domingo, 18 de marzo de 2012

Cuotas de Libertad. Capítulo 11.



Allá por el segundo año de colonia, todos los días habían intentos de fuga. A veces ambas razas unían fuerzas. A veces era una sola persona. Los castigos eran fuertes pero hacían mella lentamente en los espíritus de las criaturas esclavas, de modo que al principio pasaban más tiempo peleando que trabajando.

Excepto la gente del sector donde habían ubicado a Gádzor.

Él sabía reconocer una derrota segura y no los dejaba luchar contra un enemigo que los superaba. En lugar de luchar, buscaban la forma de resistir la exposición al oro. Y algo debía estar funcionando porque no se enfermaban demasiado entonces... no aún.

Sin embargo, el espíritu de está gente no se había quebrado. No retrocedían horrorizados ante los golpes o las amenazas, no bajaban la cabeza y eran los menos productivos de todos los esclavos de Mason.

Los ajustes se dieron con los años, y mientras los demás empezaron a pensar como esclavos antes del tercer año, los que estaban cerca de Gádzor no cambiaron nada hasta el séptimo. Mason había tenido que pensarlo durante mucho tiempo, quizá porque no estaba familiarizado con las costumbres de los nativos, o porque no era lo bastante hábil para entender las emociones y todo eso... Por lo que fuera, la respuesta tardó, pero llegó. Gádzor los mantenía seguros en la medida de lo posible, les permitía mantener sus costumbres y su jerarquía. Era un ejemplo de temple, y un pilar para ellos.

Esas cosas, además de ser molestas, acaban por extenderse. Por eso, Mason eliminó a los Gaar que restaban, con particular crueldad. Le hubiera gustado ver destrozado a Gádzor, pero tenía muchos otros temas de los cuales ocuparse.

Cuando volvió, descubrió con alegría que los súbditos de Gádzor estaban desmoralizados. Eran muy lentos en el trabajo pero ahora se encogían bajo sus alas cuando veían acercarse a un humano. Algunos lloriqueaban por ahí... todo estaba bien.

Con el tiempo fueron como todos los demás esclavos, una vez el estado de depresión disminuyó.

Por algún motivo, la ejecución de Fekór había tenido un efecto de depresión general muy semejante al de aquel entonces. La gente del sector, particularmente los miembros de la celda 34 y varios zaat que habían presenciado los hechos, estaba demasiado callada, lenta en su trabajo y amedrentada.

En los últimos cuatro días, Éid y Rud no habían completado su cuota una sola vez. Cómo resultado, ambos lucían heridas recientes o empezando a cicatrizar, en diferentes zonas. No es que hicieran demasiado caso a éstas. Tenían un dolor más grande que manejar.

***** 

Como muchos, admiro su labor en la defensa de los esclavos de la colonia, es por eso que lamento informarle que no han causado tanto impacto como imaginábamos. Probablemente esto será una gran decepción para usted y para el mundo.

A veces los esclavos escapan, no se les puede culpar por intentarlo, ¿o sí? Mortimer Mason, mayor Potentado en la colonia, tiene un castigo muy particular: posterior a la tortura física, asesina al individuo ante todos los esclavos que pueda reunir, convirtiendo al fugitivo en una lección para quebrar el espíritu de ellos.

Su crueldad no es cosa reciente, pero me parece que nadie ha planteado hasta el momento que el peor enemigo de la teoría de que los esclavos son seres racionales y sensibles, es también quien más cree en tales hechos. De lo contrario, ¿por qué utilizaría técnicas de este tipo? Si pretende quebrar el espíritu de estás criaturas a cualquier costo, ¿cómo puede decir que no tienen espíritu, y que no son similares a los seres humanos?

Sin duda, Mason sabe la magnitud de su crueldad, y la única razón para continuar es la ambición de un hombre que ya es más adinerado de lo que le hace falta.

Y se lo permitimos. ¿Qué pasará cuando decida que no quiere pagar a los humanos que están a su servicio? ¿Dirá que merecen ser esclavos, quizá?

