domingo, 4 de marzo de 2012

Cuotas de Libertad. Capítulo 10.

 ―¡A trabajar!
Nadie salió de la celda 34.
No esperaron mucho antes de ir a revisar, y confirmaron que faltaba Fekór.
―¡Tú! ―gritó uno de los empleados de Mason sacudiendo a Tom― ¿Dónde está el que debe ir con nosotros al río?
El niño no sabía si debía hablar, así que se limitó a ver hacia la ventana rota y luego a su madre.
―Se fue ―dijo la anciana, apartando a su bisnieto del humano―. Supongo que lo disfrutará mientras le dure.
Era una excusa para cazarlo, así que no estaban tan enojados como parecían. Excepto por los vigilantes nocturnos, que tendrían que decirle a Mortimer Mason que un esclavo había salido durante su turno, él no encontraría tan divertido el concepto.
El tema llevo a un recuento de los habitantes de la celda. Sabiendo que Uál estaba enferma, antes no habían notado su ausencia, y ahora, creían que había escapado con él. Nadie dijo nada sobre eso. Nadie más había escapado.
No era urgente reparar la ventana, y antes de ocuparse de eso, buscarían a los fugitivos. No obstante, la prioridad era el trabajo. Las minas no esperarían. Muy pocos humanos fueron designados para cazar al joven alado.
Katerina no se involucró en eso. Aunque si planeaba preguntarle a Rud si sabía algo sobre aquella fuga. Le parecía muy mala idea. Podían tomar represalias contra todos, aumentar la seguridad, o incluso el trabajo. Eso respecto al grupo, pero cuando pensaba en él como individuo... Fekór no era un zaat que ella conociera. Pero entendía la necesidad de escapar, y admiraba el valor de arriesgarse a recibir algún castigo terrible cuando lo encontraran. Y lo encontrarían, según ella, porque los humanos tenían como rastrearlos, y porque él no podría llegar lejos. Ella hubiera tenido más esperanzas en ese aspecto si hubiera sabido que Fekór podía volar.
Nadie lo había mencionado. Nadie lo mencionaría.
No lo dijeron ni siquiera los udzaat cuando Mortimer Mason en persona se presentó en la celda 34 y le hizo las mismas preguntas a cada uno de los prisioneros de esta. Nadie sabía nada más qué lo obvio: Fekór había roto la ventana y se había ido. Pero algunos decían que la mujer estaba muerta, y otros no parecían saber ni quien era.
*****
―Ellos lo saben todo. Pero no estoy seguro de como sacarles la verdad... ―comentaba Mortimer, durante la cena.
―¿Qué importa? ―dijo Ewan, fingiendo falta de interés― Los vas a encontrar antes de que ellos hablen.
Ewan no quería oír nada sobre posibles torturas. No quería que aquello acabara en pedirle ideas a él. Sobre todo, no quería seguir viendo aquella expresión de preocupación en su hermana,
―Se trata de respeto ―explicó Mortimer―. Mira, tu hermana lo entiende ―malinterpretaba la expresión de la joven―. Hoy guardan un secreto y mañana deciden volver a pelear. No quiero que vuelvan esos días, es un desperdicio innecesario de recursos. Necesito que entiendan que no están en capacidad de enfrentarme.
Katerina sabía muy bien como podía lograr eso: con un ejemplo. Por supuesto que no lo mencionó, pero sabía que Mortimer lo tenía bien claro.
Esa noche, no encontró a Rud. Estaban siendo cuidadosos debido a la situación tan tensa, y aunque se moría por salir, porque temía que fuera su última oportunidad, Rud se había quedado en la celda.
*****
―Que mala pata que aparte del imperio del Gío te haya tocado la calvicie, compañero.
―Mateo, déjalo, que se toma muy mal estar perdiendo más pelo que un perro manchado ―dijo Jared, ahogado de risa―. Se preocupa tanto que le están saliendo canas. Mira.
En efecto, hebras de cabello gris comenzaban a crecer en lugar del pelo que perdía Ewan.
―¡Qué rayos! ―dijo el muchacho, carcajeándose― Sí se me va a caer el pelo no será por preocuparme por tonterías como la calvicie.
―Caray, que bien quedaría eso en una canción ―dijo Lidia, jugando con un mechón de su cabello.
―¿Verdad?
―Sí pero tendría que ser una metáfora de algo importante ―murmuró Ewan.
―Pues claro, que de canciones huecas esta llena La Tierra.
―¿Componemos, entonces?
