lunes, 19 de marzo de 2012

Cuótas de Libertad. Capítulo 12.


 ―Esta noche vas a pasar frío ―murmuró Paola mientras caminaban hacia la mina.
Éid podía percibir la dicha en su voz. Hacía buen rato que ninguno de ellos se permitía eso. Miró con curiosidad a la joven que llevaba el cabello revuelto por el viento, y preguntó:
¿Por qué? ¿Hice algo malo? ―lo decía en broma, sabía que no era por eso, aunque no tenía la menor idea de porque podía ser.
Había estado durmiendo apoyado en el hombro de ella, cubierto por su ala izquierda. Sí, sabía que la cosecha sería en un día o dos, pero no creía que eso tuviera nada que ver con lo que comentaba Paola.
No ―sonrió ella―, no hiciste nada malo. Yo lo haré.

Extendió sus alas tanto como le era posible y renunció a ellas por primera vez. Nervios y espinas se disolvieron rápidamente y el viento arrastró las escamas que ahora no tenían a que sujetarse. Unas se perdieron de la vista, otras se regaron en los alrededores. Y sí la humana las quería, todavía podría recogerlas, pero que no contara con ella. Empleados y esclavos adivinaron que él día de cosecha tendría sobresaltos.
*****
Mala época para perder las alas, el viento de la noche era frío. Pero al menos se tenían el uno al otro y la manta de él. De todas formas sentían frío, quizá porque les había quedado un sitio cerca del portón a medio abrir así que les llegaban las corrientes de aire desde la ventana.
Y sí, había valido la pena; Paola se sentía liviana, y no sólo porque las alas tienen un peso considerable que ella no estaba cargando ahora.
A poca distancia de ellos Rud intentaba conciliar el sueño. Había tenido suficiente. Era probablemente el único que no encontraba significado en la esperanza que les había dejado Fekór. Le preocupaba el castigo que recibiría su hermana el día de la cosecha, que estaba demasiado próximo. Le aterraba enfrentar a Noelia una vez más. Echaba de menos a la humana de ojos azules. No soportaba la ausencia de los que habían muerto, y mucho menos saber que otros caerían después, de alguna manera horrible. ¿Se suponía que eso era una vida?
La puerta se abrió y eso no tenia sentido. Era de noche, nunca venían de noche. Ni siquiera vigilaban, aún ahora que sabían que podían escapar, porque también contaban con que no lo harían después de lo ocurrido con Fekór. Además, la tormenta había empeorado mucho en la última hora.
La forma en que la puerta había sido azotada violentamente, daba la impresión de que había sido el viento. Pero no.
Rud tuvo que inclinarse un poco para ver hacia la puerta. Paola y Éid, que se habían despertado sobresaltados con el portazo, miraron de inmediato a las tres personas que llegaban. “¿Y ahora que hicimos?”, se preguntó Rud, cuando vio a Mason a la luz de la luna. Y si le hubiera visto la cara, hubiera sido mayor su preocupación.
Éid y Paola presintieron que se trataba de lo que había hecho ella esa mañana. ¿También eso era un robo según él? Probablemente a Éid le asustaba la posibilidad más que a ella, y eso a pesar de que la joven estaba intentando encogerse bajo las alas que ya no tenía.
Pero, la furia de Mortimer Mason no era en contra de ellos aunque con gusto usaría a alguno para desahogarse. Por el momento, le bastó con empujar contra el suelo al mismo muchacho al que le toleraba cualquier decepción apenas unas horas atrás.
Ewan apenas entendía lo que pasaba. Estaba demasiado aterrorizado por todo como para intentar adaptarse a la situación, defenderse... ni siquiera podía pensar en lo que debía hacer o no. Así que no hizo nada. No había hecho nada desde el momento en que Mortimer había examinado los huesos fuera de lugar en su espalda y se había enfurecido con él.
Seguía recibiendo información cada vez más horrible, sólo eso.
Lo mas aterrador no era descubrir que no era quien creía, o haber llegado, para quedarse, al peor sitio posible. No. ¿Su padre, el hombre más malvado posible, ensañándose con él? Sí, era para espantarse, pero no era lo peor. Era la posición de Katerina, pactando con el diablo porque se había quedado sin opciones. Esto era lo último que ella podría hacer para salvarlo. Y luego... él estaría por su cuenta en las minas, hasta que su padre (sólo que no era su padre, ¿por cuanto tiempo más iba a pensar en él como tal?), decidiera faltar a su parte del trato.
¿Y bien?
Para ninguno de los esclavos que se habían despertado tenía sentido aquella pregunta. Katerina se dirigió a la zona donde estaban los zaat, con el peso del mundo sobre sus hombros.
Lo siento mucho ―era difícil captar que se dirigía a Éid.