Eran sólo palabras, probablemente no podría probar siquiera que el asesinato descrito detalladamente en los párrafos siguientes había sucedido. Sin embargo, podía averiguar. Podía conseguir más palabras. Y Stewart sabía dar buen uso a las palabras.


***** 

La lluvia del exterior apenas si se escuchaba en el comedor de los Mason.

A la cabeza de la mesa estaba Mortimer, comiendo sin modales como siempre. A su derecha, con expresión ausente, Katerina no hacía más que revolver la comida con el tenedor. A su izquierda, Ewan se llevaba una cucharada demasiado grande para tener la boca llena cuando Jared terminara de preguntarle como iba su puntaje académico.

―Caray, Jared, ¿no ves que es de mala educación poner en evidencia a tus amigos frente a sus padres? ―se rió Mateo.

Comenzaron a tomarle el pelo y el muchacho se divertía con eso. Y devolviendo las bromas. La única que siempre le ganaba en los duelos verbales era Lidia, y hoy estaba de su parte.

En los días anteriores, había estado muy poco con la banda, porque su hermana había estado aún más deprimida que ahora. Por eso había conseguido invitarlos a cenar. Así estaba con la sus amigos y con su hermana. Claro que ellos no tenían idea del ambiente de velorio, y estaban comportándose como siempre, lo cual le había cambiado el ánimo a Ewan. Ellos si que sabían hacerlo dejar de lado los problemas... o componer música inspirado en cualquier tipo de preocupación.

Jugar con la comida, gritar y reír a carcajadas en la mesa... Nada de eso era prohibido pero irritaba un poco a Mortimer. El comportamiento de su hija lo tenía irritable, después de todo. Se sentía traicionado pero sobre todo, estaba muy decepcionado. Esperaba que ella entendiera el negocio familiar, ¿ahora quien heredaría su legado? Ella era blanda como lo había sido su madre y tan pronto como la joven se hiciera cargo de las cosas, su imperio de una vida en La Tierra y en su colonia, iba a caerse a pedazos.

Necesitaba hacerla entrar en razón.

Pero ella no escucharía. Estaba furiosa, no tanto con el hombre al que debía llamar su padre, si no contra ella misma. Contra su incapacidad.

Entendía perfectamente la agonía que había sufrido Gádzor al final. Ser inútil es el peor de los suplicios. ¡Y él había luchado tanto! Ella, en cambio... había fingido todo el tiempo, le había dado la espalda al pueblo zaat para ocuparse de su propia búsqueda, y eso era tan egoísta que bien hubiera podido ser a causa de todo ese tiempo viviendo bajo las enseñanzas de Mortimer.

Seguía perdida en pensar y repensar respecto a eso, mientras el mundo avanzaba a su alrededor. Ella no conocía a Fekór, sin embargo, su muerte la había golpeado tan fuerte como a sus amigos, pero de una forma diferente. Lo raro era que, en la superficie, ella se veía como ellos: triste, cansada, y ya sin esperanzas.

Quizá en la falta de esperanza, ella estuviera más dañada que ellos. Fekór no había dejado sin esperanza a sus amigos, porque por él sabían que con una dieta correcta, todavía era posible volver a volar. Un día. No hoy... quizá nunca en sus vidas. Pero algún día, algún zaat. Los humanos eran tan destructores, que se erradicarían a si mismos. Sólo tenían que preservar su especie hasta entonces.

Ella nunca hubiera podido pensar en eso, porque el futuro la tenía sin cuidado. Quería libertad ahora. Para los zaat, para su hermano y para ella misma. Y sí no tenía pronto nada de eso... tendría que conseguirlo por la mala. Mortimer Mason podía ser muy listo, muy poderoso... lo que fuera, pero inmortal, no era.

¿Blanda? Sí, quizá la tía Noelia tenía razón sobre ella, pero... hubiera cambiado de opinión si hubiera sabido que Katerina podía planear un asesinato mientras cenaba con la posible víctima.

