de valientes. Con la ventaja de que no se movió ni un poco cuando le corté las alas ―después de una pausa, asumió un tono irónico―. Hasta sentí pena por él.
*****
Un grito de dolor despertó a Rud. Era una voz desconocida pero una agonía familiar. La formación de las alas siempre había sido un proceso difícil, pero por el oro o por desnutrición, a las nuevas generaciones les resultaba un tormento desproporcionado.
Sólo había pasado un día después de la cosecha, de modo que entendía bien lo relacionado con el dolor. Apenas ese día Saog le había terminado de cortar los restos de sus alas y el dolor fantasma era sólo un poco mayor que el provocado aquí y allá por la golpiza.
Todos estaban despiertos. Saog parecía sentir pena por el chico, otros nada más querían que se callara y dejara dormir. Pero nadie se movió. Después de un par de minutos, Máron se reacomodó para volver a dormir y Rud escuchó a su hermana refunfuñar. Supo que ella no compartía el odio de los demás... aunque tampoco fue capaz de levantarse a hacer nada por él.
Fuera del portón del área donde dormían los zaat, Ewan se esforzaba para no gritar, pero seguía quejándose de dolor. No había posición  en que no doliera. Nada que hacer. Y el frío intenso no ayudaba en lo más mínimo.
Se encogió sobre sí mismo, apoyado sobre su hombro derecho, pese a que la posición era muy incómoda. Era la manera menos dolorosa que se le ocurría. Suponía que tarde o temprano se acostumbraría a no apoyarse en su espalda, hasta entonces, el dolor sería un buen recordatorio. Sabía que el dolor y el frío iban a pasar tarde o temprano, pero no podía siquiera imaginar ese momento. Apenas si recordaba lo que era echarse tranquilamente sobre su espalda. Aunque sí había algo que podía evocar: la calefacción.
―Ven ―Rud estaba de pie al lado suyo, ofreciéndole apoyo para levantarse.
Ewan lo miró con extrañeza, y Rud decidió ser más claro.
―Ahí te vas a congelar. Ven con el grupo.
―Me odian.
―No es eso. Están a la defensiva porque fuiste criado por Mason.
―¿Y tú no...?
―Eres hermano de Katerina, algo has de tener bien. Además, estoy en deuda con ella.
―No soy su hermano ―eso dolía más que los huesos desgarrándole la piel.
―Pues ella dice que sí ―Rud se sentó a su lado antes de continuar―. ¿Y tú?
Ewan asintió.
―Pues lo son.
―La extraño.
―Es normal... Déjame ver las alas. A veces no cicatriza como es debido y es mejor revisar.
 *****
―¿Y acaso tiene alguna evidencia de ello?
―Sólo el cadáver, ¿y sabe por qué? Porque le hemos dado a los hombres y mujeres más ambiciosos de la civilización el permiso de disponer de ellos como si fueran animales. Nadie sabe cuantos esclavos tienen, y ellos simplemente mataron a este joven y tiraron su cuerpo en cualquier parte. A éste, y quien sabe a cuantos más.
―Para eso se han desarrollado leyes, señor Stewart.
―Tendría más sentido simplemente establecer controles.
―¿Controles? ¡Cualquier monitor será comprado!
―Parece que no he sido claro. Damas y caballeros, los controles se aplican para que los empresarios paguen impuestos, lo que exigimos para las criaturas vivas no es que se pague impuestos por utilizarlas. La civilización entera exige que a estas personas se les reconozca su calidad humana.
―¡Pero no son humanos!
―¿Cuando fue la última vez que usted visitó a su madre?
―¿Disculpe?
―¿Cuándo fue la última vez que visitó a su madre? ―repitió Stewart, y luego extendió su pregunta a todo el grupo― ¿Cuándo abrazaron a sus hijos por última vez? ¿Alguno de ustedes a faltado a la oficina para ver a un familiar enfermo? Puedo asegurar que no hacemos eso tanto como deberíamos.
―¿Y por qué viene al caso eso?
―Ellos no son humanos como nosotros. Son humanos como solíamos ser antes de legalizar el asesinato y poner el supuesto sentido práctico por sobre la moral y las relaciones humanas.
*****
Jared seguía mirando el arma que le había robado a su padre. Estaba nervioso. Si todo iba mal, sabía muy bien lo que les esperaba, y cuando pensaba en ello deseaba correr a casa y dejar el arma donde la había encontrado. En cambio, si todo iba bien, no tenía idea de lo que iban a hacer.
Habían sido un mes extraño, desde que Ewan había sido sustituido por un muchacho que... no quería sustituir a nadie. Y no habían hecho más que pensar en el que ellos conocían. Jared incluso había acompañado a su padre a la mina donde trabajaba para ver si descubría algo sobre él. Pero no era la misma mina, y parecían no tener nada que ver una con otra. Sin embargo, Mateo había hablado con él otro Ewan, un muchacho muy triste, y había averiguado en donde vivía. Además, tenían un plan, uno que habían preparado durante dos semanas.
―¿Alguna vez la has disparado? ― preguntó Mateo, señalando el arma.
―Jamás. Y se supone que no lo haré hoy.
Lidia entró sin hacer más ruido que el de la puerta desnivelada al abrirse. Ellos la saludaron con voces llenas de ansiedad.
―En serio, ¿qué hacemos aquí? No es que me sienta muy creativa después de... ―Lidia se interrumpió al ver el arma, consiguió sonar tranquila pero su lenguaje corporal la traicionaba― ¿Para que traes eso?
―Por si acaso. Paranoia de Mateo. Yo digo que podemos hacer esto sin que nadie se entere.
―Jared, no sé de que cosa hablas...
Mateo lo explicó:
―¿Recuerdas esa región en donde los emplean? Lo pensamos, y no debe ser difícil llegar...
Lidia no entendió al principio, pero después de un momento, adivinó, sorprendida:
―¿Hablas de Ewan?
Ambos asintieron.
―¡No podemos hacer eso!
―¿¡Qué!?―Jared fue el que habló pero ambos estaban igualmente sorprendidos.
Estaban seguros de que ella estaría encantada con la idea.
―Está bien... ―dijo Mateo un segundo después―. No tienes que venir si tienes miedo.
―Sí... Aunque uno pensaría que ibas a querer venir por tu noviecito.
―¿Es que no lo ven? Él es... uno de ellos. No pueden realmente estar pensando en arriesgar la estabilidad de sus familias, y quizá la vida, por... él.
Los dos se quedaron boquiabiertos. Jared reaccionó primero, no dijo nada pero se dirigió a la puerta mirando con enojo a Lidia.
Jared ya estaba afuera cuando Mateo consiguió hablar:
―Eres una verdadera idiota, Lid ―suspiró, preguntándose cómo no lo había notado antes.
―No. Ustedes son los que están jugando para el...enemigo.
―Muérete ―dijo él, con desidia en lugar de enojo, dándole la espalda para salir.

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