Éid no tenía la menor idea de que implicaciones había, pero era un hecho que los humanos sabían sobre él y su origen. No se le ocurrió que aquel pensamiento era muy egocéntrico. Vio a Katerina y luego a Rud.
Tú... ¿Tú se lo dijiste? ―no era una pregunta realmente, era un reclamo. No había nadie más que hubiera podido decirle.
Rud estaba más concentrado en mirar con rabia a la humana.
No puedes. Prometiste que...
No sé me ocurrió otra forma de salvar a Ewan... ―que extraño sonaba ahora ese nombre.
Rud no entendía como una cosa tenía que ver con la otra. No preguntó.
Éid cerró los ojos con fuerza y los dos zaat que aún no habían despertado lo hicieron cuando Mortimer encendió una intensa luz portable y la apuntó al rostro de el muchacho. Sí, podía ser, pero tendría que hacer pruebas para saberlo. Por supuesto, eso estaba planeado ya.
¿Él?
Katerina asintió, llena de culpa, lágrimas silenciosas recorriendo sus mejillas. Pronto eso y lo demás fue consumido por la oscuridad, más intensa después de haber estado bajo la luz por un momento. Hizo falta un momento antes de que algunos fueran capaces de ver algo en la penumbra.
Ven ―Mortimer le extendió una mano para que se apoyara al levantarse.
Los zaat nunca habían visto nada tan extraño como eso, imaginaron que eran las sombras engañándolos.
Éid negó con la cabeza. El humano apenas percibió el movimiento, pero entendió. Lo obligó a levantarse, con toda la gentileza posible en las circunstancias. Tiró de él para sacarlo de ahí, pero la joven que había estado acurrucada con él intentó detenerlo.
La primera reacción de Éid fue sujetar a Paola con tanta fuerza como ella lo estaba sujetando a él. Pero, cuando Mortimer empujó con fuerza a la joven, cambió de opinión. Al golpear contra la pared tras ella sintió un intenso dolor porque justo había chocado el hueso derecho de las alas. Si no las hubiera desprendido temprano, la derecha se hubiera hecho pedazos en este momento. Pero no estaba lo bastante afectada. No soltó a Éid en ningún momento... hasta que él mismo la empujó.
Perdón por no decírtelo. Realmente se me olvidó.
No mentía. Había pasado demasiado como para que aquello fuera importante, y sin embargo, lo era.
¿Qué cosa? ―preguntó ella, paralizada por la sorpresa de que él estuviera apartándola.
No recibió respuesta.
Éid se dejó llevar y Rud contuvo a su confundida hermana.
Más te vale que no estés mintiendo, hija ―Mason se detuvo en el portón―. Les dejo su basura.
Ese era un término que nunca había usado con Ewan... o más bien, con ese zaat que había sustituido a Ewan.
La puerta fue cerrada como si eso fuera a retenerlos pese a la ventana rota. Como si fuera necesario, cuando ellos no veían sentido en huir.
Es el hijo del dueño... ―murmuró sorprendido un udzaat anciano que observaba detenidamente a Ewan.
El muchacho negó con la cabeza.
*****
Había dejado de llover cuando Mortimer asintió complacido ante el resultado de los análisis. De pie, justo en el punto en que había estado cuando le tomó la muestra de sangre, Éid lo miraba con absoluto disgusto. Pero por el momento no importaba. El muchacho entendería pronto lo que ocurría, todo estaría bien cuando se lo aclarara. Cuando le explicara quien era y lo que le habían arrebatado.
Tenía sentido. Este muchacho tenía más carácter que el otro. Éste si era suyo. Era normal que sintiera rencor por todo ese maltrato, no iba a ponerse a llorar sobre el asunto, no, un Mason no haría eso. Él se mantenía de pie con todo su enojo. Y eso estaba bien hasta ahora, pero era momento de cambiar su situación.
Lamento que pasaras por tanto...
Yo no”.
... pero yo simplemente no sabía de ti.
¿Y? Yo sigo sin saber nada de usted”.
Todo este tiempo has estado en el lugar equivocado.
Estaba mejor ahí”.
Tu verdadera madre perdió la razón y te puso en ese lugar, con los esclavos, pero tú no eres uno de ellos.
Y espera que me alegre... Humano.”
No sé por qué no entendí antes que ella había hecho esto... Me deje engañar por uno de esos monstruos.
¿Y todavía no entiende que es porque los humanos y los zaat se parecen en todo excepto porque los invasores no son capaces de sentir?”
Pero, bueno, todo eso acabó. Ahora estás en casa.
Esta no es mi casa ―eso no pudo callárselo.
Sí, estás enojado. Tienes razón de estarlo. Pero voy a compensarte.
No puede. Sólo déjeme volver ―el tono de súplica de Éid sonaba como la exigencia de alguien que tiene con que negociar.
No hijo, tú no perteneces ahí.
Bien pudo haberlo matado en lugar de decir eso.

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