Planeamiento que interrumpió bruscamente cuando una frase dicha al azar entre las bromas la asustó. El más alto de los elementos de la banda, Jared, había mencionado que Ewan todavía no sabía si llenarse de canas o quedarse sin cabello.

―Tampoco sabe que es muy joven para cualquiera de las dos cosas ―rió Lidia―. Lo del cabello gris seguramente va a sentarle, pero perderá encanto con una joroba.

Ante eso último, el muchacho se enderezó en su asiento, ganando menos de un milimetro de estatura. No había estado realmente encorvado.

“¿Cómo es que yo no lo sabía?”, se preguntó Katerina. Eso no era una joroba, ni el resultado de encorvarse. Y ella debía haberlo notado antes que una amiga con ciertos derechos...

Mortimer encontró extraño el comentario. Lo de la calvicie no hubiera sido raro, pues el mismo había empezado a perder el cabello bastante pronto, pero... Extendió la mano para acercar a Ewan hacia él, y revisó su cabello como si fuera la cosa más rara que hubiera visto en años. No porque viera aquello por primera vez, si no porque lo había visto antes.

―Ewan, tengo que hablar contigo.

Incluso Mateo y Jared, famosos en la colonia por su falta de capacidad para notar un problema, se dieron cuenta de que había algo peligroso en su tono. De pronto era como si Ewan hubiera hecho algo realmente malo. El muchacho, que había tenido alguna discusión con su padre, no estaba familiarizado con este tono. No sabía que había hecho pero superaba cualquier situación anterior.

Su padre se levantó y se dirigió a la puerta... Ewan se puso de pie, pero no fue capaz de seguirlo. Mortimer lo llamó exigiendo que se apresurara, y entonces Ewan no pudo evitar seguirlo. Desde la puerta del comedor, justo cuando Ewan lo alcanzó, el dueño de la casa les dio las buenas noches a los invitados y les pidió con falsa cortesía que se marcharan.

No había nada que hacer para evitar que lo supiera, y Katerina sólo podía intentar pensar en algo para manejar la nueva situación, pero había tenido años para pensar en eso y nunca se le había ocurrido nada que realmente sirviera.

Se levantó para seguir a Ewan y Mortimer, sin tener idea de que iba a hacer o decir. No estaba precisamente en condiciones para ocuparse de aquello, y seguía preguntándose como había tardado tanto en darse cuenta de que ya estaba pasando.

Por la forma en que se les había pedido que se marcharan, los tres invitados habían deseado salir corriendo de ahí. Pero había algún tipo de lealtad que los retendría en aquel sitio hasta que comprendieran que problema tenía su amigo. Solos en el comedor, se miraron en silencio por unos minutos. Jared y Lidia, ignorantes de lo que ocurría, imaginaban que era serio y esperaban empezar a oír gritos en cualquier momento. Mateo se limitaba a no tener idea de lo que pasaba, no se molestó en tratar de adivinar lo que oiría o no.

―Uhm... ¿Será que vamos a ver? ―sugirió.

Jared asintió.

Lidia señaló algo que ninguno de ellos había pensado:

―¿A donde? No sabemos a donde fueron, la casa es enorme... y el patrón nos va a matar si rondamos por su casa después de que nos corrió.

Mateo puso cara de decepción y Jared se acomodó en la silla.

Siguieron esperando hasta que, en efecto, hubieron gritos.

Katerina diciendo “BASTA”, era lo más fácil de comprender. Mortimer Mason algo estaba reclamando.

Mateo dijo: “Ahí están” y fue el primero en seguir los gritos a paso veloz. La puerta de la sala de visitas estaba entreabierta. Pero ninguno de ellos entró. Ni siquiera se atrevían a mirar por el espacio entre la puerta y el marco.

―¿Tú lo sabías? Ella te dijo que estaba viendo al esclavo, ¿verdad? SIEMPRE TE DECÍA.

―¿Pero que estupidez dices? ―soltó Katerina, sorprendida y disgustada a la vez― Te garantizo que si a mi madre se le hubiera ocurrido engañarte, él no se hubiera prestado.