―Yo ya sé como va a sonar... Pero habría que cambiar un par de palabras.
*****
La reparación de la ventana se había retrasado cuatro días, y ya iniciaba la cuarta noche cuando llegó a la casa de los Mason uno de los hombres designados para buscarlo. Mortimer lo atendió y se informó bien antes de ir al cuarto piso para decirle a su hija que lo acompañara.
En el camino le contó los detalles de la captura del esclavo. Como lo habían encontrado, tal como él había predicho, en las cercanías del río. Como se había defendido con una fuerza que hacía mucho no podía atribuírsele a uno de ellos.
―Bueno, papá, eso es normal. Estando libre, seguramente ha consumido gío suficiente...
―No, es demasiado pronto, y casi estoy seguro de que no había bajado al río antes de hoy. Esto es otra cosa.
Y su tono de voz era muy claro. Él sabía lo que ocurría, y no le molestaba. Katerina sabía porqué, y no sabía que hacer.
Pocos en el sector imaginaban lo que le esperaba a Fekór. Pero Éid lo temía. Cuando vio llegar a los Mason, estuvo seguro. Hizo un último intento por burlar a los guardias para acercarse a la columna donde habían atado al fugitivo.
A Paola le entró pánico cuando él hizo eso, y más aún cuando lo sujetaron a pocos pasos de la columna. Recuperó el aliento cuando lo empujaron hacia el grupo con una amenaza pero sin herirlo. Ella también quería hacer algo. Pero todos tenían miedo y todos creían que después del castigo los humanos se irían. Tenían que esperar.
La anciana no era la única con lágrimas en los ojos, pero era la que más sufría, porque ella pensaba como Éid.
―¡Bestias! ―dijo Mason, en un saludo jovial que le congeló la sangre a Katerina― Que bueno que todos ustedes hayan decidido asomarse a curiosear.
En efecto, la mayoría de los esclavos estaba mirando. Tan cerca de sus celdas como les era posible, pero asegurándose de ver lo que ocurría. Algunos ignoraban porque el joven alado estaba en aquella situación.
Mala situación, atado de espaldas al poste más cercano a la celda 34 que se pudiera encontrar, con apenas tres cuartos de un ala, colgando a su derecha y apenas consciente debido al dolor y a la perdida de sangre por las heridas de la captura y las del castigo posterior.
No es que le importara demasiado. Se había dado gusto volando, y se había dado gusto peleando antes de que lo capturaran. No había matado a ningún humano porque no le había dado la real gana, pero varios de ellos tenían para recordarlo para siempre.
Era lo único que le quedaba, considerando Gárdevar ni siquiera se había dignado a salir a ver como estaba él. Y claro, le dio por imaginársela llorando en la celda. La idea le hacía sentir un poco menos herido por ella.
―Acérquense, bestias, esto podría ser interesante para ustedes. Hablemos de la proeza de este sujeto ―dijo Mortimer Mason con el tono de quien vende un nuevo producto.
Se acercó a Fekór y lo liberó. Él esclavo apenas fue capaz de usar sus brazos para no caer de cara al suelo. No pudo definir con claridad cual fue la fuente del dolor que le cruzó la columna vertebral cuando cayó sobre sus rodillas y palmas. Su expresión de sufrimiento y el quejido ronco le llegaron a doler a varios de los presentes, particularmente a Katerina, cuyos ojos simplemente se humedecieron por las lágrimas.
Pero Fekór se repuso como pudo. No dejaría que su encuentro con la libertad terminara en el triste concepto de la derrota. ¿Qué lo habían atrapado? Sí, pero su recorrido no se lo quitaban. ¿Qué le habían puesto una paliza? Ni que fuera la primera. ¿Qué podían matarlo? Siempre habían podido, y al final de cuentas ahora sí que podía decir que ya había vivido.
De pie frente a él, Mason continuaba su discurso.
―Este es un esclavo excepcional. Fue capaz de escapar. Y de volar. ¿Cómo lo hiciste muchacho?
Sí, iban a matarlo. El hombre sabía. Ni modo.
Éid y Katerina no lo veían así. Saog tampoco, aunque lo aceptaba con la resignación que a los otros dos les faltaba. La anciana regresó a la celda con pasos cansados.
―No pareces muy conversador ―continuó Mason, quitándole un látigo de gío al empleado más cercano―. Está bien. Yo sé como lo hiciste. ¡Tú me robaste! Y cosas como esa, no las puedo dejar pasar.
