miércoles, 22 de febrero de 2012

Nadie trabaja de gratis en estos días.


María, Pablo y Suany estaban sentados en el piso, donde siempre, en sus asuntos habituales. Pablo leía su libro de química por mientras llegaba su novia. Las muchachas hablaban sobre chicos.
—Sí, lo tiene todo pero no me determina.
Suany no comprendió.
—¿No te qué?
—No me determina.
—Sí, ¿pero eso que es, mujer?
—No sabe que existo, no le intereso, no... ya no sé otros sinónimos.
Pero ya había quedado claro.
—¿Quieres que te determine? —preguntó Pablo, dejando de lado su libro.
No era habitual que el las escuchara siquiera.
—Haría lo que fuera.
—Menos hablarle —rió Suany.
Fue entonces cuando Pablo dejó caer su libro y atravesó el patio hasta el aula de enfrente. Sus amigas estaban sorprendidas y se preguntaron "que habría perdido ahí". Pero cuando él se detuvo frente al salón y le dijo algo al muchacho del que hablaban, María se puso pálida primero, y pasó por todos los tonos hasta el rojo mientras era señalada por su amigo y vista fijamente por quien no la determinaba. Por cierto que él sonreía con un nerviosismo que hacía pensar a Suany en lo similar que era con su amiga.
Esa misma tarde, al salir de clases, Jaime le ofreció a María acompañarla a casa, mientras ella asentía, Pablo y Suany dijeron adiós y se fueron juntos; vivían en casas vecinas, así que durante el camino Suany aprovechó para preguntar, por enésima vez, que le había dicho.
No había dicho demasiado, había preguntado que tal le parecía como posible pareja, y Jaime había perdido la voz. Había pensado en ello el resto del día, y ahora caminaban tan despacio como podían hacia la casa de ella. 
Pero Pablo no podía decirle a Suany lo que había dicho, porque no lo recordaba para nada.
Como no recordaría nada la señora que atendía la pulpería de la esquina y que ahora estaba comentando con Margarita como su sobrino suspiraba por ella. 
Era un trabajo agotador ir por ahí de cuerpo en cuerpo soltándoles la lengua para que las relaciones no quedaran en hubiera sólo porque tenían miedo a ser rechazados. Lo más difícil era saber cuando realmente eran el uno para el otro. Y admitía que era complicado mantener una relación, cosa que no era su deber. Pero, ellos tenían que ocuparse sólo de una, ¡mientras este pobre espíritu trabajaba tanto!
Por eso fue que comenzó a cobrar. Frases como "Haría lo que fuera" sellaban un contrato, y la verdad no era buena cosa sentirse cansados sin motivo justo al iniciar su relación... Pero, ¡esas fuerzas eran necesarias para el que los había reunido en estos tiempos tan desprovistos de afecto! Y ellos habían aceptado, ¿no?

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