―¿Y entonces como explicas... ESTO?

Katerina no respondió. Era obvio que había algo que ver y Jared no podía quedarse con la duda... No pudo ver nada más que a la joven con expresión de angustia. Mateo no lo dejó abrir más la puerta.

―Basta ―dijo Katerina, con voz suplicante―. ¿Qué vas a hacer?

―Nadie se burla de mí. Nadie, jamás, se burla de mí. ¿Y me deja criar a su hijo? Sí tenía sentido del humor, la maldita regalada...

―Lo dices como si tu no la hubieras comprado para después no pagar ―dijo Katerina, con rencor.

―¿De qué demonios hablas? ―solamente Lidia notó la sorpresa en su voz.

―Ella sí me decía todo ―explicó Katerina, dolida, con la vista fija en un punto que Jared no podía ver―. Lo mataste. Sí tú no hubieras matado a Gádzor, esto no hubiera pasado.

―No, pequeña, esto pasó antes de que Gádzor muriera.

―Soy yo la que estuvo aquí cuando pasó, ¿recuerdas? ―Katerina comenzaba a sonar un poco más fuerte, asustada o no, estaba rehaciéndose― ¿Qué vas a hacer?

―No lo sé. Supongo que llamarás a las autoridades si me deshago de el hijo de esa zorra.

―No es su hijo ―dijo ella, con gesto de disculpa.

―¿No es su hijo?

―Mi madre nunca te engañó. Sólo amaba a Gádzor y eso lo sabías. Pero nunca lo vio de nuevo hasta que ordenaste que lo mataran. Ewan es hijo tuyo.

―¡Este no es hijo mío! ¿Parezco tan idiota?

―Tampoco es Ewan.

―¿QUÉ?

―Mi madre dijo que faltaste a tu palabra. Se llevó a tu hijo y lo reemplazó por cualquier zaat que tuviera la misma edad.

En el instante que le tomó a Mortimer procesar aquello, Mateo se llevó la mano a la boca para ahogar una exclamación. Como Jared se apoyaba en la puerta, ahora que Mateo la soltó se abrió de golpe. Jared, tan impresionado como el otro, apenas evitó caer al perder aquel apoyo. Lidia había retrocedido varios pasos hasta golpearse contra una escultura que se sacudió peligrosamente pero no llegó a caer.

Ahora podían ver a Ewan, con la camiseta desarreglada tras la revisión que Mortimer había hecho a su espalda, tendido en el suelo con un hilo de sangre escapando de su boca y un cardenal cerca del ojo. Era a él a quién estaba viendo Katerina. Cerca de él, Mortimer Mason se paseaba nerviosamente.

―¿Dónde está Ewan? ―preguntó ansioso.

Katerina no dijo nada. La preocupación de él en cierto modo la hacía feliz. Disfrutaba verlo reducido a pedir una respuesta por las buenas. Y le alegraba poder usar eso.

―No le harás nada a mi hermano.

―¡No es tu hermano, es una de esas bestias! ―bramó él. Pero él dolor seguía en sus ojos y eso estaba bien, su voz se tornó suplicante cuando preguntó― ¿Dónde está el verdadero Ewan?

―¿Tú que crees? Está en donde debería estar él.

―¿Y en serio piensas que no voy a hacerle nada? ¡NO! Voy a reírme de ella cuando me deshaga de esta bestia. No puedo creer que tú aceptaras esto.

―Este chico sí es mi hermano, por eso no le dije a nadie, ni siquiera a él, sobre su origen. Y tú no vas a hacerle nada a mi hermano: por el bien de... Ewan, y por el tuyo, de paso. Si te metes con él, no te diré donde está tu hijo. Nunca sabrás quien es, y si llegaras a encontrarlo, descubrirás que soy tan mala como ella, o peor. Si tengo que hacer pedazos al verdadero Ewan para vengarme, lo haré.

Y lo dijo de tal forma, que sólo ella sabía que no sería capaz de cumplir por completo esa promesa.

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