Fekór cerró los ojos y agachó la cabeza. Un tirón de su ala al intentar cubrirse con ella sin querer le causó dolor en toda la espina dorsal. Logró ahogar el grito. Los primeros golpes del látigo los toleró sin quejarse. Al final, sí gritó. Y de pronto, nada más.
Cuando se atrevió a abrir los ojos, se fijó primero en que Gárdevar estaba al lado de Saog, y que lo miraba con afecto y expresión de disculpa. La anciana había entrado a decirle lo que sabía:
―Fekór ha estado robando gío. Por eso es tan fuerte y por eso lo van a matar.
Ella tenía miedo de verlo así, pero tenía más miedo de no verlo nunca, así que había salido de la celda y trataba de pensar como hacer que él supiera que no lo había rechazado por falta de afecto. Él seguramente no hubiera entendido de ningún modo.
Al instante siguiente, Fekór observó la situación que causaba asombro en los demás esclavos. Katerina le había quitado el látigo a su padre. Ella lo desafiaba con la mirada, y él estaba confundido.
―Entiendo. Mi hermana tiene razón sobre ti ―concluyó Mortimer, relajándose de pronto―. Y no te culparé por sentir lastima por estas criaturas pero, no puedo permitir que me roben.
―Este tipo de torturas es lo que le da derecho a hablar a Stewart ―dijo ella, con la voz firme para su propia sorpresa.
―Supongo que tienes razón. Pero la única forma de que aprendan a respetar, es que vean lo que se buscan al robarme.
Cada vez que hablaba de como le había robado el zaat, Katerina se llenaba más de rabia. Se dejó arrebatar el látigo en el momento en que intentaba calmarse.
―¿No lo lastimaron suficiente ya? ―reclamó, como si no supiera que no se trataba de eso.
―No ―respondió el mientras regresaba a azotar Fekór―. Matar a golpes a un ladrón es lo más apropiado para dejar en claro...
―¡Ya basta! ―dijo Katerina, con rabia en la voz, a la vez que empujaba a Mortimer con todas sus fuerzas.
Al fin estaba demasiado furiosa para mantener su pantalla. No se trataba de los nuevos golpes, ni siquiera de que hubiera mencionado que iba a matarlo. Era de nuevo la alusión al robo.
―¿Robarte a ti? ¡Es su gío! ¡Su planeta! ¡SU VIDA! ¡TÚ LES ROBAS A ELLOS!
Mortimer tuvo que levantarse del suelo. Se disponía a regañar a su hija, a exigirle que se retractara, cuando ella volvió a hablar, calmada y seria en lugar de furiosa:
― No puedes llamarlos ladrones después de quitarles todo. ¿En serio crees toda esa basura o lo dices para convencer a los demás? ¿A los humanos o a ellos? No te canses. Ellos saben perfectamente su lugar. Y el tuyo. Saben que tienen más derechos que nosotros pero están indefensos. Es todo. Ya basta.
―Has estado escuchando demasiado los discursos de Stewart y sus arrastrados ―dijo Mortimer, con paciencia, mientras sacaba su única y preciada pistola.
Si hubiera estado tres pasos más cerca de Mortimer, Katerina hubiera podido hacer algo más que gritar de coraje y tristeza.
Rud detuvo a su hermana y la abrazó contra su pecho evitando que observara lo que ocurría. Gárdevar soltó un grito de angustia. Nadie detuvo a Éid. Ante el sonido del disparo, la mayoría de los zaat se encogieron cubriéndose con sus alas hasta donde estás permitían siendo tan poco flexibles. Los udzaat también se encogieron o retrocedieron. Los humanos por fin percibían un poco de cordura y su reacción no fue gran cosa.
Un instante después de que el cuerpo de Fekór cayera de lado, Katerina detuvo a Éid, quien se había abalanzado demasiado tarde contra el asesino. Primero se plantó para interrumpir su trayectoria, luego luchó contra él por un segundo y al final dejo que dos guardias lo arrastraran a la celda.
―Ahora, a dormir esclavos ―proclamó Mason, sereno, y comenzó a caminar hacía su casa, prácticamente empujando a Katerina.
Ya no valía la pena pelear, así que ella simplemente caminó, luciendo un poco como su madre la última vez que ella la viera.
“Lo peor es que por un momento pensé que no iban a matarlo”, pensó Gárdevar, cuando se acercó llorando al cuerpo, en lugar de entrar a la celda, como hacían los demás, amenazados por los empleados de Mortimer.
Fue la última a la que obligaron a entrar, y seguía disculpándose en voz baja.

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